Seda Roja

Cierra los ojos y pide un deseo.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando sonó el disparo.

Cumplo diecisiete años, una edad preciosa según mi madre, aunque para mí no lo es tanto. Bueno, sí lo es, pero es como encontrarse a medio camino entre la chica adolescente, que hace tiempo dejó de ser una niña, y la mujer reconocida oficialmente en el dni, la que puede conducir, votar, no pedir autorización para ir de excursión con el instituto… jajajaja

Me llamo Anabel y estoy con mi amigo Rafa en un parquecito de mi barrio. Es un barrio pobre, humilde, de trabajadores pobres y humildes. Un barrio de los que llaman conflictivo por alguna gente que se está metiendo últimamente por aquí, pero tampoco es para tanto, a mí me gusta, aunque los repartidores de pizzas no se atrevan a acercarse a determinadas calles.

Unos niños acaban de pasar por nuestro lado. Uno llevaba oculto bajo su cazadora una pistola que encontraron en el vertedero. Ya los habíamos visto otras veces jugar con ella, pensábamos que estaba estropeada. Dos de los cuatro de la pandilla eran los hijos del “Dientes”, uno que se dedica a vender droga y que lleva metal en la dentadura, no sé si por salud dental o porque, simplemente, le gusta. Es de la gente de la que conviene mantenerse alejada, de él y de sus hijos. Tampoco sabíamos que ese día uno de ellos había conseguido una bala y se proponían jugar a la ruleta rusa.

Rafa está a punto de cumplir los dieciocho, no quiere estudiar y por eso su padre lo metió en su taller de motos para que fuera aprendiendo un oficio. Sé que le gusto, aunque nunca me lo ha dicho, no hace falta, esos ojos azul verdoso, depende de la luz que le dé, se declaran por él. ¿Que si a mí me gusta? Claro que sí, pero no quiero liarme en una relación, no quiero atarme todavía. Siento que mi vida está comenzando a volar por el cielo que yo elijo y quiero sentirme libre.

Esta tarde, Rafa, ha salido más pronto del taller y me ha comprado un pastelito en el super, uno barato de esos que vienen envueltos en plástico. Previamente, había pasado por la mercería del barrio para regalarme un pañuelo rojo de seda que semanas atrás vimos en el escaparate y le dije que me encantaba, pero no le llegaba el presupuesto. El pobre no tiene un céntimo, su padre lo ata bien en corto. Pero eso es lo de menos. El pastel es de esos rectangulares de bizcocho y chocolate por encima. Ha puesto una vela que dice que encontró en un cajón de la cocina de su casa, una vela pequeña, varias veces usada, con la mecha tan negra y seca que le ha costado un montón encenderla, hasta se ha quemado el dedo gordo con el mechero. Se lo ha metido en la boca para aliviar el dolor y casi no puedo entenderle cuando me pone el pastel con la vela encendida a la altura de mi boca y me dice: cierra los ojos y pide un deseo.

A mí me hizo reír y de la risa apagué la vela sin querer. Así no vale, dijo. Y se puso otra vez con la tarea de volverla a encender.

Mientras chasqueaba el mechero con su dedo maltrecho yo me dediqué a pensar en el deseo que podía pedir.

Pensé en mi madre, en lo mucho que trabaja la pobre y en lo apurado que llegamos a fin de mes. Por las mañanas está en el supermercado del barrio y por las tardes limpia casas, escaleras, locales o lo que le salga. Termina agotada todos los días y me da mucha pena. Desearía algo para ella; que le tocase la bonoloto esa que echa con números fijos desde no se sabe cuando y que nunca han salido más de cuatro números; o que encontrase un hombre que la quisiera, aunque ella dice que no quiere hombres, que con mi padre ya tuvo bastante. Yo apenas lo conocí, dicen que era un borracho, juerguista y mujeriego. Se marchó cuando era muy pequeña.

Pensé en la vecina Concha, tendrá más de ochenta años, vive sola y se le olvidan las cosas. Tiene cuatro hijos y también se les olvida visitarla, debe ser algo de familia.

Pensé en Rafa. Su madre sufre de depresiones, no le pasa nada grave, creo que no le gusta su vida. Su padre está hundido, no sabe cómo animarla, ya ha desistido y ahora solo hace que trabajar y trabajar, y él está muy perdido.

Me puso el pastelito de nuevo a la altura de la boca y me dijo: el deseo tiene que ser para ti. ¡Qué curioso! Parece que me leyera el pensamiento.

Cierra los ojos y pide un deseo, repitió.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando la bala salió disparada de la vieja pistola de esos niños.

Hasta imagino que veo la trayectoria… a cámara lenta… un trozo de metal, un pequeño dardo letal que apenas hirió en la frente al hijo mayor del “Dientes” cuando apretó el gatillo, un rasguño que le dejaría una cicatriz en forma de rayo, como la versión barriobajera de Harry Potter. La bala ascendió unos metros hasta chocar con la barandilla del balcón de un primer piso y rebotó en oblicuo hacia abajo, allí impactó con el bordillo de piedra de la acera y continuó casi paralela al suelo hacia donde estábamos. Pasó por debajo de dos coches, uno de ellos el de mi madre, se metió en el jardín, sesgó dos margaritas por el tallo y deshojó una tercera y una cuarta. Una nube de hojas blancas y amarillas lanzadas al aire como dando la bienvenida y adornando el paso de la muerte. Y, antes de que la primera de esas hojas tocara tierra, la bala penetró, sin resistencia, en el cuerpo de mi amigo.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue como un chorro de sangre salía a borbotones del cuello de Rafa que me miraba sorprendido sin saber todavía lo que estaba ocurriendo. Quise taponar su herida con mi mano, pero la sangre salía con demasiada fuerza. Su vida se le escapaba entre mis dedos y yo no podía hacer nada por evitarlo. Seda roja que nos envolvía templada y amarga.

La gente se acercaba. Se oían gritos y lamentos.

Yo cerré los ojos con fuerza y entonces, sí, pedí lo único que podía desear en ese momento…

Australia

Ella tenía un tarro de cristal en el que iba metiendo monedas de cinco duros, era un recipiente grande, supongo que algún día albergó aceitunas de esas aliñadas que le gustaban o de esas cebollitas que cogían un tono rosado con el tiempo.

Llevaba años introduciendo monedas, alguna que le sobraba cuando venía de hacer la compra, o las que ahorraba privándose de algún pequeño capricho o, simplemente, la que más brillaba.

Su rostro cambiaba cada vez que lo abría, era como destapar su cajita de los sueños. Se quedaba unos segundos mirando al techo desconchado de la cocina, justo al lado del tubo fluorescente, porque tenía una forma parecida al mapa del mundo que recordaba de cuando estudiaba con las monjitas antes de que su padre la sacara precipitadamente de la escuela para que ayudase a su madre en el taller de costura que tenían en casa. Soñaba con viajar muy lejos de España, muy lejos de una familia que la ignoraba y de un marido que la despreciaba porque era incapaz de engendrarle un hijo en su vientre seco.

Australia… se iría a Australia, casi podía distinguir su contorno formado por la pintura cuarteada que se había ido desprendiendo con el paso del tiempo, solo que en el centro de lo que figuraba ser el continente sobresalía un gancho de hierro que es lo que sujetaba la antigua lámpara antes de que la cambiaran por ese tubo tan moderno y que alumbraba tanto. Se imaginó que aquel hierro retorcido era esa montaña tan famosa que se erguía, imponente, en medio del desierto, o al menos eso recordaba de las pocas fotos que había visto de ese extraordinario país.

También tenía otro tarro.

El de las decepciones, las humillaciones, la soledad… donde también tenían cabida todos los libros a medio leer, los poemas sin terminar en las noches en las que él roncaba después de verter su semen dentro de ella, poemas surgidos en la oscuridad, al cobijo de la luna, que la pena nunca dejaba acabar… y sobre todo las lágrimas, no las que resbalaban por sus mejillas, si no las que tragaba, las que inundaban los ojos por dentro, las que ahogaban su alma.

Ella tenía su plan secreto. Cuando los dos tarros estuviesen llenos, uno de monedas y en el otro ya no cupieran más lágrimas, entonces sería el momento de irse de allí, de comenzar a vivir su propia vida.

Pero, precisamente, la vida tenía otros planes bien distintos para ella.

Un sábado por la noche llegó su marido, después de haber estado bebiendo con sus amigos, con un puñado de bolsas. Había estado de compras. Ella en un principio se alegró, ingenua, creyendo que habría cobrado esos atrasos que le debían de meses atrás.

Él comenzó a sacar cosas de las bolsas; un traje muy elegante para él, unas botas de piel para él, un par de camisas de seda para él, unos elegantes y caros gemelos para él. Ella esperaba que en algún momento sacara algo que fuese un regalo para ella, aunque fuese un pequeño detalle, pero en la última bolsa solo descubrió un largo cinturón de cuero negro con una hebilla de plata con forma de águila real.

Ella se temió lo peor y se dirigió corriendo a la cocina, buscó su tarro de monedas al fondo de la alacena, tras las harinas de repostería, y lo encontró… vacío.

Sintió cómo la rabia fue creciendo en su interior y salió furiosa hacia el salón para pedir explicaciones a ese hombre que le había robado mucho más que unas monedas, pero nada más entrar, él le propinó una enorme bofetada que la hizo caer al suelo. Y allí se quedó, aturdida y dolorida, mientras él la acusaba de ladrona, de ser una mujer fea e inútil, que no valía ni para lo único que sirven las mujeres, que se quedaría sin descendencia por su culpa y que le había amargado la vida.

Ella siguió aguantando la lluvia de insultos y saliva que salían por su boca, en el suelo, con escozor en la mejilla y sabor de sangre en la boca, y lo peor de todo, era que se estaba convenciendo de que él tenía razón. ¿Quién era ella para esconder el dinero que él ganaba trabajando tan duramente toda la semana, casi de sol a sol? Ella, que había decepcionado a todo el mundo, incluso hasta a ella misma, por su incapacidad para tener hijos. Ella, que nunca había sido una mujer guapa, ni atractiva, y nunca había disfrutado del sexo durante los dos minutos escasos que él tardaba en desfogarse… 

Esa noche, cuando él roncaba después de haber sacado su miembro pringoso y arrugado de su vagina, ella vertió su última lágrima, la que desbordaba el tarro de las penurias. Cogió el nuevo y flamante cinturón de cuero de su marido, fue a la cocina, se subió a una silla y, mientras contemplaba Australia de cerca y esa hermosa montaña del centro, se colgó de ella.

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Entre amigas

Si quisiera hacerlo lo haría… si pudiera

La beso todas las noches antes de dormir y no importa que no me corresponda de la misma forma. También beso a otra distinta por la mañana, a otra más cada ocho horas y, bueno, tengo otra reservada por si algún día la cosa se pone muy fea, aunque cuando llega ese momento ninguna de mis amigas puede evitar que una especie de angustia vital se me desborde por cada poro de la piel.

Volví a creer en la química, y no solo en ella, también en las hormonas, en los instintos animales que nos rigen, en los neurotransmisores y en las sinápticas conexiones de las neuronas. Volví a creer, pensar, a reconocerme y a sentirme seguro sabiendo que todo nace, se desarrolla y muere en el cerebro.

Todo controlado, como me gusta, ordenado, estructurado, con respuestas lógicas a los estímulos, simples o complicadas, pero predecibles, inteligentes, pragmáticas. Un lugar donde no tiene ningún sentido el amor, ni enamorarse, ni perder la cabeza por una mujer. Donde los sentimientos no hacen saltar alarmas por exceso ni por defecto. Donde las emociones están contenidas en su justa medida. No sientes, (gracias, mis pequeñas amigas) no piensas más de lo necesario para sobrevivir e integrarte de nuevo en el sistema y volver a ser productivo.

Pienso que la estabilidad está sobrevalorada. Es una felicidad impostada y subyugada a la comodidad, a evitar sobresaltos, a convencerte de que haces lo que debes, a obligarte a mantenerla por encima de tus deseos más íntimos, por encima de tus sueños y tus pasiones ocultas. Y la buscas, sacrificándote por ella o en la farmacia de tu barrio, con receta claro, tu camello de bata blanca particular te abastece de sobra.

Mirad, ya estoy bien, ya sonrío, ya paseo, ya duermo, hasta me hago la cama. Mi familia se alegra, mis amigos celebran que vuelva a salir con ellos de cañas, en el trabajo me reciben todos con cordialidad menos el que cubría mi puesto, que me mira receloso. El médico me firma el alta, ya estoy curado, aunque debo seguir besando a una por la noche y a otra por la mañana durante un largo tiempo. Ya soy lo que esperáis de mí. La imagen aceptada de mi fracaso personal, de la represión de mi personalidad, de mi derrota anunciada.

Y os sentís satisfechos de que sea como vosotros. De que no haya conseguido alcanzar mi sueño a pesar de lo mucho que he luchado por él. Os sentís aliviados porque vosotros no tuvisteis huevos para perseguir los vuestros y al contemplar mi fracaso sentís ese inconfesable placer interior al confirmar que teníais razón, que yo me comportaba como un loco irresponsable que había renunciado a vuestra normalidad, estabilidad, comodidad… La misma sensación como cuando en Navidad no te toca la lotería y ves que a ninguno de tu entorno le ha tocado, porque entonces envidiarías ser él en lugar de alegrarte por él. Un oscuro y vergonzoso placer que nunca reconocerías en público, porque está de moda ser mediocre de sentimientos y políticamente correcto, aunque la política esté lejos de la corrección deseada.

Pues mira, voy a juntar todas las pastillas/amigas que tengo y las tiraré al cubo de la basura. No más besos. Ya no quiero estar bajo su mágico influjo, deseo conocerme y reconocerme cuando hablo y cuando actúo. Me da igual que me desprecies, me envidies, me ignores o me admires. Soy yo y punto…

Aunque, ahora que las veo juntas… deben ser unas cuarenta o cincuenta, puede que más juntando las actuales y las que sobraron del tratamiento anterior. Tomadas todas a la vez debe ser un combinado mortal. ¿Cómo se atreven a dejar en manos de una persona con depresión tal cantidad de pastillas? He oído que mezcladas con alcohol el efecto es más rápido y definitivo.

Tengo una mano grande, caben todas en ella. Unos segundos para tragar, un buen lingotazo de ginebra y me tumbo en la cama a esperar. Vivo solo, es fin de semana, hasta el lunes nadie comenzará a echarme de menos, nadie vendría a rescatarme a tiempo para hacerme un lavado de estómago.

Qué delgada es la linea entre la vida y la muerte.

Creo que necesito hablar con alguien, voy a llamarte. Si escuchas que suena tu teléfono, por favor… descuelga…

 

Francisco J. Berenguer

La química aplicada

Llueve con fuerza… lloverá… y tú dirás que no hace falta que me vaya, que no me entiendes.

El café frío, como tu mirada, como el gélido espacio que se abrirá entre los dos. Me sorprenderá que no se forme vaho cuando respiremos.

Recuerdo lo que pasará mañana. El alcohol no combina bien con los antidepresivos, ya me lo dijiste ayer, que será hoy, mañana. Recuerdo tus palabras como si ya las hubieses escupido sobre mí, palabras de desprecio y rencor, de dolor fermentado en tu estómago, como las larvas blancas y repugnantes que digieren cadáveres en las tumbas.

Suena/sonará Puccini, los domingos te gusta despertar con ópera. La cabeza me dolerá horrores y tú no dejarás de gritarme, y veré tu lengua retorcerse en tu boca esforzándose por crear insultos cada vez más agudos y punzantes (cuidado no te tragues un dardo ponzoñoso) “O mío babbino caro”, la música es preciosa y tú no llevas el puto ritmo, no sigues la melodía.

No sé qué te dije/te diré esta noche, o qué coño haré para que estés así… ¿he dicho ya lo del alcohol y los antidepresivos?

La cuestión es que recuerdo lo que pasará. No como una visión del futuro, es como si ya hubiese sucedido… o está sucediendo ahora… ¡Joder! ¿me llevo un paraguas?

Ahora es “Madama Butterfly” quien entra en el baño y me hablas, y no sé por qué tienes toda la cara pintada de blanco como una actriz japonesa en una tragedia japonesa y yo estoy en el suelo, frente al retrete, y con hilillos de vómito todavía colgando de mis labios.

Te digo que ya me voy, que cojo el paraguas y me voy, y tú mientras me limpias la boca con una toalla me dices ¿pero dónde vas a ir ahora, alma de cántaro?

Me ayudas a ponerme en pie, estoy tiritando y la cabeza me pincha de dentro hacia fuera, como si se me hubieran introducido la corona de espinas de la talla de madera del Jesucristo que barnicé en quinto de EGB. Ahora te miro y te pareces a Doña Amalia, mi profesora del cole. Estoy muy mal.

Me apoyo en ti para ir desde el baño hasta la habitación y casi no puedo andar, como si fuera un viejo de noventa años con artrosis, sífilis y migrañas. Solo se me ocurre decirte al oído que me perdones si te he dicho algo que no debía, o que te diré o que te dije o que… ¿qué demonios hace Plácido Domingo vestido de frac cantando en el salón?

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Miriam

Me voy.

No huyo de ti, no creas. La huida es de mí misma, porque si continuara siendo yo, nunca conseguiría dejarte.

Mañana encontrarás el apartamento vacío, tal y como yo lo he sentido todo este tiempo. Es necesario. Es lo mejor para los dos. Para ti, para mí, para tus hijos, para tu mujer. Todos salimos ganando, aparentemente.

Es curioso como se transforma, como se moldea la forma de sentir el amor en nuestro interior. Tiene etapas de posesivo, de excluyente, de ser la única. Y otras es como más sereno, más auténtico quizá, es pretender la felicidad para ti, la persona que más quiero en este mundo, aunque no estés a mi lado.

Te he amado de todas las formas posibles, incluso ahora, que me alejo de ti. Este, aunque te resulte difícil creerlo, es el mayor acto de amor.

He estado mucho tiempo sola esperando los momentos que podías robarle a tu familia para venir conmigo. Yo lo acepté, sí. Me lo dejaste claro desde el principio. Firmé el contrato en tu piel con mi saliva, sin leer la letra pequeña. Me pilló sin las gafas de cerca. Es lo que tiene cerrar tratos desnudos, en el caótico paraíso blanco de unas sábanas desordenadas, con el sudor y el placer todavía resbalando entre los muslos. Asumí los riesgos.

No sabía, entonces, que me iba a enamorar de esta manera tan insaciable y descarnada, tan sublime, transgresora…

Te quiero. Solo eso, pero eso es todo. Mi vida se basa en ti. Tú eres mi referencia, mi punto de apoyo si decidiera mover el mundo. Mi destino. Todo lo demás pierde su valor, como una moneda devaluada, como prendas baratas que destiñen al lavarlas. Y sé que cuando te abandone el mundo será como una fotografía en blanco y negro, que tiene su encanto, sí, pero se pierden los matices.

No conté con el sufrimiento, con la soledad, con la espera eterna donde cada latido duele. Ya no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca en esta casa donde todo me sabe a ti. Esta casa eres tú.

¿Sabes? Muchas veces ponía dos tazas para el desayuno en la mesa. Lo hacía de manera consciente, me ayudaba a imaginarte sentado al otro lado, con cara de sueño, bostezando y despeinado, mojando galletas en el café con leche, de esas que se rompen y caen en el tazón salpicándolo todo, como un crío.

Pero casi nunca estabas a esas horas, ni tú, ni migas, ni leche derramada. Sabía que estabas con ella, la mujer que elegiste para casarte y con los hijos que te dio, en otra mesa, en otra casa…

Siempre supe que no romperías con ella. Me quise engañar de mil formas distintas, quise creerte, pero en el fondo lo sabía… y tú sabes que lo sabía.

Nunca pretendí convertirme en la clásica amante clandestina de un hombre casado, pero eso es lo que soy y no me gusta el papel. Si no te quisiera tanto me hubiese ido hace mucho y ahora me voy, precisamente por eso, porque te quiero todo.

Me alejo de ti para que vivas sin la culpa, sin la necesidad de mentir, sin la pesada carga del engaño. Te dejo libre de mí para que dediques tu tiempo a la vida que elegiste antes de conocerme, críes a tus hijos con la estabilidad que se merecen, cuides a esa mujer que te ama tanto y que sé que tú también la quieres… ellos no merecen ser los daños colaterales de nuestra historia.

Y, si algún día, todo cambia y quieres buscarme sé que me encontrarás y quizá, quién sabe, el destino sea menos cruel con nosotros.

No te preocupes por mí, soy una superviviente y sabré salir adelante. Sé que el dolor va desapareciendo poco a poco, aunque ahora parezca imposible. Eso espero.

Conocerte ha sido el mejor regalo que me ha dedicado la vida. Lo que hemos sentido, lo que sentimos el uno por el otro, hay gente que ni en mil vidas podría llegar a sentir. Somos unos privilegiados, lo sabes.

Cae la noche y hace frío.

Dos maletas y un bolso de mano, los ojos inundados de lágrimas y un taxi al aeropuerto. Todo lo que me llevo ocupa poco porque allí, junto a ti, sigue estando la parte de mí que nos hace eternos.

 

Francisco J. Berenguer

Irene

Unos pasaban por delante y yo escondía todo lo posible los pies debajo del asiento, haciéndome pequeña, refugiándome en él. Otros, por detrás, rozaban sus chaquetas y abrigos en mi cabeza, ignorando mi espacio.

La película había acabado y todos iban abandonando la sala. 

Todos menos yo. 

Apuré hasta que la última letra de los créditos finales desapareciera de la pantalla. La música dejó de sonar y todo se fundió en negro.

No deseaba moverme de allí. No podía. No me quedaban fuerzas.

Ojalá nadie se diera cuenta de mi presencia y me olvidaran allí. Era la última sesión. No sería tan difícil pasar desapercibida. Soy bastante menudita y me acurruqué todo lo que pude en la butaca. Además, iba vestida de oscuro, como el color de mi alma, solo era una sombra en el granate de la tapicería.

Jamás había llorado tanto con el final de una película, nunca me había sentido tan identificada como cuando ella entró con su marido en aquel bar de jazz, casi por casualidad, y el amor de su vida, al que no veía en años, comenzó a tocar aquellas notas al piano… siete notas desgarradoras. Una melodía bella que los llevó a crear un recuerdo, un flashback imaginario de cómo hubiera sido su vida juntos hasta llegar a ese mismo día.

Hay decisiones, o la ausencia de ellas, que marcan una vida. Entonces no las creemos importantes, pensamos que es lo que debemos hacer, lo más sensato, lo prudente. 

Luego es tarde.

Renuncié un día a lo que más quería pensando que más adelante lo podría recuperar. Jugué a escribir el guion de mi película sin contar con tus sentimientos, como si yo fuera la única protagonista, te remitía a la espera dándote migajas de mí para alimentarte. Tú lo aceptabas, en parte me comprendías. Dios ¡cómo me amabas! 

Yo no me atreví a renunciar a todo por ti, a arriesgar. A reinventarnos una vida juntos. A vivir el sueño que recreábamos en nuestros esporádicos encuentros… creía que había tiempo. Confiaba en que el destino nos facilitara las cosas para unirnos en un futuro. Un futuro que nunca llegaría…

Tu muerte no me dolió. Tu muerte fue la mía también.

Ahora no puedo mirarme al espejo, porque ni siquiera existo. No me reconozco. La parte que quedó de mí es el reflejo de mi sombra, la luz se fue contigo. Ya no existo, no quiero existir. A veces sueño que me voy haciendo más pequeña, cada vez más y más, hasta llegar a ser como un grano de arena y desaparecer. Eso deseo ahora, desintegrarme en esta butaca de cine. Que los que limpien esta noche o mañana me vean como una mancha insignificante, un montoncito de polvo, un poquito de nada.

No puedo olvidar la última vez que hablamos por teléfono. Estabas enfadado conmigo. Me reclamabas que hiciese algo de una vez para poder estar juntos, que la espera se te hacía muy dura, que vernos cada dos o tres meses unas horas no es una relación, no cuando se quiere de esta manera. Yo te decía que me esperases unos años hasta que mis niñas fueran un poco más mayores, que, mientras tanto, tuvieras una vida independiente de mí, que disfrutases, que vivieses otras relaciones si te apetecía, que yo te buscaría cuando estuviese preparada aun a riesgo de que cuando apareciese de nuevo en tu vida ya no quisieras estar conmigo, porque era posible que encontrases a otra mujer que te diese todo lo que yo no podía darte ahora.

Yo creía que ese era el mayor acto de amor que podía ofrecer. Renunciar a ti para que fueses feliz. Renunciar a mi felicidad para que consiguieses la tuya. Pero solo contaba con mi sacrificio, con mi dolor resignado, pero no con lo que tú sentías, aunque yo, en ese momento, pensaba que sí lo hacía.

Te lancé al vacío creyendo que desplegarías tus alas y volarías hacía un nuevo amanecer, pero no me di cuenta de que te habías desprendido de ellas, que me las habías ofrecido, como todo tu cuerpo, como todo tu ser, como todo tú.

Ese día me llamaste desde el bar al acabar una comida con tus compañeros de trabajo. Habías bebido un poco y me dijiste que ibas a beber más. Que querías nublar tu mente para olvidarme un rato, pero el alcohol causó el efecto contrario. Me dijiste entre sollozos mal disimulados lo mucho que me amabas, lo imposible que te resultaba iniciar una relación sincera con alguien, porque siempre estaba yo, que no podías imaginar otra vida en la que no estuviese, que no necesitabas nada más que mis besos, mis caricias y el olor de mi piel…

Yo estaba en casa escuchando tu desgarradora declaración de amor cuando llegó mi marido. 

Te colgué de golpe sin decirte nada. Cambié tus palabras y tus lágrimas por mi silencio y mi cobardía. Él me dio un beso en los labios y tú, a mil kilómetros, mordías de rabia los tuyos.

En los tres días que sucedieron a esa conversación no supe nada de ti. Al principio pensé que estabas tan cabreado que preferías no hablar conmigo, ni siquiera por mensajes en el móvil. Luego presentí algo, como un vacío interior, como si un ladrón de órganos me los hubiese robado, uno a uno. Al cuarto día me llamó tu amigo, ese que era nuestro enlace, nuestro cómplice ante cualquier problema que te impidiera comunicarte conmigo. 

Antes de descolgar ya sabía lo que iba a decirme. No quería oírlo, no quería que me confirmase lo que ya intuía, lo que mi alma ya conocía. Pero la realidad superó a lo que imaginaba.

Tu amigo me dijo que después de hablar conmigo, horas más tarde, esa misma madrugada, cogiste el coche para venir a verme, sin dormir, con tu coche viejo que no había pasado la ITV. Condujiste durante horas y justo veinte kilómetros antes de llegar a mi ciudad te saliste de la carreta en el peor sitio posible. Un puente, un escuálido río, y más de treinta metros de caída.

Esa misma mañana salimos mi marido, las niñas y yo muy temprano en dirección a la casita que tenemos en la montaña para pasar el fin de semana. Metros antes de llegar al puente nos pilló un atasco. Enseguida vimos que había habido un accidente. Estaba la policía desviando el tráfico a un solo carril y una grúa enorme estaba elevando en ese momento un coche del fondo del barranco.

Vi tu coche unos instantes, pero no lo reconocí, era un amasijo oscuro de hierro y chatarra. Pasé por tu lado, mi amor. Quizá todavía latía tu corazón y no supe que estabas ahí. No pude acariciar tu frente, no pude evitar que murieses tan solo como te había hecho sentir durante meses… no pude respirar tu último aliento…

Todo es culpa mía. Tú eras mi vida, mi luz, mi ángel… ahora no soy nada, ni nadie.

Esta mañana he venido a tu ciudad y he visitado tu tumba. Te juro que hubiese excavado con mis manos para yacer a tu lado por la eternidad que te prometí. Todo pierde la importancia que le daba, se relativiza. No me importa ni mi marido ni mis hijas, aunque sea una atrocidad reconocerlo. Sé que con su padre estarán bien. Yo he dejado de ser, de estar, de sentir.

Todas las lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos en el cementerio esta mañana me inundaron la piel esta noche viendo “La La Land”, yo sola en un cine desconocido, en una ciudad desconocida.

Normalmente vivimos ajenos a la muerte, hacemos planes, tomamos decisiones sin pensar que la vida se nos puede truncar en un segundo. Es necesario, supongo, no sé ya lo que es mejor. Solo sé que postergué nuestra felicidad inútilmente, que hipotequé nuestro amor a tan largo plazo, que la muerte nos desahució, sin previo aviso.

No se escucha ningún ruido por aquí. Creo que he pasado desapercibida. Estoy sola.

Cierro los ojos y te imagino a mi lado, cogidos de la mano viendo una película en esa gran pantalla. Tú me sonríes y dices que me calle porque yo soy muy preguntona y no te dejo en paz, y en la pantalla vemos un flashback imaginario de cómo hubiera sido nuestra vida juntos hasta llegar a este mismo día…

 

Francisco J. Berenguer

Virginia

Me siento invisible, o al menos transparente, en ocasiones.

A veces es divertido, curioso. Otras veces es como si estuvieras muerta.

Existimos en relación a lo que nos rodea, la percepción de una misma se distorsiona cuando alguien te mira o te toca o, simplemente, te ignora.

Mi marido hace tiempo que no me ve. Ni me escucha cuando le hablo, debe ser el tema este de la invisibilidad, las cuerdas vocales se desmaterializan. Sé que desde hace tiempo no soy nadie para él y poco a poco he ido desapareciendo en su retina.

Lo malo es que me impregno de esa sensación y se vuelve real, tangible… o intangible en mi caso, en el día a día.

Por la calle hay gente que se roza conmigo y es como si me atravesaran, nadie me pide disculpas cuando tropiezan y eso que casi se me llevan el hombro del golpe. Tengo que ir pendiente de las personas con las que me cruzo, esquivándolas, haciendo un slalom por la acera. Quien me vea no sé lo que pensará… bueno… no me ven, jajajaja.

Hasta las puertas que se abren automáticamente me ignoran, aunque dé saltos frente al sensor. Tengo que esperar que pase alguien perceptible para colarme al mismo tiempo, como un fantasma novato que todavía no sabe atravesar paredes.

Y en el metro, en el autobús… a la peluquería hace tiempo que no voy, total, ya nadie ve si mis canas ganan terreno al tinte. Y en la pescadería pasan de darme el turno, ha sido un alivio que pusiera esos dispensadores de números de papel. Pero cuando me toca, el pescatero no me entiende cuando le pido que las lubinas las quiero limpias y que me saque los lomos, y me las da tal cual. Estoy aprendiendo a limpiar pescado, es asqueroso, pero qué remedio.

El otro día todo comenzó a cambiar.

Llamaron a la puerta de casa y cuando abrí encontré a un hombre, casi transparente como yo, sonriéndome mientras me pedía prestada azúcar para su café de la mañana. Cuando le pregunté si era un vecino nuevo, me contestó que llevaba viviendo más de un año en el mismo rellano que yo, pero que no me apurase, pasaba siempre desapercibido para los demás desde que su novia lo dejó por alguien más nítido. Que él tampoco me había visto casi nunca.

Nos reímos casi sin eco en nuestros cuerpos translúcidos y entonces, milagrosamente, nos fuimos materializando poco a poco. Comencé a verlo y él a mí. Al principio me dio vergüenza, estaba muy descuidada, pero noté que a él le pasaba lo mismo. Llevaba barba de varios días y el pelo desaliñado, una bata abierta sobre un pijama azul arrugado. Y yo no iba mucho mejor, pero qué importaba. Nos veíamos, incluso nos atrevimos a tocarnos solo con la intención de comprobar que éramos reales y no el sueño de lo que aspirábamos ser.

No hablamos más en ese momento, le di unos sobres de azúcar que tenía en el bolso y él me dio un suave beso en los labios. Me di cuenta porque me pinchó un poco con la barba, ya que yo estaba alucinando tanto que ni lo vi acercarse. Luego se marchó.

Nos vemos muy a menudo. Nos contamos cómo nos sentíamos antes y lo diferente que es ahora. Cómo cambia la vida cuando alguien te importa y cuando ese alguien te tiene en cuenta.

Al fin he podido pintarme las uñas que llevaba tiempo sin arreglar… y lo necesitaba después de tener que limpiar tanto pescado. Me he arreglado el pelo, me he comprado ropa y estreno sonrisa cada día frente al espejo.

Ayer me di cuenta de algo mientras cenaba en casa con mi marido: se está volviendo transparente. Casi no lo veo ahí sentado frente a mí. Apenas lo escucho cuando habla, está comenzando a desaparecer. Y ahora es cuando él me mira y quiere acercarse a mí, pero es tan intangible que no noto sus caricias, me incomoda el mínimo roce con esa imagen difuminada que apenas distingo.

Lo ignoro porque está desapareciendo o desaparece porque lo ignoro. Me da igual, hoy he quedado.

Ojalá cuando vuelva haya desaparecido del todo. No le odio, ni le deseo nada malo. Simplemente quiero que sienta el abandono y la insignificancia plena que me ha hecho sentir durante tantos años.

Qué curiosos son los estados del cuerpo humano. El amor o el desamor tiene el poder de desintegrar a cualquier persona hasta hacerla totalmente invisible… y no, no es una sensación agradable.

 

Francisco J. Berenguer

Silvia

Mamá, tienes el mar en los ojos.

Ojalá, mi niña, hubieras elegido otro vientre donde nacer. Yo no puedo ofrecerte nada más de lo que ves, y lo que ves, es bien poco.

No me explico como un ser tan maravilloso como tú eligió un día mi útero maltrecho, este cuerpo desquiciado por el alcohol y las drogas, de sexo sucio y apresurado en los baños de bares infectos ofrecido a cambio de una sonrisa bonita, por la promesa de un sueño o tan solo por una dosis.

Ni siquiera puedo darte un padre porque, entonces, los días se mezclaban con las noches, y en las noches se sucedían las caras borrosas, sudores de cuerpos diferentes que se movían al mismo ritmo en la pista o sobre mí, aunque la música hubiese dejado ya de sonar. Y me odiaba cuando me sorprendía algún amanecer, cuando, entre guiños de esos ojos que huían del sol y la resaca que me golpeaba la cabeza por dentro, recordaba quien era y lo que un día quise ser…

Todavía recuerdas cuando te llevé a la playa ¿verdad? Cuando te metí en el agua en mis brazos y tú temblabas y reías nerviosa al mismo tiempo. Al final fue un día feliz, pero mi plan era otro. Ese día pretendí acabar con todo nuestro sufrimiento, con nuestras vidas, la tuya y la mía, amor mío. Sumergí tu cabeza con la más terrible de las intenciones, pero cuando noté cómo tus manitas se separaban de mi cuerpo y las elevabas por encima de la línea de la superficie, cuando vi tu mano blanquita emerger del mar, con los dedos estirados, pidiéndome que te ayudara, que te dejara vivir, no pude hacer otra cosa más que tirar de ti hacia arriba. Fueron unos eternos segundos donde el tiempo transcurría lento y espeso, como a cámara lenta, donde mis demonios perdieron la batalla y tú reclamaste la vida que te pertenecía, una vida que nada ni nadie posee el derecho de arrebatar, y volviste a respirar…

Me miraste con esos ojos tuyos, tan grandes y azules, que no sabían si reír o llorar y en ese momento supe que nunca me iba a separar de ti. No me preguntaste nada, pero yo te dije que lo había hecho para que el mar se metiera por tus ojos y los llenara de lágrimas por dentro, porque las lágrimas se agotan o se secan si no se usan, y llorar sin lágrimas es más amargo y no consuela. Al rato, cuando tomabas el sol en tu sillita de playa, me miraste y con esa expresión que pones cuando entiendes algo nuevo del mundo que te rodea, me comunicaste tu descubrimiento: ¡por eso saben a sal…!

Eres mi ángel, tú todavía no lo sabes, pero me salvaste de mi propia miseria, la que yo iba acumulando en mi vida, bolsas de basura repletas de desengaños, frustraciones y adicciones que matan. Yo no te quería. No te quise cuando estabas en mi barriga y los médicos me obligaron a mantenerte allí porque ya era demasiado tarde y peligroso para abortar. No te quise cuando escuché tu primer llanto al nacer, yo estaba con el mono y tú solo me causabas dolor. No te di pecho porque mis tetas tampoco querían saber nada de ti. No te quise cuando te vi en la incubadora luchando por tu vida, deseé que no lo consiguieras. Y menos aún te quise cuando los médicos me dijeron que no ibas a poder andar nunca, que tus piernas y caderas estaban dañadas.

Cuando mi madre nos acogió en su casa, ella te cuidaba, te cambiaba, te daba de comer. Yo solo te miraba de lejos y me ponía los cascos con la música a tope para no oírte llorar. Perdóname, vida mía, no era yo entonces, no sé quién demonios era.

Recuerdo que fue un día de final de septiembre cuando comencé a quererte. Estabas atada en la silla esa y puesta en la mesa. Estábamos comiendo. Tú con una cuchara amarilla de plástico te apañabas muy bien comiéndote solita un puré que te había hecho la abuela, y yo frente a ti, con unas patatas fritas y un filete empanado. Eras muy pequeña. Me mirabas continuamente y cuando yo te miraba sonreías. Cuando volvía a mirarte me hacías una carita fea, o te manchabas a propósito con la comida.

Fue increíble: eras tú la que me hacías monadas a mí, en lugar de hacértelas yo a ti. Me hiciste reír y entonces tú reíste a carcajadas. Te cogí en brazos y, por primera vez, sentí tu frágil cuerpo tullido latir junto al mío, piel con piel. Te sentí como lo que eres, una parte de mí. Y no solo de mis genes, una parte de mi alma.

Mi vida fue un caos, una auténtica tempestad hasta que apareciste tú, y tras una tormenta el mar devuelve a la orilla restos de naufragios olvidados; trozos de cuerda deshilachada donde antes hubo un nudo que parecía imposible deshacer; retales de una vela que soportó, estoica, toda clase de vientos; un pedazo de timón que un día perdió su rumbo… pero también trae tesoros. Y aunque al principio no parecen valiosos porque no brillan, porque están cubiertos de óxido y arena, solo se necesita un poco de paciencia para reconocerlos entre las algas de la playa o entre la maraña espesa de tu complicada existencia.

Yo te encontré a ti ese día, durante aquella comida, antes apenas era consciente de que existías y me odio por ello, pues no supe apreciarte hasta años más tarde, cuando un milagro no dejó que la desesperación nos ahogara. Eres el mayor tesoro que encontré después de mi tormenta. Y, aunque sé que no siempre tras ella viene la calma, que tan solo puede ser una pausa para la siguiente, un respiro para volver a estallar, navegaré valiente contigo a cualquier lugar donde el fluir de la vida tenga a bien llevarnos.

Sé que volarás, porque el metal de tu silla no es capaz de aprisionar tus alas, ni tus ganas de vivir y de superar todos los retos que se interpongan en tu camino. Y yo te esperaré en la orilla, donde las olas besan la arena y me recargaré de lágrimas.

Me entristece ver cómo te acercas con dificultad en esa sillita de ruedas adaptada a tu tamaño, pero enseguida me haces la mujer más feliz de la tierra cuando contemplo tu sonrisa, y me emociona ver tu entereza y la alegría que traspasa tu corazón.

Me miras y me dices que tengo el mar en los ojos… entonces los cierro y dejo que se desborde.

Francisco J. Berenguer