Treinta Minutos

Siempre se había preguntado qué era lo que pensaban y sentían los prisioneros que eran obligados a cavar su propia tumba antes de ejecutarlos. Y ese día, una fría y húmeda mañana de febrero de mil novecientos cuarenta, se atrevió a preguntárselo a aquel pobre hombre, embarrado hasta los ojos, que se afanaba absorto en su tarea hundiendo la pala una y otra vez haciendo hueco en la oscura tierra.

El prisionero detuvo su tarea sorprendido por lo inesperado de la pregunta, clavó la pala en la tierra, se apoyó en ella y se quedó unos segundos mirándolo, sin decir nada, intentando recuperar el aliento que escapaba de su cuerpo en forma de bocanadas de vaho blanco que no tardaba en entremezclarse y confundirse con la densa niebla del bosque.

Pelayo tensó los brazos alrededor de su mosquetón, un Mauser modelo 1916, con la bayoneta calada para evitar sorpresas cuerpo a cuerpo, y apuntó a su cabeza, porque no sabía si ese hombre iba a contestarle o a saltar sobre él desde el agujero con la fuerza y fiereza que produce la rabia y el odio contenido.

Puso su dedo índice sobre el gatillo y presionó levemente hasta notar que el recorrido se detenía a los pocos milímetros, ahí estaba el límite, una leve presión más y una bala saldría para destrozar el rostro sucio de aquel hombre. Había adquirido esa destreza y sensibilidad gracias a los consejos de su sargento de compañía. Éste, el primer día, le aconsejó que cortara la parte superior de los dedos de sus guantes, desde el pulgar hasta el corazón: “Así percibirás el mundo a través de ellos -decía-, notarás como te habla tu arma, sentirás el calor de tu orina cuando te sujetes la polla para ir a mear, apreciarás como se endurecen los pezones al pellizcarlos cuando te estés follando a cualquiera de las putas rojas que tenemos en la jaula y el placer de meter un dedo en el orificio que ha dejado una bala en el cuerpo de un enemigo cuando todavía fluye la sangre caliente por él…”

El hombre le respondió con una pregunta.

– ¿Cuánto se tarda en cavar una fosa?

Pelayo se quedó pensativo unos instantes, era la primera vez que escuchaba la voz de aquel hombre y le pareció extremadamente serena y tranquila para encontrarse en aquella situación. En la mayoría de las ocasiones los condenados proferían gritos, insultos, súplicas, o tan solo silencio, la resignación.

-Una media hora, supongo -acabó por contestar sin dejar de apuntarle a la cabeza.

– Pues, entonces, disfruto de 30 minutos más de vida.

Pelayo nunca entendió aquella respuesta hasta el día de hoy, ochenta años después, con noventa y nueve años. Su mente todavía se encontraba lúcida pero su cuerpo agonizaba en una cama de hospital. Sabía que su tiempo se acababa, pero habría dado lo que fuera por vivir treinta minutos más y sentir, aunque solo fuera, el calor del sol y una suave brisa en su rostro.

Cerró los ojos y se arrepintió una vez más de haber disparado aquella mañana de febrero. Se arrepintió de no haber valorado la vida con la intensidad de aquel hombre al que asesinó y del que ni siquiera se había preocupado en averiguar su nombre…

Francisco J. Berenguer

En tiempo Oscuro

La tierra tiene memoria y te reclama, paciente.
Carne de polvo y barro, agua, vino y sangre,
sin liturgia ni oraciones, sin cáliz ni ostias.
Nada tienes, nada te pertenece,
nada fuiste antes, nada volverás a ser.
Versículos deconstruidos, engaños apostolados.
Óvulos contaminados de pecados originales,
inocencia perdida entre sotanas y confesiones.
Aprendiste a vivir entre crucifijos y medallas,
santos estampados, rosarios y avemarías,
sensación de culpa hasta en la sopa, cuaresma.
Y tú, atrapada entre hábitos impuestos, convenientes.
Monja de claustro y silencios, maitines y ayuno,
añorando al hijo que te arrancaron, vergüenza.
Amor engañoso, embarazo impropio, lujuria y escarnio.
Ellos se ocuparon del problema,
tú aceptaste sin condiciones, ten fe, niña ingenua.
Y ahora, que la tierra te reclama, lloras por tu pena,
y no por tu vida.
Que la muerte se lleve tu sufrimiento, tan intenso,
y rezas para que ellos estén equivocados,
que no existan otras vidas,
convertirte en nada,
por los siglos de los siglos…

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

La tierra y la sangre

Sabor a tierra y sangre. Tierra húmeda y sangre seca. No sé cuanto tiempo estuve allí en el suelo de aquella ladera tras el accidente. No estaba acostumbrado a la lluvia, ¡Joder… vivo en Alicante y allí no llueve nunca! Tampoco tenía la pericia suficiente para ese pedazo de moto que me compré, de segunda mano, en mi crisis existencial de los cincuenta. Antes pesaba ciento treinta kilos y me quedé en noventa. Me volví a sentir joven y ligero… y gilipollas. Solo se vive una vez ¿y morirse? ¿cuántas veces se muere? La lluvia, el exceso de cilindrada, la inexperiencia y esa curva de montaña diseñada para volar se aliaron esa tarde, pacto de muerte anunciada. Es muy estrecho el ataúd, más de lo que pensaba, pero supongo que es cómodo, no sé, apenas noto mi cuerpo, pero puedo pensar y sentir. Creo que lo más horrible de mi vida ha sido escuchar la primera palada de tierra al caer sobre mi caja. Ese sonido sordo y hueco, de golpe, y luego el deslizarse de la arena y piedrecitas arañando la madera por mi derecha, por mi izquierda. Quise gritar y no pude, no sé si porque mi cuerpo verdaderamente estaba muerto y no respondía o porque mis labios estaban cosidos por dentro de la boca. Quizá no fuese más que una ilusión, pero sentí cada puntada, la tirantez del hilo al pretender separarlos, hasta el sabor de esos algodoncillos puestos entre las encías para rellenar. Sabía que aquello era definitivo, no como esos días previos en el hospital, o semanas, cuando estaba en coma. Entonces había posibilidad, lo escuchaba, las máquinas me mantenían con vida y dependía de mí, decían, que yo despertara. Pero no supe hacerlo, está claro. No pude encontrar la forma ni el camino, sentía que no dependía de mí, en serio. Como ahora ¿de quién o de qué depende que conserve la consciencia cuando ya estoy muerto? Porque lo estoy ¿verdad? Vamos, no me jodas, con tanto aparato y los supuestos conocimientos y adelantos médicos que tenemos, no me habréis enterrado vivo. No, no puede ser, o sí. La tierra sigue cayendo encima. El sonido cada vez es más pesado y lejano. Tengo frío ¿un muerto siente frío? Pero no tengo miedo, el miedo atroz que, seguramente, debería sentir. Quizá sea porque me he acostumbrado después de tantos días “viviendo” en este estado. Espero que esté lloviendo, siempre me ha gustado la lluvia, a pesar de que ésta y mi insensatez me matara. Me gustan los funerales lluviosos. Vestidos negros, paraguas negros. El negro estiliza y pega con todo, y contrasta muy bien con los colores de las flores, las coronas. ¿Tendré coronas? Me da igual, solo quiero que llueva. Huelo a tierra húmeda, sí, como el día del accidente, con sabor a tierra y sangre en la boca.

De pronto siento un movimiento, algo ligero al principio, como un pequeño temblor, una sacudida. Y luego otra y otra. O es un terremoto o me están sacando de mi tumba. Pero no es nada de eso. Veo o percibo una pequeña luz y me siento impulsado hacia ella. Al final va a ser cierta la historia esa del túnel y el caminar hacia la luz. Por una parte, es un alivio, pensaba que mi eternidad era esta, sentir cómo me iba descomponiendo lentamente dentro de mi fosa, el jodido infierno. La luz se acerca o yo me acerco a ella, la atracción es mayor. En este momento debería ver a mis familiares muertos dándome la bienvenida, tranquilizándome y tal, algo de eso había leído. Pero allí no aparecía nadie. Algo va mal, seguro, algo no he hecho bien, porque tampoco recuerdo a la gente que he querido, los que me han amado. ¿Qué está pasando? Por primera vez en mucho tiempo tengo conciencia de mi cuerpo, lo noto, pesado, como se retuerce y duele. Ya estoy llegando a la luz. Ahora sí que estoy acojonado. Veo unas manos gigantes que se acercan y me cogen de la cabeza. Dios tiene manos enormes y guantes de goma. Estiran de mí y me sacan como un corcho de una botella de vino, girándome y dándome vueltas. Todo es tan cegador. Todo es blanco y verde y siento sangre en mi boca. Apenas puedo abrir los ojos, percibo sonidos metálicos, voces, y como manipulan mis orificios. Sé donde estoy, ahora comprendo muchas cosas, he vuelto a nacer. Por eso olvidé a mis seres queridos, sus rostros, por eso siento que lo que queda de consciencia y los pocos recuerdos se van borrando, para iniciar la nueva vida limpio, un reseteado total, que todo esté por descubrir. Pero sigo pensando que algo funciona mal en mí, porque en lugar de alegrarme de esta nueva oportunidad, de este inconmensurable regalo que es la vida, solo se me ocurre pensar que es una mierda, que otra vez tendré que morir. Quiero gritar, quiero contar lo que me pasa antes de que todo recuerdo se esfume de mi mente. Y grito, y mi grito se convierte en llanto. Y lloro con fuerza mientras todo se desvanece en mi interior hasta que me ponen sobre el pecho desnudo de mi madre, y siento su piel y su voz, y un beso en mis diminutos dedos. Y reconozco sus latidos, y entonces dejo de llorar, porque encuentro la calma y la paz. La muerte y la vida… tan cercanas.

Francisco J. Berenguer

No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

El miedo latente

Estás en la cama de tu hija, tumbada a su lado, con una manita entre las tuyas.

Atendiste a su llamada esa noche cuando te reclamó en un grito ahogado y te dijo: “Mamá, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, su miedo y en él reconociste el tuyo, el que habías albergado durante toda tu vida.

Era el miedo a morirte, que no a la muerte.

El concepto de la muerte lo conocías desde temprana edad, como tu hija, desde los siete u ocho años. Concebías la muerte como algo natural como un proceso necesario, el único y verdadero destino común y predecible para todo el mundo, hilo negro anudado al corazón que tiraba de cada uno de nosotros en el momento más inoportuno, porque no existe momento oportuno para abandonar esta vida, aunque se busque intencionadamente.

El miedo, el verdadero miedo, el que habías percibido en los ojos de tu niña era el mismo que más de cuarenta años atrás sentiste tú aquella noche en la que llamaste también a tu madre, pero ella no se quedó contigo apretando tu mano contra su pecho y tan solo se esforzaba en quitarle importancia haciéndote ver que aquello no tenía lógica, haciéndote sentir poco más que tonta, dejándote la humedad efímera de un beso en la frente antes de marcharse de tu cuarto. Era el miedo a dejar de existir, a desaparecer, como si la oscuridad y la soledad te fueran a engullir y te condenaran a habitar allí para siempre, un lugar donde los demás te darían por muerta, pero tú en realidad continuabas secuestrada en esa soledad eterna, en una espesa tiniebla oscura en la que por mucho que grites nadie puede llegar a escucharte, donde ni tú misma percibes el eco de tu voz.

Podrías haberle contado a tu pequeña cómo llegaste a superar esa angustia ancestral, pero sabías que no era momento para hablar, que lo que necesitaba era tu compañía, tu comprensión, la calidez de tu cuerpo junto al suyo ya era suficiente para calmarla, se sentía protegida e inmune a cualquier mal que acechara fuera de los límites de su cama. Ya habría tiempo para eso y… además, sabes que nunca has llegado a superar tu miedo latente…

Habías desarrollado un instinto, una estrategia, una forma de vida para alejar a la muerte, mantenerla al otro lado del rio sin que hallara puentes a tu ribera. Creíste que el amor era tu protección, tu escudo, tu amuleto. El amor, con mayúsculas, a ti misma y a todo lo que te rodea. El amor a las personas, a los animales, a las cosas, a lo más simple, amor a la vida, poner verdadera pasión a todo lo que se hace, a todo lo que se dice, a todo lo que se siente. Y rodearte de gente que quieres y te quieren, hacerte querer y preocuparte en hacerles sentir que los quieres, que son importantes para ti. Cuidar las relaciones, mantener la amistad, amar plenamente con el cuerpo y la mente y, sobre todo, tener ocultos tus demonios, no dejarlos salir, que no enturbien, que no te vomiten su realidad en tu cara. Creíste que si sentías mucho, mucho por todo, que si la muerte veía tu interés por cualquier cosa que la vida te ofrecía pondría el suyo en alguien que apreciara menos el gran milagro de la existencia, pero aprendiste que el amor no la repele y ésta te lo fue arrebatando con la crueldad de quien dice siempre la verdad.

Ahora estás en tu cama y tu hija, tumbada a tu lado, acaricia tu mano entre las suyas. Eres vieja y ella ya no es una niña.

Atendió tu llamada cuando, con un grito ahogado, la reclamaste y le dijiste: “Hija mía, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, todo el amor que siente por ti, pudiste comprobar que ningún miedo enturbiaba su dulce mirada y entonces, y solo entonces, el tuyo también desapareció. Te invadió una sensación de paz y complacencia infinita, como quien finaliza con éxito un difícil trabajo que se le había encomendado. Oyes voces, como música lejana, susurros de alguien conocido, palabras de despedida que se deslizan suavemente en tus oídos.

Y cierras lentamente los ojos sin temor ya a la oscuridad…

Francisco J. Berenguer