Laura

Cuando decidí ser yo misma me surgió el dilema.

¿Quién soy yo, realmente?

Puedo ser cualquiera de mis “yo” declarados; los conocidos, los que se muestran, los que se ocultan… o una mezcla de todos ellos.

¡Joder…! ¿todas las personas son así de complicadas o solo soy yo?

Creo que toda mi vida he estado interpretando personajes, adoptando personalidades y costumbres para intentar encajar donde se suponía que debía estar, lo que debía hacer, lo que debía decir.

¿Cuántas veces en mi vida habrá decidido ese yo, que todavía desconozco, lo que verdaderamente deseaba hacer?

Esta no es mi vida; estoy viviendo la vida de otra mujer, la que vosotros decidisteis que fuera… y lo habéis hecho tan bien… hasta hoy pensaba que eran mis propias decisiones las que me han llevado a este punto y no las vuestras… creí que era libre.

¿Quién soy yo?

¿La chica sonriente del trabajo? ¿La que siempre procura estar de buen rollo y os anima, la que sabe escuchar, la que es positiva, o la que se esfuerza cada mañana en maquillar su alma en el espejo del baño, dibujar una sonrisa que parezca natural e idear algo gracioso que contar cuando coincidimos ante la máquina de café?

Soy la esposa que recibe con un beso a su marido, la de sexo consensuado que, aunque complaciente, está lejos de ser la lujuria desatada del principio. Sexo programado como la comida o como la lavadora, para cumplir la función de saciar una necesidad. Minutos de química y hormonas que dejan luego más vacío que plenitud. Pero también soy la mujer que, después de gemir en la cama, se masturba en silencio en el baño, para que ni los niños ni él sospechen, fugitiva de mi propia intimidad, con esa estúpida sensación de culpa, la que me persigue… la que me ahoga.

Soy limpia, ordenada, pragmática, previsora; siempre llevo un pequeño paraguas en el bolso. Y también adoro el caos y me gusta perderme en mis sueños, algunos inconfesables, pero tengo la necesidad de contárselos a alguien, para que ese alguien me cuente los suyos y comprobar que no estoy tan mal de la cabeza. Odio las tareas del hogar, pero me esfuerzo para tener la casa impecable; no sé si porque es lo que se espera de mí, o porque yo lo quiero así.

Daría mi vida por mis hijos, literalmente y, sin embargo, a veces me gustaría perderme y pensar que no existen. No me gusta el machismo primitivo ni el feminismo exagerado de ahora. Adoro ver una pareja de abuelitos que se han amado toda una vida y admiro el valor de las mujeres que sacrifican su matrimonio por huir de una pesadilla o perseguir un sueño.

Me gusta sentirme hermosa y deseada, pero me pongo muy nerviosa cuando un hombre me mira y mantiene su mirada. Ya no creo en el amor ese de las películas y, al mismo tiempo, deseo vivir una increíble historia de amor y pasión desmedida; tengo ganas de cometer locuras y que las cometan por mí.

¿Quién soy? ¿la que escribe y profundiza en este diario o la que iba a misa los domingos de antaño? ¿la que se siente atraída por los hombres o la que se sorprende imaginando una aventura con alguna mujer?

Todos tenemos nuestros demonios y nuestros ángeles dormidos. Y hoy, que he decidido ser yo misma, no sé a quién despertar primero…

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer

Virginia

Me siento invisible, o al menos transparente, en ocasiones.

A veces es divertido, curioso. Otras veces es como si estuvieras muerta.

Existimos en relación a lo que nos rodea, la percepción de una misma se distorsiona cuando alguien te mira o te toca o, simplemente, te ignora.

Mi marido hace tiempo que no me ve. Ni me escucha cuando le hablo, debe ser el tema este de la invisibilidad, las cuerdas vocales se desmaterializan. Sé que desde hace tiempo no soy nadie para él y poco a poco he ido desapareciendo en su retina.

Lo malo es que me impregno de esa sensación y se vuelve real, tangible… o intangible en mi caso, en el día a día.

Por la calle hay gente que se roza conmigo y es como si me atravesaran, nadie me pide disculpas cuando tropiezan y eso que casi se me llevan el hombro del golpe. Tengo que ir pendiente de las personas con las que me cruzo, esquivándolas, haciendo un slalom por la acera. Quien me vea no sé lo que pensará… bueno… no me ven, jajajaja.

Hasta las puertas que se abren automáticamente me ignoran, aunque dé saltos frente al sensor. Tengo que esperar que pase alguien perceptible para colarme al mismo tiempo, como un fantasma novato que todavía no sabe atravesar paredes.

Y en el metro, en el autobús… a la peluquería hace tiempo que no voy, total, ya nadie ve si mis canas ganan terreno al tinte. Y en la pescadería pasan de darme el turno, ha sido un alivio que pusiera esos dispensadores de números de papel. Pero cuando me toca, el pescatero no me entiende cuando le pido que las lubinas las quiero limpias y que me saque los lomos, y me las da tal cual. Estoy aprendiendo a limpiar pescado, es asqueroso, pero qué remedio.

El otro día todo comenzó a cambiar.

Llamaron a la puerta de casa y cuando abrí encontré a un hombre, casi transparente como yo, sonriéndome mientras me pedía prestada azúcar para su café de la mañana. Cuando le pregunté si era un vecino nuevo, me contestó que llevaba viviendo más de un año en el mismo rellano que yo, pero que no me apurase, pasaba siempre desapercibido para los demás desde que su novia lo dejó por alguien más nítido. Que él tampoco me había visto casi nunca.

Nos reímos casi sin eco en nuestros cuerpos translúcidos y entonces, milagrosamente, nos fuimos materializando poco a poco. Comencé a verlo y él a mí. Al principio me dio vergüenza, estaba muy descuidada, pero noté que a él le pasaba lo mismo. Llevaba barba de varios días y el pelo desaliñado, una bata abierta sobre un pijama azul arrugado. Y yo no iba mucho mejor, pero qué importaba. Nos veíamos, incluso nos atrevimos a tocarnos solo con la intención de comprobar que éramos reales y no el sueño de lo que aspirábamos ser.

No hablamos más en ese momento, le di unos sobres de azúcar que tenía en el bolso y él me dio un suave beso en los labios. Me di cuenta porque me pinchó un poco con la barba, ya que yo estaba alucinando tanto que ni lo vi acercarse. Luego se marchó.

Nos vemos muy a menudo. Nos contamos cómo nos sentíamos antes y lo diferente que es ahora. Cómo cambia la vida cuando alguien te importa y cuando ese alguien te tiene en cuenta.

Al fin he podido pintarme las uñas que llevaba tiempo sin arreglar… y lo necesitaba después de tener que limpiar tanto pescado. Me he arreglado el pelo, me he comprado ropa y estreno sonrisa cada día frente al espejo.

Ayer me di cuenta de algo mientras cenaba en casa con mi marido: se está volviendo transparente. Casi no lo veo ahí sentado frente a mí. Apenas lo escucho cuando habla, está comenzando a desaparecer. Y ahora es cuando él me mira y quiere acercarse a mí, pero es tan intangible que no noto sus caricias, me incomoda el mínimo roce con esa imagen difuminada que apenas distingo.

Lo ignoro porque está desapareciendo o desaparece porque lo ignoro. Me da igual, hoy he quedado.

Ojalá cuando vuelva haya desaparecido del todo. No le odio, ni le deseo nada malo. Simplemente quiero que sienta el abandono y la insignificancia plena que me ha hecho sentir durante tantos años.

Qué curiosos son los estados del cuerpo humano. El amor o el desamor tiene el poder de desintegrar a cualquier persona hasta hacerla totalmente invisible… y no, no es una sensación agradable.

 

Francisco J. Berenguer

María

A veces es como despertar una mañana y ser consciente de que has soñado, pero no recuerdas el sueño.

Me da miedo dormir, porque sé que un día me olvidaré de mí.

No somos más que recuerdos, débiles retazos mentales del pasado.

Comenzó siendo gracioso ¿recuerdas?

Al principio lo es. Pequeños despistes, equivocaciones al hablar, repetir lo dicho como si fuera la primera vez y quedarte parada con cara de boba en un eterno déjà vu.

Una misma se da cuenta y sonríe sin darle importancia.

Luego llega el miedo, el no querer reconocer la enfermedad. Y un día intentas volver a casa y no recuerdas dónde vives…

La genética y la edad juegan en mi contra. Ya sabes por qué no quise tener niños. No quiero perpetuar en nadie más los errores de mi naturaleza. A menudo echo de menos los hijos que no tuvimos ¿eso puede ser? ¿añorar algo que nunca se ha conocido?

Tú siempre me apoyaste en todo. Yo sé que querías haber tenido descendencia, pero no influiste en mis decisiones, me respetaste siempre… joder ¡cuánto te quiero!

¿Sabes? Lo que más duele es que en algún momento te convertirás en un extraño para mí… no te reconoceré… es horrible… me duele en lo más profundo del pecho solo de pensarlo.

¿Y tú? ¿cómo te sentirás, mi amor, cuando olvide tu nombre? ¿Cuándo apenas reconozca tu rostro y te pregunte quién eres? ¿Cuándo tengas que ponerme esos horribles pañales para adultos y lavarme? ¿Cuándo mi mirada perdida en la tuya no comprenda todo el amor que habita en tus ojos? ¿Cómo te sentirás, dime?

Ojalá tuviera el valor suficiente para evitarte esa tortura, amor mío. Continúo viviendo porque estar un minuto contigo vale por una vida. Quiero sentir, mientras pueda, el sabor de tus besos, tus caricias, el calor de tu cuerpo junto al mío… o dentro de mí. Deseo escuchar la música de tu voz grave y profunda, ver la luz en esos ojos que sonríen, creerme tu optimismo y disfrazar de inútil esperanza la espera.

Eres la vida que me quedará cuando mi vida se apague.

Por eso quiero sentir cada momento que me quede. Quisiera permanecer abrazada a ti y que el tiempo se detuviera. Porque es el tiempo nuestro mayor enemigo cuando se inicia una cuenta atrás, cada segundo es un latido menos, es un paso que me adentra en esa densa niebla de la que no sabré regresar jamás.

Me siento afortunada al haber coincidido contigo en este mundo, porque a través de tu mirada recuperó el color que un día perdió para mí. Me hiciste sentir la mujer más maravillosa y excepcional de la Tierra. Me enamoré de ti casi sin notarlo, sin plantearme nada, fluyó como algo natural, inevitable; como si tú y yo nos estuviésemos esperando en la puerta de ese restaurante que nos refugiaba de la lluvia; como si estuviese planeado que tu cita y la mía fallasen aquel día. Todo fue tan casual, tan inocente, tan perfecto; como el guion de una película romántica… que ahora llega a su final.

No me digas nada cuando leas esto, por favor. Guárdate la carta y sigamos como si nada. Resérvala para cuando ya no sea yo junto con ese puñado de fotos que están en el sobre.

Recuérdame así, sonriendo, con las ganas de vivir y de viajar a esos países que nunca iremos. Recuérdame despeinada y con el pijama ese de Pluto que no te gusta.

Dices que cuando duermo tengo carita de ángel, recuérdame entonces así cuando llegue mi noche eterna.

Siempre te amaré.

 

Francisco J. Berenguer

Silvia

Mamá, tienes el mar en los ojos.

Ojalá, mi niña, hubieras elegido otro vientre donde nacer. Yo no puedo ofrecerte nada más de lo que ves, y lo que ves, es bien poco.

No me explico como un ser tan maravilloso como tú eligió un día mi útero maltrecho, este cuerpo desquiciado por el alcohol y las drogas, de sexo sucio y apresurado en los baños de bares infectos ofrecido a cambio de una sonrisa bonita, por la promesa de un sueño o tan solo por una dosis.

Ni siquiera puedo darte un padre porque, entonces, los días se mezclaban con las noches, y en las noches se sucedían las caras borrosas, sudores de cuerpos diferentes que se movían al mismo ritmo en la pista o sobre mí, aunque la música hubiese dejado ya de sonar. Y me odiaba cuando me sorprendía algún amanecer, cuando, entre guiños de esos ojos que huían del sol y la resaca que me golpeaba la cabeza por dentro, recordaba quien era y lo que un día quise ser…

Todavía recuerdas cuando te llevé a la playa ¿verdad? Cuando te metí en el agua en mis brazos y tú temblabas y reías nerviosa al mismo tiempo. Al final fue un día feliz, pero mi plan era otro. Ese día pretendí acabar con todo nuestro sufrimiento, con nuestras vidas, la tuya y la mía, amor mío. Sumergí tu cabeza con la más terrible de las intenciones, pero cuando noté cómo tus manitas se separaban de mi cuerpo y las elevabas por encima de la línea de la superficie, cuando vi tu mano blanquita emerger del mar, con los dedos estirados, pidiéndome que te ayudara, que te dejara vivir, no pude hacer otra cosa más que tirar de ti hacia arriba. Fueron unos eternos segundos donde el tiempo transcurría lento y espeso, como a cámara lenta, donde mis demonios perdieron la batalla y tú reclamaste la vida que te pertenecía, una vida que nada ni nadie posee el derecho de arrebatar, y volviste a respirar…

Me miraste con esos ojos tuyos, tan grandes y azules, que no sabían si reír o llorar y en ese momento supe que nunca me iba a separar de ti. No me preguntaste nada, pero yo te dije que lo había hecho para que el mar se metiera por tus ojos y los llenara de lágrimas por dentro, porque las lágrimas se agotan o se secan si no se usan, y llorar sin lágrimas es más amargo y no consuela. Al rato, cuando tomabas el sol en tu sillita de playa, me miraste y con esa expresión que pones cuando entiendes algo nuevo del mundo que te rodea, me comunicaste tu descubrimiento: ¡por eso saben a sal…!

Eres mi ángel, tú todavía no lo sabes, pero me salvaste de mi propia miseria, la que yo iba acumulando en mi vida, bolsas de basura repletas de desengaños, frustraciones y adicciones que matan. Yo no te quería. No te quise cuando estabas en mi barriga y los médicos me obligaron a mantenerte allí porque ya era demasiado tarde y peligroso para abortar. No te quise cuando escuché tu primer llanto al nacer, yo estaba con el mono y tú solo me causabas dolor. No te di pecho porque mis tetas tampoco querían saber nada de ti. No te quise cuando te vi en la incubadora luchando por tu vida, deseé que no lo consiguieras. Y menos aún te quise cuando los médicos me dijeron que no ibas a poder andar nunca, que tus piernas y caderas estaban dañadas.

Cuando mi madre nos acogió en su casa, ella te cuidaba, te cambiaba, te daba de comer. Yo solo te miraba de lejos y me ponía los cascos con la música a tope para no oírte llorar. Perdóname, vida mía, no era yo entonces, no sé quién demonios era.

Recuerdo que fue un día de final de septiembre cuando comencé a quererte. Estabas atada en la silla esa y puesta en la mesa. Estábamos comiendo. Tú con una cuchara amarilla de plástico te apañabas muy bien comiéndote solita un puré que te había hecho la abuela, y yo frente a ti, con unas patatas fritas y un filete empanado. Eras muy pequeña. Me mirabas continuamente y cuando yo te miraba sonreías. Cuando volvía a mirarte me hacías una carita fea, o te manchabas a propósito con la comida.

Fue increíble: eras tú la que me hacías monadas a mí, en lugar de hacértelas yo a ti. Me hiciste reír y entonces tú reíste a carcajadas. Te cogí en brazos y, por primera vez, sentí tu frágil cuerpo tullido latir junto al mío, piel con piel. Te sentí como lo que eres, una parte de mí. Y no solo de mis genes, una parte de mi alma.

Mi vida fue un caos, una auténtica tempestad hasta que apareciste tú, y tras una tormenta el mar devuelve a la orilla restos de naufragios olvidados; trozos de cuerda deshilachada donde antes hubo un nudo que parecía imposible deshacer; retales de una vela que soportó, estoica, toda clase de vientos; un pedazo de timón que un día perdió su rumbo… pero también trae tesoros. Y aunque al principio no parecen valiosos porque no brillan, porque están cubiertos de óxido y arena, solo se necesita un poco de paciencia para reconocerlos entre las algas de la playa o entre la maraña espesa de tu complicada existencia.

Yo te encontré a ti ese día, durante aquella comida, antes apenas era consciente de que existías y me odio por ello, pues no supe apreciarte hasta años más tarde, cuando un milagro no dejó que la desesperación nos ahogara. Eres el mayor tesoro que encontré después de mi tormenta. Y, aunque sé que no siempre tras ella viene la calma, que tan solo puede ser una pausa para la siguiente, un respiro para volver a estallar, navegaré valiente contigo a cualquier lugar donde el fluir de la vida tenga a bien llevarnos.

Sé que volarás, porque el metal de tu silla no es capaz de aprisionar tus alas, ni tus ganas de vivir y de superar todos los retos que se interpongan en tu camino. Y yo te esperaré en la orilla, donde las olas besan la arena y me recargaré de lágrimas.

Me entristece ver cómo te acercas con dificultad en esa sillita de ruedas adaptada a tu tamaño, pero enseguida me haces la mujer más feliz de la tierra cuando contemplo tu sonrisa, y me emociona ver tu entereza y la alegría que traspasa tu corazón.

Me miras y me dices que tengo el mar en los ojos… entonces los cierro y dejo que se desborde.

Francisco J. Berenguer

Así de simple

 

Deja que la vida fluya, me decían.

Me costó comprender el verdadero significado que ocultaban aquellas cinco palabras, es más, creo que la mayoría de los que me regalaban ese consejo como dogma sabio y divino, en una caja de cartón reciclado envuelta en brillante papel dorado, ni siquiera conocían el contenido de su presente. Tampoco los culpo, ni los juzgo ni los condeno por ello, simplemente heredaron esa frase de otros labios, de otra mirada experimentada y curtida por los infortunios de la vida que se creía capacitada para hacerte ver la gran verdad, su versión de la verdad.

Todos tenemos nuestra versión, es cierto. Eso me hace estar aun más de acuerdo en eso que dicen de que el ser humano no quiere conocer la verdad, prefiere sentirse cómodo con lo que decide creer. Adoptamos ideas ajenas como propias, le damos cobijo en nuestra mente, las volvemos a configurar a nuestra imagen y semejanza, y adaptamos nuestra forma de vivir y pensar en torno a ellas. Y no queremos saber nada más. Y en cierta manera es lógico ¿qué más se puede pedir de unos mamíferos arrogantes que se creen el centro del universo y al mismo tiempo son tan básicos y prisioneros de sus instintos animales, lo cual se empeñan en disfrazar y humanizar? Seres que emplean gran parte de su vida en buscar líderes, dioses y destinos que guíen sus vidas para que los protejan y decidan por ellos… huérfanos de nacimiento que buscan desesperadamente un útero para que los vuelva a cobijar.

Seguramente la etapa mas placentera del ser humano es la que ocupaba dentro del vientre de su madre. Es la zona de confort por excelencia y donde siempre pretendemos volver a estar. No literal y físicamente, sería imposible y abominable, lo que buscamos es la protección de un sistema o un gobierno para que nos abastezca y decida por nosotros, elegimos representantes y los convertimos en madres adoptivas donde depositamos la confianza de nuestro voto, nos intentamos rodear siempre de un cerco protector y nos refugiamos en su interior rodeado de personas con nuestros mismos ideales, creencias religiosas, aficiones o vicios. Pertenecemos a familias, clanes, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, peñas gastronómicas, gremios, religiones, equipos, grupos de WhatsApp… somos miembros de organizaciones jerarquizadas y, normalmente, excluyentes. Necesitamos sentirnos seguros y rodeados de gente afín, y que un útero gigantesco y artificial nos abastezca, nos calme, nos evite tomar ciertas decisiones y hacer actos desagradables, aunque eso suponga perder algo de nuestra independencia e, incluso, de nuestra integridad. Luego ya existen los bares y las redes sociales para quejarse de tu gobierno, tu sindicato o del presidente de tu comunidad de vecinos. Suele ser más fácil criticar una decisión que tomarla.

Deja que la vida fluya, me decían.

Y ellos pretendían decirme que me dejase llevar por la corriente de su cauce. Que todo llega a su debido tiempo y que ese tiempo es el que pone a cada cosa o persona en su lugar. Que si no consigues algo es porque no era para ti, que no sirve de nada enfrentarse al destino, que tus decisiones poco influyen en la gran trama del río de la vida.

Y el río baja repleto de almas tranquilas, serenas y resignadas a su suerte. Y no pretendo decir que no sean felices o lo hayan sido o lo serán. Todo lo contrario ¿qué mayor felicidad la que te proporciona el no sentirte responsable de las decisiones que tomas o las que no tomas pensando que es el destino el que actúa por ti? No me gusta pensar que mi vida está escrita de antemano, aunque crea que decido, aunque me crea libre. El destino no existe, no puede, no debe existir.

Vamos a ver: un hombre está dando brazadas desesperado en medio del mar y tu estás cerca de él en una barca con un salvavidas, ¿qué haces? ¿te quedas mirando a ver si es capaz de alcanzar la barca para no ahogarse? Si la alcanza es porque era su destino salvarse, si muere es porque tenía que morir. Quizá su destino había hecho que tú estuvieses allí para salvarlo y no para quedarte mirando, o tu propio destino te había llevado hasta él para que conocieras a una persona que iba a ser importante en tu vida. Si lanzas el salvavidas es porque estaba escrito que así fuera, si no lo haces también está bien, pero no porque tú seas un miserable cobarde hijo de puta, y si un tiburón blanco enorme, justo cuando el pobre hombre está alcanzando la barca por sus propios medios y esfuerzos, se lo merienda de un bocado, es el destino del tiburón junto con el de su aperitivo y el tuyo que han fluido en el mismo sentido y dirección, ¡por favor…!

Está claro que la vida fluye y transcurre al margen de nuestros proyectos y decisiones, que no le importamos un carajo, pero tenemos margen, tenemos mucho que aportar, aunque solo sea por ti y los que te rodean.

Este gran río de la vida lo puedes afrontar de distintas formas: puedes dejarte llevar por su fluir aceptando lo que te acercan sus aguas como algo normal e inevitable. Puedes nadar contra corriente hasta darte cuenta, agotado, que tú solo no puedes afrontar todo el caudal que te obliga a cambiar de dirección, a integrarte en lo que debe ser. Puedes quedarte sentado en tu orilla y ver la vida pasar sin tomar ninguna postura e iniciativa. Y también puedes cruzarlo y ver lo que te brinda la otra ribera.

Yo acabé agotado, extenuado de nadar en este fluir de la vida que me aconsejaba ser paciente, prudente, sensato, dejarme llevar. Estuve varias veces tentado de aceptar la comodidad y la paz que me ofrecía, pero seguí dando brazadas hasta que alcancé el margen opuesto y ¿sabéis?

Este lado es exactamente igual al de enfrente, no varía nada. Entonces me di cuenta del verdadero motivo de mi arriesgada travesía. Todo estaba dentro de mí, donde siempre había estado, por primera vez me sentí capaz de hacer realidad lo que antes solo eran pensamientos y proyectos de futuro lleno de condiciones y condicionales, simples y compuestos.

En definitiva, todo es cuestión de actitud. Así que me armé de valor, dejé a un lado todas las frases que me habían dicho sobre que dejase la vida fluir, sobre el tiempo reparador, la comodidad y la protección de la pandilla de amigos, lo de que si el destino no me era propicio, sobre la verdad y sus versiones, cogí el teléfono y por fin me decidí a escribir un mensaje a la que me parecía la chica más hermosa del instituto: ¿Quedamos esta tarde?

 

Francisco J. Berenguer