Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer