El sexo sentido

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Se conserva tan nítido en mi memoria que parece que te estoy viendo ahora mismo, al contra luz de la ventana, cómo te vas vistiendo.

No existe nada más erótico y hermoso que observar a una mujer mientras se viste tras una larga noche de amor. El placer del cuerpo saciado se transforma en una suave languidez en los movimientos, lentos, femeninos, repletos de sensualidad.

Tú disfrutabas al mismo tiempo que yo al mirarte. Te sentías bella y deseada. Se percibía en la forma de ponerte las braguitas, deslizándolas lenta entre las piernas hasta cubrir tu sexo depilado y ajustarlas a tu cintura. El erotismo puro al ponerte las medias; una pierna y luego otra, con la suavidad de la seda, desde la punta de los dedos hasta el elástico en tus muslos. Luego pasabas las dos manos por el recorrido para eliminar arrugas, deleitándote en la caricia.

Te pusiste con destreza el sujetador negro de encaje con relleno sobre las cicatrices de tu pecho. Heridas que no querías mostrarme y que yo besé con ternura esa noche porque te amo a ti, y no a partes de ti.

Yo te admiraba sin poder apartar la vista, recostado en la cama, desnudo, medio envuelto entre esas sábanas que todavía conservaban la humedad de nuestros cuerpos, resultado de ardientes batallas y testigo de acuerdos entre lo sentido y los sentidos.

Pero ese día no firmamos la paz, ni siquiera una tregua. Fue el final de nuestra guerra, sí, de la guerra encarnizada por robar momentos a nuestras propias vidas para disfrutarnos, para respirarnos, para saborearnos… Pero ese final no nos traería la paz, solo sufrimiento y agonía, más si cabe, que la propia contienda.

Los dos sabíamos que era la última vez, aunque ninguno lo pronunciamos en voz alta, solo intensas miradas y besos que se tornaban amargos, no nos hacía falta nada más. Nos habíamos despedido cien veces con la razón y la palabra, ahora sobraban verbos y razones…

Deslizaste por tu cabeza el vestido negro de tubo que tan bien te sienta. Con un excitante meneo de tus caderas terminó de ajustarse a las curvas de tu cuerpo. Viniste hacia mí y yo me senté al borde de la cama. Te diste la vuelta para que te subiese la cremallera, recorrido interminable desde el nacimiento de tu espalda hasta el cuello, y me volví a impregnar del aroma de tu piel. Te juro que no sé cómo me contuve para no invertir la dirección de la cremallera, desnudarte y hacer que tú te encontraras de nuevo entre mis brazos y yo me volviera a perder entre tus piernas.

Pero el tiempo estaba agotado y ya todo pactado. Nuestras vidas personales tiraban de nosotros en distinta dirección y no supimos hacerlo de otra manera, o nos faltó el valor necesario.

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Sabemos que nuestro amor es eterno, aunque no estemos juntos, y que la vida se va consumiendo en cada suspiro, en cada gemido, en cada temblor de labios… en cada orgasmo…

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer