Entre líneas

Soy una historia sin acabar, acaso sin principio.
Soy aquella página que leíste al abrir aquel libro,
casi por la mitad, por casualidad,
por el lugar en el que tus dedos se detuvieron
y me comenzaste a leer.
Imaginaste mi sonrisa, el timbre de mi voz,
recreaste mi cuerpo en tu mente y hasta el aroma de mi piel.
Y soñabas conmigo sin conocerme más que en palabras,
escritos de alguien que un día pensó que debía existir.
Pero tú no sabes, ni siquiera sospechas,
que yo también abrí un libro por una página al azar,
y apareciste tú, y te comencé a leer
en el momento en el que tú abriste aquel libro
y me encontraste a mí.
Y quien nos lee ahora tampoco lo sabe,
no sabe que es parte de otra historia.
Historia sin acabar, acaso sin principio.
Porque la vida y las historias quizá solo dependa
de la página del libro que alguien abra por azar,
y nos comience a leer.

Francisco J. Berenguer

Azul Profundo

Te creí aliado, amigo incondicional, latente entre mareas.
Azul profundo.
Que haces desaparecer las huellas de mi arena, las que duelen,
pero también traes restos de pasado a mi orilla,
naufragios causados por mi torpeza en la navegación.
Mi brújula marcaba siempre el norte equivocado,
o era yo que me empeñaba en descubrir todos los cardinales,
al mismo tiempo, viviendo deprisa,
como si mi vida a los veinte fuera a acabar…
Aunque en realidad sí que acaba,
nunca nada vuelve a saber igual, a oler igual, a sentirse igual.
Azul profundo, y en tu profundidad hubo un día que olvidé respirar.
¿Recuerdas?
Fue la primera vez que me sentí parte de ti, del mar, de la naturaleza,
de la vida, de lo intangible, de lo que existe y lo que no,
aunque sí, pero no lo vemos.
Pasaron segundos o minutos, u horas, no sé.
Allí sumergido a unos cinco metros, en perfecta sincronización.
A veces creo que todavía sigo ahí, contigo.
Que nunca volví a subir a la superficie
Que la vida que he creído vivir no me pertenece.
Que solo son ecos de otras vidas.
De los deseos, los amores, las tragedias y los sueños de quienes se sumergen en nuestras aguas.
Que compartimos su existencia, que todo está conectado.
Que todo fluye y concluye en la serenidad eterna de nuestro azul…

En el verano de 1984, rozando los veinte años, en un día de buceo, sumergido a unos seis o siete metros, me quedé concentrado sintiendo la inmensidad de la existencia en mi propia piel y olvidé que tenía que respirar, como si fuese parte de aquella maravilla, en perfecta comunión con lo que me rodeaba. Cuando volví a tener conciencia de mi cuerpo y la alarma en mi cerebro me hizo reaccionar por la falta de oxígeno, me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. La primera y apresurada bocanada de aire que se introdujo en mis pulmones fue como el primer aliento de un recién nacido. Me sentí cercano a la muerte y a la vez con la sensación de haber vivido varias vidas. He intentado, a lo largo del tiempo, volver a buscar y repetir esa experiencia, pero nunca he llegado a conseguirlo. Quizá sea lo mejor, temo que si vuelvo a sentir la vida con aquella intensidad obvie mis alarmas y me deje llevar por la paz del azul profundo”

Francisco J. Berenguer

A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer

La tierra y la sangre

Sabor a tierra y sangre. Tierra húmeda y sangre seca. No sé cuanto tiempo estuve allí en el suelo de aquella ladera tras el accidente. No estaba acostumbrado a la lluvia, ¡Joder… vivo en Alicante y allí no llueve nunca! Tampoco tenía la pericia suficiente para ese pedazo de moto que me compré, de segunda mano, en mi crisis existencial de los cincuenta. Antes pesaba ciento treinta kilos y me quedé en noventa. Me volví a sentir joven y ligero… y gilipollas. Solo se vive una vez ¿y morirse? ¿cuántas veces se muere? La lluvia, el exceso de cilindrada, la inexperiencia y esa curva de montaña diseñada para volar se aliaron esa tarde, pacto de muerte anunciada. Es muy estrecho el ataúd, más de lo que pensaba, pero supongo que es cómodo, no sé, apenas noto mi cuerpo, pero puedo pensar y sentir. Creo que lo más horrible de mi vida ha sido escuchar la primera palada de tierra al caer sobre mi caja. Ese sonido sordo y hueco, de golpe, y luego el deslizarse de la arena y piedrecitas arañando la madera por mi derecha, por mi izquierda. Quise gritar y no pude, no sé si porque mi cuerpo verdaderamente estaba muerto y no respondía o porque mis labios estaban cosidos por dentro de la boca. Quizá no fuese más que una ilusión, pero sentí cada puntada, la tirantez del hilo al pretender separarlos, hasta el sabor de esos algodoncillos puestos entre las encías para rellenar. Sabía que aquello era definitivo, no como esos días previos en el hospital, o semanas, cuando estaba en coma. Entonces había posibilidad, lo escuchaba, las máquinas me mantenían con vida y dependía de mí, decían, que yo despertara. Pero no supe hacerlo, está claro. No pude encontrar la forma ni el camino, sentía que no dependía de mí, en serio. Como ahora ¿de quién o de qué depende que conserve la consciencia cuando ya estoy muerto? Porque lo estoy ¿verdad? Vamos, no me jodas, con tanto aparato y los supuestos conocimientos y adelantos médicos que tenemos, no me habréis enterrado vivo. No, no puede ser, o sí. La tierra sigue cayendo encima. El sonido cada vez es más pesado y lejano. Tengo frío ¿un muerto siente frío? Pero no tengo miedo, el miedo atroz que, seguramente, debería sentir. Quizá sea porque me he acostumbrado después de tantos días “viviendo” en este estado. Espero que esté lloviendo, siempre me ha gustado la lluvia, a pesar de que ésta y mi insensatez me matara. Me gustan los funerales lluviosos. Vestidos negros, paraguas negros. El negro estiliza y pega con todo, y contrasta muy bien con los colores de las flores, las coronas. ¿Tendré coronas? Me da igual, solo quiero que llueva. Huelo a tierra húmeda, sí, como el día del accidente, con sabor a tierra y sangre en la boca.

De pronto siento un movimiento, algo ligero al principio, como un pequeño temblor, una sacudida. Y luego otra y otra. O es un terremoto o me están sacando de mi tumba. Pero no es nada de eso. Veo o percibo una pequeña luz y me siento impulsado hacia ella. Al final va a ser cierta la historia esa del túnel y el caminar hacia la luz. Por una parte, es un alivio, pensaba que mi eternidad era esta, sentir cómo me iba descomponiendo lentamente dentro de mi fosa, el jodido infierno. La luz se acerca o yo me acerco a ella, la atracción es mayor. En este momento debería ver a mis familiares muertos dándome la bienvenida, tranquilizándome y tal, algo de eso había leído. Pero allí no aparecía nadie. Algo va mal, seguro, algo no he hecho bien, porque tampoco recuerdo a la gente que he querido, los que me han amado. ¿Qué está pasando? Por primera vez en mucho tiempo tengo conciencia de mi cuerpo, lo noto, pesado, como se retuerce y duele. Ya estoy llegando a la luz. Ahora sí que estoy acojonado. Veo unas manos gigantes que se acercan y me cogen de la cabeza. Dios tiene manos enormes y guantes de goma. Estiran de mí y me sacan como un corcho de una botella de vino, girándome y dándome vueltas. Todo es tan cegador. Todo es blanco y verde y siento sangre en mi boca. Apenas puedo abrir los ojos, percibo sonidos metálicos, voces, y como manipulan mis orificios. Sé donde estoy, ahora comprendo muchas cosas, he vuelto a nacer. Por eso olvidé a mis seres queridos, sus rostros, por eso siento que lo que queda de consciencia y los pocos recuerdos se van borrando, para iniciar la nueva vida limpio, un reseteado total, que todo esté por descubrir. Pero sigo pensando que algo funciona mal en mí, porque en lugar de alegrarme de esta nueva oportunidad, de este inconmensurable regalo que es la vida, solo se me ocurre pensar que es una mierda, que otra vez tendré que morir. Quiero gritar, quiero contar lo que me pasa antes de que todo recuerdo se esfume de mi mente. Y grito, y mi grito se convierte en llanto. Y lloro con fuerza mientras todo se desvanece en mi interior hasta que me ponen sobre el pecho desnudo de mi madre, y siento su piel y su voz, y un beso en mis diminutos dedos. Y reconozco sus latidos, y entonces dejo de llorar, porque encuentro la calma y la paz. La muerte y la vida… tan cercanas.

Francisco J. Berenguer

No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

Por el bello caos de tu interior

Quisiera poder darte los mejores consejos, hija mía, ayudarte a comprender los requiebros de esta vida y cómo enfrentarte a ella, pero yo llevo cincuenta y cinco años aquí y no tengo ni puñetera idea de qué va esto, te lo aseguro.

Quizá sea incapacidad o discapacidad de entendimiento de esta mente que, como la tuya, tiene más preguntas que respuestas… acertadas. Lanzo interrogaciones y me devuelven puntos suspensivos. A veces me siento como un eterno jugador de “Trivial” con su ficha/contenedor vacía de quesitos recorriendo el tablero, viviendo allí al capricho de los dados, formulando mis propias preguntas sin respuesta, tarjetitas en blanco, espacio reciclable. Pero ¿sabes? De las preguntas también se aprende algo, del proceso que se genera en tu cerebro que hace que surja esa incógnita, de esa inquietud, del pensamiento abstracto, de todo eso. Porque significa que no te has conformado con lo establecido, con las respuestas de manual, con lo masticado, y has ido más allá, a la zona incómoda donde el vacío existe y buscas con qué llenarlo.

Puede que ese sea el punto donde te encuentres ahora. Asomada a un abismo que te observa con la misma intensidad con la que tú lo miras. Pero no te preocupes demasiado, aunque sientas la soledad más infinita todos habitamos en ese lugar por algún tiempo. Del vacío también se aprende y la nada es un lienzo en blanco donde diseñar tu mundo, donde construir cimientos, donde crear tus respuestas, tu arte, tu vida. Y no importa si al principio se te emborrona o te queda todo gris con trazos gruesos y descendentes, ya surgirán los colores y las líneas definidas, aquí tienes mi mano para guiar la tuya. Lo que yo aprendí, que no es mucho, te lo muestro, te lo cedo y concedo. No para que me copies sino para que lo valores, lo juzgues, lo cuestiones, lo hagas a tu manera para que seas tú.

Tampoco quieras ser perfecta, la vida no lo es, nadie lo es. En el universo impera el caos y la belleza, el misterio y la grandeza, el enigma y la pureza… y eso mismo veo en ti cuando te miro. Quien ideó la palabra y el concepto se equivocó. La perfección es antinatural y distópica, es un defecto más que una virtud.

Como ves, no tengo consejos, ni respuestas, y mis experiencias puede que no te sirvan, cada cual aprende de las suyas. Solo quiero que vivas; que rías y llores, que sufras, aunque me duela, pero el dolor es necesario, es parte de todo esto, la vida duele muchas veces y debes estar preparada. Que ames y te sientas amada, absorbe y reserva esos momentos de felicidad, vívelos plenamente y pasa del mundo en ese rato. Sé lo que tú quieras ser y como tú quieras, no dejes que te dominen, que te dirijan, que sus censuras no coarten tu libertad. Y lee, y sueña, y respeta, y… no quiero ser pesado, mi niña.

Mi mundo, mis errores, mis silencios, mis historias, lo que soy es lo que te puedo ofrecer. Cuenta siempre conmigo, aunque me veas enfadado, o serio, o después de haberte echado una bronca apenas te mire. Yo también me siento perdido como padre, muchas veces, y me arrepiento de lo que te digo o de lo que hago y quisiera cambiarlo, pero no puedo. Y oírte llorar me consume por dentro.

Te quiero. Os quiero.

Ah… una última cosa… si no encuentras respuestas, quizá sea porque no haces las preguntas adecuadas. Prueba a cambiar de perspectiva y enfoque, cambia las normas, míralo como si fuese la primera vez, relativiza y busca la esencia en tu interior, la explicación está más cerca de lo que creemos en la mayoría de las cuestiones.

(a Selene y Marina, mis trocitos de cielo)

Francisco J. Berenguer

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

Noticiario de guerra

Tiempos de guerra, de tregua ilusoria

panfletos de sueños lanzados al aire

que la realidad embarra

cuando los coges del suelo

Perdimos la esperanza

huyó de nosotros

inocente color en un mundo de grises

Se destiñe la conciencia de tanto lavado

se duermen los sentidos en el sofá de tu casa

dirigiendo el mundo con tu mando a distancia

publicidad intercalada de humanidad disfrazada

Tiempos de guerra

No existen los maltratos, ni asesinatos

ni violaciones, ni ablaciones

ni masas, ni manadas

ni pateras, ni refugiados

Justicia adormilada, ciega y amordazada

todo está justificado, daños colaterales

estado natural del ser humano

donde la paz es tan solo un parpadeo

y el amor un sueño de poetas

Corre mi niña, aléjate de los hombres

no creas en sus consignas

ni en sus leyes, ni religiones

que no marchiten tu pureza

El mundo está repleto de pozos de muerte

ansiosos de engullir tu esencia

que no crean que los temes

no les des el placer de tu miedo

que no te conviertan en noticia…

 

Francisco J. Berenguer

Seda Roja

Cierra los ojos y pide un deseo.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando sonó el disparo.

Cumplo diecisiete años, una edad preciosa según mi madre, aunque para mí no lo es tanto. Bueno, sí lo es, pero es como encontrarse a medio camino entre la chica adolescente, que hace tiempo dejó de ser una niña, y la mujer reconocida oficialmente en el dni, la que puede conducir, votar, no pedir autorización para ir de excursión con el instituto… jajajaja

Me llamo Anabel y estoy con mi amigo Rafa en un parquecito de mi barrio. Es un barrio pobre, humilde, de trabajadores pobres y humildes. Un barrio de los que llaman conflictivo por alguna gente que se está metiendo últimamente por aquí, pero tampoco es para tanto, a mí me gusta, aunque los repartidores de pizzas no se atrevan a acercarse a determinadas calles.

Unos niños acaban de pasar por nuestro lado. Uno llevaba oculto bajo su cazadora una pistola que encontraron en el vertedero. Ya los habíamos visto otras veces jugar con ella, pensábamos que estaba estropeada. Dos de los cuatro de la pandilla eran los hijos del “Dientes”, uno que se dedica a vender droga y que lleva metal en la dentadura, no sé si por salud dental o porque, simplemente, le gusta. Es de la gente de la que conviene mantenerse alejada, de él y de sus hijos. Tampoco sabíamos que ese día uno de ellos había conseguido una bala y se proponían jugar a la ruleta rusa.

Rafa está a punto de cumplir los dieciocho, no quiere estudiar y por eso su padre lo metió en su taller de motos para que fuera aprendiendo un oficio. Sé que le gusto, aunque nunca me lo ha dicho, no hace falta, esos ojos azul verdoso, depende de la luz que le dé, se declaran por él. ¿Que si a mí me gusta? Claro que sí, pero no quiero liarme en una relación, no quiero atarme todavía. Siento que mi vida está comenzando a volar por el cielo que yo elijo y quiero sentirme libre.

Esta tarde, Rafa, ha salido más pronto del taller y me ha comprado un pastelito en el super, uno barato de esos que vienen envueltos en plástico. Previamente, había pasado por la mercería del barrio para regalarme un pañuelo rojo de seda que semanas atrás vimos en el escaparate y le dije que me encantaba, pero no le llegaba el presupuesto. El pobre no tiene un céntimo, su padre lo ata bien en corto. Pero eso es lo de menos. El pastel es de esos rectangulares de bizcocho y chocolate por encima. Ha puesto una vela que dice que encontró en un cajón de la cocina de su casa, una vela pequeña, varias veces usada, con la mecha tan negra y seca que le ha costado un montón encenderla, hasta se ha quemado el dedo gordo con el mechero. Se lo ha metido en la boca para aliviar el dolor y casi no puedo entenderle cuando me pone el pastel con la vela encendida a la altura de mi boca y me dice: cierra los ojos y pide un deseo.

A mí me hizo reír y de la risa apagué la vela sin querer. Así no vale, dijo. Y se puso otra vez con la tarea de volverla a encender.

Mientras chasqueaba el mechero con su dedo maltrecho yo me dediqué a pensar en el deseo que podía pedir.

Pensé en mi madre, en lo mucho que trabaja la pobre y en lo apurado que llegamos a fin de mes. Por las mañanas está en el supermercado del barrio y por las tardes limpia casas, escaleras, locales o lo que le salga. Termina agotada todos los días y me da mucha pena. Desearía algo para ella; que le tocase la bonoloto esa que echa con números fijos desde no se sabe cuando y que nunca han salido más de cuatro números; o que encontrase un hombre que la quisiera, aunque ella dice que no quiere hombres, que con mi padre ya tuvo bastante. Yo apenas lo conocí, dicen que era un borracho, juerguista y mujeriego. Se marchó cuando era muy pequeña.

Pensé en la vecina Concha, tendrá más de ochenta años, vive sola y se le olvidan las cosas. Tiene cuatro hijos y también se les olvida visitarla, debe ser algo de familia.

Pensé en Rafa. Su madre sufre de depresiones, no le pasa nada grave, creo que no le gusta su vida. Su padre está hundido, no sabe cómo animarla, ya ha desistido y ahora solo hace que trabajar y trabajar, y él está muy perdido.

Me puso el pastelito de nuevo a la altura de la boca y me dijo: el deseo tiene que ser para ti. ¡Qué curioso! Parece que me leyera el pensamiento.

Cierra los ojos y pide un deseo, repitió.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando la bala salió disparada de la vieja pistola de esos niños.

Hasta imagino que veo la trayectoria… a cámara lenta… un trozo de metal, un pequeño dardo letal que apenas hirió en la frente al hijo mayor del “Dientes” cuando apretó el gatillo, un rasguño que le dejaría una cicatriz en forma de rayo, como la versión barriobajera de Harry Potter. La bala ascendió unos metros hasta chocar con la barandilla del balcón de un primer piso y rebotó en oblicuo hacia abajo, allí impactó con el bordillo de piedra de la acera y continuó casi paralela al suelo hacia donde estábamos. Pasó por debajo de dos coches, uno de ellos el de mi madre, se metió en el jardín, sesgó dos margaritas por el tallo y deshojó una tercera y una cuarta. Una nube de hojas blancas y amarillas lanzadas al aire como dando la bienvenida y adornando el paso de la muerte. Y, antes de que la primera de esas hojas tocara tierra, la bala penetró, sin resistencia, en el cuerpo de mi amigo.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue como un chorro de sangre salía a borbotones del cuello de Rafa que me miraba sorprendido sin saber todavía lo que estaba ocurriendo. Quise taponar su herida con mi mano, pero la sangre salía con demasiada fuerza. Su vida se le escapaba entre mis dedos y yo no podía hacer nada por evitarlo. Seda roja que nos envolvía templada y amarga.

La gente se acercaba. Se oían gritos y lamentos.

Yo cerré los ojos con fuerza y entonces, sí, pedí lo único que podía desear en ese momento…

DAVU (el principio)

No perteneces a ningún lugar, no tienes ninguna patria o nación. Tu tierra es la Tierra. Eres un hombre libre. Esas líneas dibujadas en el mapa no existen más que en la insensatez de los hombres, en nacionalismos estúpidos que pretenden crear zonas aisladas y protegidas tanto para los que quieren entrar o salir. No hay fronteras para ti. No debe haberlas. El mundo no pertenece a ningún ser vivo ni a ninguna especie. El ser humano tiene que poder caminar por cualquier punto del planeta sin pedir permiso ni pagar aranceles. Haz que todo esto sea posible, mi niño. Borra las líneas de colores del mapa y camina, y aprende… y vive.”

Davu, nació una noche del mes de Septiembre en un lugar indeterminado del mediterráneo. Su parto fue tan penoso y complicado que la vida parece que lo escupió fuera del útero de su madre cubierto de sangre, líquidos y heces, en el suelo de una sucia y abarrotada patera.

Dicen que es un milagro que hubiese sobrevivido y más aun, cuando la mujer murió horas después a causa de una hemorragia que su debilitado cuerpo no pudo controlar. Se quedó solo nada más nacer, pasando de mano en mano entre los extraños de aquella embarcación, donde nadie quería hacerse cargo de él. Un bebé envuelto en una manta que su madre tejió especialmente para ese momento y que apenas lloraba, como si sintiera que no tenía derecho a hacerlo o que fuese inútil, porque ella ya no era capaz de escucharlo. Alguien la empujó por la borda y rodó hasta caer al mar, discreta, sin apenas hacer ruido, como cuando parió a su hijo, tragándose el dolor y ahogando sus jadeos para no molestar a nadie. Pensaron en echarlo también a él al mar ya que lo daban por muerto y todos estaban muy nerviosos y aterrados presintiendo de cerca la muerte propia. Y eso hubieran hecho si alguien no hubiese gritado que veía acercarse un barco hacia su posición.

Ahora, Davu, cruzaba el mar en sentido contrario al de aquella noche. Habían transcurrido más de veinte años y allí estaba, navegando en un barco de pasajeros, con esa nota que su madre introdujo en un bolsillo oculto de la manta que ella cosió para él, antes de su nacimiento, la que escribió en el reverso de un mapa político donde lineas de diferente color delimitaban fronteras y países. 

Le gustaba imaginar el momento en el que ella la escribió. La veía descansando al anochecer tras una larga caminata, con los pies descalzos y acariciándole con infinita ternura a través de su prominente barriga. El mismo lápiz que había utilizado para marcar en el mapa la trayectoria que debía recorrer desde su casa hasta el mediterráneo, sirvió a su vez para escribirle ese mensaje, como presagio de una prematura despedida. Quizá ya notaba que algo no iba del todo bien en su embarazo y temía por sus vidas. 

Davu, estaba dispuesto a seguir esa linea de lápiz en dirección inversa a la trazada por su madre para conocer sus orígenes, para abrazar a su gente y llevarles esperanza. Sabía que lo que ella le pedía era muy difícil, porque muchas fronteras estaban escritas con sangre a través de varias generaciones y el ser humano necesita levantar muros hasta dentro de su propia casa, pero ya pensaba en la manera de hacer comprender que no es mérito de nadie el nacer en un país u otro, tan solo es casualidad, te debes sentir orgulloso de lo que haces por ti mismo y por los demás y no por la dirección que ponga en el pasaporte. Nacer es involuntario, la vida que elijas no, las circunstancias no siempre obligan.

En ese momento se sentía un hombre libre, feliz y pleno. Se sentía parte de la naturaleza, de la vida, donde cada molécula de su cuerpo se enlazaba con el sol que le calentaba, se mezclaba con la brisa que acariciaba su piel, se sentía enorme e insignificante a la vez, formando parte de un todo. Y mientras el barco sobrepasaba exactamente el mismo punto donde nació él y su madre muerta fue depositada en el mar, una imagen le vino de ella, flotando etérea con sus amplios ropajes, como alas incorruptas de mil colores y el rostro sonriente que nunca llegó a ver, con los ojos cerrados… como un ángel dormido…

 

Francisco J. Berenguer

Por el resquicio de un sueño oxidado

Hubo una vez una mujer que soñaba más que vivía.

Y no porque su vida fuera especialmente lamentable, ni mucho menos, pero se sentía tan atrapada en esa maraña de rutinas y tareas que se había tramado a su alrededor, como una conspiración lenta y silenciosa, que tenía la urgente necesidad de liberarse, de huir.

Cuentan que una tarde de invierno se dirigió a la verja de atrás de su casa, como había hecho tantas veces, con una manta sobre los hombros, para dejarse seducir por los colores del atardecer. En esa época del año el sol se esconde pronto y mientras los gemelos disfrutaban en casa, con la chimenea encendida, de una buena merienda que les había preparado, ella aprovechaba para permitirse esa pequeña escapada, deleitar sus sentidos y soñar.

Y soñó y, mientras el sol comenzaba a esconderse en el mar, se imaginó en la vida que se le había arrebatado. Porque ella y su amiga Victoria, la que ocupaba el pazo colindante al suyo, la que tenía cuatro hijos y el culo se le había hecho tan grande como el de las vacas que ordeñaba cada mañana, cuando eran jovencitas y sus cuerpos ajustaban de maravilla en las tallas estándar de los vaqueros, soñaban con viajar lejos de allí donde siempre llueve y huele a mierda de animales. Querían coger un barco o un avión y escapar de la condena familiar que las programaba para continuar atadas a la tierra y la ganadería e irse lo más lejos posible, no importaba el lugar, deseaban volar…

Dicen que en ese momento, en los segundos previos en los que el rojo anaranjado fue desapareciendo y los tonos azules del mar y el cielo se confundían, cuando una suave brisa que comenzó a soplar desde su espalda le hizo creer que la verja se iba descomponiendo en pequeños fragmentos y éstos se unían al vuelo de una bandada de gaviotas que justo en ese momento pasaba sobre ella.

Aquello lo tomó como una señal, como una invitación a escapar, sus sueños se hacían cómplices y le brindaban la oportunidad de cumplirlos.

Atravesó la verja sin dificultad, prácticamente deshecha por el salitre y el oxido acumulado más que por la fuerza de sus fantasías, y corrió sobre la hierba desprendiéndose de la manta que se quedó flotando unos segundos a su espalda, como una alfombra mágica suspendida en el aire.

Fue entonces cuando llegó al acantilado.

Y voló…

El miedo se apoderó de ella. En su extasiada carrera había olvidado lo cerca que estaba el precipicio.

Mientras caía pensó en sus hijos, que pronto acabarían la merienda y la esperarían para prepararles el baño, la buscarían por la casa, por el jardín…

Quiso soñar, en esos eternos segundos, con un milagro que amortiguara su caída, soñó fuerte, deprisa, en voz alta y con los ojos apretados para que se formara una red que la recogiese antes de destrozarse contra las rocas, pensó que podía ser posible al igual que antes la fuerza de sus sueños hizo descomponerse la verja de su casa.

Pero en el instante antes del impacto mortal comprendió que los sueños ayudan a evadirse de la realidad… pero no a construirla…

Francisco J. Berenguer

Sueños de siesta

  Puede que no escriba más                                                                                              y a nadie le importe                                                                                                              

Ha sido en las noticias de las tres, en la televisión, mientras recogía la mesa después de haberme comido entera una bandeja de canelones precocinados. Dos raciones ponía en la caja, pero yo me he quedado con hambre. Claro que también ponía que eran de carne, pero mientras los tenía en la boca dudaba si me había equivocado y había metido en el horno los de atún. Intuyo que no es bueno que apenas haya diferencia. Vivir solo, no saber cocinar e importarte una mierda tu salud es lo que tiene. Paraíso de los alimentos congelados y procesados, calentar y servir.

Pues como decía, en la tele dieron la noticia y yo me quedé paralizado a medio camino entre el comedor y la cocina, nueve pasos no hay más, con la bandeja de aluminio en la mano y un tenedor, porque, como es natural, me los como directo de la bandeja, así no ensucio platos y no tengo nada más para fregar que un tenedor relamido sin rastro de bechamel.

Dijeron que habían descubierto que en WordPress la mayoría de los usuarios eran perfiles creados por ordenador, que no eran gente real y que publicaban entradas basadas en no sé qué historias de algoritmos y secuencias digitales. Y lo que es más sorprendente todavía es que esos seres virtuales podían interactuar con otros haciendo comentarios, respondiendo, poniendo “me gusta” e incluso llegar a tener una conversación totalmente natural contigo… conmigo…

No tardó mucho esa noticia en extenderse también a otras redes sociales como Facebook, Twitter, instagram. Todo está repleto de perfiles falsos, de vidas inventadas, de comentarios manipulados, creadores de tendencias. Nada es real, está todo dirigido a sacarnos información personal sobre nuestros gustos, vicios o temores. Para inundarnos de publicidad, para controlarnos… control… que el rebaño no se disperse, que coma, que compre, que vote lo que ellos deseen y te hagan creer que es también lo que tú deseas. 

¡Joder! o sea que yo creía que me introducía en un medio serio donde escribía gente con inquietudes literarias para compartir mis tímidos escarceos en este mundillo y resulta que todo es mentira, que no existís ¡Pues vaya mierda!

Así que sois mis seguidores virtuales… sí… tú, que estás leyendo esto ahora, puede que no seas más que la recreación digital de un ser humano y ni siquiera lo sabes e incluso pienses que tienes una vida propia y real… ¡JA!

Puede que nada exista.

Quizá no seamos más que proyectos de vida creados en la mente de un Dios aburrido en la soledad del universo. Sueños de siesta de un creador gordo y sudoroso después de una obscena comilona, catador excelso de los siete pecados capitales y alguno más que se saque de la manga púrpura de su traje celestial.

Junté en mi cuarto a todos los asistentes virtuales que tengo (Siri, Cortana, Alexa y Google) y les pedí que me contaran un chiste. Tras una estudiada pausa respondieron  al unísono…

Tú.

Y se descojonaron con digitales y sensuales risas de mujer.

Francisco J. Berenguer

Clave de Luna

Ya no quedan atardeceres (rojos)

de carmín, de pasión, de besos en tu cielo (azul)

El sol no se oculta porque ya dejó de asomar

cansado de buscarla entre tus sábanas (negras)

Los días se hacen tan largos

en una habitación cerrada

enfermo de nostalgia, de destino (falso)

de corazón disléxico, arritmia diatónica

notas desacompasadas en clave de luna

No eres capaz de escuchar la sinfonía

que interpreta la vida tras las persianas (cerradas)

especialmente para ti, esperando tu intervención…

Siéntate al piano y demuestra tu arte (solista)

cree en ti, haznos creer que eres música

pronombre enclítico enlazado a tu verbo (único)

queremos verte, sentirte, descubrir tu partitura

el amor es mucho más que un desengaño (doliente)

No te prives de amaneceres y puestas de sol

sumérgete en la melodía de unos labios (desconocidos)

El mundo te reclama

solo tú puedes interpretarte

sube al escenario

y vive…

 

Francisco J. Berenguer

Fuera llueve…

Sintió que todo en su mundo era perecedero, hasta ella misma.

Y todo se le ocurrió cuando limpiaba y recogía la cocina, y encontró en el frutero una manzana que llevaba varios días sin tocar, oscurecida y madura por un lado y aparentemente fresca por el otro, el que daba la cara.

La apartó, la puso sobre la mesa de tal forma que veía al mismo tiempo las dos partes de ella y se quedó un rato observándola, dejando que su mente efervesciera y estallaran las burbujas de su imaginación.

Ella era así, había momentos que, sin pretenderlo, se ponía a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo… cualquier cosa que en ese instante le viniera a la cabeza. Le sucede cuando viaja en el metro y se aísla de cuanto le rodea, en la sala de espera del médico, en el hipnótico hervor de un guiso a fuego lento o, como ahora, en la simple abstracción observando aquella manzana.

No pensó en brujas, princesas y mucho menos en adanes, evas, serpientes con sotana y paraísos desahuciados… pensó en ella, la fruta, la degradación…

Y se sintió como una manzana olvidada en el fondo de un enorme frutero, madurando inútilmente hasta la putrefacción, donde nadie la elegiría por otro motivo que el de tirarla a la basura. Ahora ella era así, como la que tenía frente a sus ojos, con la madurez justa para que alguien la sintiera sabrosa, para poder compartirse y dar toda su esencia y experiencia a quien quisiera darle un bocado… o un beso.

Pero ella nunca sería la fruta que alguien eligiera, hace tiempo que abandonó los estantes del supermercado, ya no estaba en venta. Se entregó al cuidado de unos hijos que sabe que nunca agradecerían su sacrificio, ni esperaba su reconocimiento, claro está. Se conformó con un hombre del que se enamoró de joven y ahí sigue, esforzándose en creer que el amor no tiene fecha de caducidad.

¿Y qué más da? ¿Qué importa ella? Tiene una familia estable, bien posicionada. Una casa preciosa, buenos coches, apartamento en Jávea para el verano. Viste de marca, ropa cara, se puede permitir pequeños caprichos…

¿No es eso lo que pretendía en su vida? Familia feliz, hijos felices, marido feliz, aunque fondón e inapetente; cosas de la edad, de la rutina, de las comilonas, del sexo memorizado.

No se sentía con derecho a quejarse con tanta gente que lo está pasando mal.

Así que seguiría madurando ella solita, sin rechistar, disfrutando de la vida elegida, viendo cómo caduca todo a su alrededor y en su propio interior.

Solo deseaba paz, años tranquilos.

¿Qué más da olvidar aniversarios, voces y caras?

Todo queda obsoleto cuando el pragmatismo impera.

Fuera llueve… otro día más de puñetera nostalgia.

Cogió la manzana y la tiró con rabia a la basura,

mientras tragaba saliva,

para evitar que las lagrimas brotaran.

Es una mierda, pensó,

que hasta los sueños caducaran.

Francisco J. Berenguer

Del revés

Reconocida ausencia, secuencia de recuerdos

lo que fuimos, lo que fuiste, lo que fui

Cruel asesina, colaboradora clandestina

escondiendo cadáveres (de tiempo y espacio)

y haciendo desaparecer el arma homicida (la promesa incumplida)

ocultando las pruebas de la decadencia

sobornando el silencio de testigos (los sueños no hablan)

¿Qué queda de nosotros? si alguna vez hubo un nosotros

o solo la ilusión de serlo

Forzamos el encaje de piezas de puzzles distintos

patética comunicación en lenguaje de signos (opuestos)

Nos sobraron adjetivos, verbos, besos, versos y rimas (asonantes)

dominamos bien la aritmética y la métrica (suicida)

pero nos faltó la simetría en el compás de un latido (inerte)

y la conclusión de un proyecto (inexistente)

Tiempo de tormenta se avecina, tras el cristal (cobarde)

fuera está la vida para quien se atreve a mojarse

No intentes buscar el significado a los paréntesis

las horas de terapia resultan inútiles

cuando solo ves señales y no su gestación (oscuro útero estéril)

Por la parte interna de mi piel tatué tu imagen

donde nadie puede verla y solo yo la siento

para que cuando muera y me vuelvan del revés

comprueben la ausencia que me mató aquel día

y por la que viví el resto.

 

((Francisco J. Berenguer))

Latidos en blanco

Los ignorantes te llaman muerte

cuando no eres más que vida

latente

que desde la luz del primer llanto

acompañas nuestros pasos

penitente

Procesión insigne y blasfema

olvidada de dios y de su mano

hilera de velas sin sentido

de figuras talladas, al hombro

portadores

al triste son de trompeta y tambores

 

Me enseñaste que el sexo es pasajero

y que el amor es tan solo una ilusión

un medio de transporte

entretenimiento al estúpido viajero

que da más valor al destino y la llegada

que a las delicias del trayecto y las paradas

Comprendí que siempre vivimos de paso

en el segundo anterior a un parpadeo

 

Te siento cerca desde hace días

lo noto en mis huesos, humedad artrítica

en los latidos en vacío del corazón

como si fuese practicando para el pulso final

Merecido descanso, sin protocolo, sin aplauso

como querencia de astado

buscando las tablas

herido de muerte

Sangre y arena, sin playa

sin el gran azul

sin olas que arrastran penas a lo profundo

sal que escuece y cura

que cicatriza y amortaja.

 

Tomamos un té y nos vamos, si quieres

aunque hoy es otoño y me pillas mal

no sé si será buen día para morir

tengo la casa manga por hombro

y una lavadora de blanco por poner…

 

Francisco J. Berenguer

El momento inadecuado

¿Por qué se empeñan los dioses

en atraparnos en carne?

 

Desperté de lo eterno por ti

recorrí miles de mundos y formas

visité universos paralelos

y concluyentes en lo perpendicular

puntos tangenciales

en los que no te hallé

Te busqué en agujeros negros

para disputarte con la nada

si fuera preciso

cloaca infinita, reciclador de estrellas

Conocí civilizaciones y sirenas

que intentaron cautivarme

cantos y melodías turbadoras

seducción inútil a mi propósito

Y por fin logré encontrarte

en este planeta azul, desde el cielo

y gris a ras de suelo

Tu intensa luz me atrajo

pero no pude tocarte

ni tú me podías ver

Estabas presa en un cuerpo

viviendo una vida asignada

ajena a lo transcendente

a lo sublime de la existencia

No podía intervenir

las almas no transgredimos normas

aunque el amor lo justifique

Me quedé a tu lado, sin que me vieras

Fui la presencia que movió tu pelo

un día sin brisa

La caricia que erizó tu piel

cuando estabas sola

A veces me mirabas

y tu mirada me atravesaba

me buscabas sin saber qué buscabas

ni lo cerca que estaba

Me alejé y te dejé vivir

y esperé paciente

porque las almas se encuentran

siempre se encuentran

a pesar de que a veces lo hagan

en el momento inadecuado…

 

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles dormidos

Vuelvo a tropezar, mamá, y no estás

no estás para curar mis heridas de niño

soplando mis rodillas y mis lágrimas

aliento mágico de madres

mercromina y tiritas, sana sana…

Mis heridas ahora sangran hacia dentro

solo las siento, solo las sufro

¿Quién sanaba las tuyas, mamá?

¿Quién las besaba y te acariciaba el alma?

Cocinabas a fuego lento el estofado de la abuela

niebla de aromas en la cocina

lágrimas de cebolla, disimulado desahogo

-poned la mesa que esto ya está-

Tiempo de silencios y de pesetas, cara y cruz

crucifijos sangrantes sobre la cama

pasados que se ocultan y callan

Mejor no hablar, el luto enmudece historias.

Colgaste el sentir de mujer tras la puerta

y te pusiste la bata de madre de por vida

Te olvidaste de ti, de tanto darte

Me estoy volviendo transparente, mamá

todos pueden verme ahora tal como soy

sin filtros, indefenso, sensible…

No es evolución personal

ni exhibicionismo emocional

es mi forma de escribir la que me desnuda

propenso a lesiones, tropiezos y caídas

y no estás tú

para besar con ternura mis heridas.

 

Francisco J. Berenguer