Los Jota

A veces te gustaría ser más simple y no pensar tanto las cosas.

Y te gustaría no tener que pensar en ser más simple para no pensar.

Pensar lo justo ¿para qué tantas vueltas a todo?

¿Para qué sentir tanto, a veces? Y otras, sin embargo, importarte una puta mierda todo y todos. Como vivir en un mundo en el que todo te sobra, incluso tú mismo.

Te gustaría ser como un insecto en el campo, de esos que cruzan al otro lado de la carretera, porque allí hay otras flores que le llaman más la atención, y un coche lo atropella en un segundo. Y en un segundo se acaba todo. Un “Plop” sordo en el cristal, que apenas se escucha. Una pequeña mancha verde en el parabrisas, que ni sangre lleva el pobre. Así de simple es la existencia, o debería… pero todo se complica, se entrelaza, se mezclan los conceptos subjuntivos y las frases subordinadas cabalgan sobre logaritmos indescifrables de realidades paralelas, lo que es, lo que sabes y lo que te imaginas.

Porque esa mañana, Julián conducía un poco más rápido de lo debido por esa carretera secundaria que cruzaba extensos campos de cultivo de distintas hortalizas que, para él, era imposible descubrir si eran alcachofas, zanahorias, berzas o brócoli. Julián era un urbanita y la naturaleza era eso que tenía de fondo de pantalla en el Mac de su oficina. Julia, su esposa, se estaba pintando las uñas con los pies puestos en el salpicadero, que sí, que lo podía haber hecho en casa, pero como él es un prisitas y quería salir pronto pues aprovechaba ahora. No hace falta que corras tanto, si las llaves nos las dan a las doce, vamos a tener que estar esperando en la puerta del chalé hasta que venga el dueño, tu hermana seguro que llega más tarde. Tampoco voy tan rápido y la carretera es recta ¿no ves? Y, además, ya sé que mi hermana siempre llega tarde, pero por si acaso, quiero elegir yo nuestra habitación, que el año pasado, en la otra casa que alquilamos ellos ocuparon la mejor, sin preguntar. ¡Plop! ¡Hala, otro bicho! Qué asco. Vas a tener que parar en la próxima gasolinera, me estoy meando. Claro, vas ahí encogida pintando tus dichosas uñitas, ¿sabes que está prohibido poner los pies ahí? También lo está correr tanto.

En la gasolinera, Julia corrió hacia el aseo y Julián se propuso quitar el resto verde de ese insecto que justo estaba en ese lugar del parabrisas en el que se cruzan los limpias y no llegan a tocarlo y era un coñazo, porque vas conduciendo y sin querer la mirada siempre va a ese punto. Cogió un pañito y se estiró sobre el capó para llegar a la zona en cuestión cuando, de repente, sintió un punzante y horrible dolor en las lumbares y se quedó sin poder moverse. Mientras, Julia sentada en el taza, que por cierto estaba muy limpia para pertenecer a una pequeña gasolinera de pueblo, y es que ella no sabía que Jacinta, la que limpiaba, que era la mujer del dueño de la mayor parte de las tierras que habían cruzado con el coche, siempre decía que a limpia no le ganaba nadie y que ella dejaba los aseos como el de su casa, pensando en cómo le gustaría encontrárselo a ella si entrara allí de primeras. Pues Julia con el móvil mandando un mensajito a su amigo/amante Jaime, con el que estaba obsesionada desde la universidad, diciendo que éste era el último fin de semana que pasaba con Julián y que estaba deseando que la follara como él solo sabía hacerlo. Luego borró lo de follar antes de mandarlo y lo dejó en que estaba deseando volver a verlo porque estando con él era como estar en su hogar, eso lo leyó por el Facebook y le gustó. Jaime no le contestó, aunque lo había leído enseguida, pero estaba en ese punto que tienen algunos tíos en el que les surge el miedo al compromiso, ese que sienten que estando con una mujer casada es la situación ideal. Ser el amante suele ser cojonudo, y más si lo eres de varias mujeres a la vez, sin que entre ellas se enteren ni se conozcan, que no hay que mezclarlo todo. La sinceridad te puede hacer infeliz.

Julia salió del baño mosqueada porque sabía que Jaime había leído el mensaje y no le había contestado, y se encontró a su marido retorciéndose sobre el coche. Lo ayudó a meterse dentro, en el asiento del acompañante, claro, porque así no podría conducir. Mira que eres quejica, tampoco será para tanto. Tú que sabrás, creo que me he roto algo, hasta he oído el sonido de algo que se rompía, por cierto, estaba sonando mi móvil mientras estaba agonizando sobre el capó, haz el favor y mira quien es. Julia lo cogió del bolsillo de su chaqueta y se lo puso a Julián delante de su cara para desbloquearlo. Hijo, pon una cara normal, que ni tu aparato te conoce, no hagas pucheros, venga. No me jodas, no sabes lo que duele esto. Ha sido tu hermana, ha dejado un mensaje, espera. Que dice que Juan se ha levantado con fiebre y vomitando, que se van a urgencias, que lo sienten y que no van a poder venir, que no pasa nada que disfrutemos del chalé solitos como una pareja de enamorados ¡qué cabrona!

Entonces, en el móvil de Julián salta una notificación, que Julia pulsa… sin querer… era un mensaje de Judith, la becaría de la empresa de su marido, la mosquita muerta, la llamaban. Y el mensaje venía acompañado de una foto de ella desnuda, mostrando sus pechos de dieciocho años y con un tanga minúsculo sobre su cuerpo de piel tersa y bronceada. Si tu mujer sigue sin excitarte, aquí estoy yo echándote de menos, J. ¿Jota? ¿Lo llama Jota, o es su firma, jota de jodida Judith? Mira que se lo olía. ¿Y ahora qué? ¿Le decía que lo había descubierto? ¿Le contaba lo suyo con Jaime, para sentirse menos humillada y humillarlo a él? ¡Vaya mierda todo! Y ahora nos vamos a urgencias a pasar el fin de semana con tu hermana, allí los cuatro.

Eso fue lo único que le dijo. Se montó en el coche, arrimó el asiento hacia delante, puso el espejo a su altura, arrancó y se dirigió de vuelta por donde habían venido. La misma carretera insulsa con hortalizas a los lados, sin apenas circulación y con una presión en la garganta, donde se atropellaban las palabras y los deseos de decir tantas cosas… Un Plop sordo en el cristal, otro insecto de mierda que ni sangre tiene. Y por un momento deseó ser aquella mancha verde en el parabrisas, que la existencia fuese así de sencilla, que todo acabara en un segundo, sin apenas sentir. Y al otro lado Julián, retorciéndose de dolor, pensando exactamente lo mismo.

Pero qué complicado puede llegar a ser todo cuando, en realidad, todo es tan sencillo como lo queramos ver.

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

Café… ¿solo?

Resulta curioso cómo los sueños se desvanecen apenas despertamos. Tú me decías que para evitar que sucediera debías contárselo a alguien nada más despertar y siempre antes de desayunar, como si el café y las tostadas fueran una prolongación de la frontera entre los dos mundos.

Esta mañana no quiero olvidar lo que he soñado, pero no tengo a nadie con quien compartirlo, por eso evito desayunar y estoy aquí, sentado en la cocina, mirando la vieja cafetera italiana de aluminio que he puesto sobre la encimera, a fuego lento, esperando que suba el café.

Sí, es tu cafetera, la uso a diario. Al final he arrinconado la de cápsulas, la que me decías que hacía mucho ruido a pesar de ser tan cara. Nunca llegaste a reconocer que el café sabía mejor con ella, tú decías que sabía distinto, pero no mejor, que preferías lo clásico, y debo reconocer que tenías razón; el proceso de llenarla de agua, poner el café molido en su justa medida, enroscarla fuerte, ponerla al fuego y esperar hasta que el sonido del vapor te indique que está listo, tiene su encanto…

Y me sigue recordando a ti. A esas mañanas de domingo, tu sonrisa despeinada, desayunando en la cocina, desnuda bajo una camiseta de las mías que te cubría hasta medio muslo, el aroma del café recién hecho. Yo quemándome con las tostadas y tú escribiendo poemas en tu cuaderno con un bolígrafo chupado y mordido, que es lo que hacías cuando no te salía la palabra que buscabas.

Siempre me ha gustado tu letra y te daba igual que me burlara de los círculos que ponías sobre las íes, en lugar de puntos. Decías que eran globos y que los acentos y las comas los hacías laaargos porque eran como los hilos que sujetaban los globos a las letras para que no salieran volando.

Te he soñado y, como otras tantas veces, no quiero que te desvanezcas con el primer sorbo… por favor, no… hoy no.

Estábamos en la playa, no sé cuál, ya sabes, los sueños tienen estas cosas. Éramos muy jóvenes, como cuando comenzamos a salir. Tú estabas tumbada de espaldas sobre la arena tomando el sol sin la parte de arriba y yo te miraba, embelesado, admirando la belleza que respirabas y que a mí me cortaba la respiración. Hubo un momento que abriste los ojos y me miraste, sin decir nada, era tan dulce, tan hermoso, tan real. Juraría que en ese momento tú también estabas soñando conmigo y nuestras miradas se unieron traspasando lo onírico, rozando el milagro, compartiendo ese eterno minuto en el desván del paraíso…

Luego se hizo invierno, el sol entornó los párpados, un viento frío se levantó de improviso, tus pezones se endurecieron y toda tú te comenzaste a deshacer como una figura de arena, lentamente, hasta que el mar te hizo desaparecer y yo desperté empapado de ti.

Un día decidiste que debíamos terminar y te fuiste, con las razones justas. También, como la arena, te deslizaste entre las grietas de mis inseguridades y no supe retenerte, lo que te ofrecí no te pareció suficiente. Ahora solo te sueño y leo y releo el cuaderno que dejaste en tu lado de la cama, poesías improvisadas e inacabadas que ya recito de memoria.

Ha pasado mucho tiempo y ya no sé si sigues tomando café, si te has pasado a las cápsulas o ahora tomas té o cualquier otra infusión ¡qué más da!

Guardo tu cuaderno con recelo para que no se escapen los globos, para poder dejarlos volar juntos el día que vuelvas, porque sé que volverás… porque nadie se va para siempre y deja olvidado en el lugar del que se marchó los poemas que, latido a latido,  le surgieron del alma.

Quizás solo sea otro sueño que se desvanezca cuanto termine este café de domingo, porque no tengo a nadie a quien contarle, antes del desayuno, lo mucho que te echo de menos y la forma tan desgarradora en la que todavía te amo.

 

Francisco J. Berenguer

DAVU (el principio)

No perteneces a ningún lugar, no tienes ninguna patria o nación. Tu tierra es la Tierra. Eres un hombre libre. Esas líneas dibujadas en el mapa no existen más que en la insensatez de los hombres, en nacionalismos estúpidos que pretenden crear zonas aisladas y protegidas tanto para los que quieren entrar o salir. No hay fronteras para ti. No debe haberlas. El mundo no pertenece a ningún ser vivo ni a ninguna especie. El ser humano tiene que poder caminar por cualquier punto del planeta sin pedir permiso ni pagar aranceles. Haz que todo esto sea posible, mi niño. Borra las líneas de colores del mapa y camina, y aprende… y vive.”

Davu, nació una noche del mes de Septiembre en un lugar indeterminado del mediterráneo. Su parto fue tan penoso y complicado que la vida parece que lo escupió fuera del útero de su madre cubierto de sangre, líquidos y heces, en el suelo de una sucia y abarrotada patera.

Dicen que es un milagro que hubiese sobrevivido y más aun, cuando la mujer murió horas después a causa de una hemorragia que su debilitado cuerpo no pudo controlar. Se quedó solo nada más nacer, pasando de mano en mano entre los extraños de aquella embarcación, donde nadie quería hacerse cargo de él. Un bebé envuelto en una manta que su madre tejió especialmente para ese momento y que apenas lloraba, como si sintiera que no tenía derecho a hacerlo o que fuese inútil, porque ella ya no era capaz de escucharlo. Alguien la empujó por la borda y rodó hasta caer al mar, discreta, sin apenas hacer ruido, como cuando parió a su hijo, tragándose el dolor y ahogando sus jadeos para no molestar a nadie. Pensaron en echarlo también a él al mar ya que lo daban por muerto y todos estaban muy nerviosos y aterrados presintiendo de cerca la muerte propia. Y eso hubieran hecho si alguien no hubiese gritado que veía acercarse un barco hacia su posición.

Ahora, Davu, cruzaba el mar en sentido contrario al de aquella noche. Habían transcurrido más de veinte años y allí estaba, navegando en un barco de pasajeros, con esa nota que su madre introdujo en un bolsillo oculto de la manta que ella cosió para él, antes de su nacimiento, la que escribió en el reverso de un mapa político donde lineas de diferente color delimitaban fronteras y países. 

Le gustaba imaginar el momento en el que ella la escribió. La veía descansando al anochecer tras una larga caminata, con los pies descalzos y acariciándole con infinita ternura a través de su prominente barriga. El mismo lápiz que había utilizado para marcar en el mapa la trayectoria que debía recorrer desde su casa hasta el mediterráneo, sirvió a su vez para escribirle ese mensaje, como presagio de una prematura despedida. Quizá ya notaba que algo no iba del todo bien en su embarazo y temía por sus vidas. 

Davu, estaba dispuesto a seguir esa linea de lápiz en dirección inversa a la trazada por su madre para conocer sus orígenes, para abrazar a su gente y llevarles esperanza. Sabía que lo que ella le pedía era muy difícil, porque muchas fronteras estaban escritas con sangre a través de varias generaciones y el ser humano necesita levantar muros hasta dentro de su propia casa, pero ya pensaba en la manera de hacer comprender que no es mérito de nadie el nacer en un país u otro, tan solo es casualidad, te debes sentir orgulloso de lo que haces por ti mismo y por los demás y no por la dirección que ponga en el pasaporte. Nacer es involuntario, la vida que elijas no, las circunstancias no siempre obligan.

En ese momento se sentía un hombre libre, feliz y pleno. Se sentía parte de la naturaleza, de la vida, donde cada molécula de su cuerpo se enlazaba con el sol que le calentaba, se mezclaba con la brisa que acariciaba su piel, se sentía enorme e insignificante a la vez, formando parte de un todo. Y mientras el barco sobrepasaba exactamente el mismo punto donde nació él y su madre muerta fue depositada en el mar, una imagen le vino de ella, flotando etérea con sus amplios ropajes, como alas incorruptas de mil colores y el rostro sonriente que nunca llegó a ver, con los ojos cerrados… como un ángel dormido…

 

Francisco J. Berenguer

Australia

Ella tenía un tarro de cristal en el que iba metiendo monedas de cinco duros, era un recipiente grande, supongo que algún día albergó aceitunas de esas aliñadas que le gustaban o de esas cebollitas que cogían un tono rosado con el tiempo.

Llevaba años introduciendo monedas, alguna que le sobraba cuando venía de hacer la compra, o las que ahorraba privándose de algún pequeño capricho o, simplemente, la que más brillaba.

Su rostro cambiaba cada vez que lo abría, era como destapar su cajita de los sueños. Se quedaba unos segundos mirando al techo desconchado de la cocina, justo al lado del tubo fluorescente, porque tenía una forma parecida al mapa del mundo que recordaba de cuando estudiaba con las monjitas antes de que su padre la sacara precipitadamente de la escuela para que ayudase a su madre en el taller de costura que tenían en casa. Soñaba con viajar muy lejos de España, muy lejos de una familia que la ignoraba y de un marido que la despreciaba porque era incapaz de engendrarle un hijo en su vientre seco.

Australia… se iría a Australia, casi podía distinguir su contorno formado por la pintura cuarteada que se había ido desprendiendo con el paso del tiempo, solo que en el centro de lo que figuraba ser el continente sobresalía un gancho de hierro que es lo que sujetaba la antigua lámpara antes de que la cambiaran por ese tubo tan moderno y que alumbraba tanto. Se imaginó que aquel hierro retorcido era esa montaña tan famosa que se erguía, imponente, en medio del desierto, o al menos eso recordaba de las pocas fotos que había visto de ese extraordinario país.

También tenía otro tarro.

El de las decepciones, las humillaciones, la soledad… donde también tenían cabida todos los libros a medio leer, los poemas sin terminar en las noches en las que él roncaba después de verter su semen dentro de ella, poemas surgidos en la oscuridad, al cobijo de la luna, que la pena nunca dejaba acabar… y sobre todo las lágrimas, no las que resbalaban por sus mejillas, si no las que tragaba, las que inundaban los ojos por dentro, las que ahogaban su alma.

Ella tenía su plan secreto. Cuando los dos tarros estuviesen llenos, uno de monedas y en el otro ya no cupieran más lágrimas, entonces sería el momento de irse de allí, de comenzar a vivir su propia vida.

Pero, precisamente, la vida tenía otros planes bien distintos para ella.

Un sábado por la noche llegó su marido, después de haber estado bebiendo con sus amigos, con un puñado de bolsas. Había estado de compras. Ella en un principio se alegró, ingenua, creyendo que habría cobrado esos atrasos que le debían de meses atrás.

Él comenzó a sacar cosas de las bolsas; un traje muy elegante para él, unas botas de piel para él, un par de camisas de seda para él, unos elegantes y caros gemelos para él. Ella esperaba que en algún momento sacara algo que fuese un regalo para ella, aunque fuese un pequeño detalle, pero en la última bolsa solo descubrió un largo cinturón de cuero negro con una hebilla de plata con forma de águila real.

Ella se temió lo peor y se dirigió corriendo a la cocina, buscó su tarro de monedas al fondo de la alacena, tras las harinas de repostería, y lo encontró… vacío.

Sintió cómo la rabia fue creciendo en su interior y salió furiosa hacia el salón para pedir explicaciones a ese hombre que le había robado mucho más que unas monedas, pero nada más entrar, él le propinó una enorme bofetada que la hizo caer al suelo. Y allí se quedó, aturdida y dolorida, mientras él la acusaba de ladrona, de ser una mujer fea e inútil, que no valía ni para lo único que sirven las mujeres, que se quedaría sin descendencia por su culpa y que le había amargado la vida.

Ella siguió aguantando la lluvia de insultos y saliva que salían por su boca, en el suelo, con escozor en la mejilla y sabor de sangre en la boca, y lo peor de todo, era que se estaba convenciendo de que él tenía razón. ¿Quién era ella para esconder el dinero que él ganaba trabajando tan duramente toda la semana, casi de sol a sol? Ella, que había decepcionado a todo el mundo, incluso hasta a ella misma, por su incapacidad para tener hijos. Ella, que nunca había sido una mujer guapa, ni atractiva, y nunca había disfrutado del sexo durante los dos minutos escasos que él tardaba en desfogarse… 

Esa noche, cuando él roncaba después de haber sacado su miembro pringoso y arrugado de su vagina, ella vertió su última lágrima, la que desbordaba el tarro de las penurias. Cogió el nuevo y flamante cinturón de cuero de su marido, fue a la cocina, se subió a una silla y, mientras contemplaba Australia de cerca y esa hermosa montaña del centro, se colgó de ella.

 

Francisco J. Berenguer

Por el resquicio de un sueño oxidado

Hubo una vez una mujer que soñaba más que vivía.

Y no porque su vida fuera especialmente lamentable, ni mucho menos, pero se sentía tan atrapada en esa maraña de rutinas y tareas que se había tramado a su alrededor, como una conspiración lenta y silenciosa, que tenía la urgente necesidad de liberarse, de huir.

Cuentan que una tarde de invierno se dirigió a la verja de atrás de su casa, como había hecho tantas veces, con una manta sobre los hombros, para dejarse seducir por los colores del atardecer. En esa época del año el sol se esconde pronto y mientras los gemelos disfrutaban en casa, con la chimenea encendida, de una buena merienda que les había preparado, ella aprovechaba para permitirse esa pequeña escapada, deleitar sus sentidos y soñar.

Y soñó y, mientras el sol comenzaba a esconderse en el mar, se imaginó en la vida que se le había arrebatado. Porque ella y su amiga Victoria, la que ocupaba el pazo colindante al suyo, la que tenía cuatro hijos y el culo se le había hecho tan grande como el de las vacas que ordeñaba cada mañana, cuando eran jovencitas y sus cuerpos ajustaban de maravilla en las tallas estándar de los vaqueros, soñaban con viajar lejos de allí donde siempre llueve y huele a mierda de animales. Querían coger un barco o un avión y escapar de la condena familiar que las programaba para continuar atadas a la tierra y la ganadería e irse lo más lejos posible, no importaba el lugar, deseaban volar…

Dicen que en ese momento, en los segundos previos en los que el rojo anaranjado fue desapareciendo y los tonos azules del mar y el cielo se confundían, cuando una suave brisa que comenzó a soplar desde su espalda le hizo creer que la verja se iba descomponiendo en pequeños fragmentos y éstos se unían al vuelo de una bandada de gaviotas que justo en ese momento pasaba sobre ella.

Aquello lo tomó como una señal, como una invitación a escapar, sus sueños se hacían cómplices y le brindaban la oportunidad de cumplirlos.

Atravesó la verja sin dificultad, prácticamente deshecha por el salitre y el oxido acumulado más que por la fuerza de sus fantasías, y corrió sobre la hierba desprendiéndose de la manta que se quedó flotando unos segundos a su espalda, como una alfombra mágica suspendida en el aire.

Fue entonces cuando llegó al acantilado.

Y voló…

El miedo se apoderó de ella. En su extasiada carrera había olvidado lo cerca que estaba el precipicio.

Mientras caía pensó en sus hijos, que pronto acabarían la merienda y la esperarían para prepararles el baño, la buscarían por la casa, por el jardín…

Quiso soñar, en esos eternos segundos, con un milagro que amortiguara su caída, soñó fuerte, deprisa, en voz alta y con los ojos apretados para que se formara una red que la recogiese antes de destrozarse contra las rocas, pensó que podía ser posible al igual que antes la fuerza de sus sueños hizo descomponerse la verja de su casa.

Pero en el instante antes del impacto mortal comprendió que los sueños ayudan a evadirse de la realidad… pero no a construirla…

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer

Entre amigas

Si quisiera hacerlo lo haría… si pudiera

La beso todas las noches antes de dormir y no importa que no me corresponda de la misma forma. También beso a otra distinta por la mañana, a otra más cada ocho horas y, bueno, tengo otra reservada por si algún día la cosa se pone muy fea, aunque cuando llega ese momento ninguna de mis amigas puede evitar que una especie de angustia vital se me desborde por cada poro de la piel.

Volví a creer en la química, y no solo en ella, también en las hormonas, en los instintos animales que nos rigen, en los neurotransmisores y en las sinápticas conexiones de las neuronas. Volví a creer, pensar, a reconocerme y a sentirme seguro sabiendo que todo nace, se desarrolla y muere en el cerebro.

Todo controlado, como me gusta, ordenado, estructurado, con respuestas lógicas a los estímulos, simples o complicadas, pero predecibles, inteligentes, pragmáticas. Un lugar donde no tiene ningún sentido el amor, ni enamorarse, ni perder la cabeza por una mujer. Donde los sentimientos no hacen saltar alarmas por exceso ni por defecto. Donde las emociones están contenidas en su justa medida. No sientes, (gracias, mis pequeñas amigas) no piensas más de lo necesario para sobrevivir e integrarte de nuevo en el sistema y volver a ser productivo.

Pienso que la estabilidad está sobrevalorada. Es una felicidad impostada y subyugada a la comodidad, a evitar sobresaltos, a convencerte de que haces lo que debes, a obligarte a mantenerla por encima de tus deseos más íntimos, por encima de tus sueños y tus pasiones ocultas. Y la buscas, sacrificándote por ella o en la farmacia de tu barrio, con receta claro, tu camello de bata blanca particular te abastece de sobra.

Mirad, ya estoy bien, ya sonrío, ya paseo, ya duermo, hasta me hago la cama. Mi familia se alegra, mis amigos celebran que vuelva a salir con ellos de cañas, en el trabajo me reciben todos con cordialidad menos el que cubría mi puesto, que me mira receloso. El médico me firma el alta, ya estoy curado, aunque debo seguir besando a una por la noche y a otra por la mañana durante un largo tiempo. Ya soy lo que esperáis de mí. La imagen aceptada de mi fracaso personal, de la represión de mi personalidad, de mi derrota anunciada.

Y os sentís satisfechos de que sea como vosotros. De que no haya conseguido alcanzar mi sueño a pesar de lo mucho que he luchado por él. Os sentís aliviados porque vosotros no tuvisteis huevos para perseguir los vuestros y al contemplar mi fracaso sentís ese inconfesable placer interior al confirmar que teníais razón, que yo me comportaba como un loco irresponsable que había renunciado a vuestra normalidad, estabilidad, comodidad… La misma sensación como cuando en Navidad no te toca la lotería y ves que a ninguno de tu entorno le ha tocado, porque entonces envidiarías ser él en lugar de alegrarte por él. Un oscuro y vergonzoso placer que nunca reconocerías en público, porque está de moda ser mediocre de sentimientos y políticamente correcto, aunque la política esté lejos de la corrección deseada.

Pues mira, voy a juntar todas las pastillas/amigas que tengo y las tiraré al cubo de la basura. No más besos. Ya no quiero estar bajo su mágico influjo, deseo conocerme y reconocerme cuando hablo y cuando actúo. Me da igual que me desprecies, me envidies, me ignores o me admires. Soy yo y punto…

Aunque, ahora que las veo juntas… deben ser unas cuarenta o cincuenta, puede que más juntando las actuales y las que sobraron del tratamiento anterior. Tomadas todas a la vez debe ser un combinado mortal. ¿Cómo se atreven a dejar en manos de una persona con depresión tal cantidad de pastillas? He oído que mezcladas con alcohol el efecto es más rápido y definitivo.

Tengo una mano grande, caben todas en ella. Unos segundos para tragar, un buen lingotazo de ginebra y me tumbo en la cama a esperar. Vivo solo, es fin de semana, hasta el lunes nadie comenzará a echarme de menos, nadie vendría a rescatarme a tiempo para hacerme un lavado de estómago.

Qué delgada es la linea entre la vida y la muerte.

Creo que necesito hablar con alguien, voy a llamarte. Si escuchas que suena tu teléfono, por favor… descuelga…

 

Francisco J. Berenguer

El sexo sentido

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Se conserva tan nítido en mi memoria que parece que te estoy viendo ahora mismo, al contra luz de la ventana, cómo te vas vistiendo.

No existe nada más erótico y hermoso que observar a una mujer mientras se viste tras una larga noche de amor. El placer del cuerpo saciado se transforma en una suave languidez en los movimientos, lentos, femeninos, repletos de sensualidad.

Tú disfrutabas al mismo tiempo que yo al mirarte. Te sentías bella y deseada. Se percibía en la forma de ponerte las braguitas, deslizándolas lenta entre las piernas hasta cubrir tu sexo depilado y ajustarlas a tu cintura. El erotismo puro al ponerte las medias; una pierna y luego otra, con la suavidad de la seda, desde la punta de los dedos hasta el elástico en tus muslos. Luego pasabas las dos manos por el recorrido para eliminar arrugas, deleitándote en la caricia.

Te pusiste con destreza el sujetador negro de encaje con relleno sobre las cicatrices de tu pecho. Heridas que no querías mostrarme y que yo besé con ternura esa noche porque te amo a ti, y no a partes de ti.

Yo te admiraba sin poder apartar la vista, recostado en la cama, desnudo, medio envuelto entre esas sábanas que todavía conservaban la humedad de nuestros cuerpos, resultado de ardientes batallas y testigo de acuerdos entre lo sentido y los sentidos.

Pero ese día no firmamos la paz, ni siquiera una tregua. Fue el final de nuestra guerra, sí, de la guerra encarnizada por robar momentos a nuestras propias vidas para disfrutarnos, para respirarnos, para saborearnos… Pero ese final no nos traería la paz, solo sufrimiento y agonía, más si cabe, que la propia contienda.

Los dos sabíamos que era la última vez, aunque ninguno lo pronunciamos en voz alta, solo intensas miradas y besos que se tornaban amargos, no nos hacía falta nada más. Nos habíamos despedido cien veces con la razón y la palabra, ahora sobraban verbos y razones…

Deslizaste por tu cabeza el vestido negro de tubo que tan bien te sienta. Con un excitante meneo de tus caderas terminó de ajustarse a las curvas de tu cuerpo. Viniste hacia mí y yo me senté al borde de la cama. Te diste la vuelta para que te subiese la cremallera, recorrido interminable desde el nacimiento de tu espalda hasta el cuello, y me volví a impregnar del aroma de tu piel. Te juro que no sé cómo me contuve para no invertir la dirección de la cremallera, desnudarte y hacer que tú te encontraras de nuevo entre mis brazos y yo me volviera a perder entre tus piernas.

Pero el tiempo estaba agotado y ya todo pactado. Nuestras vidas personales tiraban de nosotros en distinta dirección y no supimos hacerlo de otra manera, o nos faltó el valor necesario.

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Sabemos que nuestro amor es eterno, aunque no estemos juntos, y que la vida se va consumiendo en cada suspiro, en cada gemido, en cada temblor de labios… en cada orgasmo…

 

Francisco J. Berenguer

El otro lado del muro

Noté humedad en la espalda cuando me empujaste contra el muro del cementerio. Sabía que no era agua de lluvia, ni el relente de la noche lo que me mojaba. Era la humedad viscosa de la sangre de los que habíais fusilado antes.

Escuché los disparos desde la camioneta donde me tenías con las manos atadas y un saco de tela en la cabeza, esperando mi turno. La misma camioneta donde me habías arrojado tras sacarme de mi casa a punta de pistola unos minutos antes. Mi niña lloraba ¿la oíste? Se despertó cuando te metiste en el cuarto y arrancando las sábanas de la cama gritaste: —¡Arriba, rojo de mierda!

Viste a mi mujer desnuda, ¿te gustó? Seguro que sí, es hermosa, siempre te ha gustado. Tus secuaces no le quitaban ojo mientras ella se levantaba y se dirigía a la cuna para calmar el llanto de mi hija. No me permitiste despedirme, eres muy eficiente en tu trabajo. Estarán orgullosos de ti.

Con una cuerda de esparto me atasteis las manos. Ni siquiera dejaste que me vistiera. Más humillante ¿verdad? Cumplías órdenes, claro. No te importaba o habías olvidado que años atrás fuimos compañeros de borracheras y noches de juerga, y que nos peleamos por la misma mujer que al final llegó a ser mi esposa. O quizá todo lo contrario, esta es tu venganza ridículamente justificada por una guerra de la que te sientes vencedor y con el derecho divino de poder decidir quien vive y quien muere.

—No necesito que me tapes los ojos, tengo el valor suficiente para ver venir la muerte de cara.

Cuando te dije eso me quitaste, furioso, la única prenda que portaba entonces, la tela que cubría mi cabeza, y me golpeaste con fuerza en el pecho. Fue entonces cuando casi pierdo el equilibrio, di dos o tres pasos hacia atrás, a punto de caer, hasta que mi espalda chocó contra el muro y se impregnó de restos de la esencia líquida de otros hombres asesinados, de sueños truncados por culpa de un miedo irracional y primitivo, donde los ideales se convierten en odio y el odio en balas que atraviesan cuerpos.

Ordenaste encender los faros de los vehículos para iluminar bien el macabro escenario de muerte, el otro lado del muro, donde la vida debía continuar.

Las luces me cegaron, pero pude oír tu voz enérgica y henchida de estúpidas razones gritar: —¡Muerte a los enemigos de España!

Yo nunca tuve un posicionamiento político claro, solo me importaba poder trabajar y mi familia, en el pueblo la mayoría éramos así. Mi único delito fue pertenecer a un sindicato para intentar mejorar las condiciones de trabajo, bueno, ese y el de conseguir el amor de la mujer que tú pretendías. No sé todavía cuál de los dos tuvo más peso para que decidieras acabar conmigo.

Apenas me dolió, la muerte propia duele menos que la ajena. 

Mientras estaba en el suelo, agonizando, con los pulmones agujereados y mecido en mareas de sangre roja y lágrimas, pude ver como te acercabas desenfundando tu pistola y a dos pasos apuntaste a mi cabeza y atravesaste mi cráneo con un tiro de gracia, gracias.

Seguramente mi cuerpo se pudriría en algún lugar, cerca de allí, junto al de los tres o cuatro que corrimos la misma suerte esa noche. En una fosa improvisada y anónima, condenada al olvido.

Pero no te preocupes.

Mis huesos no rezuman odio, ni claman venganza.

Los muertos ya no estamos para esas cosas.

No sentimos, ni padecemos.

Ni siquiera hablamos… ni escribimos.

La vida no es eterna, ni el tiempo.

La muerte nos iguala, tabla rasa.

Ahora ya eres uno de los nuestros.

Verás lo que se siente al otro lado del muro.

 

Francisco J. Berenguer

La química aplicada

Llueve con fuerza… lloverá… y tú dirás que no hace falta que me vaya, que no me entiendes.

El café frío, como tu mirada, como el gélido espacio que se abrirá entre los dos. Me sorprenderá que no se forme vaho cuando respiremos.

Recuerdo lo que pasará mañana. El alcohol no combina bien con los antidepresivos, ya me lo dijiste ayer, que será hoy, mañana. Recuerdo tus palabras como si ya las hubieses escupido sobre mí, palabras de desprecio y rencor, de dolor fermentado en tu estómago, como las larvas blancas y repugnantes que digieren cadáveres en las tumbas.

Suena/sonará Puccini, los domingos te gusta despertar con ópera. La cabeza me dolerá horrores y tú no dejarás de gritarme, y veré tu lengua retorcerse en tu boca esforzándose por crear insultos cada vez más agudos y punzantes (cuidado no te tragues un dardo ponzoñoso) “O mío babbino caro”, la música es preciosa y tú no llevas el puto ritmo, no sigues la melodía.

No sé qué te dije/te diré esta noche, o qué coño haré para que estés así… ¿he dicho ya lo del alcohol y los antidepresivos?

La cuestión es que recuerdo lo que pasará. No como una visión del futuro, es como si ya hubiese sucedido… o está sucediendo ahora… ¡Joder! ¿me llevo un paraguas?

Ahora es “Madama Butterfly” quien entra en el baño y me hablas, y no sé por qué tienes toda la cara pintada de blanco como una actriz japonesa en una tragedia japonesa y yo estoy en el suelo, frente al retrete, y con hilillos de vómito todavía colgando de mis labios.

Te digo que ya me voy, que cojo el paraguas y me voy, y tú mientras me limpias la boca con una toalla me dices ¿pero dónde vas a ir ahora, alma de cántaro?

Me ayudas a ponerme en pie, estoy tiritando y la cabeza me pincha de dentro hacia fuera, como si se me hubieran introducido la corona de espinas de la talla de madera del Jesucristo que barnicé en quinto de EGB. Ahora te miro y te pareces a Doña Amalia, mi profesora del cole. Estoy muy mal.

Me apoyo en ti para ir desde el baño hasta la habitación y casi no puedo andar, como si fuera un viejo de noventa años con artrosis, sífilis y migrañas. Solo se me ocurre decirte al oído que me perdones si te he dicho algo que no debía, o que te diré o que te dije o que… ¿qué demonios hace Plácido Domingo vestido de frac cantando en el salón?

 

Francisco J. Berenguer

En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 1)

Suena el despertador y te levantas rápido, sin pensar ni concederte unos minutos al plácido retoce entre sábanas, como un militar de postguerra al toque de diana, como una madre colmada de responsabilidades y millones de cosas por hacer.

Caminas medio sonámbula por el pasillo, con la bata a medio anudar, hacia la habitación de tus hijas para despertar a la mayor, la pequeña todavía puede dormir un poco más.

Es viernes, día de colegio.

Un ligero beso en la frente y la niña se despierta iluminándote con sus tiernos ojos claros. Ya sabe lo que tiene que hacer, primero ella se prepara y luego intenta espabilar a su hermana con algún juego o una canción y la ayuda a vestirse. Tú la miras y en la cama de al lado te cuesta distinguirla entre el revoltijo del edredón, su cuerpecito y los muñecos.

Vas a la habitación de tu hijo en el momento que éste sale de ella, en ropa interior.

—¿No tienes frío?

—No, mamá.

¿Cómo va a tener frío? Diecisiete años, fuerte, deportista y con las hormonas en plena ebullición. Sabes que lo has descuidado un poco, no por gusto, es el mayor y ha tomado bien el rol, ¡qué remedio!

Él se dirige al baño pequeño mientras que tú te metes en el grande, como todos los días. Mientras te aseas tu mente comienza a funcionar. No necesitas agendas, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: el desayuno, los almuerzos de las chicas, darle dinero al mayor porque él prefiere comprarse un bocadillo en el bar del instituto. La rutina de todas las mañanas, aunque sabes que hoy no es un día normal, lo sabes desde que te has levantado, lo notas en ese hormigueo en el estómago, esa tensión en los músculos de tu abdomen.

Todavía parece que dudas si vas a acudir o no a la cita, pero sabes que sí irás. Llevas días imaginando cómo será, por tu mente han pasado todas las situaciones posibles, hasta las más absurdas.

Te miras en el espejo del baño y te dices que tenías que haber ido a la peluquería… y esa cara de sueño, esas ojeras, todo lo que ves te disgusta y te pones más nerviosa aún. Necesitas tiempo, ¿a quién se le ocurre quedar tan temprano?

Abordas a tu hijo cuando sale del baño a medio vestir y le pides por favor que acerque él a las niñas al colegio, que no te encuentras muy bien. Accede con un gruñido y tú le plantas un sonoro beso en la mejilla. Él se hace el hombrecito y aparenta que le molesta esa muestra de afecto.

—¡Mamá… ! ¿era necesario?

Tú sonríes y le das otro beso, ahora más tierno.

—Sí, cariño, es necesario.

Despides a tus hijos en la puerta, te preocupa un poco la tos de tu pequeña, pero ya has comprobado que no tiene fiebre, cuando vuelva del colegio la controlarás, no será nada. Pero ahora es tu momento, tienes que dedicártelo a ti, a arreglarte, a ponerte guapa y atractiva, que sabes que lo eres, a dejar de sentirte más madre que mujer. Llevas año y medio, desde la separación, que te has dedicado por completo a tus hijos sin darte un descanso, probablemente lo necesitabas para evitar pensar que habías fracasado en tu matrimonio, como si la culpa fuera tuya de que el cerdo de tu marido te cambiase por una chica mas joven, con más culo, más morena y más venezolana.

No quieres pensar en eso. Te metes en la ducha, abres el grifo y cierras los ojos dejando que el agua tibia limpie tu cuerpo y de pensamientos negativos tu alma, todo resbala y se pierde por el desagüe.

Fue hace dos semanas cuando Rubén contactó contigo a través de Messenger. Te sorprendió tanto que tardaste dos días en responder al mensaje. Rubén había sido tu primer novio ¿hace cuánto? ¿veintiséis, veintisiete años? Y no habías sabido nada de él desde entonces, desde que tras una tonta discusión que ya ni te acuerdas el motivo, desapareció sin más. Sin despedirse, sin excusas, ni una llamada, nada… hasta esas palabras en el móvil, de hace unos días, en las que te pedía que os vierais si lo considerabas oportuno. Accediste, aunque nunca te había parecido una buena idea, ni siquiera ahora, mientras buscas en el armario algo adecuado que ponerte.

La cafetería del gimnasio al que vas a nadar, no se te ocurrió en ese momento otro sitio donde quedar, la verdad es que hace tanto tiempo que no sales ni a tomarte una cerveza con las amigas que no conoces muchos más lugares apropiados. Hacia allí te diriges nerviosa, sin saber que esperar de aquello.

Lo distingues de lejos sentado en la terraza, hace buena mañana, septiembre es un buen mes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 1)

Me pones el desayuno en la mesa con la misma sonrisa de anoche cuando acabamos de discutir. Pensé en pedirte perdón esta mañana, pero veo que no hace falta, que has entrado en razón. Eres tan terca, a veces. ¿Cuándo comprenderás, de una vez, que mis necesidades de sexo son diferentes a las que encuentro en casa contigo? Pero sabes que te quiero solo a ti.

Te pones detrás y acaricias mi pelo mientras sorbo el café de mi taza favorita, con el punto justo de azúcar, cómo me conoces y qué bien me cuidas. Es entonces cuando siento una presión helada en la nuca y, en un instante, me viene a la mente las veces que te he visto engrasar la pistola de tu abuelo, de cuando la guerra, tras la puerta entreabierta del desván. Descubro, en este mismo segundo, que la sonrisa que te suponía no es más que una mueca de dolor tras el bofetón que tuve que darte en la boca anoche, y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…

 

Francisco J. Berenguer

Miriam

Me voy.

No huyo de ti, no creas. La huida es de mí misma, porque si continuara siendo yo, nunca conseguiría dejarte.

Mañana encontrarás el apartamento vacío, tal y como yo lo he sentido todo este tiempo. Es necesario. Es lo mejor para los dos. Para ti, para mí, para tus hijos, para tu mujer. Todos salimos ganando, aparentemente.

Es curioso como se transforma, como se moldea la forma de sentir el amor en nuestro interior. Tiene etapas de posesivo, de excluyente, de ser la única. Y otras es como más sereno, más auténtico quizá, es pretender la felicidad para ti, la persona que más quiero en este mundo, aunque no estés a mi lado.

Te he amado de todas las formas posibles, incluso ahora, que me alejo de ti. Este, aunque te resulte difícil creerlo, es el mayor acto de amor.

He estado mucho tiempo sola esperando los momentos que podías robarle a tu familia para venir conmigo. Yo lo acepté, sí. Me lo dejaste claro desde el principio. Firmé el contrato en tu piel con mi saliva, sin leer la letra pequeña. Me pilló sin las gafas de cerca. Es lo que tiene cerrar tratos desnudos, en el caótico paraíso blanco de unas sábanas desordenadas, con el sudor y el placer todavía resbalando entre los muslos. Asumí los riesgos.

No sabía, entonces, que me iba a enamorar de esta manera tan insaciable y descarnada, tan sublime, transgresora…

Te quiero. Solo eso, pero eso es todo. Mi vida se basa en ti. Tú eres mi referencia, mi punto de apoyo si decidiera mover el mundo. Mi destino. Todo lo demás pierde su valor, como una moneda devaluada, como prendas baratas que destiñen al lavarlas. Y sé que cuando te abandone el mundo será como una fotografía en blanco y negro, que tiene su encanto, sí, pero se pierden los matices.

No conté con el sufrimiento, con la soledad, con la espera eterna donde cada latido duele. Ya no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca en esta casa donde todo me sabe a ti. Esta casa eres tú.

¿Sabes? Muchas veces ponía dos tazas para el desayuno en la mesa. Lo hacía de manera consciente, me ayudaba a imaginarte sentado al otro lado, con cara de sueño, bostezando y despeinado, mojando galletas en el café con leche, de esas que se rompen y caen en el tazón salpicándolo todo, como un crío.

Pero casi nunca estabas a esas horas, ni tú, ni migas, ni leche derramada. Sabía que estabas con ella, la mujer que elegiste para casarte y con los hijos que te dio, en otra mesa, en otra casa…

Siempre supe que no romperías con ella. Me quise engañar de mil formas distintas, quise creerte, pero en el fondo lo sabía… y tú sabes que lo sabía.

Nunca pretendí convertirme en la clásica amante clandestina de un hombre casado, pero eso es lo que soy y no me gusta el papel. Si no te quisiera tanto me hubiese ido hace mucho y ahora me voy, precisamente por eso, porque te quiero todo.

Me alejo de ti para que vivas sin la culpa, sin la necesidad de mentir, sin la pesada carga del engaño. Te dejo libre de mí para que dediques tu tiempo a la vida que elegiste antes de conocerme, críes a tus hijos con la estabilidad que se merecen, cuides a esa mujer que te ama tanto y que sé que tú también la quieres… ellos no merecen ser los daños colaterales de nuestra historia.

Y, si algún día, todo cambia y quieres buscarme sé que me encontrarás y quizá, quién sabe, el destino sea menos cruel con nosotros.

No te preocupes por mí, soy una superviviente y sabré salir adelante. Sé que el dolor va desapareciendo poco a poco, aunque ahora parezca imposible. Eso espero.

Conocerte ha sido el mejor regalo que me ha dedicado la vida. Lo que hemos sentido, lo que sentimos el uno por el otro, hay gente que ni en mil vidas podría llegar a sentir. Somos unos privilegiados, lo sabes.

Cae la noche y hace frío.

Dos maletas y un bolso de mano, los ojos inundados de lágrimas y un taxi al aeropuerto. Todo lo que me llevo ocupa poco porque allí, junto a ti, sigue estando la parte de mí que nos hace eternos.

 

Francisco J. Berenguer

Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer

Irene

Unos pasaban por delante y yo escondía todo lo posible los pies debajo del asiento, haciéndome pequeña, refugiándome en él. Otros, por detrás, rozaban sus chaquetas y abrigos en mi cabeza, ignorando mi espacio.

La película había acabado y todos iban abandonando la sala. 

Todos menos yo. 

Apuré hasta que la última letra de los créditos finales desapareciera de la pantalla. La música dejó de sonar y todo se fundió en negro.

No deseaba moverme de allí. No podía. No me quedaban fuerzas.

Ojalá nadie se diera cuenta de mi presencia y me olvidaran allí. Era la última sesión. No sería tan difícil pasar desapercibida. Soy bastante menudita y me acurruqué todo lo que pude en la butaca. Además, iba vestida de oscuro, como el color de mi alma, solo era una sombra en el granate de la tapicería.

Jamás había llorado tanto con el final de una película, nunca me había sentido tan identificada como cuando ella entró con su marido en aquel bar de jazz, casi por casualidad, y el amor de su vida, al que no veía en años, comenzó a tocar aquellas notas al piano… siete notas desgarradoras. Una melodía bella que los llevó a crear un recuerdo, un flashback imaginario de cómo hubiera sido su vida juntos hasta llegar a ese mismo día.

Hay decisiones, o la ausencia de ellas, que marcan una vida. Entonces no las creemos importantes, pensamos que es lo que debemos hacer, lo más sensato, lo prudente. 

Luego es tarde.

Renuncié un día a lo que más quería pensando que más adelante lo podría recuperar. Jugué a escribir el guion de mi película sin contar con tus sentimientos, como si yo fuera la única protagonista, te remitía a la espera dándote migajas de mí para alimentarte. Tú lo aceptabas, en parte me comprendías. Dios ¡cómo me amabas! 

Yo no me atreví a renunciar a todo por ti, a arriesgar. A reinventarnos una vida juntos. A vivir el sueño que recreábamos en nuestros esporádicos encuentros… creía que había tiempo. Confiaba en que el destino nos facilitara las cosas para unirnos en un futuro. Un futuro que nunca llegaría…

Tu muerte no me dolió. Tu muerte fue la mía también.

Ahora no puedo mirarme al espejo, porque ni siquiera existo. No me reconozco. La parte que quedó de mí es el reflejo de mi sombra, la luz se fue contigo. Ya no existo, no quiero existir. A veces sueño que me voy haciendo más pequeña, cada vez más y más, hasta llegar a ser como un grano de arena y desaparecer. Eso deseo ahora, desintegrarme en esta butaca de cine. Que los que limpien esta noche o mañana me vean como una mancha insignificante, un montoncito de polvo, un poquito de nada.

No puedo olvidar la última vez que hablamos por teléfono. Estabas enfadado conmigo. Me reclamabas que hiciese algo de una vez para poder estar juntos, que la espera se te hacía muy dura, que vernos cada dos o tres meses unas horas no es una relación, no cuando se quiere de esta manera. Yo te decía que me esperases unos años hasta que mis niñas fueran un poco más mayores, que, mientras tanto, tuvieras una vida independiente de mí, que disfrutases, que vivieses otras relaciones si te apetecía, que yo te buscaría cuando estuviese preparada aun a riesgo de que cuando apareciese de nuevo en tu vida ya no quisieras estar conmigo, porque era posible que encontrases a otra mujer que te diese todo lo que yo no podía darte ahora.

Yo creía que ese era el mayor acto de amor que podía ofrecer. Renunciar a ti para que fueses feliz. Renunciar a mi felicidad para que consiguieses la tuya. Pero solo contaba con mi sacrificio, con mi dolor resignado, pero no con lo que tú sentías, aunque yo, en ese momento, pensaba que sí lo hacía.

Te lancé al vacío creyendo que desplegarías tus alas y volarías hacía un nuevo amanecer, pero no me di cuenta de que te habías desprendido de ellas, que me las habías ofrecido, como todo tu cuerpo, como todo tu ser, como todo tú.

Ese día me llamaste desde el bar al acabar una comida con tus compañeros de trabajo. Habías bebido un poco y me dijiste que ibas a beber más. Que querías nublar tu mente para olvidarme un rato, pero el alcohol causó el efecto contrario. Me dijiste entre sollozos mal disimulados lo mucho que me amabas, lo imposible que te resultaba iniciar una relación sincera con alguien, porque siempre estaba yo, que no podías imaginar otra vida en la que no estuviese, que no necesitabas nada más que mis besos, mis caricias y el olor de mi piel…

Yo estaba en casa escuchando tu desgarradora declaración de amor cuando llegó mi marido. 

Te colgué de golpe sin decirte nada. Cambié tus palabras y tus lágrimas por mi silencio y mi cobardía. Él me dio un beso en los labios y tú, a mil kilómetros, mordías de rabia los tuyos.

En los tres días que sucedieron a esa conversación no supe nada de ti. Al principio pensé que estabas tan cabreado que preferías no hablar conmigo, ni siquiera por mensajes en el móvil. Luego presentí algo, como un vacío interior, como si un ladrón de órganos me los hubiese robado, uno a uno. Al cuarto día me llamó tu amigo, ese que era nuestro enlace, nuestro cómplice ante cualquier problema que te impidiera comunicarte conmigo. 

Antes de descolgar ya sabía lo que iba a decirme. No quería oírlo, no quería que me confirmase lo que ya intuía, lo que mi alma ya conocía. Pero la realidad superó a lo que imaginaba.

Tu amigo me dijo que después de hablar conmigo, horas más tarde, esa misma madrugada, cogiste el coche para venir a verme, sin dormir, con tu coche viejo que no había pasado la ITV. Condujiste durante horas y justo veinte kilómetros antes de llegar a mi ciudad te saliste de la carreta en el peor sitio posible. Un puente, un escuálido río, y más de treinta metros de caída.

Esa misma mañana salimos mi marido, las niñas y yo muy temprano en dirección a la casita que tenemos en la montaña para pasar el fin de semana. Metros antes de llegar al puente nos pilló un atasco. Enseguida vimos que había habido un accidente. Estaba la policía desviando el tráfico a un solo carril y una grúa enorme estaba elevando en ese momento un coche del fondo del barranco.

Vi tu coche unos instantes, pero no lo reconocí, era un amasijo oscuro de hierro y chatarra. Pasé por tu lado, mi amor. Quizá todavía latía tu corazón y no supe que estabas ahí. No pude acariciar tu frente, no pude evitar que murieses tan solo como te había hecho sentir durante meses… no pude respirar tu último aliento…

Todo es culpa mía. Tú eras mi vida, mi luz, mi ángel… ahora no soy nada, ni nadie.

Esta mañana he venido a tu ciudad y he visitado tu tumba. Te juro que hubiese excavado con mis manos para yacer a tu lado por la eternidad que te prometí. Todo pierde la importancia que le daba, se relativiza. No me importa ni mi marido ni mis hijas, aunque sea una atrocidad reconocerlo. Sé que con su padre estarán bien. Yo he dejado de ser, de estar, de sentir.

Todas las lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos en el cementerio esta mañana me inundaron la piel esta noche viendo “La La Land”, yo sola en un cine desconocido, en una ciudad desconocida.

Normalmente vivimos ajenos a la muerte, hacemos planes, tomamos decisiones sin pensar que la vida se nos puede truncar en un segundo. Es necesario, supongo, no sé ya lo que es mejor. Solo sé que postergué nuestra felicidad inútilmente, que hipotequé nuestro amor a tan largo plazo, que la muerte nos desahució, sin previo aviso.

No se escucha ningún ruido por aquí. Creo que he pasado desapercibida. Estoy sola.

Cierro los ojos y te imagino a mi lado, cogidos de la mano viendo una película en esa gran pantalla. Tú me sonríes y dices que me calle porque yo soy muy preguntona y no te dejo en paz, y en la pantalla vemos un flashback imaginario de cómo hubiera sido nuestra vida juntos hasta llegar a este mismo día…

 

Francisco J. Berenguer