Por el bello caos de tu interior

Quisiera poder darte los mejores consejos, hija mía, ayudarte a comprender los requiebros de esta vida y cómo enfrentarte a ella, pero yo llevo cincuenta y cinco años aquí y no tengo ni puñetera idea de qué va esto, te lo aseguro.

Quizá sea incapacidad o discapacidad de entendimiento de esta mente que, como la tuya, tiene más preguntas que respuestas… acertadas. Lanzo interrogaciones y me devuelven puntos suspensivos. A veces me siento como un eterno jugador de “Trivial” con su ficha/contenedor vacía de quesitos recorriendo el tablero, viviendo allí al capricho de los dados, formulando mis propias preguntas sin respuesta, tarjetitas en blanco, espacio reciclable. Pero ¿sabes? De las preguntas también se aprende algo, del proceso que se genera en tu cerebro que hace que surja esa incógnita, de esa inquietud, del pensamiento abstracto, de todo eso. Porque significa que no te has conformado con lo establecido, con las respuestas de manual, con lo masticado, y has ido más allá, a la zona incómoda donde el vacío existe y buscas con qué llenarlo.

Puede que ese sea el punto donde te encuentres ahora. Asomada a un abismo que te observa con la misma intensidad con la que tú lo miras. Pero no te preocupes demasiado, aunque sientas la soledad más infinita todos habitamos en ese lugar por algún tiempo. Del vacío también se aprende y la nada es un lienzo en blanco donde diseñar tu mundo, donde construir cimientos, donde crear tus respuestas, tu arte, tu vida. Y no importa si al principio se te emborrona o te queda todo gris con trazos gruesos y descendentes, ya surgirán los colores y las líneas definidas, aquí tienes mi mano para guiar la tuya. Lo que yo aprendí, que no es mucho, te lo muestro, te lo cedo y concedo. No para que me copies sino para que lo valores, lo juzgues, lo cuestiones, lo hagas a tu manera para que seas tú.

Tampoco quieras ser perfecta, la vida no lo es, nadie lo es. En el universo impera el caos y la belleza, el misterio y la grandeza, el enigma y la pureza… y eso mismo veo en ti cuando te miro. Quien ideó la palabra y el concepto se equivocó. La perfección es antinatural y distópica, es un defecto más que una virtud.

Como ves, no tengo consejos, ni respuestas, y mis experiencias puede que no te sirvan, cada cual aprende de las suyas. Solo quiero que vivas; que rías y llores, que sufras, aunque me duela, pero el dolor es necesario, es parte de todo esto, la vida duele muchas veces y debes estar preparada. Que ames y te sientas amada, absorbe y reserva esos momentos de felicidad, vívelos plenamente y pasa del mundo en ese rato. Sé lo que tú quieras ser y como tú quieras, no dejes que te dominen, que te dirijan, que sus censuras no coarten tu libertad. Y lee, y sueña, y respeta, y… no quiero ser pesado, mi niña.

Mi mundo, mis errores, mis silencios, mis historias, lo que soy es lo que te puedo ofrecer. Cuenta siempre conmigo, aunque me veas enfadado, o serio, o después de haberte echado una bronca apenas te mire. Yo también me siento perdido como padre, muchas veces, y me arrepiento de lo que te digo o de lo que hago y quisiera cambiarlo, pero no puedo. Y oírte llorar me consume por dentro.

Te quiero. Os quiero.

Ah… una última cosa… si no encuentras respuestas, quizá sea porque no haces las preguntas adecuadas. Prueba a cambiar de perspectiva y enfoque, cambia las normas, míralo como si fuese la primera vez, relativiza y busca la esencia en tu interior, la explicación está más cerca de lo que creemos en la mayoría de las cuestiones.

(a Selene y Marina, mis trocitos de cielo)

Francisco J. Berenguer

En Febrero

Empleo más tiempo ante el armario abierto, decidiendo qué voy a ponerme, que desayunando, aunque ahora desayuno poco, bueno, y como poco y ceno poco y poco de todo, porque los excesos se acumulan en las zonas del cuerpo equivocadas, que… la verdad, qué les costaría a esos kilitos de sobra situarse estratégicamente y hacerme más esbelta y atractiva, pero no, ellos a su bola, la barriga, los muslos, la papada… qué malos son los sesenta… aunque no para todas, claro. Mira a Juani, mi amiga del alma, ella ha sido delgada toda su vida, cuántas veces me ha dicho que envidiaba mis tetas y mi culo y ahora soy yo la que deseo tener menos de todo, porque ella ha ensanchado un poco y yo casi el doble. Que la culpa se la cargo a los disgustos, a la menopausia y a la retención de líquidos, sí, pero a mí me cuesta cada vez más encontrar algo que ponerme con lo que sentirme a gusto y encima, ya está haciendo calor y sopla viento, que viene fresco, pero al sol te quemas… ¡Dios! ¡Qué poco dura el invierno en Alicante!

Y Jaime con sus chistecitos, que no digo yo que no me guste su sentido del humor, que tiene su gracia, pero cuando me dice que le gustan mis carnes y que no le importa que engorde de aquí o de allá me hace sentir un poco como una cerdita de las que se aprovecha todo, hasta los andares que él piropea. Estoy a gusto con él, no lo puedo negar, aunque la primera cita fue un desastre, el alcohol le jugó una mala pasada y eso que ya le advertía yo durante toda la noche que se estaba pasando, pero nada. Él dice que fueron los nervios, que lo perdonase y que le diese otra oportunidad. Y yo se la doy ¿cómo no? No tenía ninguna expectativa, no esperaba nada extraordinario de él y por eso no me defraudó, ya no tengo edad para ir ilusionándome como una chiquilla del primer hombre que me invite a cenar. Hemos vuelto a quedar hoy para comer y yo aquí rompiéndome la cabeza para ver qué me pongo.

Juani dice que es un error, que si no estoy del todo convencida no quede con él, que va a ser peor a la larga, que todavía soy joven y que espere a encontrar el amor de alguien que de verdad me vuelva a remover todo por dentro y que las fotos que duelen, aunque las tenga olvidadas en un cajón, no hacen olvidar el pasado. Quizá tenga razón, pero yo hace tiempo que dejé de creer en el amor, o más bien él dejó de creer en mí. Y además tan solo es una cita, la segunda ¿qué más da? No pienso enamorarme de nadie… otra vez, no de esa manera… no quiero recordar, ahora no.

El vestido negro con la chaquetita a juego, las medias negras, aunque mejor pantys para que no me aprieten en los muslos y un elegante pañuelo de seda negro con discretas flores rojas, zapatos de medio tacón. Sigo siendo atractiva, lo sé, sé que gusta lo que muestro y eso que todavía no saben cómo soy, cómo puedo llegar a sentir, mi capacidad de amar, de entregar, de darme toda…

Hace calor, aunque con rachas de un incómodo viento que viene fresquito. Jaime sonríe cuando entro en su coche, yo trago mis lágrimas, que no quería, pero tengo ganas de llorar y siento frío, tengo el invierno instalado en mis entrañas. Un caldero en Santa Pola dice que ha encargado, yo le digo que pare el coche y que me disculpe, que no me encuentro bien y me bajo allí mismo.

Hay historias que no se deben comenzar cuando existen otras que todavía sangran…

Francisco J. Berenguer

(Texto publicado en ASDA, en cuyo boletín tengo el placer de colaborar)