Tiempos Líquidos

Regresé donde habitaba y todo me resultó inquietantemente familiar. Era igual, pero distinto al mismo tiempo, como cuando miras a través de un espejo, como cuando vuelves a ver la misma película después de unos años, o lees el mismo libro. Lo reconoces, pero algo ha cambiado, aunque no sabes si el cambio se ha producido en ti y solo en ti; en tu forma de ver las cosas, en tu forma de sentir, de interpretar, porque la realidad es inmutable, pero los recuerdos son moldeables, engañosos, no son de fiar porque se adaptan a tu realidad particular, porque tienen huecos, como los sueños, zonas muertas u oscuras que rellenamos con nuestra imaginación y nuestras palabras para intentar darle sentido. El pasado no existe, ni el futuro, ni los sueños. Todo está hecho de la misma sustancia, todo está en tu cabeza, en la mía. Y el presente, la realidad y el tiempo lo relativizamos nosotros, lo conformamos a nuestra imagen y semejanza. Lo dibujamos con nuestros lápices, lo pintamos con nuestros colores, con nuestros pinceles y lo plasmamos en el lienzo blanco de nuestra memoria.

Regresé donde habitaba y el polvo ya no bailaba entre los haces de luz que se colaban por la ventana, se había cansado de esperar flotando con errática indulgencia a que alguien lo mirase o intentase jugar con él y con el sol entre los dedos de una mano en una tarde de un otoño ocioso y despreocupado. Y se tumbó a descansar sobre los muebles, en el suelo, en los marcos de las fotos que se tornaban irreconocibles, porque sobre el cristal era como niebla espesa, pero en la mesa era como una densa capa de minúsculos cadáveres amontonados. Hasta el polvo había muerto en aquella casa, si alguna vez llegó a estar vivo, ahora no volaba, solo atrapaba mis huellas y se adhería a la yema de mis dedos. Tuve la intención de permitir que entrase la luz del día, pero me encontré con la cinta de la persiana rota, pendiente y oscilante como la soga de un ahorcado sin cuerpo que pataleara, moviendo desesperado las piernas, corriendo en el aire para buscar oxigeno sin saber que con cada movimiento se alejaba más de su propósito y aceleraba su final. Nunca había visto a un ahorcado más que en películas, no sé por qué recreé esa macabra imagen.

En la cocina el frigorífico desconectado, pero con la puerta abierta, me descubría otra muestra de decadencia fortuita. Alguien olvidó, quizá fui yo, un plato con un trozo de pollo en su interior. Una carne que ya no apestaba, que habría sido devorada por gusanos y éstos, a su vez, por otros insectos o bacterias y éstas por otras, o se habían convertido en parte de esos huesos resecos o del plato, o formaban parte del aire que yo respiraba ahora. Huesos indolentes y olvidados como un cadáver recuperado de una fosa común, sin familia, ni pasado, tal vez del ahorcado de mi persiana, sin lágrimas y con el respeto justo de quien realiza el trabajo. Yo no toqué nada, ni de la cocina ni del resto de la casa, como quien entra en un museo, o en un mausoleo, solo contemplas y te tragas las emociones, los sentimientos…

Regresé donde habitaba y sentí esa clase de miedo que va creciendo poco a poco en tu interior hasta que te llena por completo, lentamente, y solo respiras miedo, solo tragas miedo… era el miedo a no encontrarte y no saber si es que había regresado demasiado pronto… o quizá ya era demasiado tarde.

Francisco J. Berenguer

Gris oscuro

Conocer y reconocer
el tiempo y la memoria,
transitando siempre por carreteras secundarias,
caminos de tierra, polvo y barro sucio.
Ese que se adhiere a tu pasado… cuando pasas
por allí.
Costras que ni secas se desprenden de tu historia,
que ya se cuartean y conforman tu piel.
Lodos de vida ya vivida, irrecuperable
¿Qué pensabas?
Fango de amores que se asfixian,
por exceso de sinrazones o el olvido,
o simplemente la lluvia,
que borra la huella de los besos y las promesas.
Caudal lento y espeso portador de la tinta indeleble
de tatuajes que creías eternos
y ya no te miran… ni te respiran.
Conocerse y reconocerse ante el espejo,
tiempo, memoria, arrugas, canas y cicatrices,
y esa luz que todavía percibes
en el fondo de esos ojos que te observan.
Es el brillo de la ilusión del niño que te sobrevive,
ignorante, necesaria inocencia que se deja engañar.
Que todo va a ir bien, que todo se solucionará,
pese al polvo que te asfixia,
pese al barro denso que te devora
a tragos largos y pausados,
…pese a ti.

Francisco J. Berenguer