Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles de piedra

Anhedonia: Incapacidad para experimentar placer. Pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Falta de reactividad a los estímulos habitualmente placenteros.

Crees que es un sueño, tan solo un mal sueño.

Fruto germinado de semillas rancias cuyas raíces invaden tus entrañas, se enredan, se entrelazan alrededor de tu estómago, lo oprimen, lo penetran, dolor punzante, se alimentan, te alimentan, te digieren, te digieres. Canibalismo introspectivo, devorador de pensamientos, sentimientos y deseos. De dentro hacia fuera, licuando tus órganos con su veneno, deshaciendo proyectos, desvaneciendo ilusiones.

No eres lo que fuiste, aunque antes tampoco es que fueses una maravilla. Lo que queda de ti se dispersa en el trayecto de la cama al sofá… migración inútil… continua hibernación.

Has dejado pasar la vida tanto tiempo, sin implicarte, sin saborear lo que te ofrecía, que se ha olvidado de ti. Y te da igual. Ya no tienes que fingir, no queda nadie a quien engañar, hace mucho que se alejaron y borraron tu número de sus agendas. Aunque insistas en llamarlos, sus teléfonos les dicen que eres un desconocido, insignificante, un error, una llamada perdida de las que se ignoran.

Te convertiste en testigo mudo y desprotegido de juicios absurdos, espectador autista que ni ríe, ni aplaude, ni llora. Y contemplas el final de tu lamentable actuación como si fuese ajena, una película aburrida que deseas que termine… y volver a la cama, por el mismo sendero, surco desgastado en el pasillo, arrastrando los pies, zapatillas deshilachadas, hedor a sudor y dejadez.

Crees que es un sueño, un mal sueño, tiene que serlo.

Pero sabes que todo tiene sentido.

Recuerdas aquel día.

El día del entierro.

Deseaste no sentir tanto dolor

deseaste no sentir

convertirte en un ángel de piedra en el cementerio

velando su tumba.

 

Francisco J. Berenguer

En silencio

Que calle la luz y las sombras la amordacen

que calle el tiempo y cada segundo se pierda en el abismo

que calle Dios, aunque nunca me haya hablado

que ni la lluvia suene al caer, en mi piel cada gota duele

que calle el silencio que ensordece, que oprime, que angustia

No quiero ánimos, ni ayudas, ni esperanzas

la vida no me ha tratado mal

yo la he maltratado a ella

me lo dio todo, confió en alguien que no pidió existir

alguien que no quería aprender,

que no quería amar, que no sabía

Extraño al nacer, huérfano de alma, de ser

desprecié placeres y me refugié en el dolor

en mi oscuro mar interno, espeso como petróleo

Que callen las voces de la conciencia

que calle el viento, que no silbe por mis grietas

que exhalen mis pulmones su último aliento

que se apaguen los latidos de un corazón ignorado

El albergue de una tumba húmeda y profunda

una lápida de mármol sin fecha ni nombre

de alguien que nació y murió

pero que apenas ha vivido…

Que callen las plegarias, no son bien recibidas

que callen las palabras en tus labios

y llora, si te place

las lágrimas no hacen ruido.

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer