Gris oscuro

Conocer y reconocer
el tiempo y la memoria,
transitando siempre por carreteras secundarias,
caminos de tierra, polvo y barro sucio.
Ese que se adhiere a tu pasado… cuando pasas
por allí.
Costras que ni secas se desprenden de tu historia,
que ya se cuartean y conforman tu piel.
Lodos de vida ya vivida, irrecuperable
¿Qué pensabas?
Fango de amores que se asfixian,
por exceso de sinrazones o el olvido,
o simplemente la lluvia,
que borra la huella de los besos y las promesas.
Caudal lento y espeso portador de la tinta indeleble
de tatuajes que creías eternos
y ya no te miran… ni te respiran.
Conocerse y reconocerse ante el espejo,
tiempo, memoria, arrugas, canas y cicatrices,
y esa luz que todavía percibes
en el fondo de esos ojos que te observan.
Es el brillo de la ilusión del niño que te sobrevive,
ignorante, necesaria inocencia que se deja engañar.
Que todo va a ir bien, que todo se solucionará,
pese al polvo que te asfixia,
pese al barro denso que te devora
a tragos largos y pausados,
…pese a ti.

Francisco J. Berenguer

Entre líneas

Soy una historia sin acabar, acaso sin principio.
Soy aquella página que leíste al abrir aquel libro,
casi por la mitad, por casualidad,
por el lugar en el que tus dedos se detuvieron
y me comenzaste a leer.
Imaginaste mi sonrisa, el timbre de mi voz,
recreaste mi cuerpo en tu mente y hasta el aroma de mi piel.
Y soñabas conmigo sin conocerme más que en palabras,
escritos de alguien que un día pensó que debía existir.
Pero tú no sabes, ni siquiera sospechas,
que yo también abrí un libro por una página al azar,
y apareciste tú, y te comencé a leer
en el momento en el que tú abriste aquel libro
y me encontraste a mí.
Y quien nos lee ahora tampoco lo sabe,
no sabe que es parte de otra historia.
Historia sin acabar, acaso sin principio.
Porque la vida y las historias quizá solo dependa
de la página del libro que alguien abra por azar,
y nos comience a leer.

Francisco J. Berenguer

Azul Profundo

Te creí aliado, amigo incondicional, latente entre mareas.
Azul profundo.
Que haces desaparecer las huellas de mi arena, las que duelen,
pero también traes restos de pasado a mi orilla,
naufragios causados por mi torpeza en la navegación.
Mi brújula marcaba siempre el norte equivocado,
o era yo que me empeñaba en descubrir todos los cardinales,
al mismo tiempo, viviendo deprisa,
como si mi vida a los veinte fuera a acabar…
Aunque en realidad sí que acaba,
nunca nada vuelve a saber igual, a oler igual, a sentirse igual.
Azul profundo, y en tu profundidad hubo un día que olvidé respirar.
¿Recuerdas?
Fue la primera vez que me sentí parte de ti, del mar, de la naturaleza,
de la vida, de lo intangible, de lo que existe y lo que no,
aunque sí, pero no lo vemos.
Pasaron segundos o minutos, u horas, no sé.
Allí sumergido a unos cinco metros, en perfecta sincronización.
A veces creo que todavía sigo ahí, contigo.
Que nunca volví a subir a la superficie
Que la vida que he creído vivir no me pertenece.
Que solo son ecos de otras vidas.
De los deseos, los amores, las tragedias y los sueños de quienes se sumergen en nuestras aguas.
Que compartimos su existencia, que todo está conectado.
Que todo fluye y concluye en la serenidad eterna de nuestro azul…

En el verano de 1984, rozando los veinte años, en un día de buceo, sumergido a unos seis o siete metros, me quedé concentrado sintiendo la inmensidad de la existencia en mi propia piel y olvidé que tenía que respirar, como si fuese parte de aquella maravilla, en perfecta comunión con lo que me rodeaba. Cuando volví a tener conciencia de mi cuerpo y la alarma en mi cerebro me hizo reaccionar por la falta de oxígeno, me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. La primera y apresurada bocanada de aire que se introdujo en mis pulmones fue como el primer aliento de un recién nacido. Me sentí cercano a la muerte y a la vez con la sensación de haber vivido varias vidas. He intentado, a lo largo del tiempo, volver a buscar y repetir esa experiencia, pero nunca he llegado a conseguirlo. Quizá sea lo mejor, temo que si vuelvo a sentir la vida con aquella intensidad obvie mis alarmas y me deje llevar por la paz del azul profundo”

Francisco J. Berenguer

A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer

Todos somos… monstruos.

Hay seres que nunca deberían haber existido

Se descuidó la naturaleza, sucumbió al engaño de los monstruos

que se disfrazaron con la piel de los primeros hombres

Sed de sangre y sexo, sometimiento y poder del macho

instintos arraigados que justifican al animal, denigrando al humano

A veces temo ser uno de ellos, mi monstruo inquieta mis entrañas

Todos tenemos uno ¿o solo soy yo quien lo posee?

Me avergüenzo de él, no por lo que hace, porque lo domino y subyugo

sino por lo que es capaz de hacer, de pensar, de decir…

Quizá mi monstruo sea mayor que el de cualquiera y por eso escribo

y lo canalizo en mi escritura

aplaco su sed con mis historias y personajes que él cree reales

lo mantengo preso tras los barrotes de mi mente

tal vez lo esté sobrealimentando

criatura deforme que no puede ver la luz, oculta en mi interior

de donde no pueda escapar… no debe.

He visto monstruos asomar de quien menos sospechaba

y no solo en machos, las hembras también lo albergan

Los he visto nutrirse del dolor que se convierte en odio

y el odio los engrandece, se tornan valientes y miserables

capaces de torturar y devorar vidas, de hacer daño por placer.

Creo que el mayor logro del ser humano es haber aprendido a contenerlos

a partir de ahí se pudo crear la música, la literatura, la poesía

se pudo amar, apreciar la belleza

y disfrutar de los placeres de la existencia…

O quizá todos seamos monstruos disfrazados de piel y carne

actuando en el gran circo de la vida

jugando a devorar y evitando ser devorados

creyendo tanto en nuestro papel asignado que ignoramos la realidad

aunque esta, a veces, nos escandalice manchándonos las manos

con la sangre de un inocente

que, simplemente, pasaba por allí.

Francisco J. Berenguer

Solo abrázame

“Trastorno adaptativo. Depresión, ansiedad, anhedonia. Insomnio. Fobia social, aislamiento, irritabilidad. Pensamientos autolíticos. Desesperanza. Problemas vegetativos y cognitivos…”

“Tienes que reconocer que estás enfermo, eso lo primero, para poder tratarte y pensar que lo que sufres es como cualquier otra enfermedad que se cura, pero debes tener paciencia, las cuestiones de la mente requieren un proceso más lento y dilatado. Relájate, deja que el tiempo y estas pastillas hagan su efecto, aumentamos la dosis y la frecuencia de toma si es preciso, no hay problema, y luego pasaremos a terapia con el sicólogo, cuando los niveles de tus neurotransmisores sean los adecuados. Todo irá bien.”

Tenemos tendencia a etiquetar y a etiquetarnos.

Hacemos o decimos algo de una manera determinada porque es lo que se espera de nosotros, es el rol que nos han impuesto o que nosotros hemos adoptado. Y nos sentimos cómodos y nos justificamos al decir “es que yo soy así” …y te lo crees…

Y yo no me creo nada.
Me busco, me creo y me destruyo,
y me vuelvo a crear de forma diferente.
No quiero patrones, ni planos complicados,
arquitectos sofisticados, complejos neuronales
zonas verdes de aire contaminado
No soy el que ayer fui
ni el que seré mañana
Cambio, me adapto, me transformo
Siempre me has conocido de vista
nunca mi ser, profundo, el que habita este cuerpo
Quizá mejor así
Porque soy un enfermo diagnosticado
por todo lo de arriba entrecomillado
por todo lo que digo
por todo lo que pienso y me callo
por todo lo que creí y me engañaron
Dioses recortables en templos de piedra
amores gelatinosos que no soportaron mi temperatura
melodías de sexo mil veces plagiadas
No quiero repetir plato, ni segundo ni primero
estoy tan saciado de estupideces que paso de postre
Ponme un café, negro, cargado, sin azúcar
y sácame la cuenta que esta comida la pago yo
No, no quiero chupitos regalados.
solo dame un abrazo sincero
a veces el contacto con otra piel
es mejor que cualquier medicación…

 

Francisco J. Berenguer

Sueños de siesta

  Puede que no escriba más                                                                                              y a nadie le importe                                                                                                              

Ha sido en las noticias de las tres, en la televisión, mientras recogía la mesa después de haberme comido entera una bandeja de canelones precocinados. Dos raciones ponía en la caja, pero yo me he quedado con hambre. Claro que también ponía que eran de carne, pero mientras los tenía en la boca dudaba si me había equivocado y había metido en el horno los de atún. Intuyo que no es bueno que apenas haya diferencia. Vivir solo, no saber cocinar e importarte una mierda tu salud es lo que tiene. Paraíso de los alimentos congelados y procesados, calentar y servir.

Pues como decía, en la tele dieron la noticia y yo me quedé paralizado a medio camino entre el comedor y la cocina, nueve pasos no hay más, con la bandeja de aluminio en la mano y un tenedor, porque, como es natural, me los como directo de la bandeja, así no ensucio platos y no tengo nada más para fregar que un tenedor relamido sin rastro de bechamel.

Dijeron que habían descubierto que en WordPress la mayoría de los usuarios eran perfiles creados por ordenador, que no eran gente real y que publicaban entradas basadas en no sé qué historias de algoritmos y secuencias digitales. Y lo que es más sorprendente todavía es que esos seres virtuales podían interactuar con otros haciendo comentarios, respondiendo, poniendo “me gusta” e incluso llegar a tener una conversación totalmente natural contigo… conmigo…

No tardó mucho esa noticia en extenderse también a otras redes sociales como Facebook, Twitter, instagram. Todo está repleto de perfiles falsos, de vidas inventadas, de comentarios manipulados, creadores de tendencias. Nada es real, está todo dirigido a sacarnos información personal sobre nuestros gustos, vicios o temores. Para inundarnos de publicidad, para controlarnos… control… que el rebaño no se disperse, que coma, que compre, que vote lo que ellos deseen y te hagan creer que es también lo que tú deseas. 

¡Joder! o sea que yo creía que me introducía en un medio serio donde escribía gente con inquietudes literarias para compartir mis tímidos escarceos en este mundillo y resulta que todo es mentira, que no existís ¡Pues vaya mierda!

Así que sois mis seguidores virtuales… sí… tú, que estás leyendo esto ahora, puede que no seas más que la recreación digital de un ser humano y ni siquiera lo sabes e incluso pienses que tienes una vida propia y real… ¡JA!

Puede que nada exista.

Quizá no seamos más que proyectos de vida creados en la mente de un Dios aburrido en la soledad del universo. Sueños de siesta de un creador gordo y sudoroso después de una obscena comilona, catador excelso de los siete pecados capitales y alguno más que se saque de la manga púrpura de su traje celestial.

Junté en mi cuarto a todos los asistentes virtuales que tengo (Siri, Cortana, Alexa y Google) y les pedí que me contaran un chiste. Tras una estudiada pausa respondieron  al unísono…

Tú.

Y se descojonaron con digitales y sensuales risas de mujer.

Francisco J. Berenguer

Clave de Luna

Ya no quedan atardeceres (rojos)

de carmín, de pasión, de besos en tu cielo (azul)

El sol no se oculta porque ya dejó de asomar

cansado de buscarla entre tus sábanas (negras)

Los días se hacen tan largos

en una habitación cerrada

enfermo de nostalgia, de destino (falso)

de corazón disléxico, arritmia diatónica

notas desacompasadas en clave de luna

No eres capaz de escuchar la sinfonía

que interpreta la vida tras las persianas (cerradas)

especialmente para ti, esperando tu intervención…

Siéntate al piano y demuestra tu arte (solista)

cree en ti, haznos creer que eres música

pronombre enclítico enlazado a tu verbo (único)

queremos verte, sentirte, descubrir tu partitura

el amor es mucho más que un desengaño (doliente)

No te prives de amaneceres y puestas de sol

sumérgete en la melodía de unos labios (desconocidos)

El mundo te reclama

solo tú puedes interpretarte

sube al escenario

y vive…

 

Francisco J. Berenguer

Frágil cuerpo

Qué fácil es destruir

No se necesita carrera, ni de fondo ni de toga

solo palabras

Poder de dioses mundanos que se creen poetas

y solo hacen malabares con las metáforas

mientras el semáforo cambia a verde

no subas la ventanilla, dame algo…

Palabras que ensalzan y humillan

que enamoran y matan, agonizan

que nacen blandas y se endurecen

como chicles bajo el pupitre

y las arrancas con las uñas

petrificada saliva ajena

de quien pronunció tu nombre un día

y al otro olvidó cómo te llamabas

Somos víctimas y verdugos de ellas

de sogas y guillotinas

cadalsos de madera en la plaza

espectáculo de horror que la mirada reclama

No quisiera causar dolor y lo hago

torpe inquisidor que toma mujeres por brujas

en la hoguera que yo prendí me quemo contigo

no pretendo perdón ni reconocimiento

solo escribo, vivir es difícil y hablar me cuesta

a veces las palabras no dicen lo que siento

Es fácil destruir un cuerpo

y más sencillo herir un alma…

 

Francisco J. Berenguer

Fuera llueve…

Sintió que todo en su mundo era perecedero, hasta ella misma.

Y todo se le ocurrió cuando limpiaba y recogía la cocina, y encontró en el frutero una manzana que llevaba varios días sin tocar, oscurecida y madura por un lado y aparentemente fresca por el otro, el que daba la cara.

La apartó, la puso sobre la mesa de tal forma que veía al mismo tiempo las dos partes de ella y se quedó un rato observándola, dejando que su mente efervesciera y estallaran las burbujas de su imaginación.

Ella era así, había momentos que, sin pretenderlo, se ponía a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo… cualquier cosa que en ese instante le viniera a la cabeza. Le sucede cuando viaja en el metro y se aísla de cuanto le rodea, en la sala de espera del médico, en el hipnótico hervor de un guiso a fuego lento o, como ahora, en la simple abstracción observando aquella manzana.

No pensó en brujas, princesas y mucho menos en adanes, evas, serpientes con sotana y paraísos desahuciados… pensó en ella, la fruta, la degradación…

Y se sintió como una manzana olvidada en el fondo de un enorme frutero, madurando inútilmente hasta la putrefacción, donde nadie la elegiría por otro motivo que el de tirarla a la basura. Ahora ella era así, como la que tenía frente a sus ojos, con la madurez justa para que alguien la sintiera sabrosa, para poder compartirse y dar toda su esencia y experiencia a quien quisiera darle un bocado… o un beso.

Pero ella nunca sería la fruta que alguien eligiera, hace tiempo que abandonó los estantes del supermercado, ya no estaba en venta. Se entregó al cuidado de unos hijos que sabe que nunca agradecerían su sacrificio, ni esperaba su reconocimiento, claro está. Se conformó con un hombre del que se enamoró de joven y ahí sigue, esforzándose en creer que el amor no tiene fecha de caducidad.

¿Y qué más da? ¿Qué importa ella? Tiene una familia estable, bien posicionada. Una casa preciosa, buenos coches, apartamento en Jávea para el verano. Viste de marca, ropa cara, se puede permitir pequeños caprichos…

¿No es eso lo que pretendía en su vida? Familia feliz, hijos felices, marido feliz, aunque fondón e inapetente; cosas de la edad, de la rutina, de las comilonas, del sexo memorizado.

No se sentía con derecho a quejarse con tanta gente que lo está pasando mal.

Así que seguiría madurando ella solita, sin rechistar, disfrutando de la vida elegida, viendo cómo caduca todo a su alrededor y en su propio interior.

Solo deseaba paz, años tranquilos.

¿Qué más da olvidar aniversarios, voces y caras?

Todo queda obsoleto cuando el pragmatismo impera.

Fuera llueve… otro día más de puñetera nostalgia.

Cogió la manzana y la tiró con rabia a la basura,

mientras tragaba saliva,

para evitar que las lagrimas brotaran.

Es una mierda, pensó,

que hasta los sueños caducaran.

Francisco J. Berenguer

Del revés

Reconocida ausencia, secuencia de recuerdos

lo que fuimos, lo que fuiste, lo que fui

Cruel asesina, colaboradora clandestina

escondiendo cadáveres (de tiempo y espacio)

y haciendo desaparecer el arma homicida (la promesa incumplida)

ocultando las pruebas de la decadencia

sobornando el silencio de testigos (los sueños no hablan)

¿Qué queda de nosotros? si alguna vez hubo un nosotros

o solo la ilusión de serlo

Forzamos el encaje de piezas de puzzles distintos

patética comunicación en lenguaje de signos (opuestos)

Nos sobraron adjetivos, verbos, besos, versos y rimas (asonantes)

dominamos bien la aritmética y la métrica (suicida)

pero nos faltó la simetría en el compás de un latido (inerte)

y la conclusión de un proyecto (inexistente)

Tiempo de tormenta se avecina, tras el cristal (cobarde)

fuera está la vida para quien se atreve a mojarse

No intentes buscar el significado a los paréntesis

las horas de terapia resultan inútiles

cuando solo ves señales y no su gestación (oscuro útero estéril)

Por la parte interna de mi piel tatué tu imagen

donde nadie puede verla y solo yo la siento

para que cuando muera y me vuelvan del revés

comprueben la ausencia que me mató aquel día

y por la que viví el resto.

 

((Francisco J. Berenguer))

Latidos en blanco

Los ignorantes te llaman muerte

cuando no eres más que vida

latente

que desde la luz del primer llanto

acompañas nuestros pasos

penitente

Procesión insigne y blasfema

olvidada de dios y de su mano

hilera de velas sin sentido

de figuras talladas, al hombro

portadores

al triste son de trompeta y tambores

 

Me enseñaste que el sexo es pasajero

y que el amor es tan solo una ilusión

un medio de transporte

entretenimiento al estúpido viajero

que da más valor al destino y la llegada

que a las delicias del trayecto y las paradas

Comprendí que siempre vivimos de paso

en el segundo anterior a un parpadeo

 

Te siento cerca desde hace días

lo noto en mis huesos, humedad artrítica

en los latidos en vacío del corazón

como si fuese practicando para el pulso final

Merecido descanso, sin protocolo, sin aplauso

como querencia de astado

buscando las tablas

herido de muerte

Sangre y arena, sin playa

sin el gran azul

sin olas que arrastran penas a lo profundo

sal que escuece y cura

que cicatriza y amortaja.

 

Tomamos un té y nos vamos, si quieres

aunque hoy es otoño y me pillas mal

no sé si será buen día para morir

tengo la casa manga por hombro

y una lavadora de blanco por poner…

 

Francisco J. Berenguer

El momento inadecuado

¿Por qué se empeñan los dioses

en atraparnos en carne?

 

Desperté de lo eterno por ti

recorrí miles de mundos y formas

visité universos paralelos

y concluyentes en lo perpendicular

puntos tangenciales

en los que no te hallé

Te busqué en agujeros negros

para disputarte con la nada

si fuera preciso

cloaca infinita, reciclador de estrellas

Conocí civilizaciones y sirenas

que intentaron cautivarme

cantos y melodías turbadoras

seducción inútil a mi propósito

Y por fin logré encontrarte

en este planeta azul, desde el cielo

y gris a ras de suelo

Tu intensa luz me atrajo

pero no pude tocarte

ni tú me podías ver

Estabas presa en un cuerpo

viviendo una vida asignada

ajena a lo transcendente

a lo sublime de la existencia

No podía intervenir

las almas no transgredimos normas

aunque el amor lo justifique

Me quedé a tu lado, sin que me vieras

Fui la presencia que movió tu pelo

un día sin brisa

La caricia que erizó tu piel

cuando estabas sola

A veces me mirabas

y tu mirada me atravesaba

me buscabas sin saber qué buscabas

ni lo cerca que estaba

Me alejé y te dejé vivir

y esperé paciente

porque las almas se encuentran

siempre se encuentran

a pesar de que a veces lo hagan

en el momento inadecuado…

 

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

El resto de mí

Ya no quedan ganas

Ya no me quedan ganas de tener ganas

ni de amaneceres, ni playas desiertas

ni de sexo explícito e improvisado

o comprimido y reprimido

gritos ahogados

los niños escuchan

en la habitación de al lado

a pensión completa.

Ganas de comer o ser comido, devorado

de mi carne en tu boca, repleta

y el deseo por tus muslos chorreando

dulce y espeso, manantial de tu esencia

lubricante natural que suaviza tensiones

eficaz antidepresivo sin contraindicaciones.

Reclamo mi derecho a la tristeza

no quiero ser feliz por decreto

Las sonrisas duelen cuando se fuerzan

y el amor destroza cuando se finge

No tengo ganas de libertades presas

de leyes absurdas, de juicios pactados

No hace falta que leas mis derechos

lo que utilices contra mí lo tendré merecido

hablé demasiado cuando tuve que callar

os descubrí mi alma sin apenas filtrar

Mi pena, mi sentencia, mi castigo

esposado a la vida de por vida

Asesino de sueños en serie

de verdades preconcebidas

Las líneas de mi mano coinciden

con los posos de mi café

pero ya no me quedan ganas

de creer en mi destino.

 

Francisco J. Berenguer

De hueso y carne

A veces me siento tan frágil

que temo deshacerme

en cien historias

y algún poema

Ya son pocos los que escuchan

y menos los que leen

Lo siento, no soy de emoticonos

si me sacas una sonrisa

la podrás ver en mis labios

si quieres, si vienes

Mis besos son de carne

Me rompo, me fragmento, me disperso

en cien historias

y algún poema

Me destruyo, me disuelvo

tómame a pequeños sorbos

después de cada comida

Estoy repleto de contraindicaciones

y contradicciones

De verbos y pasiones irregulares

prisión condicional y subjuntiva

Lo que soy es lo que escribo

no sé fingir entre lineas.

 

Francisco J. Berenguer

Mejor no preguntes

Tú siempre querías saber más

pero hacías las preguntas equivocadas

y las respuestas reñían con tus expectativas

Inquietud y frustración en la misma danza

baile cognitivo del insconsciente colectivo

el placer onírico y la realidad que evitas

Yo me quedo en la barra

Hace tiempo que dejé de bailar

Hace tiempo que dejé de escuchar la melodía

Hace tiempo…

Fue entonces cuando hallé mis preguntas

Encontré silencio y las descubrí en él.

En el silencio contenido entre latido y latido

tregua de eternos segundos

donde el corazón descansa y se cansa triste de ver

que solo escuchas su latir y no la voz en su pausa

En el segundo antes de romper la ola

o el explosionar de un orgasmo

inundación densa en la orilla de tu cama

El silencio amniótico en la antigravedad placentaria

donde se escriben los prólogos de historias inéditas

de personajes inscritos en programados censos

de neonatos, amores, decepciones y decesos

Oscuridad y silencio es lo que hubo siempre antes

y lo que habrá después para siempre

Buscamos aplacarlo durante el chispazo fortuito

la efímera levedad finita e irrepetible

La vida

El sueño de un dios que creó humanos

a una imagen y semejanza distorsionada

como reflejada en un espejo roto y cuarteado

Pesadilla de hombres que crean dioses

con la misma distorsión en la concepción.

La pregunta no es qué hay después,

ni por qué, ni cuándo, ni cómo

Silencio fuimos

Silencio somos

Y en silencio nos convertiremos.

 

Francisco J. Berenguer

En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Antes de la medianoche

Cuando estuve en calma elegí mis miedos

los cubrí de sombras

los escondí bajo la cama.

De niño los miedos se adhieren a la piel

sin poder evitarlo

como si fuera el precio por la inocencia.

Ahora es distinto

tú temes a lo que quieres temer

de lo que te gusta refugiarte

de lo que usas como pretexto

o a lo que más deseas.

Pero existe un miedo que no se presta a elección

un miedo adulto que te va calando

como lluvia fina, casi sin sentir.

El temor a la soledad

no a estar solo

a la soledad eterna

la angustia de sentir

que cuando te vayas definitivamente

nadie te eche de menos…

 

Francisco J. Berenguer