Sin matices

Soy una piedra azul.

Soy Robert de Niro en “La misión” arrastrando por la selva un voluminoso atado compuesto de armas, escudos y armaduras, donde pesaba más el dolor, la culpa y el arrepentimiento que todo ese hierro oxidado. Y de ambos no podía desprenderse porque eran lo mismo.

Unas veces soy él, otras el fardo,

otras la lluvia y el barro,

otras tan solo disfruto de la bella música de Morricone.

Soy Liam Neeson llorando al final de “La lista de Schindler” porque no había salvado a más personas de la muerte, y pudo haberlo hecho.

Soy uno de los judíos agradecidos.

Otras veces soy el odio Nazi, de esos que llamamos monstruos para distanciarlos de nosotros, como si fueran de otra especie. Pero no, todos somos seres humanos, todos llevamos la bestia dentro.

Unas veces soy la niña del abrigo rojo.

Otras Helen Hirsch, que con su belleza humanizó al mismo diablo, pero solo a ratos.

Soy la cámara de gas y la muerte.

Otras veces la música de Williams, la tristeza y la esperanza.

Otras, una de las piedras sobre la tumba de Oskar.

Una piedra azul, o gris.

¿Qué más da?

La eternidad no distingue colores.

Francisco J. Berenguer