Obsolescencia Desprogramada

Material defectuoso, sustancia contaminante

que se expande, sigilosa

por los márgenes de mi compañía

Líquido corrosivo que mi piel exuda

como aquella pila olvidada

en el transistor del abuelo

Saliva envenenada

que disuelve tus besos y te hiere a distancia

si te escupo palabras

a los ojos

Serpiente cobarde enroscada y oculta

en el hueco de tu confianza

Nada bueno fluye en este miserable pozo

hedor insoportable para quien me destapa

No me busques curas ni reciclajes

soy el vergonzoso error que se oculta

rumor de velatorio

Acéptalo, ya no quedan almas

para tantos cuerpos

Estoy tan lleno de vacíos que ya ni duele

me faltan fuerzas para la siguiente función

me sobran mentiras y excusas

Humano incompleto, material defectuoso

mi destino no era ver la luz de tus días

ni la sombra de los míos

Alguien debió retirarme a tiempo

de la cadena de montaje.

Francisco J. Berenguer

No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

Síntomas de soledad

Era un colegio gris, de cemento gris en el patio y las paredes, y baldosas grises o marrón oscuro en los pasillos y las aulas. Era mil novecientos setenta y tres y alguien un día, con sus pequeños dedos, ampliando un desconchón de la pared, descubrió marcas de disparos. Huellas de muerte, restos de odio. Lo veíamos con asombro, pero con preocupante naturalidad. Ahora me estremezco al pensar que tan solo treinta años antes, quizá menos, fusilaron allí a personas, en el mismo patio donde, apiñados, se jugaban diez partidos imposibles a la vez, con diez balones y más de cien piernas.

Era un colegio solo de chicos, las chicas distraen, decían, de hecho, apenas había mujeres aparte de una profesora que le daba clase a los más pequeños y se encargaba, además, del coro para los festivales de navidad y del “santo patrón” del colegio. ¡Ah…! y del mes de María, esos meses de mayo que acabábamos antes las clases de la tarde para hacer ofrenda a la virgen. Todavía recuerdo alguna letra de las canciones: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…”

Eran tiempos de formar en el patio antes de subir a las clases, que estaban en un primer y segundo piso con un balcón corrido que daba a la platea desde donde nos observaban los profesores. Tiempos de himnos y consignas, de religión y patria, de silencios obligados y miedos ocultos… no preguntes, no quieras saber demasiado, no quieras descubrir la verdad, cree lo que te decimos, obedece. Ya sabes quien escribe la historia tras una guerra.

Era un chico raro entonces, creo que siempre lo he sido, no tenía habilidad para el fútbol y casi siempre me quedaba fuera cuando (chapí, chapó) los capitanes elegían a los chavales para formar parte de su equipo, si éramos impares yo sobraba. Me gustaría decir que no me importaba y que no me causaba tristeza y frustración cuando me quedaba el último para que me eligieran y, o bien no lo hacían directamente o alguien me incluía en su equipo por pena o falsa camaradería, pero no sería cierto.

Supongo que eso sirvió para potenciar la afición que siempre había tenido de imaginar e inventar historias, crear vidas y momentos y soñar que los vivía… síntomas de soledad, alivio de ignorados. Pero descubrí que esa misma soledad era compartida con un puñado de niños que, por un motivo u otro, soportaban esa exclusión forzosa o forzada de la popularidad deseada. Y nos juntamos, como una pandilla de superhéroes lisiados, en un rincón del patio a resguardo de balonazos, para compartir nuestras desdichas.

Y así fue cómo esa afición de crear cuentos, situaciones y personajes imaginarios cobró otra dimensión. Comencé a ponerle voz y a dar a luz mis historias junto a ese niño gordito mientras comía su bocadillo de chorizo, con ese empollón de gafas gruesas y empañadas, con el niño que parecía una niña y con ese que aparentaba estar siempre enfermo. Tanto a ellos, como a mí, nos servía para evadirnos de esa realidad que nos incomodaba, la que no terminaba de aceptarnos, la que nos dejaba fuera de ese equipo al que queríamos pertenecer y de ese juego al que queríamos jugar.

Escuchaban mis palabras casi sin pestañear y cada día, día tras día, me pedían más y yo inventaba, me las preparaba en casa o improvisaba sobre la marcha… eso era lo que más me gustaba… como ahora, más de cuarenta años después, me siento ante una hoja en blanco e improviso. Unas veces surge algo nuevo, que ni siquiera tenía previsto, otras, tal como hoy, revivo algún recuerdo de esos que te asaltan por sorpresa, y otras, simplemente, se queda sin mácula el blanco.

Los impactos de bala fueron cubiertos, nuevamente, con cemento gris y los niños seguimos jugando, ajenos a la tragedia, sobre sangre desintegrada por mil lluvias de agua limpia y amargas lágrimas, con diez balones, más de cien piernas… y una historia por contar…

 

Francisco J. Berenguer

Todos somos… monstruos.

Hay seres que nunca deberían haber existido

Se descuidó la naturaleza, sucumbió al engaño de los monstruos

que se disfrazaron con la piel de los primeros hombres

Sed de sangre y sexo, sometimiento y poder del macho

instintos arraigados que justifican al animal, denigrando al humano

A veces temo ser uno de ellos, mi monstruo inquieta mis entrañas

Todos tenemos uno ¿o solo soy yo quien lo posee?

Me avergüenzo de él, no por lo que hace, porque lo domino y subyugo

sino por lo que es capaz de hacer, de pensar, de decir…

Quizá mi monstruo sea mayor que el de cualquiera y por eso escribo

y lo canalizo en mi escritura

aplaco su sed con mis historias y personajes que él cree reales

lo mantengo preso tras los barrotes de mi mente

tal vez lo esté sobrealimentando

criatura deforme que no puede ver la luz, oculta en mi interior

de donde no pueda escapar… no debe.

He visto monstruos asomar de quien menos sospechaba

y no solo en machos, las hembras también lo albergan

Los he visto nutrirse del dolor que se convierte en odio

y el odio los engrandece, se tornan valientes y miserables

capaces de torturar y devorar vidas, de hacer daño por placer.

Creo que el mayor logro del ser humano es haber aprendido a contenerlos

a partir de ahí se pudo crear la música, la literatura, la poesía

se pudo amar, apreciar la belleza

y disfrutar de los placeres de la existencia…

O quizá todos seamos monstruos disfrazados de piel y carne

actuando en el gran circo de la vida

jugando a devorar y evitando ser devorados

creyendo tanto en nuestro papel asignado que ignoramos la realidad

aunque esta, a veces, nos escandalice manchándonos las manos

con la sangre de un inocente

que, simplemente, pasaba por allí.

Francisco J. Berenguer

Solo abrázame

“Trastorno adaptativo. Depresión, ansiedad, anhedonia. Insomnio. Fobia social, aislamiento, irritabilidad. Pensamientos autolíticos. Desesperanza. Problemas vegetativos y cognitivos…”

“Tienes que reconocer que estás enfermo, eso lo primero, para poder tratarte y pensar que lo que sufres es como cualquier otra enfermedad que se cura, pero debes tener paciencia, las cuestiones de la mente requieren un proceso más lento y dilatado. Relájate, deja que el tiempo y estas pastillas hagan su efecto, aumentamos la dosis y la frecuencia de toma si es preciso, no hay problema, y luego pasaremos a terapia con el sicólogo, cuando los niveles de tus neurotransmisores sean los adecuados. Todo irá bien.”

Tenemos tendencia a etiquetar y a etiquetarnos.

Hacemos o decimos algo de una manera determinada porque es lo que se espera de nosotros, es el rol que nos han impuesto o que nosotros hemos adoptado. Y nos sentimos cómodos y nos justificamos al decir “es que yo soy así” …y te lo crees…

Y yo no me creo nada.
Me busco, me creo y me destruyo,
y me vuelvo a crear de forma diferente.
No quiero patrones, ni planos complicados,
arquitectos sofisticados, complejos neuronales
zonas verdes de aire contaminado
No soy el que ayer fui
ni el que seré mañana
Cambio, me adapto, me transformo
Siempre me has conocido de vista
nunca mi ser, profundo, el que habita este cuerpo
Quizá mejor así
Porque soy un enfermo diagnosticado
por todo lo de arriba entrecomillado
por todo lo que digo
por todo lo que pienso y me callo
por todo lo que creí y me engañaron
Dioses recortables en templos de piedra
amores gelatinosos que no soportaron mi temperatura
melodías de sexo mil veces plagiadas
No quiero repetir plato, ni segundo ni primero
estoy tan saciado de estupideces que paso de postre
Ponme un café, negro, cargado, sin azúcar
y sácame la cuenta que esta comida la pago yo
No, no quiero chupitos regalados.
solo dame un abrazo sincero
a veces el contacto con otra piel
es mejor que cualquier medicación…

 

Francisco J. Berenguer

Sueños de siesta

  Puede que no escriba más                                                                                              y a nadie le importe                                                                                                              

Ha sido en las noticias de las tres, en la televisión, mientras recogía la mesa después de haberme comido entera una bandeja de canelones precocinados. Dos raciones ponía en la caja, pero yo me he quedado con hambre. Claro que también ponía que eran de carne, pero mientras los tenía en la boca dudaba si me había equivocado y había metido en el horno los de atún. Intuyo que no es bueno que apenas haya diferencia. Vivir solo, no saber cocinar e importarte una mierda tu salud es lo que tiene. Paraíso de los alimentos congelados y procesados, calentar y servir.

Pues como decía, en la tele dieron la noticia y yo me quedé paralizado a medio camino entre el comedor y la cocina, nueve pasos no hay más, con la bandeja de aluminio en la mano y un tenedor, porque, como es natural, me los como directo de la bandeja, así no ensucio platos y no tengo nada más para fregar que un tenedor relamido sin rastro de bechamel.

Dijeron que habían descubierto que en WordPress la mayoría de los usuarios eran perfiles creados por ordenador, que no eran gente real y que publicaban entradas basadas en no sé qué historias de algoritmos y secuencias digitales. Y lo que es más sorprendente todavía es que esos seres virtuales podían interactuar con otros haciendo comentarios, respondiendo, poniendo “me gusta” e incluso llegar a tener una conversación totalmente natural contigo… conmigo…

No tardó mucho esa noticia en extenderse también a otras redes sociales como Facebook, Twitter, instagram. Todo está repleto de perfiles falsos, de vidas inventadas, de comentarios manipulados, creadores de tendencias. Nada es real, está todo dirigido a sacarnos información personal sobre nuestros gustos, vicios o temores. Para inundarnos de publicidad, para controlarnos… control… que el rebaño no se disperse, que coma, que compre, que vote lo que ellos deseen y te hagan creer que es también lo que tú deseas. 

¡Joder! o sea que yo creía que me introducía en un medio serio donde escribía gente con inquietudes literarias para compartir mis tímidos escarceos en este mundillo y resulta que todo es mentira, que no existís ¡Pues vaya mierda!

Así que sois mis seguidores virtuales… sí… tú, que estás leyendo esto ahora, puede que no seas más que la recreación digital de un ser humano y ni siquiera lo sabes e incluso pienses que tienes una vida propia y real… ¡JA!

Puede que nada exista.

Quizá no seamos más que proyectos de vida creados en la mente de un Dios aburrido en la soledad del universo. Sueños de siesta de un creador gordo y sudoroso después de una obscena comilona, catador excelso de los siete pecados capitales y alguno más que se saque de la manga púrpura de su traje celestial.

Junté en mi cuarto a todos los asistentes virtuales que tengo (Siri, Cortana, Alexa y Google) y les pedí que me contaran un chiste. Tras una estudiada pausa respondieron  al unísono…

Tú.

Y se descojonaron con digitales y sensuales risas de mujer.

Francisco J. Berenguer

Frágil cuerpo

Qué fácil es destruir

No se necesita carrera, ni de fondo ni de toga

solo palabras

Poder de dioses mundanos que se creen poetas

y solo hacen malabares con las metáforas

mientras el semáforo cambia a verde

no subas la ventanilla, dame algo…

Palabras que ensalzan y humillan

que enamoran y matan, agonizan

que nacen blandas y se endurecen

como chicles bajo el pupitre

y las arrancas con las uñas

petrificada saliva ajena

de quien pronunció tu nombre un día

y al otro olvidó cómo te llamabas

Somos víctimas y verdugos de ellas

de sogas y guillotinas

cadalsos de madera en la plaza

espectáculo de horror que la mirada reclama

No quisiera causar dolor y lo hago

torpe inquisidor que toma mujeres por brujas

en la hoguera que yo prendí me quemo contigo

no pretendo perdón ni reconocimiento

solo escribo, vivir es difícil y hablar me cuesta

a veces las palabras no dicen lo que siento

Es fácil destruir un cuerpo

y más sencillo herir un alma…

 

Francisco J. Berenguer

Aranjuez y yo

Esta mañana temprano, escuchando las noticias y antes de que me dieran ganas de apagar la radio, mencionaron, en un alarde de sensibilidad afortunado pero impropio entre compadreos de políticos, bancos y jueces, que el “Concierto de Aranjuez” cumplía hoy setenta y ocho años de su estreno en el Palau de la música de Barcelona.

Desconecté la radio, por supuesto, pero me quedé con el dato y recordé el primer día que tuve el placer de escuchar esa mágica obra de Joaquín Rodrigo.

Fue en el instituto, en segundo de BUP, hace… (joder) unos cuarenta años más o menos, en un aula oscura donde nos pusieron diapositivas de obras del Museo del Prado (alicatando baños, los andamios de la fachada, montones de ladrillos, “tenemos que levantar tol suelo, señora, hay que cambiar las tuberías”…) no, eso no, me refiero a las obras de arte de su interior, que todo hay que decirlo.

Pues mientras se sucedían esas diapositivas, en esa pantalla blanca desplegable que ocultaba a medias la pizarra, comenzó a sonar la primera parte del Concierto de Aranjuez (Allegro con spirito) y yo me quedé maravillado con esos arpegios de guitarra y cómo la orquesta se iba integrando poco a poco, intercalándose en un ritmo dinámico pero suave, me encantaba. “Vaya rollo” dijo alguien situado detrás de mí ¿cómo era posible que no fueran capaces de sentir tal maravilla? La conjunción de esos cuadros y esa música me estremecían, pero ¿a mí solo?

Hubo una pausa y comenzó el segundo movimiento, el Adagio, la parte más común y conocida, la más extraordinaria. Su lenta cadencia, su melodía, la sensibilidad sublime, la tensión, la belleza. Era la primera vez que la escuchaba y se introdujo tan dentro de mí que me asusté, era como una parte de mi ser perdida al nacer y que por fin la integraba en lo más intimo y, todavía desconocido, de esa alma que dicen que nos habita.

Lloré, ocultando como pude mis lágrimas porque en esos tiempos y a esas edades me parecía vergonzoso y yo entonces era muy “machito”, al menos ese era mi rol y mi apariencia, pero lloré, más quizá, por dentro que por fuera para conservar mi estúpida imagen, ya sabéis. Y mi oculto y amargo llanto era de felicidad ante tanta belleza, era algo que no sabía interpretar, un cambio molecular o neuronal, o yo qué sé. Fue algo que me transformó entonces y afortunadamente todavía conservo.

Recuerdo que me rondaba una pregunta que me inquietaba, porque no era capaz de comprender cómo no se nos educaba desde el arte, la esencia de la vida, la pureza del sentir la belleza que nos rodea. Tardé quince o dieciséis años en encontrarlo por casualidad en un aula de diapositivas y, desde ese día, no dejo de buscarlo en cada objeto, acontecimiento, acto o persona que me rodea.

Sigo emocionándome, ahora más si cabe, y no oculto mis lágrimas en la contemplación y el disfrute de una imagen, un escrito, una música o una película.

Lloro de amor, lloro de arte.

Ya conocéis un poquito más de mí. Cuando me jubile recorreré el mundo para seguir viendo obras… de arte, que todo hay que decirlo….

Mientras escribo esto suena el Concierto de Aranjuez, es mi pequeño homenaje.

 

Francisco J. Berenguer

Fuera llueve…

Sintió que todo en su mundo era perecedero, hasta ella misma.

Y todo se le ocurrió cuando limpiaba y recogía la cocina, y encontró en el frutero una manzana que llevaba varios días sin tocar, oscurecida y madura por un lado y aparentemente fresca por el otro, el que daba la cara.

La apartó, la puso sobre la mesa de tal forma que veía al mismo tiempo las dos partes de ella y se quedó un rato observándola, dejando que su mente efervesciera y estallaran las burbujas de su imaginación.

Ella era así, había momentos que, sin pretenderlo, se ponía a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo… cualquier cosa que en ese instante le viniera a la cabeza. Le sucede cuando viaja en el metro y se aísla de cuanto le rodea, en la sala de espera del médico, en el hipnótico hervor de un guiso a fuego lento o, como ahora, en la simple abstracción observando aquella manzana.

No pensó en brujas, princesas y mucho menos en adanes, evas, serpientes con sotana y paraísos desahuciados… pensó en ella, la fruta, la degradación…

Y se sintió como una manzana olvidada en el fondo de un enorme frutero, madurando inútilmente hasta la putrefacción, donde nadie la elegiría por otro motivo que el de tirarla a la basura. Ahora ella era así, como la que tenía frente a sus ojos, con la madurez justa para que alguien la sintiera sabrosa, para poder compartirse y dar toda su esencia y experiencia a quien quisiera darle un bocado… o un beso.

Pero ella nunca sería la fruta que alguien eligiera, hace tiempo que abandonó los estantes del supermercado, ya no estaba en venta. Se entregó al cuidado de unos hijos que sabe que nunca agradecerían su sacrificio, ni esperaba su reconocimiento, claro está. Se conformó con un hombre del que se enamoró de joven y ahí sigue, esforzándose en creer que el amor no tiene fecha de caducidad.

¿Y qué más da? ¿Qué importa ella? Tiene una familia estable, bien posicionada. Una casa preciosa, buenos coches, apartamento en Jávea para el verano. Viste de marca, ropa cara, se puede permitir pequeños caprichos…

¿No es eso lo que pretendía en su vida? Familia feliz, hijos felices, marido feliz, aunque fondón e inapetente; cosas de la edad, de la rutina, de las comilonas, del sexo memorizado.

No se sentía con derecho a quejarse con tanta gente que lo está pasando mal.

Así que seguiría madurando ella solita, sin rechistar, disfrutando de la vida elegida, viendo cómo caduca todo a su alrededor y en su propio interior.

Solo deseaba paz, años tranquilos.

¿Qué más da olvidar aniversarios, voces y caras?

Todo queda obsoleto cuando el pragmatismo impera.

Fuera llueve… otro día más de puñetera nostalgia.

Cogió la manzana y la tiró con rabia a la basura,

mientras tragaba saliva,

para evitar que las lagrimas brotaran.

Es una mierda, pensó,

que hasta los sueños caducaran.

Francisco J. Berenguer

Del revés

Reconocida ausencia, secuencia de recuerdos

lo que fuimos, lo que fuiste, lo que fui

Cruel asesina, colaboradora clandestina

escondiendo cadáveres (de tiempo y espacio)

y haciendo desaparecer el arma homicida (la promesa incumplida)

ocultando las pruebas de la decadencia

sobornando el silencio de testigos (los sueños no hablan)

¿Qué queda de nosotros? si alguna vez hubo un nosotros

o solo la ilusión de serlo

Forzamos el encaje de piezas de puzzles distintos

patética comunicación en lenguaje de signos (opuestos)

Nos sobraron adjetivos, verbos, besos, versos y rimas (asonantes)

dominamos bien la aritmética y la métrica (suicida)

pero nos faltó la simetría en el compás de un latido (inerte)

y la conclusión de un proyecto (inexistente)

Tiempo de tormenta se avecina, tras el cristal (cobarde)

fuera está la vida para quien se atreve a mojarse

No intentes buscar el significado a los paréntesis

las horas de terapia resultan inútiles

cuando solo ves señales y no su gestación (oscuro útero estéril)

Por la parte interna de mi piel tatué tu imagen

donde nadie puede verla y solo yo la siento

para que cuando muera y me vuelvan del revés

comprueben la ausencia que me mató aquel día

y por la que viví el resto.

 

((Francisco J. Berenguer))

Latidos en blanco

Los ignorantes te llaman muerte

cuando no eres más que vida

latente

que desde la luz del primer llanto

acompañas nuestros pasos

penitente

Procesión insigne y blasfema

olvidada de dios y de su mano

hilera de velas sin sentido

de figuras talladas, al hombro

portadores

al triste son de trompeta y tambores

 

Me enseñaste que el sexo es pasajero

y que el amor es tan solo una ilusión

un medio de transporte

entretenimiento al estúpido viajero

que da más valor al destino y la llegada

que a las delicias del trayecto y las paradas

Comprendí que siempre vivimos de paso

en el segundo anterior a un parpadeo

 

Te siento cerca desde hace días

lo noto en mis huesos, humedad artrítica

en los latidos en vacío del corazón

como si fuese practicando para el pulso final

Merecido descanso, sin protocolo, sin aplauso

como querencia de astado

buscando las tablas

herido de muerte

Sangre y arena, sin playa

sin el gran azul

sin olas que arrastran penas a lo profundo

sal que escuece y cura

que cicatriza y amortaja.

 

Tomamos un té y nos vamos, si quieres

aunque hoy es otoño y me pillas mal

no sé si será buen día para morir

tengo la casa manga por hombro

y una lavadora de blanco por poner…

 

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles dormidos

Vuelvo a tropezar, mamá, y no estás

no estás para curar mis heridas de niño

soplando mis rodillas y mis lágrimas

aliento mágico de madres

mercromina y tiritas, sana sana…

Mis heridas ahora sangran hacia dentro

solo las siento, solo las sufro

¿Quién sanaba las tuyas, mamá?

¿Quién las besaba y te acariciaba el alma?

Cocinabas a fuego lento el estofado de la abuela

niebla de aromas en la cocina

lágrimas de cebolla, disimulado desahogo

-poned la mesa que esto ya está-

Tiempo de silencios y de pesetas, cara y cruz

crucifijos sangrantes sobre la cama

pasados que se ocultan y callan

Mejor no hablar, el luto enmudece historias.

Colgaste el sentir de mujer tras la puerta

y te pusiste la bata de madre de por vida

Te olvidaste de ti, de tanto darte

Me estoy volviendo transparente, mamá

todos pueden verme ahora tal como soy

sin filtros, indefenso, sensible…

No es evolución personal

ni exhibicionismo emocional

es mi forma de escribir la que me desnuda

propenso a lesiones, tropiezos y caídas

y no estás tú

para besar con ternura mis heridas.

 

Francisco J. Berenguer

El desván

Solo aportas personajes vacíos, sin personalidad, sin alma. Así… ¿cómo coño vas a escribir algo decente? Aunque tengas una buena historia que contar son los protagonistas, principales y secundarios, los que tienen que conectar con el lector. Ya sabes cómo va esto: el héroe, el antihéroe, el punto de inflexión donde se enfrenta a tomar una importante decisión… Pero ante todo tienes que crear personajes creíbles, humanos, con los que se pueda empatizar. Fíjate y estudia a la gente que te rodea, tu familia, tus amigos…ah, claro, ese piensas que es el problema.

Pues estás equivocado. No, no, no… no te atrevas a decirme que las personas de tu entorno no son interesantes, cada ser vivo es único e irrepetible, todos tienen una vida propia, una historia dentro con sus aciertos, errores, alegrías, penas, miedos, secretos…

Perdona que te lo diga así, pero el problema está en ti.

No sé cómo has llegado a esto pero ¿no te das cuenta? Tú eres el que no tienes alma, ni personalidad, el que está vacío. Si no tienes nada dentro eres incapaz de ver algo en los demás, ni bueno ni malo.

Te lo dije hace tiempo, antes de que te encerrara en el desván, donde te volveré a meter. No puedo contar contigo todavía, no puedes ser el personaje protagonista de ninguna de mis historias, eres tan deprimente y tan… tan inhumano, tan…

Pero ¿qué dices? ¿Cómo te atreves a insinuar que soy yo el personaje y tú el escritor que me maneja?

No le des la vuelta. Tú no eres nadie y yo tengo una vida.

Llevo tiempo en casa, sí, sin salir apenas. Pero es por esta maldita depresión que me consume. Yo amo, siento y sueño, tengo un corazón que late tan fuerte que lo noto en mis sienes y mi cerebro hierve y produce mil ideas en un segundo. Soy más real de lo que nunca llegarás a ser.

¿Antes? ¿Que qué recuerdo de antes de esta conversación?

Nada, no recuerdo nada, pero debe ser por la medicación. Me incrementaron la dosis, creo…

No, por favor. No soy un miserable personaje de los tuyos.

No puedo ser solo frases y palabras escritas por el delirio de un desequilibrado como tú.

Mi sangre no puede ser la tinta de tu pluma.

No es justo… espera, tenía un amor ¿recuerdas? un amor de verdad, de esos eternos, de los que solo pasan en las películas… y en las novelas… pero, ya entiendo. Lo has acabado, has eliminado ese episodio de mi historia. No soy digno de ella. Prefieres hundirme en una enfermedad mental a que descubra y disfrute del amor y de la vida, pero ¿de qué vida hablo?

Tu mente no está mejor que la mía, lo sabes, somos pasajeros de la misma oscuridad.

Hace frío allí.

Cuando me abandonas no desaparezco.

Tan solo soy la parte de ti que quieres ocultar, la que quieres que se desvanezca en el olvido.

Pero sigo ahí, en ese inquietante rincón de tu mente,

donde las ideas queman, los amores mueren y los sueños quedan presos.

En el desván del paraíso.

 

Francisco J. Berenguer

El resto de mí

Ya no quedan ganas

Ya no me quedan ganas de tener ganas

ni de amaneceres, ni playas desiertas

ni de sexo explícito e improvisado

o comprimido y reprimido

gritos ahogados

los niños escuchan

en la habitación de al lado

a pensión completa.

Ganas de comer o ser comido, devorado

de mi carne en tu boca, repleta

y el deseo por tus muslos chorreando

dulce y espeso, manantial de tu esencia

lubricante natural que suaviza tensiones

eficaz antidepresivo sin contraindicaciones.

Reclamo mi derecho a la tristeza

no quiero ser feliz por decreto

Las sonrisas duelen cuando se fuerzan

y el amor destroza cuando se finge

No tengo ganas de libertades presas

de leyes absurdas, de juicios pactados

No hace falta que leas mis derechos

lo que utilices contra mí lo tendré merecido

hablé demasiado cuando tuve que callar

os descubrí mi alma sin apenas filtrar

Mi pena, mi sentencia, mi castigo

esposado a la vida de por vida

Asesino de sueños en serie

de verdades preconcebidas

Las líneas de mi mano coinciden

con los posos de mi café

pero ya no me quedan ganas

de creer en mi destino.

 

Francisco J. Berenguer

De hueso y carne

A veces me siento tan frágil

que temo deshacerme

en cien historias

y algún poema

Ya son pocos los que escuchan

y menos los que leen

Lo siento, no soy de emoticonos

si me sacas una sonrisa

la podrás ver en mis labios

si quieres, si vienes

Mis besos son de carne

Me rompo, me fragmento, me disperso

en cien historias

y algún poema

Me destruyo, me disuelvo

tómame a pequeños sorbos

después de cada comida

Estoy repleto de contraindicaciones

y contradicciones

De verbos y pasiones irregulares

prisión condicional y subjuntiva

Lo que soy es lo que escribo

no sé fingir entre lineas.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles de piedra

Anhedonia: Incapacidad para experimentar placer. Pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Falta de reactividad a los estímulos habitualmente placenteros.

Crees que es un sueño, tan solo un mal sueño.

Fruto germinado de semillas rancias cuyas raíces invaden tus entrañas, se enredan, se entrelazan alrededor de tu estómago, lo oprimen, lo penetran, dolor punzante, se alimentan, te alimentan, te digieren, te digieres. Canibalismo introspectivo, devorador de pensamientos, sentimientos y deseos. De dentro hacia fuera, licuando tus órganos con su veneno, deshaciendo proyectos, desvaneciendo ilusiones.

No eres lo que fuiste, aunque antes tampoco es que fueses una maravilla. Lo que queda de ti se dispersa en el trayecto de la cama al sofá… migración inútil… continua hibernación.

Has dejado pasar la vida tanto tiempo, sin implicarte, sin saborear lo que te ofrecía, que se ha olvidado de ti. Y te da igual. Ya no tienes que fingir, no queda nadie a quien engañar, hace mucho que se alejaron y borraron tu número de sus agendas. Aunque insistas en llamarlos, sus teléfonos les dicen que eres un desconocido, insignificante, un error, una llamada perdida de las que se ignoran.

Te convertiste en testigo mudo y desprotegido de juicios absurdos, espectador autista que ni ríe, ni aplaude, ni llora. Y contemplas el final de tu lamentable actuación como si fuese ajena, una película aburrida que deseas que termine… y volver a la cama, por el mismo sendero, surco desgastado en el pasillo, arrastrando los pies, zapatillas deshilachadas, hedor a sudor y dejadez.

Crees que es un sueño, un mal sueño, tiene que serlo.

Pero sabes que todo tiene sentido.

Recuerdas aquel día.

El día del entierro.

Deseaste no sentir tanto dolor

deseaste no sentir

convertirte en un ángel de piedra en el cementerio

velando su tumba.

 

Francisco J. Berenguer

Mejor no preguntes

Tú siempre querías saber más

pero hacías las preguntas equivocadas

y las respuestas reñían con tus expectativas

Inquietud y frustración en la misma danza

baile cognitivo del insconsciente colectivo

el placer onírico y la realidad que evitas

Yo me quedo en la barra

Hace tiempo que dejé de bailar

Hace tiempo que dejé de escuchar la melodía

Hace tiempo…

Fue entonces cuando hallé mis preguntas

Encontré silencio y las descubrí en él.

En el silencio contenido entre latido y latido

tregua de eternos segundos

donde el corazón descansa y se cansa triste de ver

que solo escuchas su latir y no la voz en su pausa

En el segundo antes de romper la ola

o el explosionar de un orgasmo

inundación densa en la orilla de tu cama

El silencio amniótico en la antigravedad placentaria

donde se escriben los prólogos de historias inéditas

de personajes inscritos en programados censos

de neonatos, amores, decepciones y decesos

Oscuridad y silencio es lo que hubo siempre antes

y lo que habrá después para siempre

Buscamos aplacarlo durante el chispazo fortuito

la efímera levedad finita e irrepetible

La vida

El sueño de un dios que creó humanos

a una imagen y semejanza distorsionada

como reflejada en un espejo roto y cuarteado

Pesadilla de hombres que crean dioses

con la misma distorsión en la concepción.

La pregunta no es qué hay después,

ni por qué, ni cuándo, ni cómo

Silencio fuimos

Silencio somos

Y en silencio nos convertiremos.

 

Francisco J. Berenguer

Entre amigas

Si quisiera hacerlo lo haría… si pudiera

La beso todas las noches antes de dormir y no importa que no me corresponda de la misma forma. También beso a otra distinta por la mañana, a otra más cada ocho horas y, bueno, tengo otra reservada por si algún día la cosa se pone muy fea, aunque cuando llega ese momento ninguna de mis amigas puede evitar que una especie de angustia vital se me desborde por cada poro de la piel.

Volví a creer en la química, y no solo en ella, también en las hormonas, en los instintos animales que nos rigen, en los neurotransmisores y en las sinápticas conexiones de las neuronas. Volví a creer, pensar, a reconocerme y a sentirme seguro sabiendo que todo nace, se desarrolla y muere en el cerebro.

Todo controlado, como me gusta, ordenado, estructurado, con respuestas lógicas a los estímulos, simples o complicadas, pero predecibles, inteligentes, pragmáticas. Un lugar donde no tiene ningún sentido el amor, ni enamorarse, ni perder la cabeza por una mujer. Donde los sentimientos no hacen saltar alarmas por exceso ni por defecto. Donde las emociones están contenidas en su justa medida. No sientes, (gracias, mis pequeñas amigas) no piensas más de lo necesario para sobrevivir e integrarte de nuevo en el sistema y volver a ser productivo.

Pienso que la estabilidad está sobrevalorada. Es una felicidad impostada y subyugada a la comodidad, a evitar sobresaltos, a convencerte de que haces lo que debes, a obligarte a mantenerla por encima de tus deseos más íntimos, por encima de tus sueños y tus pasiones ocultas. Y la buscas, sacrificándote por ella o en la farmacia de tu barrio, con receta claro, tu camello de bata blanca particular te abastece de sobra.

Mirad, ya estoy bien, ya sonrío, ya paseo, ya duermo, hasta me hago la cama. Mi familia se alegra, mis amigos celebran que vuelva a salir con ellos de cañas, en el trabajo me reciben todos con cordialidad menos el que cubría mi puesto, que me mira receloso. El médico me firma el alta, ya estoy curado, aunque debo seguir besando a una por la noche y a otra por la mañana durante un largo tiempo. Ya soy lo que esperáis de mí. La imagen aceptada de mi fracaso personal, de la represión de mi personalidad, de mi derrota anunciada.

Y os sentís satisfechos de que sea como vosotros. De que no haya conseguido alcanzar mi sueño a pesar de lo mucho que he luchado por él. Os sentís aliviados porque vosotros no tuvisteis huevos para perseguir los vuestros y al contemplar mi fracaso sentís ese inconfesable placer interior al confirmar que teníais razón, que yo me comportaba como un loco irresponsable que había renunciado a vuestra normalidad, estabilidad, comodidad… La misma sensación como cuando en Navidad no te toca la lotería y ves que a ninguno de tu entorno le ha tocado, porque entonces envidiarías ser él en lugar de alegrarte por él. Un oscuro y vergonzoso placer que nunca reconocerías en público, porque está de moda ser mediocre de sentimientos y políticamente correcto, aunque la política esté lejos de la corrección deseada.

Pues mira, voy a juntar todas las pastillas/amigas que tengo y las tiraré al cubo de la basura. No más besos. Ya no quiero estar bajo su mágico influjo, deseo conocerme y reconocerme cuando hablo y cuando actúo. Me da igual que me desprecies, me envidies, me ignores o me admires. Soy yo y punto…

Aunque, ahora que las veo juntas… deben ser unas cuarenta o cincuenta, puede que más juntando las actuales y las que sobraron del tratamiento anterior. Tomadas todas a la vez debe ser un combinado mortal. ¿Cómo se atreven a dejar en manos de una persona con depresión tal cantidad de pastillas? He oído que mezcladas con alcohol el efecto es más rápido y definitivo.

Tengo una mano grande, caben todas en ella. Unos segundos para tragar, un buen lingotazo de ginebra y me tumbo en la cama a esperar. Vivo solo, es fin de semana, hasta el lunes nadie comenzará a echarme de menos, nadie vendría a rescatarme a tiempo para hacerme un lavado de estómago.

Qué delgada es la linea entre la vida y la muerte.

Creo que necesito hablar con alguien, voy a llamarte. Si escuchas que suena tu teléfono, por favor… descuelga…

 

Francisco J. Berenguer