En tus charcos

Me siento más cómodo usando quizá, que quizás

lo primero me resulta poético y más ligado al tiempo, la nostalgia

lo segundo es como pisar un charco y esperar que te salpique, o no

quizás tú seas de meterte en charcos, quizá yo tienda a rodearlos

quizás debiera probar a saltar en ellos, quizá tú a mantenerte seca

quizás tu amanecer sea el ocaso de mis desayunos

quizá mi café esté tan frío por eso

quizás no debería haber escrito esto

quizá…

Francisco J. Berenguer

Síntomas de soledad

Era un colegio gris, de cemento gris en el patio y las paredes, y baldosas grises o marrón oscuro en los pasillos y las aulas. Era mil novecientos setenta y tres y alguien un día, con sus pequeños dedos, ampliando un desconchón de la pared, descubrió marcas de disparos. Huellas de muerte, restos de odio. Lo veíamos con asombro, pero con preocupante naturalidad. Ahora me estremezco al pensar que tan solo treinta años antes, quizá menos, fusilaron allí a personas, en el mismo patio donde, apiñados, se jugaban diez partidos imposibles a la vez, con diez balones y más de cien piernas.

Era un colegio solo de chicos, las chicas distraen, decían, de hecho, apenas había mujeres aparte de una profesora que le daba clase a los más pequeños y se encargaba, además, del coro para los festivales de navidad y del “santo patrón” del colegio. ¡Ah…! y del mes de María, esos meses de mayo que acabábamos antes las clases de la tarde para hacer ofrenda a la virgen. Todavía recuerdo alguna letra de las canciones: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…”

Eran tiempos de formar en el patio antes de subir a las clases, que estaban en un primer y segundo piso con un balcón corrido que daba a la platea desde donde nos observaban los profesores. Tiempos de himnos y consignas, de religión y patria, de silencios obligados y miedos ocultos… no preguntes, no quieras saber demasiado, no quieras descubrir la verdad, cree lo que te decimos, obedece. Ya sabes quien escribe la historia tras una guerra.

Era un chico raro entonces, creo que siempre lo he sido, no tenía habilidad para el fútbol y casi siempre me quedaba fuera cuando (chapí, chapó) los capitanes elegían a los chavales para formar parte de su equipo, si éramos impares yo sobraba. Me gustaría decir que no me importaba y que no me causaba tristeza y frustración cuando me quedaba el último para que me eligieran y, o bien no lo hacían directamente o alguien me incluía en su equipo por pena o falsa camaradería, pero no sería cierto.

Supongo que eso sirvió para potenciar la afición que siempre había tenido de imaginar e inventar historias, crear vidas y momentos y soñar que los vivía… síntomas de soledad, alivio de ignorados. Pero descubrí que esa misma soledad era compartida con un puñado de niños que, por un motivo u otro, soportaban esa exclusión forzosa o forzada de la popularidad deseada. Y nos juntamos, como una pandilla de superhéroes lisiados, en un rincón del patio a resguardo de balonazos, para compartir nuestras desdichas.

Y así fue cómo esa afición de crear cuentos, situaciones y personajes imaginarios cobró otra dimensión. Comencé a ponerle voz y a dar a luz mis historias junto a ese niño gordito mientras comía su bocadillo de chorizo, con ese empollón de gafas gruesas y empañadas, con el niño que parecía una niña y con ese que aparentaba estar siempre enfermo. Tanto a ellos, como a mí, nos servía para evadirnos de esa realidad que nos incomodaba, la que no terminaba de aceptarnos, la que nos dejaba fuera de ese equipo al que queríamos pertenecer y de ese juego al que queríamos jugar.

Escuchaban mis palabras casi sin pestañear y cada día, día tras día, me pedían más y yo inventaba, me las preparaba en casa o improvisaba sobre la marcha… eso era lo que más me gustaba… como ahora, más de cuarenta años después, me siento ante una hoja en blanco e improviso. Unas veces surge algo nuevo, que ni siquiera tenía previsto, otras, tal como hoy, revivo algún recuerdo de esos que te asaltan por sorpresa, y otras, simplemente, se queda sin mácula el blanco.

Los impactos de bala fueron cubiertos, nuevamente, con cemento gris y los niños seguimos jugando, ajenos a la tragedia, sobre sangre desintegrada por mil lluvias de agua limpia y amargas lágrimas, con diez balones, más de cien piernas… y una historia por contar…

 

Francisco J. Berenguer

Cartas que nunca se enviaron

Tenía tanto que contarte, todavía

pero nos quedamos sin tiempo, ni estaciones

andenes vacíos repletos de invierno

Que no vean que sufres, no temas

las heridas del corazón se leen en la mirada

¿y quién te mira hoy a los ojos?

¿quién te ama como yo… quién te amará?

Perdí la batalla, la guerra, perdí la vida

he perdido los sueños, te he perdido

Alimentamos al destino con fruta prohibida

creamos paraísos sobre raíces ajenas

inestables okupas de sentimientos ilegales

Nos expulsamos mil veces

y mil veces nos perdonamos

pero lo eterno es corto para los mortales

obsolescencia de amor programada

Violación de tiempo y espacios corporales

sexo prematuro sin la protección de la cordura

preñados de ilusiones

de realidad abortadas

Tenía tanto que contarte, todavía

pero ya no me quedan palabras

ni voz, ni tinta… ni alma

 

Francisco J. Berenguer

Café… ¿solo?

Resulta curioso cómo los sueños se desvanecen apenas despertamos. Tú me decías que para evitar que sucediera debías contárselo a alguien nada más despertar y siempre antes de desayunar, como si el café y las tostadas fueran una prolongación de la frontera entre los dos mundos.

Esta mañana no quiero olvidar lo que he soñado, pero no tengo a nadie con quien compartirlo, por eso evito desayunar y estoy aquí, sentado en la cocina, mirando la vieja cafetera italiana de aluminio que he puesto sobre la encimera, a fuego lento, esperando que suba el café.

Sí, es tu cafetera, la uso a diario. Al final he arrinconado la de cápsulas, la que me decías que hacía mucho ruido a pesar de ser tan cara. Nunca llegaste a reconocer que el café sabía mejor con ella, tú decías que sabía distinto, pero no mejor, que preferías lo clásico, y debo reconocer que tenías razón; el proceso de llenarla de agua, poner el café molido en su justa medida, enroscarla fuerte, ponerla al fuego y esperar hasta que el sonido del vapor te indique que está listo, tiene su encanto…

Y me sigue recordando a ti. A esas mañanas de domingo, tu sonrisa despeinada, desayunando en la cocina, desnuda bajo una camiseta de las mías que te cubría hasta medio muslo, el aroma del café recién hecho. Yo quemándome con las tostadas y tú escribiendo poemas en tu cuaderno con un bolígrafo chupado y mordido, que es lo que hacías cuando no te salía la palabra que buscabas.

Siempre me ha gustado tu letra y te daba igual que me burlara de los círculos que ponías sobre las íes, en lugar de puntos. Decías que eran globos y que los acentos y las comas los hacías laaargos porque eran como los hilos que sujetaban los globos a las letras para que no salieran volando.

Te he soñado y, como otras tantas veces, no quiero que te desvanezcas con el primer sorbo… por favor, no… hoy no.

Estábamos en la playa, no sé cuál, ya sabes, los sueños tienen estas cosas. Éramos muy jóvenes, como cuando comenzamos a salir. Tú estabas tumbada de espaldas sobre la arena tomando el sol sin la parte de arriba y yo te miraba, embelesado, admirando la belleza que respirabas y que a mí me cortaba la respiración. Hubo un momento que abriste los ojos y me miraste, sin decir nada, era tan dulce, tan hermoso, tan real. Juraría que en ese momento tú también estabas soñando conmigo y nuestras miradas se unieron traspasando lo onírico, rozando el milagro, compartiendo ese eterno minuto en el desván del paraíso…

Luego se hizo invierno, el sol entornó los párpados, un viento frío se levantó de improviso, tus pezones se endurecieron y toda tú te comenzaste a deshacer como una figura de arena, lentamente, hasta que el mar te hizo desaparecer y yo desperté empapado de ti.

Un día decidiste que debíamos terminar y te fuiste, con las razones justas. También, como la arena, te deslizaste entre las grietas de mis inseguridades y no supe retenerte, lo que te ofrecí no te pareció suficiente. Ahora solo te sueño y leo y releo el cuaderno que dejaste en tu lado de la cama, poesías improvisadas e inacabadas que ya recito de memoria.

Ha pasado mucho tiempo y ya no sé si sigues tomando café, si te has pasado a las cápsulas o ahora tomas té o cualquier otra infusión ¡qué más da!

Guardo tu cuaderno con recelo para que no se escapen los globos, para poder dejarlos volar juntos el día que vuelvas, porque sé que volverás… porque nadie se va para siempre y deja olvidado en el lugar del que se marchó los poemas que, latido a latido,  le surgieron del alma.

Quizás solo sea otro sueño que se desvanezca cuanto termine este café de domingo, porque no tengo a nadie a quien contarle, antes del desayuno, lo mucho que te echo de menos y la forma tan desgarradora en la que todavía te amo.

 

Francisco J. Berenguer