Esta es una historia normal

¿Recuerdas cuando te ponía excusas para no ir a verte al hospital cuando estabas ingresada? Te voy a decir la verdad antes de que se me olvide o me resulte demasiado ridícula para contarla. No podía acercarme donde había gente que sufría, no sé si sabré explicártelo bien…

Quizá fuese un exceso de empatía o sentimientos hiperdimensionados fuera de lo común, pero yo sentía el sufrimiento de cada una de las personas que se encontraban allí ingresadas y tenía la necesidad de ayudarlos o de apoyarlos o de consolarlos, no sé, hubiese abrazado a cada uno de los desconocidos o les hubiese cogido de la mano y mirado a los ojos y les hubiese ofrecido lo único que tengo, lo único que soy… hasta a los enfermos contagiosos, a esos más quizá, porque son los que están más aislados, los que más necesitan que se les acaricie, que se les muestre amor sin ningún tipo de aprensión…

Qué idiotez ¿verdad? Me hubiesen echado del hospital enseguida o me habrían detenido. Hasta los enfermos o los familiares me hubiesen denunciado y tachado de pervertido o calificado de loco, trastornado… enfermo mental.

Ya te lo decía al ver las noticias y tú me mirabas raro. Me refiero a cuando la presentadora alternaba noticias horribles de muerte y sufrimiento con otras más desenfadadas o incluso divertidas, sin hacer ninguna pausa, sin cambiar apenas la expresión del rostro ni el tono de voz. ¿Pero que está pasando? ¿Es comparable el ahogamiento de 38 personas al volcar una patera en alta mar al anuncio de la película ganadora de los Oscar? Son treinta y ocho vidas, treinta y ocho historias trágicas, treinta y ocho pasados, treinta y ocho futuros, ilusiones, sonrisas, truncadas, perdidas, ahogadas… yo necesitaba horas enteras para asimilarlo, para intentar comprender cómo funciona este puto mundo y en la tele, solo diez segundos después, un erizo que habla pretendía venderte un seguro. Yo te dije que no quería ver las noticias comiendo y tú lo entendías, que a ti también se te hacía un nudo en el estómago a veces, pero era más que eso, era más de lo que te podía contar para que no me llamases exagerado.

Tenía que aprender a ocultar los sentimientos, a acolcharlos, adormecerlos. No estaba bien parecer demasiado exaltado y contento, ni demasiado triste. Tienes que disfrutar de los pequeños momentos que te brinda la vida, me dicen. Pero los pequeños momentos son para mí grandes, inmensos. Un amanecer es una vivencia brutal; leer un libro es vivir otras vidas y a la vez conocer la sensibilidad del escritor, por qué utilizó esa frase y no otra, cómo es capaz de cambiar tu estado de ánimo con tan solo palabras (siempre deseé llegar a ser escritor); escuchar una buena música o una canción te traslada de tiempo y lugar, te subyuga, te enriquece, te libera (también quise ser músico…); ver una película es una ventana abierta a otros mundos, es aprender, es llorar, es morir y amar (…y director de cine); una caricia descuidada; una buena conversación; un café; un paisaje, un cuadro.

Y el amor que sientes por alguien es lo más hermoso, lo más puro, lo más duro, lo que más puede llegar a doler. Porque el resto de las cosas te invaden de fuera hacia dentro, pero esta clase de amor surge de lo más profundo, te va calando desde dentro, donde reside tu esencia… es indescriptible lo que puedes llegar a sentir, como también es indescriptible lo que puede llegar a doler…

Toda la vida intentando disimular lo que sentía, tanto para bien como para mal. Tanto tiempo intentando encajar. Tanto tiempo aparentando no ser yo, que me olvidé de mí.

Fue entonces cuando me rompí.

Es curioso como la mente puede llegar a transformarte en algo distinto, puede matar tu esencia, ahogarla treinta y ocho veces o más en las oscuras aguas de una normalidad impostada. Y entonces quise salir de ahí, porque ya nada me conmovía, nada me apetecía. Me había convertido en un autómata con los sentimientos justos y admitidos para poder sobrevivir. No, no podía seguir allí. Amaba la vida, la había amado tanto, pero ahora solo quería apearme de ella. Quería terminar el viaje, porque en realidad ya lo había acabado, solo era la inercia, fuerza cinética lo que me mantenía con vida, porque el recuerdo de lo que fui me hacía aborrecer lo que era…

Entonces te diagnostican si te pillan a tiempo, te medican, modifican tu química, intentan nivelar tus neurotransmisores, y el mismo sistema que antes te decía, sin hablar, que no debías mostrar lo que sentías ahora te obliga a salir de la tristeza. Y te hace sentir culpable, con sutileza, de tu estado, porque eres tú y solo tú el que ha llegado a esto, y tú y solo tú eres el que tienes que salir.

Y al final, si no te has bajado en la última estación, continúas tu viaje, aunque ya no lo hagas por ti, sino por los que te rodean, por los que te quieren, a su manera. Porque todavía puedes ponerte en su lugar y verte a través de sus ojos, porque no todo depende de ti y tú no eres lo más importante, eres uno más, solo uno más.Y te sientas en un asiento del vagón, junto a la ventanilla, y te comportas como cualquiera de los viajeros que te acompañan, con total normalidad. Y miras como la vida pasa con velocidad a través del cristal, como ellos. Y ves ese brutal amanecer y ves esos almendros que, temprano, rompen en flor, y el rocío que deposita bellas lágrimas en todo el campo que abarca tu vista. Y te emocionas, pero solo lo normal, como debe ser.

Porque esta es una historia normal… aunque se disfrace de tristeza.

Francisco J. Berenguer

El eco de tu voz

Echo de menos tu voz, mamá. La canción que siempre me cantabas cuando estaba triste o enfermo. Aquella que siempre acababas haciéndome cosquillas, haciéndome reír, haciéndome sentir parte de ti, parte de este mundo. Pero eso fue antes de que enfermaras y de que olvidases mi nombre…

Te prometí ser fuerte, pero estoy cansado, muy cansado de aguantar insultos, golpes, de cuadernos rayados, de escupitajos en el bocadillo. Cansado de aparentar que todo va bien, de ser ridiculizado e ignorado. No puedo más.

Ha llegado el momento de terminar, de reunirme contigo donde quiera que esté el cielo ese del que hablamos ¿recuerdas? Cuando tú ya sabías que te ibas a ir pronto y yo tenía la ingenua esperanza de que sanases.

Una, dos, tres, cuatro… ¿Cuántas pastillas hacen falta para acabar con una vida? Tengo muchas. Las he ido reuniendo poco a poco sin que nadie lo advirtiera. “Un ratoncito sigiloso” solías llamarme cuando me colaba en la cocina para robarte una galleta o un hojaldre mientras tú fingías no darte cuenta. Son pastillas de papá, las que necesita para dormir desde que no estás; algunas son de la abuela, de esas que ella dice que son del corazón y otras que encontré en la calle cuando un indigente estaba sacando bolsas de un contenedor de basura y cayeron a mis pies varias cajas de medicamentos caducados, aunque no creo que eso importe para el uso que pretendo darle.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve…

Estoy encerrado en un baño de este nuevo instituto esperando que se acabe la hora del recreo, todos entren en clase y quedarme completamente solo. Papá me cambió a este instituto cuando se enteró que en el otro me pegaban. Yo no se lo dije, fue la vecina, la madre de Carlos, él se lo contó y ella vino una noche a casa, mientras cenábamos pechugas empanadas (qué buenas las hacías tú, mamá) y habló con papá.

Luego todo ocurrió muy rápido. Al día siguiente papá fue a hablar con el director y salió muy enfadado. Me sacó de clase y me llevó con él en el coche a casa. Conducía de manera brusca y muy rápido. Cuando paramos en un semáforo se quedó mirándome y me dijo que era un cobarde, que por qué cojones no sabía defenderme.

Diez, once, doce, trece…

Las pongo arriba de la cisterna sobre un trozo de papel higiénico, ya sé, mamá, que en los baños públicos hay muchos microbios. Y tengo mi botellita llena de agua, la que siempre querías que llevase encima para no deshidratarme. Tendré que tomarlas en varias veces, no me caben todas en la boca.

Una semana después ya me admitieron aquí y… aunque en un principio todo iba bien, pronto volvieron a aparecer los golpes, los insultos… eran distintas personas, pero la misma maldad, el mismo odio.

Creo que el problema soy yo, mamá. Que, aunque mil veces me cambie de clase, mil veces se volvería a repetir lo mismo. No sé por qué provoco su ira. Tú me decías que era perfecto, pero te equivocabas. Debe haber algo malo en mí que atrae el mal. No culpes a papá. Es muy bruto, ya lo conocemos. Se ha criado en la calle y no concibe que yo no sea como él; que prefiera leer y la música en lugar del fútbol, correr y pelear por la calle. Dice que tú me has hecho blando, pero lo oigo llorar algunas noches, cuando cree que duermo, pronunciando tu nombre. También está sufriendo mucho, por eso no le cuento nada de lo que me está volviendo a suceder. Cuando termine con esto tendrá una preocupación menos.

Catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y dieciocho.

La sirena ha sonado y todos están en clase.

Es la hora.

Cojo un puñado y me las meto en la boca. He leído por internet que el efecto es más rápido si se mastican. Lo intento, pero me duele la mandíbula. Minutos antes tenía una bota apretándome la cara contra el suelo, creo que todavía tengo la huella marcada.

Dos tragos largos de agua y me las trago. Otro puñado, dos tragos.

Me llevaron a la parte de atrás donde la estructura del edificio hace un hueco rectangular entre dos pilares. Oculto a miradas, aunque no del todo. Hubo alguien que me vio… siempre hay alguien que mira… siempre hay quien aparta la mirada y calla. No les culpo, seguramente yo haría lo mismo en su caso; es preferible que sea otro quién se lleve los palos y hacer como que no ves, pasar inadvertido para que no cambie el foco de sus miradas. Es el código secreto de la supervivencia en el patio.

Son las últimas y con ellas apuro el resto de la botella.

Siento un calor extraño, como algo que arde en mi interior. Noto las pulsaciones del corazón en las sienes, en toda la cabeza y mis párpados se vuelven muy pesados, imposible mantenerlos levantados… ¿es esto la muerte, mamá?

Puedo oír cómo se abre la puerta de los aseos y alguien entra. Intento no hacer ruido, es fácil, apenas me quedan fuerzas para respirar. Entonces es cuando escucho tu canción, nuestra canción ¿has venido por mí…? Saco fuerzas de donde no me quedan, aparto con el pie la mochila que bloquea la puerta y salgo a verte… pero no eres tú, mamá, la que canta… a duras penas puedo acercarme a una señora vestida de blanco que, sorprendida, deja caer una fregona al suelo para acogerme en sus brazos, donde todo se hace oscuro y el tiempo se detiene…

No creo en ángeles, mamá, no en esos con alas y ropas vaporosas, pero estoy seguro que tú me enviaste uno, vestido de limpiadora, para salvarme.

Gracias a ella pudieron cogerme a tiempo y evitar que las pastillas me matasen. Sé que fue obra tuya, que tu deseo es que siga viviendo y verme crecer desde donde quiera que te encuentres. Porque la vida en sí es más importante que los problemas que la rodean y nadie tiene derecho a acabar con ninguna… ni siquiera la propia.

He recibido mucho amor en el hospital, luego en el instituto, en clase… hay mucha gente buena, mucha más que mala. Me he dado cuenta del error cuando me culpaba de lo que sucedía, de asumir el miedo como algo natural y guardármelo para mí. He aprendido muchas cosas, mamá, y ahora quiero transmitir lo que sé. Ayudar a los demás para que no pasen por lo mismo que yo.

 Sí, ya sé que siempre existirá alguien que se crea con el poder de abusar de los más débiles, no soy tan inocente. Pero lo que sí puedo conseguir es que el resto no aparte la mirada… y no callen, que se impliquen.            

Te echo tanto de menos que duele, aquí dentro. Pero sé que estás conmigo, que siempre lo has estado y todavía suena el eco de tu voz en mi cabeza de esos momentos, cuando me acariciabas y entonabas nuestra canción…

Francisco J. Berenguer & Selene Berenguer