La simpleza del universo

Eduardo piensa que siempre que desea algo con ilusión el universo entero confabula en su contra, y se alían contra él todas las fuerzas de la naturaleza para que no pueda conseguir su objetivo. Quién soy yo para decirte que nada de eso sucede, que no te creas más importante que esa pequeña escama de piel casposa que te retiras del hombro con descuidada indiferencia, que las cosas no suceden por y para algo determinado, que simplemente suceden y, a veces, te pillan a ti por medio. Que es tan absurdo como pensar que esa ola que te tumbó en la arena en el verano del 86 estaba concebida por y para ti, que el ímpetu del mar conspiró con el viento de levante y dos mil metros mar adentro comenzó a formarse aquella ola para que llegase a la orilla justo en el momento que te descuidaste al ver pasar por tu lado la chica más bonita que paseaba descalza por la playa de San Juan.

Eva siente que lo quiso desde el primer instante que cruzaron sus miradas, que se enamoró sin querer y sin poder evitarlo, y que el destino entrelazó sus agendas, el horario de autobuses, la gastroenteritis que la había retenido más de media hora sentada en la taza sudando, y más preocupada de que se escuchara desde fuera los sonidos obscenos que escapaban de su cuerpo que de su propio dolor de vientre, la decisión de coger las vacaciones en Julio en lugar de Agosto, encajó también el capricho de su compañera de piso de salir por la tarde a pasear por la playa en lugar de la mañana porque, según ella, la mañana es de abuelos, pringados y niñatos, y por la tarde es cuando salen los chicos buenos, que son los malos, los que se pasan la mañana durmiendo la resaca de la noche anterior y salen cuando baja el sol. Y quién soy yo para hablarte de la banalidad de estas situaciones, que cada día en el mundo se producen millones de interacciones como la que tú tuviste en el verano del 86 y unas proliferan y otras fracasan. Que lo que llamas amor a primera vista no es más que tu cuerpo al reaccionar ante los estímulos que te llegan de otro cuerpo, tu cerebro analiza en segundos cómo huele, su constitución, el color de su piel, considera las feromonas que sutilmente le llegan y que tú no tienes ni idea de lo que son y que te produce una atracción y una respuesta sexual y tú te sientes enamorada, bueno ese es el desenlace romántico que le quieres dar, aunque tan solo sea cuestión de química y hormonas. Concluyendo, él venía paseando hacia ti y tú te “enamoraste” perdidamente y fuiste ajena a la ridícula caída de otro chico que se volvió a tu paso embelesado por tus feromonas, seguramente, y una ola se lo llevó por delante.

Eva y Eduardo no llegaron a conocerse en el verano del 86, pasó mucho tiempo desde ese día en la playa. Se conocieron en febrero del 2020 a través de una aplicación de esas de parejas, chatearon y hablaron por teléfono durante semanas, y cuando por fin decidieron verse físicamente les sorprendió la pandemia y el estado de alarma. Para Eduardo era otra vez el puto universo contra él y su vida, el virus lo habían creado para joderle otra vez, como cuando, después de estar ahorrando durante dos años, decidió ir de viaje un once de septiembre a Nueva York y todo se le derrumbó como aquellas torres. Para Eva era el destino el que seguía decidiendo por ella, si había pasado esto era porque no debían verse, y era ella muy fiel a las señales, ya había decidido no citarse con él ni cuando se permitiese salir a la calle. Y quién soy yo para decirles nada, que ya me tienen harto con tanta tontería, al final cada uno cree lo que quiere creer. Tanto uno como otro se refugian de sus responsabilidades culpando al destino de lo que acontece en sus vidas, así vive mucha gente, quizá sea lo más cómodo. Quizá sean más felices pensando que hay fuerzas ocultas que dirigen nuestras vidas, la fe, la magia, el amor. El amor… química y hormonas, ya os lo digo…

Francisco J. Berenguer