Sombras

Cuando encendí, por fin, la luz de la habitación… (el interruptor lo recordaba más abajo y allí estuve un rato tanteando con la mano hasta que decidí subir y ahí estaba, donde siempre había estado. Él no ha cambiado, yo si. Las casas antiguas tienen su propia personalidad, la distribución de los enchufes e interruptores es menos lógica que ahora, como más aleatoria, pero también es debido a que, poco a poco, se han tenido que ir adaptando a la modernidad y un electricista de esos mañosos, de los de antes, que lo mismo te ponían un enchufe que te desatascaba una cañería o te arreglaba la persiana, te sacaba los cables de una caja oculta detrás del papel pintado de la pared y te ponía la clavija donde tú le decías. Y eso me ha traído a la memoria al señor Luis, creo que así se llamaba, Luis el arreglador, sin especialidad definida y sin apellidos conocidos. El señor Luis era una de esas personas mañosas que se supieron buscar la vida allá por la década de los sesenta, setenta y ochenta, de esos que venían a casa cuando los llamabas para solucionar cualquier problema o avería doméstica con una gran caja de herramientas metálica y una hermosa bolsa de cuero viejo colgada del hombro. Era un hombre mayor, yo siempre lo vi viejo desde la perspectiva de mi escasa edad, aunque seguro que no lo era tanto. Mi madre me decía que me quedase con él para ayudarle y así, si me fijaba bien, podía aprender a arreglar las cosas de casa y nos ahorraríamos unas pesetas. El señor Luis accedía a que estuviera cerca de él, a mi madre le sonreía diciéndole que no le importaba ni le molestaba mi compañía, pero yo sabía que le incomodaba, eso un niño lo nota y, de vez en cuando, cumpliendo un desganado compromiso, me pedía que le acercase tal o cual herramienta y yo, más o menos al tercer o cuarto intento, acertaba con la adecuada)

Pues como decía: cuando por fin di con el interruptor de la habitación y se encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo, noté como las sombras se desplazaron, perezosas y se escondieron debajo de los muebles. La verdad es que tardaron más de lo normal en desaparecer, quizá porque la luz era poco potente, amarillenta y con ese filamento interior que parpadeaba, quizá porque después de tantos años ocupándolo todo se sentían las dueñas de aquel espacio y perdieron el respeto a la luz y a las personas, no sé pero tenía la sensación de que me observaban, recelosas, desde debajo de la cama de mi abuelo, bajo la mesilla de noche, bajo el armario de madera con patas artísticamente arqueadas y esa cómoda con el espejo que ya no reflejaba, lleno de tumores que surgieron un día y se extendieron como gotas de herrumbre por su superficie.

Miré a mis pies y vi mi propia sombra, pero más bien ella me estaba observando a mí y me vi a mí mismo desde su posición, y éramos el mismo ser. Yo me senté sobre la cama y ella se refugió debajo. Algo crujió y no sé si se quejó la madera o eran exclamaciones de júbilo por el reencuentro. Me tumbé y contemplé como la bombilla sollozaba y expiró su luz con un zumbido. Y entonces me convertí en sombra, del todo. ¿Qué más se puede pedir? Bueno sí… no enciendas la luz.

Francisco J. Berenguer