De paseo

Soy un cobarde, lo confieso, aunque sea evidente.

Hoy tengo que salir a la calle y me da miedo.

Temo a la gente, a lo inesperado, a no saber afrontarlo.

Iré por lugares poco frecuentados, donde no se me conozca, ni reconozca.

Que nadie me salude, ni yo tenga que saludar.

Que nadie me pregunte ¿cómo estás?

Caminaré con la mirada fija en el suelo, aislado en mi propia sombra.

Si me ves ignórame, yo haré lo mismo contigo.

Como si no nos conociéramos, como debe ser, como es.

Todos somos desconocidos envueltos en órganos y piel.

Ella me espera en su consulta con la misma sonrisa fingida de siempre.

Con la misma bata blanca de siempre abierta sobre su propia ropa, como queriendo decir que tiene otra vida aparte de este espacio frecuentado por enfermos mentales.

Otra desconocida en su orgánico envoltorio deseando catalogarme para que encaje en alguno de sus estudiados patrones de diagnóstico.

Saldré de allí peor que entraré, lo sé.

La solución no está allí.

Sé lo que necesito, y también cómo conseguirlo.

No, no es eso que estás pensando.

O quizá sí.

Pero temo afrontarlo.

Porque sé lo que va a pasar.

Todo esto ya lo he vivido, o sentido, o imaginado.

Te podría contar tantas cosas, pero no deseo contagiarte.

El miedo hace metástasis en el conocimiento, en las ideas, en la palabra.

Mejor así.

Créeme.

Francisco J. Berenguer

Tiempos Líquidos

Regresé donde habitaba y todo me resultó inquietantemente familiar. Era igual, pero distinto al mismo tiempo, como cuando miras a través de un espejo, como cuando vuelves a ver la misma película después de unos años, o lees el mismo libro. Lo reconoces, pero algo ha cambiado, aunque no sabes si el cambio se ha producido en ti y solo en ti; en tu forma de ver las cosas, en tu forma de sentir, de interpretar, porque la realidad es inmutable, pero los recuerdos son moldeables, engañosos, no son de fiar porque se adaptan a tu realidad particular, porque tienen huecos, como los sueños, zonas muertas u oscuras que rellenamos con nuestra imaginación y nuestras palabras para intentar darle sentido. El pasado no existe, ni el futuro, ni los sueños. Todo está hecho de la misma sustancia, todo está en tu cabeza, en la mía. Y el presente, la realidad y el tiempo lo relativizamos nosotros, lo conformamos a nuestra imagen y semejanza. Lo dibujamos con nuestros lápices, lo pintamos con nuestros colores, con nuestros pinceles y lo plasmamos en el lienzo blanco de nuestra memoria.

Regresé donde habitaba y el polvo ya no bailaba entre los haces de luz que se colaban por la ventana, se había cansado de esperar flotando con errática indulgencia a que alguien lo mirase o intentase jugar con él y con el sol entre los dedos de una mano en una tarde de un otoño ocioso y despreocupado. Y se tumbó a descansar sobre los muebles, en el suelo, en los marcos de las fotos que se tornaban irreconocibles, porque sobre el cristal era como niebla espesa, pero en la mesa era como una densa capa de minúsculos cadáveres amontonados. Hasta el polvo había muerto en aquella casa, si alguna vez llegó a estar vivo, ahora no volaba, solo atrapaba mis huellas y se adhería a la yema de mis dedos. Tuve la intención de permitir que entrase la luz del día, pero me encontré con la cinta de la persiana rota, pendiente y oscilante como la soga de un ahorcado sin cuerpo que pataleara, moviendo desesperado las piernas, corriendo en el aire para buscar oxigeno sin saber que con cada movimiento se alejaba más de su propósito y aceleraba su final. Nunca había visto a un ahorcado más que en películas, no sé por qué recreé esa macabra imagen.

En la cocina el frigorífico desconectado, pero con la puerta abierta, me descubría otra muestra de decadencia fortuita. Alguien olvidó, quizá fui yo, un plato con un trozo de pollo en su interior. Una carne que ya no apestaba, que habría sido devorada por gusanos y éstos, a su vez, por otros insectos o bacterias y éstas por otras, o se habían convertido en parte de esos huesos resecos o del plato, o formaban parte del aire que yo respiraba ahora. Huesos indolentes y olvidados como un cadáver recuperado de una fosa común, sin familia, ni pasado, tal vez del ahorcado de mi persiana, sin lágrimas y con el respeto justo de quien realiza el trabajo. Yo no toqué nada, ni de la cocina ni del resto de la casa, como quien entra en un museo, o en un mausoleo, solo contemplas y te tragas las emociones, los sentimientos…

Regresé donde habitaba y sentí esa clase de miedo que va creciendo poco a poco en tu interior hasta que te llena por completo, lentamente, y solo respiras miedo, solo tragas miedo… era el miedo a no encontrarte y no saber si es que había regresado demasiado pronto… o quizá ya era demasiado tarde.

Francisco J. Berenguer

El miedo latente

Estás en la cama de tu hija, tumbada a su lado, con una manita entre las tuyas.

Atendiste a su llamada esa noche cuando te reclamó en un grito ahogado y te dijo: “Mamá, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, su miedo y en él reconociste el tuyo, el que habías albergado durante toda tu vida.

Era el miedo a morirte, que no a la muerte.

El concepto de la muerte lo conocías desde temprana edad, como tu hija, desde los siete u ocho años. Concebías la muerte como algo natural como un proceso necesario, el único y verdadero destino común y predecible para todo el mundo, hilo negro anudado al corazón que tiraba de cada uno de nosotros en el momento más inoportuno, porque no existe momento oportuno para abandonar esta vida, aunque se busque intencionadamente.

El miedo, el verdadero miedo, el que habías percibido en los ojos de tu niña era el mismo que más de cuarenta años atrás sentiste tú aquella noche en la que llamaste también a tu madre, pero ella no se quedó contigo apretando tu mano contra su pecho y tan solo se esforzaba en quitarle importancia haciéndote ver que aquello no tenía lógica, haciéndote sentir poco más que tonta, dejándote la humedad efímera de un beso en la frente antes de marcharse de tu cuarto. Era el miedo a dejar de existir, a desaparecer, como si la oscuridad y la soledad te fueran a engullir y te condenaran a habitar allí para siempre, un lugar donde los demás te darían por muerta, pero tú en realidad continuabas secuestrada en esa soledad eterna, en una espesa tiniebla oscura en la que por mucho que grites nadie puede llegar a escucharte, donde ni tú misma percibes el eco de tu voz.

Podrías haberle contado a tu pequeña cómo llegaste a superar esa angustia ancestral, pero sabías que no era momento para hablar, que lo que necesitaba era tu compañía, tu comprensión, la calidez de tu cuerpo junto al suyo ya era suficiente para calmarla, se sentía protegida e inmune a cualquier mal que acechara fuera de los límites de su cama. Ya habría tiempo para eso y… además, sabes que nunca has llegado a superar tu miedo latente…

Habías desarrollado un instinto, una estrategia, una forma de vida para alejar a la muerte, mantenerla al otro lado del rio sin que hallara puentes a tu ribera. Creíste que el amor era tu protección, tu escudo, tu amuleto. El amor, con mayúsculas, a ti misma y a todo lo que te rodea. El amor a las personas, a los animales, a las cosas, a lo más simple, amor a la vida, poner verdadera pasión a todo lo que se hace, a todo lo que se dice, a todo lo que se siente. Y rodearte de gente que quieres y te quieren, hacerte querer y preocuparte en hacerles sentir que los quieres, que son importantes para ti. Cuidar las relaciones, mantener la amistad, amar plenamente con el cuerpo y la mente y, sobre todo, tener ocultos tus demonios, no dejarlos salir, que no enturbien, que no te vomiten su realidad en tu cara. Creíste que si sentías mucho, mucho por todo, que si la muerte veía tu interés por cualquier cosa que la vida te ofrecía pondría el suyo en alguien que apreciara menos el gran milagro de la existencia, pero aprendiste que el amor no la repele y ésta te lo fue arrebatando con la crueldad de quien dice siempre la verdad.

Ahora estás en tu cama y tu hija, tumbada a tu lado, acaricia tu mano entre las suyas. Eres vieja y ella ya no es una niña.

Atendió tu llamada cuando, con un grito ahogado, la reclamaste y le dijiste: “Hija mía, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, todo el amor que siente por ti, pudiste comprobar que ningún miedo enturbiaba su dulce mirada y entonces, y solo entonces, el tuyo también desapareció. Te invadió una sensación de paz y complacencia infinita, como quien finaliza con éxito un difícil trabajo que se le había encomendado. Oyes voces, como música lejana, susurros de alguien conocido, palabras de despedida que se deslizan suavemente en tus oídos.

Y cierras lentamente los ojos sin temor ya a la oscuridad…

Francisco J. Berenguer

El desván

Solo aportas personajes vacíos, sin personalidad, sin alma. Así… ¿cómo coño vas a escribir algo decente? Aunque tengas una buena historia que contar son los protagonistas, principales y secundarios, los que tienen que conectar con el lector. Ya sabes cómo va esto: el héroe, el antihéroe, el punto de inflexión donde se enfrenta a tomar una importante decisión… Pero ante todo tienes que crear personajes creíbles, humanos, con los que se pueda empatizar. Fíjate y estudia a la gente que te rodea, tu familia, tus amigos…ah, claro, ese piensas que es el problema.

Pues estás equivocado. No, no, no… no te atrevas a decirme que las personas de tu entorno no son interesantes, cada ser vivo es único e irrepetible, todos tienen una vida propia, una historia dentro con sus aciertos, errores, alegrías, penas, miedos, secretos…

Perdona que te lo diga así, pero el problema está en ti.

No sé cómo has llegado a esto pero ¿no te das cuenta? Tú eres el que no tienes alma, ni personalidad, el que está vacío. Si no tienes nada dentro eres incapaz de ver algo en los demás, ni bueno ni malo.

Te lo dije hace tiempo, antes de que te encerrara en el desván, donde te volveré a meter. No puedo contar contigo todavía, no puedes ser el personaje protagonista de ninguna de mis historias, eres tan deprimente y tan… tan inhumano, tan…

Pero ¿qué dices? ¿Cómo te atreves a insinuar que soy yo el personaje y tú el escritor que me maneja?

No le des la vuelta. Tú no eres nadie y yo tengo una vida.

Llevo tiempo en casa, sí, sin salir apenas. Pero es por esta maldita depresión que me consume. Yo amo, siento y sueño, tengo un corazón que late tan fuerte que lo noto en mis sienes y mi cerebro hierve y produce mil ideas en un segundo. Soy más real de lo que nunca llegarás a ser.

¿Antes? ¿Que qué recuerdo de antes de esta conversación?

Nada, no recuerdo nada, pero debe ser por la medicación. Me incrementaron la dosis, creo…

No, por favor. No soy un miserable personaje de los tuyos.

No puedo ser solo frases y palabras escritas por el delirio de un desequilibrado como tú.

Mi sangre no puede ser la tinta de tu pluma.

No es justo… espera, tenía un amor ¿recuerdas? un amor de verdad, de esos eternos, de los que solo pasan en las películas… y en las novelas… pero, ya entiendo. Lo has acabado, has eliminado ese episodio de mi historia. No soy digno de ella. Prefieres hundirme en una enfermedad mental a que descubra y disfrute del amor y de la vida, pero ¿de qué vida hablo?

Tu mente no está mejor que la mía, lo sabes, somos pasajeros de la misma oscuridad.

Hace frío allí.

Cuando me abandonas no desaparezco.

Tan solo soy la parte de ti que quieres ocultar, la que quieres que se desvanezca en el olvido.

Pero sigo ahí, en ese inquietante rincón de tu mente,

donde las ideas queman, los amores mueren y los sueños quedan presos.

En el desván del paraíso.

 

Francisco J. Berenguer

Antes de la medianoche

Cuando estuve en calma elegí mis miedos

los cubrí de sombras

los escondí bajo la cama.

De niño los miedos se adhieren a la piel

sin poder evitarlo

como si fuera el precio por la inocencia.

Ahora es distinto

tú temes a lo que quieres temer

de lo que te gusta refugiarte

de lo que usas como pretexto

o a lo que más deseas.

Pero existe un miedo que no se presta a elección

un miedo adulto que te va calando

como lluvia fina, casi sin sentir.

El temor a la soledad

no a estar solo

a la soledad eterna

la angustia de sentir

que cuando te vayas definitivamente

nadie te eche de menos…

 

Francisco J. Berenguer