La esencia y las apariencias

Comienza el día.

Baile incesante de máscaras.

No hay personas, ni personalidad. La esencia se oculta, se disimula, se disfraza.

La zona neutra. Lo que vale, lo que se pide, lo que se espera de ti.

Te cruzas con gente por la calle, en el autobús, en el metro, y es gente, solo gente. No son individuos, ni casi humanos, son fachadas, mobiliario urbano, atrezzo en movimiento. Y tú, que te crees diferente, para ellos también eres gente, solo gente, una pieza sin importancia en el tablero, un peón prescindible en el juego.

¿Quién eres? ¿Quién soy? A veces se vislumbra, solo a veces, si te fijas. Pasa cuando miras a alguien sin que se percate de tu mirada, y va pensando en sus cosas, ensimismado, como si no estuviera rodeado de gente en ese autobús repleto, como en la ensoñación de un recuerdo placentero. Existe un momento en el que la máscara de camuflaje se desliza y te deja ver el ser que palpita debajo de ella. Lo sientes en una sonrisa apenas perceptible, en un parpadeo que dura un segundo más de lo normal, o una lágrima que parece asomar. Son instantes en los que aparece la intimidad, la particularidad, la levedad del ser. Pero dura solo hasta que se da cuenta de que puede estar siendo observado y, entonces, cambia de actitud, vuelve a tensar su rostro y adopta la postura que quiere mostrar, la neutra, la que no dice nada de ti, de lo que sientes ni padeces, ni triste ni alegre, con la simpatía justa, con la indolencia necesaria para no afectar ni que te afecte demasiado lo que te rodea, viajero de porcelana.

La mayor parte de la vida somos apariencia y no esencia. Y lo preocupante es cuando creemos ser lo que aparentamos y nos olvidamos o avergonzamos de lo que habita en nosotros, lo más valioso, la parte creadora, la que siente y construye, la luz que no envejece.

Cuando escribo, me libero, me desnudo, me destripo, lleno de vísceras y sangre el escritorio, es como una autopsia de un cuerpo que palpita, disecciono mis restos, exploro mis complejos, mis inseguridades y mis miedos. Me hago llorar y reír como un idiota, me expongo y me critico, me acepto y me rechazo. Me siento a gusto adoptando la personalidad de una mujer al escribir, perdonad mi torpeza, adoro a las mujeres y lo femenino, lo envidio. Creo que la esencia de cada uno carece de género, pero lo que tenemos de humano nos condiciona, la química y las hormonas juegan sucio, a veces, con el intelecto. El cuerpo que nos sirve de vehículo en este efímero viaje es parte de nosotros, nos guste o no, es necesario pactar con él, cuestión de salud y sexo.

Escribir es mi forma de explorar lo que realmente soy, de encontrarme con el ser que creo ser. Podría hablar de alma y espíritu, pero no creo en nada que nos trascienda. Creo que la vida ya es bastante importante en sí misma, concentrémonos en ella y adoptemos actitudes reales, conscientes y respetuosas con lo que nos rodea y con quienes compartimos este mundo. Si existe algo más no me preocupa, a todos nos espera lo mismo seas creyente o no. Creo que deberíamos emplear esa energía en lo que tenemos… hay tanto por hacer y por mejorar… ¿No os parece?

¡Dios! parezco un predicador de púlpito improvisado camuflado entre líneas. Perdón.

Supongo que cada uno encontrará, si la busca, la manera de estar a gusto con su yo interno, libre de máscaras, actitudes exageradas y disfraces inútiles. Yo voy a ir limpiando de sangre mi escritorio y recomponiendo mis órganos dentro de mi cuerpo, todo bien ordenadito, como me gusta a mí.

¿Sabéis? Quería hacer especial mención a mi hermano pequeño. Él ha transitado por varias etapas de su vida, muchas de ellas bastante complicadas, y creo que ha encontrado su verdadera esencia, la que tenemos de pequeño y se va perdiendo y corrompiendo por el tiempo y las circunstancias. Alejandro la encontró a través de su especial e intenso amor por la naturaleza, por el campo, las plantas y los animales (sin desmerecer el amor por su familia, claro está) pero creo que ese fue su camino o, al menos, gran parte de él.

Lo admiro, de verdad. Bueno, a él y a su pato, ese que se cree a veces que es un perro. La vida… que no deja de sorprendernos…

Francisco J. Berenguer