Días de paso

Tan solo eran días de paso para ella, de esos en los que no importa lo que suceda, de los que te impacientas porque no acaban pronto, sin hacer prácticamente nada, sin apenas respirar más de lo necesario. Días que tachas con el boli verde, el que no se suele usar para otra cosa, en el calendario imantado del frigorífico a las once de la mañana, como si así fueran a pasar más rápido. A veces las noches tardan tanto en llegar. Son días en los que ni el Google ni Facebook te dirá: Mira lo que hiciste tal día como hoy hace… cuatro años.

¿Cuántos días así se pueden acumular y no volverse loca? Porque ella no llevaba ni uno ni dos, ni cuatro ni seis… ya contaba semanas, y éstas transmutaron en meses, sin apenas sentir. Tachando días en el calendario de la cocina. Compitiendo en ver que acabaría antes, si la tinta del boli verde o su cordura.

Y ambos acabaron el mismo día de noviembre, como una estudiada casualidad, y todavía no sé que fue antes, aunque creo que lo primero fue la tinta la que se quedó muda. No trazó la línea, tan solo un surco una marca cruzando el Ocho, el que tocaba. Y la veo a ella insistiendo, ejerciendo más presión, repasando una y otra vez, cada vez más fuerte, más rápido, más obsesivo. Y el papel desmenuzándose y formando pequeñas virutas a los lados de la zanja que, como una tumba abierta, sonrisa sin dentadura, la atraía hacia ella. No podía creérselo. Estaba convencida de que, si no tachaba de verde ese día, nunca pasaría… y tenía que pasar, como todos, días de nada.

Y el Ocho la miraba, como un infinito puesto en pie, desafiante aún con la herida abierta de papel cruzando su intersección, como la banda de un rey o de una fallera, o de una miss con curvas. Y ella sucumbió, se derrumbó, se dejó caer a los pies del frigorífico gris metalizado, combo, con congelador no Frost y con calificación triple A y se puso a llorar hasta que vio justo debajo, refugiada entre las sombras del armatoste, una cucaracha muerta patas arriba. Y se preguntó si las cucarachas se ponen boca arriba para morir o si mueren y por alguna extraña razón que se le escapaba, se daban la vuelta solas.

Entonces se armó de valor, dejó de gimotear, logró levantarse y se dirigió al cajón de la mesa de la cocina. Lo abrió y rebuscó entre los tapones de corcho usados, un par de pinzas de madera y unas recetas coleccionables de Arguiñano de no se sabe qué año, hasta que al final encontró otro bolígrafo. Era rojo, pero la vida tenía que continuar, aunque fuese monótona, insípida y sin azúcares añadidos. Se dirigió al frigorífico con el boli desenfundado, echó un poco de vaho en la punta y marcó al jodido Ocho en otra perpendicular, formando una peculiar equis encima de él, mitad cicatriz, mitad sangre.

Y pasada esa crisis siguió tachando días en rojo y se dio cuenta que eran igual que los de verde. Que no importa el color que le demos a los días, éstos pasan sin que tú le importes, que el tiempo es cruel a veces. Y que si te quedas mirando el calendario esperando que suceda algo solo conseguirás pintar días anodinos de colores básicos. Que no hay que confiar que el destino te traiga nada, que hay que actuar y hacer que pase. Y que pase lo que tenga que pasar. Porque si no, lo único que cambia es la nevera, que antes era de esas que había que descongelarla y romper el hielo que se formaba en las paredes con un cuchillo o un punzón… ¡Qué tiempos!

Francisco J. Berenguer

Ser Nada

Hoy duele tanto que no puedo escribir.

Normalmente en los márgenes del dolor y la tristeza fluyen los textos más melancólicos y hermosos, pero hoy es tan espeso que me cuesta dar un paso, perfilar una letra, describir, siquiera, el profundo abismo en el que me sumerjo, de aguas frías y oscuras, sin apenas aire en mis pulmones.

Hoy duele tanto que me resulta imposible localizar el origen, de dónde surgió o cuándo; abarca todo lo que alcanzo a ser, a recordar, a pensar…

Vuelvo a ser abducido por ese sueño recurrente en las noches de soledad absoluta. Un sueño en el que me veo desnudo en la cama, en posición fetal, y en el que mi cuerpo va reduciendo de tamaño y comienza a hacerse más y más pequeño hasta desaparecer…

Puede parecer inquietante, pero para mí es la paz más absoluta, donde no existe el amor, ni el tiempo ni el dolor.

Ser nada…

 

Francisco J. Berenguer