Australia

Ella tenía un tarro de cristal en el que iba metiendo monedas de cinco duros, era un recipiente grande, supongo que algún día albergó aceitunas de esas aliñadas que le gustaban o de esas cebollitas que cogían un tono rosado con el tiempo.

Llevaba años introduciendo monedas, alguna que le sobraba cuando venía de hacer la compra, o las que ahorraba privándose de algún pequeño capricho o, simplemente, la que más brillaba.

Su rostro cambiaba cada vez que lo abría, era como destapar su cajita de los sueños. Se quedaba unos segundos mirando al techo desconchado de la cocina, justo al lado del tubo fluorescente, porque tenía una forma parecida al mapa del mundo que recordaba de cuando estudiaba con las monjitas antes de que su padre la sacara precipitadamente de la escuela para que ayudase a su madre en el taller de costura que tenían en casa. Soñaba con viajar muy lejos de España, muy lejos de una familia que la ignoraba y de un marido que la despreciaba porque era incapaz de engendrarle un hijo en su vientre seco.

Australia… se iría a Australia, casi podía distinguir su contorno formado por la pintura cuarteada que se había ido desprendiendo con el paso del tiempo, solo que en el centro de lo que figuraba ser el continente sobresalía un gancho de hierro que es lo que sujetaba la antigua lámpara antes de que la cambiaran por ese tubo tan moderno y que alumbraba tanto. Se imaginó que aquel hierro retorcido era esa montaña tan famosa que se erguía, imponente, en medio del desierto, o al menos eso recordaba de las pocas fotos que había visto de ese extraordinario país.

También tenía otro tarro.

El de las decepciones, las humillaciones, la soledad… donde también tenían cabida todos los libros a medio leer, los poemas sin terminar en las noches en las que él roncaba después de verter su semen dentro de ella, poemas surgidos en la oscuridad, al cobijo de la luna, que la pena nunca dejaba acabar… y sobre todo las lágrimas, no las que resbalaban por sus mejillas, si no las que tragaba, las que inundaban los ojos por dentro, las que ahogaban su alma.

Ella tenía su plan secreto. Cuando los dos tarros estuviesen llenos, uno de monedas y en el otro ya no cupieran más lágrimas, entonces sería el momento de irse de allí, de comenzar a vivir su propia vida.

Pero, precisamente, la vida tenía otros planes bien distintos para ella.

Un sábado por la noche llegó su marido, después de haber estado bebiendo con sus amigos, con un puñado de bolsas. Había estado de compras. Ella en un principio se alegró, ingenua, creyendo que habría cobrado esos atrasos que le debían de meses atrás.

Él comenzó a sacar cosas de las bolsas; un traje muy elegante para él, unas botas de piel para él, un par de camisas de seda para él, unos elegantes y caros gemelos para él. Ella esperaba que en algún momento sacara algo que fuese un regalo para ella, aunque fuese un pequeño detalle, pero en la última bolsa solo descubrió un largo cinturón de cuero negro con una hebilla de plata con forma de águila real.

Ella se temió lo peor y se dirigió corriendo a la cocina, buscó su tarro de monedas al fondo de la alacena, tras las harinas de repostería, y lo encontró… vacío.

Sintió cómo la rabia fue creciendo en su interior y salió furiosa hacia el salón para pedir explicaciones a ese hombre que le había robado mucho más que unas monedas, pero nada más entrar, él le propinó una enorme bofetada que la hizo caer al suelo. Y allí se quedó, aturdida y dolorida, mientras él la acusaba de ladrona, de ser una mujer fea e inútil, que no valía ni para lo único que sirven las mujeres, que se quedaría sin descendencia por su culpa y que le había amargado la vida.

Ella siguió aguantando la lluvia de insultos y saliva que salían por su boca, en el suelo, con escozor en la mejilla y sabor de sangre en la boca, y lo peor de todo, era que se estaba convenciendo de que él tenía razón. ¿Quién era ella para esconder el dinero que él ganaba trabajando tan duramente toda la semana, casi de sol a sol? Ella, que había decepcionado a todo el mundo, incluso hasta a ella misma, por su incapacidad para tener hijos. Ella, que nunca había sido una mujer guapa, ni atractiva, y nunca había disfrutado del sexo durante los dos minutos escasos que él tardaba en desfogarse… 

Esa noche, cuando él roncaba después de haber sacado su miembro pringoso y arrugado de su vagina, ella vertió su última lágrima, la que desbordaba el tarro de las penurias. Cogió el nuevo y flamante cinturón de cuero de su marido, fue a la cocina, se subió a una silla y, mientras contemplaba Australia de cerca y esa hermosa montaña del centro, se colgó de ella.

 

Francisco J. Berenguer

Por el resquicio de un sueño oxidado

Hubo una vez una mujer que soñaba más que vivía.

Y no porque su vida fuera especialmente lamentable, ni mucho menos, pero se sentía tan atrapada en esa maraña de rutinas y tareas que se había tramado a su alrededor, como una conspiración lenta y silenciosa, que tenía la urgente necesidad de liberarse, de huir.

Cuentan que una tarde de invierno se dirigió a la verja de atrás de su casa, como había hecho tantas veces, con una manta sobre los hombros, para dejarse seducir por los colores del atardecer. En esa época del año el sol se esconde pronto y mientras los gemelos disfrutaban en casa, con la chimenea encendida, de una buena merienda que les había preparado, ella aprovechaba para permitirse esa pequeña escapada, deleitar sus sentidos y soñar.

Y soñó y, mientras el sol comenzaba a esconderse en el mar, se imaginó en la vida que se le había arrebatado. Porque ella y su amiga Victoria, la que ocupaba el pazo colindante al suyo, la que tenía cuatro hijos y el culo se le había hecho tan grande como el de las vacas que ordeñaba cada mañana, cuando eran jovencitas y sus cuerpos ajustaban de maravilla en las tallas estándar de los vaqueros, soñaban con viajar lejos de allí donde siempre llueve y huele a mierda de animales. Querían coger un barco o un avión y escapar de la condena familiar que las programaba para continuar atadas a la tierra y la ganadería e irse lo más lejos posible, no importaba el lugar, deseaban volar…

Dicen que en ese momento, en los segundos previos en los que el rojo anaranjado fue desapareciendo y los tonos azules del mar y el cielo se confundían, cuando una suave brisa que comenzó a soplar desde su espalda le hizo creer que la verja se iba descomponiendo en pequeños fragmentos y éstos se unían al vuelo de una bandada de gaviotas que justo en ese momento pasaba sobre ella.

Aquello lo tomó como una señal, como una invitación a escapar, sus sueños se hacían cómplices y le brindaban la oportunidad de cumplirlos.

Atravesó la verja sin dificultad, prácticamente deshecha por el salitre y el oxido acumulado más que por la fuerza de sus fantasías, y corrió sobre la hierba desprendiéndose de la manta que se quedó flotando unos segundos a su espalda, como una alfombra mágica suspendida en el aire.

Fue entonces cuando llegó al acantilado.

Y voló…

El miedo se apoderó de ella. En su extasiada carrera había olvidado lo cerca que estaba el precipicio.

Mientras caía pensó en sus hijos, que pronto acabarían la merienda y la esperarían para prepararles el baño, la buscarían por la casa, por el jardín…

Quiso soñar, en esos eternos segundos, con un milagro que amortiguara su caída, soñó fuerte, deprisa, en voz alta y con los ojos apretados para que se formara una red que la recogiese antes de destrozarse contra las rocas, pensó que podía ser posible al igual que antes la fuerza de sus sueños hizo descomponerse la verja de su casa.

Pero en el instante antes del impacto mortal comprendió que los sueños ayudan a evadirse de la realidad… pero no a construirla…

Francisco J. Berenguer

Tibia, espesa… y jugosa.

Apenas comenzó la noche supe que hoy tampoco mataría a nadie.

No es que hubiera prisa, la primera víctima de un asesino en serie es la más importante ¿no? la que inicia esa aventura por el camino del crimen y, además, es también la que va a marcar las pautas a seguir en mi prometedor futuro sangriento.

Este trabajo de asesino, que mis voces y mi oscuridad interior me han asignado, no es tarea fácil. No es como mi etapa de vendedor de seguros, esa en la que tirabas de familia y amigos para firmar las primeras pólizas, no, qué va. Si comenzara a matar a los de mi entorno sería presa fácil y, además, me quedaría sin coartadas. Cierto es que en el que primero pensé fue en mi cuñado, pero iba a ser demasiado evidente, lo dejaré para cuando adquiera más práctica, incluso podré hacerlo para “que parezca un accidente” ¡Jó… qué frase de mafioso más chula!

Esto me hace tanta ilusión…

Me voy a dedicar a eliminar a mujeres, sé que es un clásico pero, supuestamente, son las presas más fáciles y es lo recomendado por nueve de cada diez asesinos en serie de toda la historia. Ya me imagino también, que me pueden tachar de machista, pero espero que el odio que sientan por mí como sangriento criminal derive la atención del movimiento feminista y no me etiqueten de ser algo tan cruel y ofensivo. Que uno tiene su dignidad, soy, o seré, un asesino con valores y muy respetuoso con ese tema tan candente. No mezclemos.

Lo cierto es que anoche me equivoqué al elegir a Mari Carmen como primera víctima. En principio me pareció buena de matar cuando entró en aquel bar con esa minifalda ajustada, un sujetador más ajustado todavía y esa blusa dos tallas menor a la suya (por lo menos) que obligaban a sus pechos a querer escapar de tal opresión. Unas tetas que se mostraban pálidas y que, con ese tremular de carne madura (de los cuarenta no bajaba, seguro) indicaba que no eran de silicona. Ojo, no es que esté en desacuerdo con las operaciones de estética, tampoco deseo buscarme enemistades con este sector (mira que es difícil quedar bien con todos) solo decir que siempre me ha atraído la belleza natural de la mujer. Soy un clásico.

Lo cierto es que cuando la llevé a mi “apartamento secreto” (lo siento, como comprenderéis no os voy a dar detalles de su ubicación por razones obvias) echamos el primer polvo y comencé a conocerla un poco, me fueron desapareciendo las ganas de matarla… Ya sé, debo tener menos empatía, eso es de primaria de criminología aplicada, pero es que yo no soy de esos de follar ahí, sin apenas conocerse, sin hablar, aquí te pillo aquí te mato (jeje). Creo que tendré que cambiar mi estrategia de planificación y eliminar el sexo antes de cometer el asesinato.

La cuestión es que se me quedó la “habitación roja” sin estrenar. Yo que le había dedicado tantas horas a preparar todo el instrumental de descuartizamiento, la mesa de autopsias, los narcóticos, el plástico recubriéndolo todo para evitar dejar rastros de sangre, al estilo Dexter (el puto amo). En fin, una pena.

Debo confesar que hubo un momento, cuando vi su voluptuoso y bello cuerpo, totalmente depilado, adormecido a mi lado, después de saciarnos de placer varias veces seguidas, que me imaginé cómo sería sentir el penetrar del afilado cuchillo, que tenía preparado, en la carne flácida y confiada de su vientre, el contraste con la sangre roja y oscura sobre su piel rosada, la tibia y espesa calidez… Pero solo fue un momento, porque ella abrió los ojos y me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, pero que tenía poca cosa en la cocina. Entonces se levantó y se fue para allá, toda desnuda, con total soltura y naturalidad. Desde la cama la escuchaba como trajinaba en la cocina, hasta creo que canturreaba algo, y al cabo de un tiempo, no sé cuánto, la verdad, porque estaba medio adormilado, ¿sabéis lo que me trajo?

¡Una tortilla de patatas! ¡Una jodida tortilla de patatas! ¡Mi comida preferida!

Y además, como si me conociera de toda la vida, la dejó poco hecha, toda jugosita, manjar de dioses.

Así que pensé que era un delito privar a la humanidad de una mujer con estas cualidades y me olvidé de las voces de mi cabeza, de mi oscuro pasajero, de Dexter y su modus operandi, disfruté de la tortilla y luego volví a saborearla a ella, otras dos veces… ¡Joder, así no hay quien mate!

…también tenía cebolla… impresionante, os lo aseguro.

 

Francisco J. Berenguer

Fuera llueve…

Sintió que todo en su mundo era perecedero, hasta ella misma.

Y todo se le ocurrió cuando limpiaba y recogía la cocina, y encontró en el frutero una manzana que llevaba varios días sin tocar, oscurecida y madura por un lado y aparentemente fresca por el otro, el que daba la cara.

La apartó, la puso sobre la mesa de tal forma que veía al mismo tiempo las dos partes de ella y se quedó un rato observándola, dejando que su mente efervesciera y estallaran las burbujas de su imaginación.

Ella era así, había momentos que, sin pretenderlo, se ponía a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo… cualquier cosa que en ese instante le viniera a la cabeza. Le sucede cuando viaja en el metro y se aísla de cuanto le rodea, en la sala de espera del médico, en el hipnótico hervor de un guiso a fuego lento o, como ahora, en la simple abstracción observando aquella manzana.

No pensó en brujas, princesas y mucho menos en adanes, evas, serpientes con sotana y paraísos desahuciados… pensó en ella, la fruta, la degradación…

Y se sintió como una manzana olvidada en el fondo de un enorme frutero, madurando inútilmente hasta la putrefacción, donde nadie la elegiría por otro motivo que el de tirarla a la basura. Ahora ella era así, como la que tenía frente a sus ojos, con la madurez justa para que alguien la sintiera sabrosa, para poder compartirse y dar toda su esencia y experiencia a quien quisiera darle un bocado… o un beso.

Pero ella nunca sería la fruta que alguien eligiera, hace tiempo que abandonó los estantes del supermercado, ya no estaba en venta. Se entregó al cuidado de unos hijos que sabe que nunca agradecerían su sacrificio, ni esperaba su reconocimiento, claro está. Se conformó con un hombre del que se enamoró de joven y ahí sigue, esforzándose en creer que el amor no tiene fecha de caducidad.

¿Y qué más da? ¿Qué importa ella? Tiene una familia estable, bien posicionada. Una casa preciosa, buenos coches, apartamento en Jávea para el verano. Viste de marca, ropa cara, se puede permitir pequeños caprichos…

¿No es eso lo que pretendía en su vida? Familia feliz, hijos felices, marido feliz, aunque fondón e inapetente; cosas de la edad, de la rutina, de las comilonas, del sexo memorizado.

No se sentía con derecho a quejarse con tanta gente que lo está pasando mal.

Así que seguiría madurando ella solita, sin rechistar, disfrutando de la vida elegida, viendo cómo caduca todo a su alrededor y en su propio interior.

Solo deseaba paz, años tranquilos.

¿Qué más da olvidar aniversarios, voces y caras?

Todo queda obsoleto cuando el pragmatismo impera.

Fuera llueve… otro día más de puñetera nostalgia.

Cogió la manzana y la tiró con rabia a la basura,

mientras tragaba saliva,

para evitar que las lagrimas brotaran.

Es una mierda, pensó,

que hasta los sueños caducaran.

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles dormidos

Vuelvo a tropezar, mamá, y no estás

no estás para curar mis heridas de niño

soplando mis rodillas y mis lágrimas

aliento mágico de madres

mercromina y tiritas, sana sana…

Mis heridas ahora sangran hacia dentro

solo las siento, solo las sufro

¿Quién sanaba las tuyas, mamá?

¿Quién las besaba y te acariciaba el alma?

Cocinabas a fuego lento el estofado de la abuela

niebla de aromas en la cocina

lágrimas de cebolla, disimulado desahogo

-poned la mesa que esto ya está-

Tiempo de silencios y de pesetas, cara y cruz

crucifijos sangrantes sobre la cama

pasados que se ocultan y callan

Mejor no hablar, el luto enmudece historias.

Colgaste el sentir de mujer tras la puerta

y te pusiste la bata de madre de por vida

Te olvidaste de ti, de tanto darte

Me estoy volviendo transparente, mamá

todos pueden verme ahora tal como soy

sin filtros, indefenso, sensible…

No es evolución personal

ni exhibicionismo emocional

es mi forma de escribir la que me desnuda

propenso a lesiones, tropiezos y caídas

y no estás tú

para besar con ternura mis heridas.

 

Francisco J. Berenguer

El sexo sentido

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Se conserva tan nítido en mi memoria que parece que te estoy viendo ahora mismo, al contra luz de la ventana, cómo te vas vistiendo.

No existe nada más erótico y hermoso que observar a una mujer mientras se viste tras una larga noche de amor. El placer del cuerpo saciado se transforma en una suave languidez en los movimientos, lentos, femeninos, repletos de sensualidad.

Tú disfrutabas al mismo tiempo que yo al mirarte. Te sentías bella y deseada. Se percibía en la forma de ponerte las braguitas, deslizándolas lenta entre las piernas hasta cubrir tu sexo depilado y ajustarlas a tu cintura. El erotismo puro al ponerte las medias; una pierna y luego otra, con la suavidad de la seda, desde la punta de los dedos hasta el elástico en tus muslos. Luego pasabas las dos manos por el recorrido para eliminar arrugas, deleitándote en la caricia.

Te pusiste con destreza el sujetador negro de encaje con relleno sobre las cicatrices de tu pecho. Heridas que no querías mostrarme y que yo besé con ternura esa noche porque te amo a ti, y no a partes de ti.

Yo te admiraba sin poder apartar la vista, recostado en la cama, desnudo, medio envuelto entre esas sábanas que todavía conservaban la humedad de nuestros cuerpos, resultado de ardientes batallas y testigo de acuerdos entre lo sentido y los sentidos.

Pero ese día no firmamos la paz, ni siquiera una tregua. Fue el final de nuestra guerra, sí, de la guerra encarnizada por robar momentos a nuestras propias vidas para disfrutarnos, para respirarnos, para saborearnos… Pero ese final no nos traería la paz, solo sufrimiento y agonía, más si cabe, que la propia contienda.

Los dos sabíamos que era la última vez, aunque ninguno lo pronunciamos en voz alta, solo intensas miradas y besos que se tornaban amargos, no nos hacía falta nada más. Nos habíamos despedido cien veces con la razón y la palabra, ahora sobraban verbos y razones…

Deslizaste por tu cabeza el vestido negro de tubo que tan bien te sienta. Con un excitante meneo de tus caderas terminó de ajustarse a las curvas de tu cuerpo. Viniste hacia mí y yo me senté al borde de la cama. Te diste la vuelta para que te subiese la cremallera, recorrido interminable desde el nacimiento de tu espalda hasta el cuello, y me volví a impregnar del aroma de tu piel. Te juro que no sé cómo me contuve para no invertir la dirección de la cremallera, desnudarte y hacer que tú te encontraras de nuevo entre mis brazos y yo me volviera a perder entre tus piernas.

Pero el tiempo estaba agotado y ya todo pactado. Nuestras vidas personales tiraban de nosotros en distinta dirección y no supimos hacerlo de otra manera, o nos faltó el valor necesario.

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Sabemos que nuestro amor es eterno, aunque no estemos juntos, y que la vida se va consumiendo en cada suspiro, en cada gemido, en cada temblor de labios… en cada orgasmo…

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 1)

Suena el despertador y te levantas rápido, sin pensar ni concederte unos minutos al plácido retoce entre sábanas, como un militar de postguerra al toque de diana, como una madre colmada de responsabilidades y millones de cosas por hacer.

Caminas medio sonámbula por el pasillo, con la bata a medio anudar, hacia la habitación de tus hijas para despertar a la mayor, la pequeña todavía puede dormir un poco más.

Es viernes, día de colegio.

Un ligero beso en la frente y la niña se despierta iluminándote con sus tiernos ojos claros. Ya sabe lo que tiene que hacer, primero ella se prepara y luego intenta espabilar a su hermana con algún juego o una canción y la ayuda a vestirse. Tú la miras y en la cama de al lado te cuesta distinguirla entre el revoltijo del edredón, su cuerpecito y los muñecos.

Vas a la habitación de tu hijo en el momento que éste sale de ella, en ropa interior.

—¿No tienes frío?

—No, mamá.

¿Cómo va a tener frío? Diecisiete años, fuerte, deportista y con las hormonas en plena ebullición. Sabes que lo has descuidado un poco, no por gusto, es el mayor y ha tomado bien el rol, ¡qué remedio!

Él se dirige al baño pequeño mientras que tú te metes en el grande, como todos los días. Mientras te aseas tu mente comienza a funcionar. No necesitas agendas, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: el desayuno, los almuerzos de las chicas, darle dinero al mayor porque él prefiere comprarse un bocadillo en el bar del instituto. La rutina de todas las mañanas, aunque sabes que hoy no es un día normal, lo sabes desde que te has levantado, lo notas en ese hormigueo en el estómago, esa tensión en los músculos de tu abdomen.

Todavía parece que dudas si vas a acudir o no a la cita, pero sabes que sí irás. Llevas días imaginando cómo será, por tu mente han pasado todas las situaciones posibles, hasta las más absurdas.

Te miras en el espejo del baño y te dices que tenías que haber ido a la peluquería… y esa cara de sueño, esas ojeras, todo lo que ves te disgusta y te pones más nerviosa aún. Necesitas tiempo, ¿a quién se le ocurre quedar tan temprano?

Abordas a tu hijo cuando sale del baño a medio vestir y le pides por favor que acerque él a las niñas al colegio, que no te encuentras muy bien. Accede con un gruñido y tú le plantas un sonoro beso en la mejilla. Él se hace el hombrecito y aparenta que le molesta esa muestra de afecto.

—¡Mamá… ! ¿era necesario?

Tú sonríes y le das otro beso, ahora más tierno.

—Sí, cariño, es necesario.

Despides a tus hijos en la puerta, te preocupa un poco la tos de tu pequeña, pero ya has comprobado que no tiene fiebre, cuando vuelva del colegio la controlarás, no será nada. Pero ahora es tu momento, tienes que dedicártelo a ti, a arreglarte, a ponerte guapa y atractiva, que sabes que lo eres, a dejar de sentirte más madre que mujer. Llevas año y medio, desde la separación, que te has dedicado por completo a tus hijos sin darte un descanso, probablemente lo necesitabas para evitar pensar que habías fracasado en tu matrimonio, como si la culpa fuera tuya de que el cerdo de tu marido te cambiase por una chica mas joven, con más culo, más morena y más venezolana.

No quieres pensar en eso. Te metes en la ducha, abres el grifo y cierras los ojos dejando que el agua tibia limpie tu cuerpo y de pensamientos negativos tu alma, todo resbala y se pierde por el desagüe.

Fue hace dos semanas cuando Rubén contactó contigo a través de Messenger. Te sorprendió tanto que tardaste dos días en responder al mensaje. Rubén había sido tu primer novio ¿hace cuánto? ¿veintiséis, veintisiete años? Y no habías sabido nada de él desde entonces, desde que tras una tonta discusión que ya ni te acuerdas el motivo, desapareció sin más. Sin despedirse, sin excusas, ni una llamada, nada… hasta esas palabras en el móvil, de hace unos días, en las que te pedía que os vierais si lo considerabas oportuno. Accediste, aunque nunca te había parecido una buena idea, ni siquiera ahora, mientras buscas en el armario algo adecuado que ponerte.

La cafetería del gimnasio al que vas a nadar, no se te ocurrió en ese momento otro sitio donde quedar, la verdad es que hace tanto tiempo que no sales ni a tomarte una cerveza con las amigas que no conoces muchos más lugares apropiados. Hacia allí te diriges nerviosa, sin saber que esperar de aquello.

Lo distingues de lejos sentado en la terraza, hace buena mañana, septiembre es un buen mes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 1)

Me pones el desayuno en la mesa con la misma sonrisa de anoche cuando acabamos de discutir. Pensé en pedirte perdón esta mañana, pero veo que no hace falta, que has entrado en razón. Eres tan terca, a veces. ¿Cuándo comprenderás, de una vez, que mis necesidades de sexo son diferentes a las que encuentro en casa contigo? Pero sabes que te quiero solo a ti.

Te pones detrás y acaricias mi pelo mientras sorbo el café de mi taza favorita, con el punto justo de azúcar, cómo me conoces y qué bien me cuidas. Es entonces cuando siento una presión helada en la nuca y, en un instante, me viene a la mente las veces que te he visto engrasar la pistola de tu abuelo, de cuando la guerra, tras la puerta entreabierta del desván. Descubro, en este mismo segundo, que la sonrisa que te suponía no es más que una mueca de dolor tras el bofetón que tuve que darte en la boca anoche, y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…

 

Francisco J. Berenguer

Miriam

Me voy.

No huyo de ti, no creas. La huida es de mí misma, porque si continuara siendo yo, nunca conseguiría dejarte.

Mañana encontrarás el apartamento vacío, tal y como yo lo he sentido todo este tiempo. Es necesario. Es lo mejor para los dos. Para ti, para mí, para tus hijos, para tu mujer. Todos salimos ganando, aparentemente.

Es curioso como se transforma, como se moldea la forma de sentir el amor en nuestro interior. Tiene etapas de posesivo, de excluyente, de ser la única. Y otras es como más sereno, más auténtico quizá, es pretender la felicidad para ti, la persona que más quiero en este mundo, aunque no estés a mi lado.

Te he amado de todas las formas posibles, incluso ahora, que me alejo de ti. Este, aunque te resulte difícil creerlo, es el mayor acto de amor.

He estado mucho tiempo sola esperando los momentos que podías robarle a tu familia para venir conmigo. Yo lo acepté, sí. Me lo dejaste claro desde el principio. Firmé el contrato en tu piel con mi saliva, sin leer la letra pequeña. Me pilló sin las gafas de cerca. Es lo que tiene cerrar tratos desnudos, en el caótico paraíso blanco de unas sábanas desordenadas, con el sudor y el placer todavía resbalando entre los muslos. Asumí los riesgos.

No sabía, entonces, que me iba a enamorar de esta manera tan insaciable y descarnada, tan sublime, transgresora…

Te quiero. Solo eso, pero eso es todo. Mi vida se basa en ti. Tú eres mi referencia, mi punto de apoyo si decidiera mover el mundo. Mi destino. Todo lo demás pierde su valor, como una moneda devaluada, como prendas baratas que destiñen al lavarlas. Y sé que cuando te abandone el mundo será como una fotografía en blanco y negro, que tiene su encanto, sí, pero se pierden los matices.

No conté con el sufrimiento, con la soledad, con la espera eterna donde cada latido duele. Ya no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca en esta casa donde todo me sabe a ti. Esta casa eres tú.

¿Sabes? Muchas veces ponía dos tazas para el desayuno en la mesa. Lo hacía de manera consciente, me ayudaba a imaginarte sentado al otro lado, con cara de sueño, bostezando y despeinado, mojando galletas en el café con leche, de esas que se rompen y caen en el tazón salpicándolo todo, como un crío.

Pero casi nunca estabas a esas horas, ni tú, ni migas, ni leche derramada. Sabía que estabas con ella, la mujer que elegiste para casarte y con los hijos que te dio, en otra mesa, en otra casa…

Siempre supe que no romperías con ella. Me quise engañar de mil formas distintas, quise creerte, pero en el fondo lo sabía… y tú sabes que lo sabía.

Nunca pretendí convertirme en la clásica amante clandestina de un hombre casado, pero eso es lo que soy y no me gusta el papel. Si no te quisiera tanto me hubiese ido hace mucho y ahora me voy, precisamente por eso, porque te quiero todo.

Me alejo de ti para que vivas sin la culpa, sin la necesidad de mentir, sin la pesada carga del engaño. Te dejo libre de mí para que dediques tu tiempo a la vida que elegiste antes de conocerme, críes a tus hijos con la estabilidad que se merecen, cuides a esa mujer que te ama tanto y que sé que tú también la quieres… ellos no merecen ser los daños colaterales de nuestra historia.

Y, si algún día, todo cambia y quieres buscarme sé que me encontrarás y quizá, quién sabe, el destino sea menos cruel con nosotros.

No te preocupes por mí, soy una superviviente y sabré salir adelante. Sé que el dolor va desapareciendo poco a poco, aunque ahora parezca imposible. Eso espero.

Conocerte ha sido el mejor regalo que me ha dedicado la vida. Lo que hemos sentido, lo que sentimos el uno por el otro, hay gente que ni en mil vidas podría llegar a sentir. Somos unos privilegiados, lo sabes.

Cae la noche y hace frío.

Dos maletas y un bolso de mano, los ojos inundados de lágrimas y un taxi al aeropuerto. Todo lo que me llevo ocupa poco porque allí, junto a ti, sigue estando la parte de mí que nos hace eternos.

 

Francisco J. Berenguer

Fundido en negro

A mi madre.

En términos cinematográficos “fundido en negro” se refiere a cuando, al final de una película o secuencia, la imagen va desapareciendo lentamente hasta quedarse la pantalla totalmente oscura.

Tal vez la muerte sea algo parecido. El cerebro se va desconectando de los sentidos y lentamente… se apaga.

¿Alguna vez habéis perdido el conocimiento? Prácticamente es lo mismo; lo que estás viendo se desvanece, los sonidos se van alejando y la sensación física de tu cuerpo va disminuyendo hasta desaparecer por completo. En ese momento (lo digo por experiencia) no sientes miedo, ni preocupación, ni dolor… son apenas unos segundos pero te alberga una profunda sensación de paz, de tranquilidad, como que todo está perfecto y en su lugar. El mundo se va oscureciendo a tu alrededor y te das cuenta de la falta que te hacía descansar y luego… Nada.

Creo que la muerte no es más que eso, como una pérdida de conocimiento de la que no vuelves. Y, la verdad, en esos escasos segundos que la preceden no sientes temor, ni estas preocupado por lo que has dejado pendiente, ni siquiera por tus hijos, padres o el resto de la familia. Te das cuenta que todo tiene su tiempo y su momento. Y este es el tuyo, personal y único. Y experimentas ese “fundido a negro” en soledad, como cuando unos años atrás viniste al mundo en tu nacimiento con un “fundido a blanco”. Y antes de que la oscuridad se complete no sientes pena por lo que has dejado de hacer, ni orgullo o remordimientos por lo que has hecho. Simplemente tu cerebro se apaga, dejas de existir y no te llevas nada… ni siquiera la decepción de poder comprobar que no hay Nada tras la muerte…

Tengo la certeza de que si comprendemos y admitimos que la muerte es así y no esperamos otra cosa después, seremos capaces de disfrutar la vida con más intensidad.

Si hay un Dios, éste no es más que nuestra conciencia, la que nos dicta realmente lo que está bien o mal, por encima de leyes, políticas y religiones. Cualquier ser humano nacido en plena selva sin conocimiento de la ley y sin influencias religiosas sabe lo que tiene hacer porque su conciencia, íntimamente ligada con sus instintos, se lo dicta en cada momento. Y no es una vocecita en su cabeza, ni la influencia de un ser superior, sino el resultado de una memoria genética que se ha ido formando y evolucionando a través de generaciones para favorecer su supervivencia. Al igual que cualquier especie animal. Nuestro cerebro, más desarrollado, procesa esos instintos, los razona y los aplica adaptándose a las circunstancias de la vida. Sabemos lo que debemos hacer o lo que no, porque nuestra conciencia nos lo aconseja. Y esta conciencia no es más que conexiones neuronales electroquímicas en nuestro cerebro que, genéticamente o adquiridas por la experiencia en la vida, van formando y configurando nuestra forma de ser.

Pero el cerebro, todavía gran desconocido para la ciencia, comete errores y está sujeto a enfermedades y desequilibrios. Le influye el medio ambiente, el estrés, lo que comemos, bebemos y respiramos.

El cerebro, en perpetua oscuridad encerrado en el cráneo, percibe el mundo a través de nuestros sentidos que, a veces, pueden ser engañosos. Incluso los recuerdos pueden ser falsos o trastocados por una memoria selectiva (eliminando, inconscientemente, lo que no queremos que hubiese pasado y adaptándolo a nuestros gustos)

Y a pesar de todo el cerebro no es un órgano más de nuestro cuerpo como otros que se puedan trasplantar. Podemos cambiar de hígado, de riñones e incluso de corazón (donde hace no muchos años se creía que residía el alma) y seguir siendo nosotros mismos. Pero no lo que hay dentro de nuestra cabeza, porque no forma parte de nuestro cuerpo. Tu cerebro eres tú. Cuando te refieres a ti como persona, en realidad te estás refiriendo a tu cerebro porque él es el que piensa, siente, pregunta y responde. El que hace que salgan lágrimas cuando la tristeza te invade, o el que sabe conducir y recuerda el camino de tu casa. Es mi cerebro el que procesa estas ideas y mueve mis dedos al escribirlas para que tu cerebro las almacene y las cuestione cuando tus ojos a través de los nervios ópticos se lo comuniquen.

Es bonito y romántico pensar que cuando mueres te reúnes con tus seres queridos que fallecieron antes que tú, que te esperan al final del túnel y te dan la bienvenida a esa nueva vida. Queda muy bien en la ficción, en novelas y películas de las que te hacen soltar una lagrimita al final, pero la realidad es bien distinta. Hay personas que tras una enfermedad o accidente que les ha llevado a estar próximos a la muerte, o incluso haber estado clínicamente muertos unos segundos, afirman tener ese tipo de experiencias pero son fácilmente explicables debido a unas sustancias del cerebro que se liberan en esos momentos críticos.

Me gustaría creer, lo digo en serio, en esa otra vida, que nuestro paso por el mundo solo sea una transición y que nuestro espíritu inmortal siga adquiriendo experiencia y sabiduría para ascender a otro plano superior… Antes creía en eso, os lo aseguro, pero ahora me resulta tan evidente que nada de eso es cierto, que me siento con la necesidad de dejarlo salir… y no sabéis como anhelo volver a ver a mi madre…

Fue un dos de mayo de hace nueve años cuando un aneurisma en el cerebro le provocó una hemorragia y le causó la muerte. Un pedazo de mí se fue con ella. Hoy no es un día especial, pero a veces, sin saber por qué y sin ninguna razón que lo justifique, la siento más cerca de mí, como si me estuviera observando ahora mismo mientras escribo estas palabras. Es curioso, aunque sé que esa sensación no es más que una creación de mi subconsciente y no tiene nada de sobrenatural, he sentido cómo me abrazaba por la espalda, incluso he percibido su olor. Creo que por eso he sentido la necesidad de recuperar parte de este texto que le dediqué en el primer aniversario de su despedida.

La vida duele tanto cuando se llena de ausencias.

Era una mujer normal. La vida no la trató demasiado bien y eso la hizo fuerte. Tras una traumática separación sacó adelante a cuatro hijos que la adoramos. A pesar de las dificultades supo transmitirnos unos valores y una forma de afrontar la vida realmente especial. Nos inundó con su cariño. A veces sólo una palabra, una mirada o una media sonrisa bastaban para que te abrieses a ella y le contaras tus problemas. Sabía escuchar y su opinión era diferente y esperanzadora. Nos enseñó a perdonar y a no tener miedo… nos enseñó tantas cosas de las que no se aprenden en los libros… 

Unos años antes de su muerte nos dio una inmejorable lección al luchar y superar un cáncer. Y cuando todo parecía que había vuelto a la normalidad vino ese fatal desenlace que se la llevó a ella y un mes después a su madre, mi abuela, que destrozada por el dolor, simplemente se dejó morir.

Cuando pasa esto te das cuenta de lo mucho que te ha quedado por decirle, de las cosas que podías haber compartido con ella, de haberle dicho lo mucho que la quieres… pero la muerte, a veces, es así de rápida e imprevisible.

Al final, si su vida se hubiese convertido en una película de cine (como esas que tanto le gustaban), el público se pondría de pie en la sala y se uniría en un aplauso general, aclamándola por lo bien que había interpretado su papel en este teatro de la vida. Y luego, muy lentamente… un fundido en negro sobre su imagen sonriente…

 

Francisco J. Berenguer

Laura

Cuando decidí ser yo misma me surgió el dilema.

¿Quién soy yo, realmente?

Puedo ser cualquiera de mis “yo” declarados; los conocidos, los que se muestran, los que se ocultan… o una mezcla de todos ellos.

¡Joder…! ¿todas las personas son así de complicadas o solo soy yo?

Creo que toda mi vida he estado interpretando personajes, adoptando personalidades y costumbres para intentar encajar donde se suponía que debía estar, lo que debía hacer, lo que debía decir.

¿Cuántas veces en mi vida habrá decidido ese yo, que todavía desconozco, lo que verdaderamente deseaba hacer?

Esta no es mi vida; estoy viviendo la vida de otra mujer, la que vosotros decidisteis que fuera… y lo habéis hecho tan bien… hasta hoy pensaba que eran mis propias decisiones las que me han llevado a este punto y no las vuestras… creí que era libre.

¿Quién soy yo?

¿La chica sonriente del trabajo? ¿La que siempre procura estar de buen rollo y os anima, la que sabe escuchar, la que es positiva, o la que se esfuerza cada mañana en maquillar su alma en el espejo del baño, dibujar una sonrisa que parezca natural e idear algo gracioso que contar cuando coincidimos ante la máquina de café?

Soy la esposa que recibe con un beso a su marido, la de sexo consensuado que, aunque complaciente, está lejos de ser la lujuria desatada del principio. Sexo programado como la comida o como la lavadora, para cumplir la función de saciar una necesidad. Minutos de química y hormonas que dejan luego más vacío que plenitud. Pero también soy la mujer que, después de gemir en la cama, se masturba en silencio en el baño, para que ni los niños ni él sospechen, fugitiva de mi propia intimidad, con esa estúpida sensación de culpa, la que me persigue… la que me ahoga.

Soy limpia, ordenada, pragmática, previsora; siempre llevo un pequeño paraguas en el bolso. Y también adoro el caos y me gusta perderme en mis sueños, algunos inconfesables, pero tengo la necesidad de contárselos a alguien, para que ese alguien me cuente los suyos y comprobar que no estoy tan mal de la cabeza. Odio las tareas del hogar, pero me esfuerzo para tener la casa impecable; no sé si porque es lo que se espera de mí, o porque yo lo quiero así.

Daría mi vida por mis hijos, literalmente y, sin embargo, a veces me gustaría perderme y pensar que no existen. No me gusta el machismo primitivo ni el feminismo exagerado de ahora. Adoro ver una pareja de abuelitos que se han amado toda una vida y admiro el valor de las mujeres que sacrifican su matrimonio por huir de una pesadilla o perseguir un sueño.

Me gusta sentirme hermosa y deseada, pero me pongo muy nerviosa cuando un hombre me mira y mantiene su mirada. Ya no creo en el amor ese de las películas y, al mismo tiempo, deseo vivir una increíble historia de amor y pasión desmedida; tengo ganas de cometer locuras y que las cometan por mí.

¿Quién soy? ¿la que escribe y profundiza en este diario o la que iba a misa los domingos de antaño? ¿la que se siente atraída por los hombres o la que se sorprende imaginando una aventura con alguna mujer?

Todos tenemos nuestros demonios y nuestros ángeles dormidos. Y hoy, que he decidido ser yo misma, no sé a quién despertar primero…

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer

Virginia

Me siento invisible, o al menos transparente, en ocasiones.

A veces es divertido, curioso. Otras veces es como si estuvieras muerta.

Existimos en relación a lo que nos rodea, la percepción de una misma se distorsiona cuando alguien te mira o te toca o, simplemente, te ignora.

Mi marido hace tiempo que no me ve. Ni me escucha cuando le hablo, debe ser el tema este de la invisibilidad, las cuerdas vocales se desmaterializan. Sé que desde hace tiempo no soy nadie para él y poco a poco he ido desapareciendo en su retina.

Lo malo es que me impregno de esa sensación y se vuelve real, tangible… o intangible en mi caso, en el día a día.

Por la calle hay gente que se roza conmigo y es como si me atravesaran, nadie me pide disculpas cuando tropiezan y eso que casi se me llevan el hombro del golpe. Tengo que ir pendiente de las personas con las que me cruzo, esquivándolas, haciendo un slalom por la acera. Quien me vea no sé lo que pensará… bueno… no me ven, jajajaja.

Hasta las puertas que se abren automáticamente me ignoran, aunque dé saltos frente al sensor. Tengo que esperar que pase alguien perceptible para colarme al mismo tiempo, como un fantasma novato que todavía no sabe atravesar paredes.

Y en el metro, en el autobús… a la peluquería hace tiempo que no voy, total, ya nadie ve si mis canas ganan terreno al tinte. Y en la pescadería pasan de darme el turno, ha sido un alivio que pusiera esos dispensadores de números de papel. Pero cuando me toca, el pescatero no me entiende cuando le pido que las lubinas las quiero limpias y que me saque los lomos, y me las da tal cual. Estoy aprendiendo a limpiar pescado, es asqueroso, pero qué remedio.

El otro día todo comenzó a cambiar.

Llamaron a la puerta de casa y cuando abrí encontré a un hombre, casi transparente como yo, sonriéndome mientras me pedía prestada azúcar para su café de la mañana. Cuando le pregunté si era un vecino nuevo, me contestó que llevaba viviendo más de un año en el mismo rellano que yo, pero que no me apurase, pasaba siempre desapercibido para los demás desde que su novia lo dejó por alguien más nítido. Que él tampoco me había visto casi nunca.

Nos reímos casi sin eco en nuestros cuerpos translúcidos y entonces, milagrosamente, nos fuimos materializando poco a poco. Comencé a verlo y él a mí. Al principio me dio vergüenza, estaba muy descuidada, pero noté que a él le pasaba lo mismo. Llevaba barba de varios días y el pelo desaliñado, una bata abierta sobre un pijama azul arrugado. Y yo no iba mucho mejor, pero qué importaba. Nos veíamos, incluso nos atrevimos a tocarnos solo con la intención de comprobar que éramos reales y no el sueño de lo que aspirábamos ser.

No hablamos más en ese momento, le di unos sobres de azúcar que tenía en el bolso y él me dio un suave beso en los labios. Me di cuenta porque me pinchó un poco con la barba, ya que yo estaba alucinando tanto que ni lo vi acercarse. Luego se marchó.

Nos vemos muy a menudo. Nos contamos cómo nos sentíamos antes y lo diferente que es ahora. Cómo cambia la vida cuando alguien te importa y cuando ese alguien te tiene en cuenta.

Al fin he podido pintarme las uñas que llevaba tiempo sin arreglar… y lo necesitaba después de tener que limpiar tanto pescado. Me he arreglado el pelo, me he comprado ropa y estreno sonrisa cada día frente al espejo.

Ayer me di cuenta de algo mientras cenaba en casa con mi marido: se está volviendo transparente. Casi no lo veo ahí sentado frente a mí. Apenas lo escucho cuando habla, está comenzando a desaparecer. Y ahora es cuando él me mira y quiere acercarse a mí, pero es tan intangible que no noto sus caricias, me incomoda el mínimo roce con esa imagen difuminada que apenas distingo.

Lo ignoro porque está desapareciendo o desaparece porque lo ignoro. Me da igual, hoy he quedado.

Ojalá cuando vuelva haya desaparecido del todo. No le odio, ni le deseo nada malo. Simplemente quiero que sienta el abandono y la insignificancia plena que me ha hecho sentir durante tantos años.

Qué curiosos son los estados del cuerpo humano. El amor o el desamor tiene el poder de desintegrar a cualquier persona hasta hacerla totalmente invisible… y no, no es una sensación agradable.

 

Francisco J. Berenguer

María

A veces es como despertar una mañana y ser consciente de que has soñado, pero no recuerdas el sueño.

Me da miedo dormir, porque sé que un día me olvidaré de mí.

No somos más que recuerdos, débiles retazos mentales del pasado.

Comenzó siendo gracioso ¿recuerdas?

Al principio lo es. Pequeños despistes, equivocaciones al hablar, repetir lo dicho como si fuera la primera vez y quedarte parada con cara de boba en un eterno déjà vu.

Una misma se da cuenta y sonríe sin darle importancia.

Luego llega el miedo, el no querer reconocer la enfermedad. Y un día intentas volver a casa y no recuerdas dónde vives…

La genética y la edad juegan en mi contra. Ya sabes por qué no quise tener niños. No quiero perpetuar en nadie más los errores de mi naturaleza. A menudo echo de menos los hijos que no tuvimos ¿eso puede ser? ¿añorar algo que nunca se ha conocido?

Tú siempre me apoyaste en todo. Yo sé que querías haber tenido descendencia, pero no influiste en mis decisiones, me respetaste siempre… joder ¡cuánto te quiero!

¿Sabes? Lo que más duele es que en algún momento te convertirás en un extraño para mí… no te reconoceré… es horrible… me duele en lo más profundo del pecho solo de pensarlo.

¿Y tú? ¿cómo te sentirás, mi amor, cuando olvide tu nombre? ¿Cuándo apenas reconozca tu rostro y te pregunte quién eres? ¿Cuándo tengas que ponerme esos horribles pañales para adultos y lavarme? ¿Cuándo mi mirada perdida en la tuya no comprenda todo el amor que habita en tus ojos? ¿Cómo te sentirás, dime?

Ojalá tuviera el valor suficiente para evitarte esa tortura, amor mío. Continúo viviendo porque estar un minuto contigo vale por una vida. Quiero sentir, mientras pueda, el sabor de tus besos, tus caricias, el calor de tu cuerpo junto al mío… o dentro de mí. Deseo escuchar la música de tu voz grave y profunda, ver la luz en esos ojos que sonríen, creerme tu optimismo y disfrazar de inútil esperanza la espera.

Eres la vida que me quedará cuando mi vida se apague.

Por eso quiero sentir cada momento que me quede. Quisiera permanecer abrazada a ti y que el tiempo se detuviera. Porque es el tiempo nuestro mayor enemigo cuando se inicia una cuenta atrás, cada segundo es un latido menos, es un paso que me adentra en esa densa niebla de la que no sabré regresar jamás.

Me siento afortunada al haber coincidido contigo en este mundo, porque a través de tu mirada recuperó el color que un día perdió para mí. Me hiciste sentir la mujer más maravillosa y excepcional de la Tierra. Me enamoré de ti casi sin notarlo, sin plantearme nada, fluyó como algo natural, inevitable; como si tú y yo nos estuviésemos esperando en la puerta de ese restaurante que nos refugiaba de la lluvia; como si estuviese planeado que tu cita y la mía fallasen aquel día. Todo fue tan casual, tan inocente, tan perfecto; como el guion de una película romántica… que ahora llega a su final.

No me digas nada cuando leas esto, por favor. Guárdate la carta y sigamos como si nada. Resérvala para cuando ya no sea yo junto con ese puñado de fotos que están en el sobre.

Recuérdame así, sonriendo, con las ganas de vivir y de viajar a esos países que nunca iremos. Recuérdame despeinada y con el pijama ese de Pluto que no te gusta.

Dices que cuando duermo tengo carita de ángel, recuérdame entonces así cuando llegue mi noche eterna.

Siempre te amaré.

 

Francisco J. Berenguer

Silvia

Mamá, tienes el mar en los ojos.

Ojalá, mi niña, hubieras elegido otro vientre donde nacer. Yo no puedo ofrecerte nada más de lo que ves, y lo que ves, es bien poco.

No me explico como un ser tan maravilloso como tú eligió un día mi útero maltrecho, este cuerpo desquiciado por el alcohol y las drogas, de sexo sucio y apresurado en los baños de bares infectos ofrecido a cambio de una sonrisa bonita, por la promesa de un sueño o tan solo por una dosis.

Ni siquiera puedo darte un padre porque, entonces, los días se mezclaban con las noches, y en las noches se sucedían las caras borrosas, sudores de cuerpos diferentes que se movían al mismo ritmo en la pista o sobre mí, aunque la música hubiese dejado ya de sonar. Y me odiaba cuando me sorprendía algún amanecer, cuando, entre guiños de esos ojos que huían del sol y la resaca que me golpeaba la cabeza por dentro, recordaba quien era y lo que un día quise ser…

Todavía recuerdas cuando te llevé a la playa ¿verdad? Cuando te metí en el agua en mis brazos y tú temblabas y reías nerviosa al mismo tiempo. Al final fue un día feliz, pero mi plan era otro. Ese día pretendí acabar con todo nuestro sufrimiento, con nuestras vidas, la tuya y la mía, amor mío. Sumergí tu cabeza con la más terrible de las intenciones, pero cuando noté cómo tus manitas se separaban de mi cuerpo y las elevabas por encima de la línea de la superficie, cuando vi tu mano blanquita emerger del mar, con los dedos estirados, pidiéndome que te ayudara, que te dejara vivir, no pude hacer otra cosa más que tirar de ti hacia arriba. Fueron unos eternos segundos donde el tiempo transcurría lento y espeso, como a cámara lenta, donde mis demonios perdieron la batalla y tú reclamaste la vida que te pertenecía, una vida que nada ni nadie posee el derecho de arrebatar, y volviste a respirar…

Me miraste con esos ojos tuyos, tan grandes y azules, que no sabían si reír o llorar y en ese momento supe que nunca me iba a separar de ti. No me preguntaste nada, pero yo te dije que lo había hecho para que el mar se metiera por tus ojos y los llenara de lágrimas por dentro, porque las lágrimas se agotan o se secan si no se usan, y llorar sin lágrimas es más amargo y no consuela. Al rato, cuando tomabas el sol en tu sillita de playa, me miraste y con esa expresión que pones cuando entiendes algo nuevo del mundo que te rodea, me comunicaste tu descubrimiento: ¡por eso saben a sal…!

Eres mi ángel, tú todavía no lo sabes, pero me salvaste de mi propia miseria, la que yo iba acumulando en mi vida, bolsas de basura repletas de desengaños, frustraciones y adicciones que matan. Yo no te quería. No te quise cuando estabas en mi barriga y los médicos me obligaron a mantenerte allí porque ya era demasiado tarde y peligroso para abortar. No te quise cuando escuché tu primer llanto al nacer, yo estaba con el mono y tú solo me causabas dolor. No te di pecho porque mis tetas tampoco querían saber nada de ti. No te quise cuando te vi en la incubadora luchando por tu vida, deseé que no lo consiguieras. Y menos aún te quise cuando los médicos me dijeron que no ibas a poder andar nunca, que tus piernas y caderas estaban dañadas.

Cuando mi madre nos acogió en su casa, ella te cuidaba, te cambiaba, te daba de comer. Yo solo te miraba de lejos y me ponía los cascos con la música a tope para no oírte llorar. Perdóname, vida mía, no era yo entonces, no sé quién demonios era.

Recuerdo que fue un día de final de septiembre cuando comencé a quererte. Estabas atada en la silla esa y puesta en la mesa. Estábamos comiendo. Tú con una cuchara amarilla de plástico te apañabas muy bien comiéndote solita un puré que te había hecho la abuela, y yo frente a ti, con unas patatas fritas y un filete empanado. Eras muy pequeña. Me mirabas continuamente y cuando yo te miraba sonreías. Cuando volvía a mirarte me hacías una carita fea, o te manchabas a propósito con la comida.

Fue increíble: eras tú la que me hacías monadas a mí, en lugar de hacértelas yo a ti. Me hiciste reír y entonces tú reíste a carcajadas. Te cogí en brazos y, por primera vez, sentí tu frágil cuerpo tullido latir junto al mío, piel con piel. Te sentí como lo que eres, una parte de mí. Y no solo de mis genes, una parte de mi alma.

Mi vida fue un caos, una auténtica tempestad hasta que apareciste tú, y tras una tormenta el mar devuelve a la orilla restos de naufragios olvidados; trozos de cuerda deshilachada donde antes hubo un nudo que parecía imposible deshacer; retales de una vela que soportó, estoica, toda clase de vientos; un pedazo de timón que un día perdió su rumbo… pero también trae tesoros. Y aunque al principio no parecen valiosos porque no brillan, porque están cubiertos de óxido y arena, solo se necesita un poco de paciencia para reconocerlos entre las algas de la playa o entre la maraña espesa de tu complicada existencia.

Yo te encontré a ti ese día, durante aquella comida, antes apenas era consciente de que existías y me odio por ello, pues no supe apreciarte hasta años más tarde, cuando un milagro no dejó que la desesperación nos ahogara. Eres el mayor tesoro que encontré después de mi tormenta. Y, aunque sé que no siempre tras ella viene la calma, que tan solo puede ser una pausa para la siguiente, un respiro para volver a estallar, navegaré valiente contigo a cualquier lugar donde el fluir de la vida tenga a bien llevarnos.

Sé que volarás, porque el metal de tu silla no es capaz de aprisionar tus alas, ni tus ganas de vivir y de superar todos los retos que se interpongan en tu camino. Y yo te esperaré en la orilla, donde las olas besan la arena y me recargaré de lágrimas.

Me entristece ver cómo te acercas con dificultad en esa sillita de ruedas adaptada a tu tamaño, pero enseguida me haces la mujer más feliz de la tierra cuando contemplo tu sonrisa, y me emociona ver tu entereza y la alegría que traspasa tu corazón.

Me miras y me dices que tengo el mar en los ojos… entonces los cierro y dejo que se desborde.

Francisco J. Berenguer