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Antes desde aquí se veía el mar, pero fue antes de que tú nacieras, antes de que construyeran esos edificios tan monstruosos delante.

No por favor, basta ya de pastillas y calmantes, no quiero estar drogado en este momento tan importante.

El dolor forma parte de la vida.

¿Acaso se le dan pastillas a una criatura cuando nace? El dolor nos acompaña desde siempre. Sufrir, a veces, es necesario para aprender a sobrevivir.

Quizá tú no lo comprendas ahora, todavía eres muy joven, hija mía. Pero deja por un momento de ser la chica responsable, la que siempre obedece, la que cumple con lo que le dicen los médicos. No me regañes como a un viejo estúpido, aunque lo sea, no voy a tomar más medicación, quiero sentir la muerte con toda la consciencia de la que sea capaz, solo deseo que me acompañes un ratito más. Si quieres luego vete, no me importa morir solo.

Siempre estamos solos ¿sabes? Por mucho que te enamores de alguien y creas que forma parte de ti, aunque tengas pareja, hijos, nietos, padres o hermanos. Siempre estamos solos en nuestro interior.

Al construir esas gigantescas moles de hormigón y cristal frente a nuestro balcón, no solo nos privaron de la vista del mar y hasta de su olor, también nos ocultaron del sol. Solo trece minutos, trece mágicos minutos, es el único tiempo que el sol nos ilumina al día, cerca del mediodía, cuando se deja ver al pasar entre los dos edificios. Puede que hoy sea la última vez que lo vea, lo presiento. Por favor, acércame a esa ventana y quédate conmigo hasta entonces.

Dame la mano, pronto aparecerá por allí, a la altura del piso dieciséis, creo. Mira que es jodidamente alto el cabrón. Perdona los tacos, cariño… perdóname por lo que he hecho mal, la vida no es fácil, aunque eso no es una excusa, no, no lo es. Me gustaría decirte alguna buena frase, de esas que se recuerdan, como pasa en las películas o en los libros, una frase o una reflexión importante, bonita o inteligente, con trasfondo, con clase, de la que puedas decir que eso fue lo que te dijo tu padre antes de morir, y te sientas orgullosa. Pero no se me ocurre nada interesante. Nunca he sido demasiado listo, ni creativo, ni demasiado tonto tampoco, ni demasiado nada. Lo siento.

Mira, los primeros rayos asoman. Pero ¿qué haces con las gafas de sol puestas? Anda, quítatelas. Desabróchate algún botón más de la camisa y mira hacia delante, con los ojos cerrados, como se mira al sol. Levanta la cabeza, disfruta, siente cómo te acaricia la cara, se puede sentir como si alguien te tocara, es cierto. Se desliza por tus pómulos, calienta tus labios, humedécelos un poco, siente el calor por tu cuello, siente la luz, siente el poder. Entreabre un poco los ojos y permite que se cuelen entre las pestañas miles de estrellas… es la vida, amor mío, el infinito, el universo… lo eterno.

Solo trece minutos y todo acaba.

Francisco J. Berenguer

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

Síntomas de soledad

Era un colegio gris, de cemento gris en el patio y las paredes, y baldosas grises o marrón oscuro en los pasillos y las aulas. Era mil novecientos setenta y tres y alguien un día, con sus pequeños dedos, ampliando un desconchón de la pared, descubrió marcas de disparos. Huellas de muerte, restos de odio. Lo veíamos con asombro, pero con preocupante naturalidad. Ahora me estremezco al pensar que tan solo treinta años antes, quizá menos, fusilaron allí a personas, en el mismo patio donde, apiñados, se jugaban diez partidos imposibles a la vez, con diez balones y más de cien piernas.

Era un colegio solo de chicos, las chicas distraen, decían, de hecho, apenas había mujeres aparte de una profesora que le daba clase a los más pequeños y se encargaba, además, del coro para los festivales de navidad y del “santo patrón” del colegio. ¡Ah…! y del mes de María, esos meses de mayo que acabábamos antes las clases de la tarde para hacer ofrenda a la virgen. Todavía recuerdo alguna letra de las canciones: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…”

Eran tiempos de formar en el patio antes de subir a las clases, que estaban en un primer y segundo piso con un balcón corrido que daba a la platea desde donde nos observaban los profesores. Tiempos de himnos y consignas, de religión y patria, de silencios obligados y miedos ocultos… no preguntes, no quieras saber demasiado, no quieras descubrir la verdad, cree lo que te decimos, obedece. Ya sabes quien escribe la historia tras una guerra.

Era un chico raro entonces, creo que siempre lo he sido, no tenía habilidad para el fútbol y casi siempre me quedaba fuera cuando (chapí, chapó) los capitanes elegían a los chavales para formar parte de su equipo, si éramos impares yo sobraba. Me gustaría decir que no me importaba y que no me causaba tristeza y frustración cuando me quedaba el último para que me eligieran y, o bien no lo hacían directamente o alguien me incluía en su equipo por pena o falsa camaradería, pero no sería cierto.

Supongo que eso sirvió para potenciar la afición que siempre había tenido de imaginar e inventar historias, crear vidas y momentos y soñar que los vivía… síntomas de soledad, alivio de ignorados. Pero descubrí que esa misma soledad era compartida con un puñado de niños que, por un motivo u otro, soportaban esa exclusión forzosa o forzada de la popularidad deseada. Y nos juntamos, como una pandilla de superhéroes lisiados, en un rincón del patio a resguardo de balonazos, para compartir nuestras desdichas.

Y así fue cómo esa afición de crear cuentos, situaciones y personajes imaginarios cobró otra dimensión. Comencé a ponerle voz y a dar a luz mis historias junto a ese niño gordito mientras comía su bocadillo de chorizo, con ese empollón de gafas gruesas y empañadas, con el niño que parecía una niña y con ese que aparentaba estar siempre enfermo. Tanto a ellos, como a mí, nos servía para evadirnos de esa realidad que nos incomodaba, la que no terminaba de aceptarnos, la que nos dejaba fuera de ese equipo al que queríamos pertenecer y de ese juego al que queríamos jugar.

Escuchaban mis palabras casi sin pestañear y cada día, día tras día, me pedían más y yo inventaba, me las preparaba en casa o improvisaba sobre la marcha… eso era lo que más me gustaba… como ahora, más de cuarenta años después, me siento ante una hoja en blanco e improviso. Unas veces surge algo nuevo, que ni siquiera tenía previsto, otras, tal como hoy, revivo algún recuerdo de esos que te asaltan por sorpresa, y otras, simplemente, se queda sin mácula el blanco.

Los impactos de bala fueron cubiertos, nuevamente, con cemento gris y los niños seguimos jugando, ajenos a la tragedia, sobre sangre desintegrada por mil lluvias de agua limpia y amargas lágrimas, con diez balones, más de cien piernas… y una historia por contar…

 

Francisco J. Berenguer