Mi deseo impropio y tus hoyuelos de Venus

Y sigues con esa manía tuya de etiquetar, de clasificarlo todo, de marcar diferencias entre las longitudes y latitudes de esta cama alquilada por horas. Que si esto no es amor, ni siquiera un querer, que tan solo es sexo, pasión de cuerpos malheridos, refugio solitario, subversivo instigador de orgasmos y confesiones.

Desiste de pensar, de organizar tu sentir y el mío por parcelas y colores, déjate llevar y cierra las piernas, si quieres, pero abre tu mente. O mejor, olvídate que la tienes. Vamos a amarnos tan salvaje y obscenamente como seamos capaces o de la forma más discreta y puritana. Como quieras, como nos apetezca en ese momento. Te puedo atar, desnuda, a los barrotes de la cama con pañuelos de seda, vendarte los ojos y subliminar el placer o apagar la luz y hacerlo suave, con ternura o sin ella, tal te plazca, mirando la pintura del techo o mordiendo de arrepentimiento la almohada. Puedes ofrecerme beber del dulce néctar que mana entre tus muslos o llenar tu boca con mi carne… ¿Quieres arriba, quieres abajo, quieres darte la vuelta…?    

Esta cama es una puñetera tabla de salvación perdida en un negro y solitario océano de hipocresía y pleitesía al bien quedar. Aquí no necesitamos fingir, solo sobrevivir. Tan solo somos náufragos de nuestras propias vidas impostadas, enmarcadas y maquetadas, guion absurdo de Telecinco, de sonrisa fácil y ecos rancios de originalidad desprovista. Aquí no existe el pasado, te deshiciste de él al tiempo de desnudarte y el futuro va a la deriva resbalando por el sudor de nuestra piel, sin rumbo ni destino, sin promesas que aten, que culpen, que destrocen…

Te amo, te quiero, o ambas cosas o ninguna. Elige tú el cajón donde prefieras guardarlo, donde las etiquetas coincidan con el caos ordenado de tu existencia y perdóname si, en ocasiones, me comporto de modo brusco y desprovisto de esa sensibilidad que me atribuyes.

Ya sabes.

Es el diablo que a veces me araña por dentro y despierta ese impropio deseo, inconveniente y a destiempo. El que no me permite apartar la mirada de esos hoyuelos, tan atractivos y excitantes, del final de tu espalda.

Francisco J. Berenguer

Tibia, espesa… y jugosa.

Apenas comenzó la noche supe que hoy tampoco mataría a nadie.

No es que hubiera prisa, la primera víctima de un asesino en serie es la más importante ¿no? la que inicia esa aventura por el camino del crimen y, además, es también la que va a marcar las pautas a seguir en mi prometedor futuro sangriento.

Este trabajo de asesino, que mis voces y mi oscuridad interior me han asignado, no es tarea fácil. No es como mi etapa de vendedor de seguros, esa en la que tirabas de familia y amigos para firmar las primeras pólizas, no, qué va. Si comenzara a matar a los de mi entorno sería presa fácil y, además, me quedaría sin coartadas. Cierto es que en el que primero pensé fue en mi cuñado, pero iba a ser demasiado evidente, lo dejaré para cuando adquiera más práctica, incluso podré hacerlo para “que parezca un accidente” ¡Jó… qué frase de mafioso más chula!

Esto me hace tanta ilusión…

Me voy a dedicar a eliminar a mujeres, sé que es un clásico pero, supuestamente, son las presas más fáciles y es lo recomendado por nueve de cada diez asesinos en serie de toda la historia. Ya me imagino también, que me pueden tachar de machista, pero espero que el odio que sientan por mí como sangriento criminal derive la atención del movimiento feminista y no me etiqueten de ser algo tan cruel y ofensivo. Que uno tiene su dignidad, soy, o seré, un asesino con valores y muy respetuoso con ese tema tan candente. No mezclemos.

Lo cierto es que anoche me equivoqué al elegir a Mari Carmen como primera víctima. En principio me pareció buena de matar cuando entró en aquel bar con esa minifalda ajustada, un sujetador más ajustado todavía y esa blusa dos tallas menor a la suya (por lo menos) que obligaban a sus pechos a querer escapar de tal opresión. Unas tetas que se mostraban pálidas y que, con ese tremular de carne madura (de los cuarenta no bajaba, seguro) indicaba que no eran de silicona. Ojo, no es que esté en desacuerdo con las operaciones de estética, tampoco deseo buscarme enemistades con este sector (mira que es difícil quedar bien con todos) solo decir que siempre me ha atraído la belleza natural de la mujer. Soy un clásico.

Lo cierto es que cuando la llevé a mi “apartamento secreto” (lo siento, como comprenderéis no os voy a dar detalles de su ubicación por razones obvias) echamos el primer polvo y comencé a conocerla un poco, me fueron desapareciendo las ganas de matarla… Ya sé, debo tener menos empatía, eso es de primaria de criminología aplicada, pero es que yo no soy de esos de follar ahí, sin apenas conocerse, sin hablar, aquí te pillo aquí te mato (jeje). Creo que tendré que cambiar mi estrategia de planificación y eliminar el sexo antes de cometer el asesinato.

La cuestión es que se me quedó la “habitación roja” sin estrenar. Yo que le había dedicado tantas horas a preparar todo el instrumental de descuartizamiento, la mesa de autopsias, los narcóticos, el plástico recubriéndolo todo para evitar dejar rastros de sangre, al estilo Dexter (el puto amo). En fin, una pena.

Debo confesar que hubo un momento, cuando vi su voluptuoso y bello cuerpo, totalmente depilado, adormecido a mi lado, después de saciarnos de placer varias veces seguidas, que me imaginé cómo sería sentir el penetrar del afilado cuchillo, que tenía preparado, en la carne flácida y confiada de su vientre, el contraste con la sangre roja y oscura sobre su piel rosada, la tibia y espesa calidez… Pero solo fue un momento, porque ella abrió los ojos y me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, pero que tenía poca cosa en la cocina. Entonces se levantó y se fue para allá, toda desnuda, con total soltura y naturalidad. Desde la cama la escuchaba como trajinaba en la cocina, hasta creo que canturreaba algo, y al cabo de un tiempo, no sé cuánto, la verdad, porque estaba medio adormilado, ¿sabéis lo que me trajo?

¡Una tortilla de patatas! ¡Una jodida tortilla de patatas! ¡Mi comida preferida!

Y además, como si me conociera de toda la vida, la dejó poco hecha, toda jugosita, manjar de dioses.

Así que pensé que era un delito privar a la humanidad de una mujer con estas cualidades y me olvidé de las voces de mi cabeza, de mi oscuro pasajero, de Dexter y su modus operandi, disfruté de la tortilla y luego volví a saborearla a ella, otras dos veces… ¡Joder, así no hay quien mate!

…también tenía cebolla… impresionante, os lo aseguro.

 

Francisco J. Berenguer

Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer