El eco de tu voz

Echo de menos tu voz, mamá. La canción que siempre me cantabas cuando estaba triste o enfermo. Aquella que siempre acababas haciéndome cosquillas, haciéndome reír, haciéndome sentir parte de ti, parte de este mundo. Pero eso fue antes de que enfermaras y de que olvidases mi nombre…

Te prometí ser fuerte, pero estoy cansado, muy cansado de aguantar insultos, golpes, de cuadernos rayados, de escupitajos en el bocadillo. Cansado de aparentar que todo va bien, de ser ridiculizado e ignorado. No puedo más.

Ha llegado el momento de terminar, de reunirme contigo donde quiera que esté el cielo ese del que hablamos ¿recuerdas? Cuando tú ya sabías que te ibas a ir pronto y yo tenía la ingenua esperanza de que sanases.

Una, dos, tres, cuatro… ¿Cuántas pastillas hacen falta para acabar con una vida? Tengo muchas. Las he ido reuniendo poco a poco sin que nadie lo advirtiera. “Un ratoncito sigiloso” solías llamarme cuando me colaba en la cocina para robarte una galleta o un hojaldre mientras tú fingías no darte cuenta. Son pastillas de papá, las que necesita para dormir desde que no estás; algunas son de la abuela, de esas que ella dice que son del corazón y otras que encontré en la calle cuando un indigente estaba sacando bolsas de un contenedor de basura y cayeron a mis pies varias cajas de medicamentos caducados, aunque no creo que eso importe para el uso que pretendo darle.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve…

Estoy encerrado en un baño de este nuevo instituto esperando que se acabe la hora del recreo, todos entren en clase y quedarme completamente solo. Papá me cambió a este instituto cuando se enteró que en el otro me pegaban. Yo no se lo dije, fue la vecina, la madre de Carlos, él se lo contó y ella vino una noche a casa, mientras cenábamos pechugas empanadas (qué buenas las hacías tú, mamá) y habló con papá.

Luego todo ocurrió muy rápido. Al día siguiente papá fue a hablar con el director y salió muy enfadado. Me sacó de clase y me llevó con él en el coche a casa. Conducía de manera brusca y muy rápido. Cuando paramos en un semáforo se quedó mirándome y me dijo que era un cobarde, que por qué cojones no sabía defenderme.

Diez, once, doce, trece…

Las pongo arriba de la cisterna sobre un trozo de papel higiénico, ya sé, mamá, que en los baños públicos hay muchos microbios. Y tengo mi botellita llena de agua, la que siempre querías que llevase encima para no deshidratarme. Tendré que tomarlas en varias veces, no me caben todas en la boca.

Una semana después ya me admitieron aquí y… aunque en un principio todo iba bien, pronto volvieron a aparecer los golpes, los insultos… eran distintas personas, pero la misma maldad, el mismo odio.

Creo que el problema soy yo, mamá. Que, aunque mil veces me cambie de clase, mil veces se volvería a repetir lo mismo. No sé por qué provoco su ira. Tú me decías que era perfecto, pero te equivocabas. Debe haber algo malo en mí que atrae el mal. No culpes a papá. Es muy bruto, ya lo conocemos. Se ha criado en la calle y no concibe que yo no sea como él; que prefiera leer y la música en lugar del fútbol, correr y pelear por la calle. Dice que tú me has hecho blando, pero lo oigo llorar algunas noches, cuando cree que duermo, pronunciando tu nombre. También está sufriendo mucho, por eso no le cuento nada de lo que me está volviendo a suceder. Cuando termine con esto tendrá una preocupación menos.

Catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y dieciocho.

La sirena ha sonado y todos están en clase.

Es la hora.

Cojo un puñado y me las meto en la boca. He leído por internet que el efecto es más rápido si se mastican. Lo intento, pero me duele la mandíbula. Minutos antes tenía una bota apretándome la cara contra el suelo, creo que todavía tengo la huella marcada.

Dos tragos largos de agua y me las trago. Otro puñado, dos tragos.

Me llevaron a la parte de atrás donde la estructura del edificio hace un hueco rectangular entre dos pilares. Oculto a miradas, aunque no del todo. Hubo alguien que me vio… siempre hay alguien que mira… siempre hay quien aparta la mirada y calla. No les culpo, seguramente yo haría lo mismo en su caso; es preferible que sea otro quién se lleve los palos y hacer como que no ves, pasar inadvertido para que no cambie el foco de sus miradas. Es el código secreto de la supervivencia en el patio.

Son las últimas y con ellas apuro el resto de la botella.

Siento un calor extraño, como algo que arde en mi interior. Noto las pulsaciones del corazón en las sienes, en toda la cabeza y mis párpados se vuelven muy pesados, imposible mantenerlos levantados… ¿es esto la muerte, mamá?

Puedo oír cómo se abre la puerta de los aseos y alguien entra. Intento no hacer ruido, es fácil, apenas me quedan fuerzas para respirar. Entonces es cuando escucho tu canción, nuestra canción ¿has venido por mí…? Saco fuerzas de donde no me quedan, aparto con el pie la mochila que bloquea la puerta y salgo a verte… pero no eres tú, mamá, la que canta… a duras penas puedo acercarme a una señora vestida de blanco que, sorprendida, deja caer una fregona al suelo para acogerme en sus brazos, donde todo se hace oscuro y el tiempo se detiene…

No creo en ángeles, mamá, no en esos con alas y ropas vaporosas, pero estoy seguro que tú me enviaste uno, vestido de limpiadora, para salvarme.

Gracias a ella pudieron cogerme a tiempo y evitar que las pastillas me matasen. Sé que fue obra tuya, que tu deseo es que siga viviendo y verme crecer desde donde quiera que te encuentres. Porque la vida en sí es más importante que los problemas que la rodean y nadie tiene derecho a acabar con ninguna… ni siquiera la propia.

He recibido mucho amor en el hospital, luego en el instituto, en clase… hay mucha gente buena, mucha más que mala. Me he dado cuenta del error cuando me culpaba de lo que sucedía, de asumir el miedo como algo natural y guardármelo para mí. He aprendido muchas cosas, mamá, y ahora quiero transmitir lo que sé. Ayudar a los demás para que no pasen por lo mismo que yo.

 Sí, ya sé que siempre existirá alguien que se crea con el poder de abusar de los más débiles, no soy tan inocente. Pero lo que sí puedo conseguir es que el resto no aparte la mirada… y no callen, que se impliquen.            

Te echo tanto de menos que duele, aquí dentro. Pero sé que estás conmigo, que siempre lo has estado y todavía suena el eco de tu voz en mi cabeza de esos momentos, cuando me acariciabas y entonabas nuestra canción…

Francisco J. Berenguer & Selene Berenguer

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

Noticiario de guerra

Tiempos de guerra, de tregua ilusoria

panfletos de sueños lanzados al aire

que la realidad embarra

cuando los coges del suelo

Perdimos la esperanza

huyó de nosotros

inocente color en un mundo de grises

Se destiñe la conciencia de tanto lavado

se duermen los sentidos en el sofá de tu casa

dirigiendo el mundo con tu mando a distancia

publicidad intercalada de humanidad disfrazada

Tiempos de guerra

No existen los maltratos, ni asesinatos

ni violaciones, ni ablaciones

ni masas, ni manadas

ni pateras, ni refugiados

Justicia adormilada, ciega y amordazada

todo está justificado, daños colaterales

estado natural del ser humano

donde la paz es tan solo un parpadeo

y el amor un sueño de poetas

Corre mi niña, aléjate de los hombres

no creas en sus consignas

ni en sus leyes, ni religiones

que no marchiten tu pureza

El mundo está repleto de pozos de muerte

ansiosos de engullir tu esencia

que no crean que los temes

no les des el placer de tu miedo

que no te conviertan en noticia…

 

Francisco J. Berenguer