Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 1)

Suena el despertador y te levantas rápido, sin pensar ni concederte unos minutos al plácido retoce entre sábanas, como un militar de postguerra al toque de diana, como una madre colmada de responsabilidades y millones de cosas por hacer.

Caminas medio sonámbula por el pasillo, con la bata a medio anudar, hacia la habitación de tus hijas para despertar a la mayor, la pequeña todavía puede dormir un poco más.

Es viernes, día de colegio.

Un ligero beso en la frente y la niña se despierta iluminándote con sus tiernos ojos claros. Ya sabe lo que tiene que hacer, primero ella se prepara y luego intenta espabilar a su hermana con algún juego o una canción y la ayuda a vestirse. Tú la miras y en la cama de al lado te cuesta distinguirla entre el revoltijo del edredón, su cuerpecito y los muñecos.

Vas a la habitación de tu hijo en el momento que éste sale de ella, en ropa interior.

—¿No tienes frío?

—No, mamá.

¿Cómo va a tener frío? Diecisiete años, fuerte, deportista y con las hormonas en plena ebullición. Sabes que lo has descuidado un poco, no por gusto, es el mayor y ha tomado bien el rol, ¡qué remedio!

Él se dirige al baño pequeño mientras que tú te metes en el grande, como todos los días. Mientras te aseas tu mente comienza a funcionar. No necesitas agendas, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: el desayuno, los almuerzos de las chicas, darle dinero al mayor porque él prefiere comprarse un bocadillo en el bar del instituto. La rutina de todas las mañanas, aunque sabes que hoy no es un día normal, lo sabes desde que te has levantado, lo notas en ese hormigueo en el estómago, esa tensión en los músculos de tu abdomen.

Todavía parece que dudas si vas a acudir o no a la cita, pero sabes que sí irás. Llevas días imaginando cómo será, por tu mente han pasado todas las situaciones posibles, hasta las más absurdas.

Te miras en el espejo del baño y te dices que tenías que haber ido a la peluquería… y esa cara de sueño, esas ojeras, todo lo que ves te disgusta y te pones más nerviosa aún. Necesitas tiempo, ¿a quién se le ocurre quedar tan temprano?

Abordas a tu hijo cuando sale del baño a medio vestir y le pides por favor que acerque él a las niñas al colegio, que no te encuentras muy bien. Accede con un gruñido y tú le plantas un sonoro beso en la mejilla. Él se hace el hombrecito y aparenta que le molesta esa muestra de afecto.

—¡Mamá… ! ¿era necesario?

Tú sonríes y le das otro beso, ahora más tierno.

—Sí, cariño, es necesario.

Despides a tus hijos en la puerta, te preocupa un poco la tos de tu pequeña, pero ya has comprobado que no tiene fiebre, cuando vuelva del colegio la controlarás, no será nada. Pero ahora es tu momento, tienes que dedicártelo a ti, a arreglarte, a ponerte guapa y atractiva, que sabes que lo eres, a dejar de sentirte más madre que mujer. Llevas año y medio, desde la separación, que te has dedicado por completo a tus hijos sin darte un descanso, probablemente lo necesitabas para evitar pensar que habías fracasado en tu matrimonio, como si la culpa fuera tuya de que el cerdo de tu marido te cambiase por una chica mas joven, con más culo, más morena y más venezolana.

No quieres pensar en eso. Te metes en la ducha, abres el grifo y cierras los ojos dejando que el agua tibia limpie tu cuerpo y de pensamientos negativos tu alma, todo resbala y se pierde por el desagüe.

Fue hace dos semanas cuando Rubén contactó contigo a través de Messenger. Te sorprendió tanto que tardaste dos días en responder al mensaje. Rubén había sido tu primer novio ¿hace cuánto? ¿veintiséis, veintisiete años? Y no habías sabido nada de él desde entonces, desde que tras una tonta discusión que ya ni te acuerdas el motivo, desapareció sin más. Sin despedirse, sin excusas, ni una llamada, nada… hasta esas palabras en el móvil, de hace unos días, en las que te pedía que os vierais si lo considerabas oportuno. Accediste, aunque nunca te había parecido una buena idea, ni siquiera ahora, mientras buscas en el armario algo adecuado que ponerte.

La cafetería del gimnasio al que vas a nadar, no se te ocurrió en ese momento otro sitio donde quedar, la verdad es que hace tanto tiempo que no sales ni a tomarte una cerveza con las amigas que no conoces muchos más lugares apropiados. Hacia allí te diriges nerviosa, sin saber que esperar de aquello.

Lo distingues de lejos sentado en la terraza, hace buena mañana, septiembre es un buen mes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 2)

“y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…”

Pero seguidamente no se escuchó ninguna detonación, ningún disparo. Ninguna bala atravesó su cráneo esparciendo sus sesos sobre el desayuno.

Carla lo rodeó desde atrás, se puso delante de él y estampó la pistola con furia sobre la mesa. Todo tembló por la fuerza del impacto. La cucharilla y el cuchillo de untar brincaron y se mantuvieron una milésima de segundo en el aire, la taza se tambaleó y derramó parte del café sobre el blanco inmaculado del mantel, el paquete de galletas se derrumbó y una se escapó rodando hacia el borde de la mesa haciéndose pedazos al llegar al suelo.

Pablo seguía sentado en la silla con los ojos cerrados, paralizado, con el asombro y el miedo que produce el haber sentido la muerte tan de cerca helándole la sangre.

—¡Mírame! —le gritó poniendo su rostro a escasos centímetros de él— ¡he dicho que me mires!

Él levantó la mirada lentamente y contempló su cara magullada. Tenía el párpado izquierdo hinchado y el blanco del ojo teñido de rojo. El labio inferior amoratado y la boca deformada en un gesto de dolor continuo, de amarga tristeza.

—Pensé en introducir dos balas —dijo con rabia serena y contenida— la duda era qué volarte primero, si los huevos o tu miserable cabeza. Enseguida me decidí por lo primero para que vieras destrozada la parte de ti que más aprecias, lo que te hace sentir superior, lo que te endiosa… lo que te hace despreciable.

Ella cogió el arma y se encañonó su propia sien.

—También tuve la idea, casi la necesidad, de quitarme la vida. Mil veces estuve a punto mientras engrasaba con paciencia todas las piezas de esta preciosa pistola. Pero comprendí que lo que necesitaba era alejar mi vida de ti, no perderla para siempre. No vales la pena. No vales nada ya para mí.

Carla volvió a dejar la pistola en la mesa de golpe, rodeó la mesa y se detuvo al otro lado, frente a Pablo, sin quitar de sus ojos la mirada y con tal decisión y confianza que lo sorprendía a él tanto como a ella misma. Pablo se dio cuenta en ese momento de que estaba vestida y no con el pijama y la bata de todas las mañanas. Llevaba puestos esos vaqueros elásticos negros y ese suéter ajustado, justo con lo que él le decía que no saliera a la calle, que era una provocación.

—¡Escúchame! —gritó, y sintió un pinchazo en el labio herido. Pablo seguía sin reaccionar y ella quiso aprovecharlo— Podría ir a la policía ahora mismo y denunciarte, podría haberlo hecho mucho antes, pero no sé por qué conservaba la absurda idea de que cambiarías, creía que el amor que sentía por ti era capaz de todo, incluso de transformarte en un hombre cariñoso, pero lo único que cambiaba era yo. Era yo la que me iba adaptando a tu miserable trato, disculpando tus vejaciones y tus idas y venidas, incluso que me usaras de excusa para justificar tu afición a ir de putas y, encima, me hicieras sentir culpable.

Carla se dirigió a la habitación con paso decidido y salió de ella a los pocos segundos con su bolso y el abrigo plegado sobre el brazo izquierdo.

—Me voy, pero no te preocupes, no te voy a denunciar, no quiero estar unida a ti ni por lo mas mínimo. ¿Ves qué tonta? Ni siquiera voy a joderte la vida porque eso supondría ir a declarar, abogados, ver tu asquerosa cara en el juicio y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vida ¡YA! —ese último grito resonó en la cocina y por todas las habitaciones de la casa, hasta ese día los únicos gritos que se habían escuchado eran los de él, mientras que de ella solo quedaban vestigios de sollozos mudos y contenidos— Voy a estar fuera unas horas y cuando vuelva no quiero verte aquí. Recoge tu ropa, tus cosas, lo que creas que tienes que llevarte, no me importa, hasta la puta cafetera nueva, lo que sea, pero vete… para siempre. —Carla, entonces, rebajó el tono de voz por primera vez— Por favor, si todavía te queda algo de decencia y sensatez, si todavía queda algo del hombre del que me enamoré, no me obligues a dar el siguiente paso, no será bueno para ninguno de los dos.

Pablo seguía callado, estaba tan aturdido todavía como sorprendido por aquella reacción tan inesperada. Carla creyó ver como los ojos de él se llenaban de lágrimas ¿de arrepentimiento, de humillación, de ambas cosas? Tampoco le importó demasiado.

—Creo que está todo claro —terminó ella por decir dando media vuelta y dirigiéndose a la entrada— tienes todo el día, cuando vuelva esta noche cualquier resto de tus cosas las tiraré, las quemaré o las mandaré al infierno.

Salió de casa y cerró dando un portazo tras de sí.

Se quedó unos instantes parada, parecía que las piernas le iban a fallar si daba un paso, tenía la respiración agitada y sentía el corazón latir con fuerza, sobretodo en las zonas doloridas. Fue el dolor lo que le hizo reaccionar y comenzó a bajar las escaleras del primer piso que la separa de la calle, de la libertad.

Agradeció que el frío aire de diciembre refrescara su congestionado rostro, no tuvo necesidad ni de ponerse el abrigo.

Lo había conseguido. Al menos la primera parte del plan que llevaba tiempo elaborando. Ella creía que había superado lo más difícil, y con matrícula de honor. Por primera vez se permitió sonreír esa mañana mientras caminaba por Madrid.

Sabía que Pablo no se iba a ir de la casa, pero había conseguido ganar tiempo para conseguir su propósito. Sentía como el miedo iba desapareciendo poco a poco de su cuerpo mientras le inundaba la confianza en sí misma.

Volvía a ser ella de nuevo y, por supuesto, se iría lejos de allí, volver a la casa que acababa de abandonar no entraba dentro de sus planes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

Y yo también te quiero (parte 1)

Me pones el desayuno en la mesa con la misma sonrisa de anoche cuando acabamos de discutir. Pensé en pedirte perdón esta mañana, pero veo que no hace falta, que has entrado en razón. Eres tan terca, a veces. ¿Cuándo comprenderás, de una vez, que mis necesidades de sexo son diferentes a las que encuentro en casa contigo? Pero sabes que te quiero solo a ti.

Te pones detrás y acaricias mi pelo mientras sorbo el café de mi taza favorita, con el punto justo de azúcar, cómo me conoces y qué bien me cuidas. Es entonces cuando siento una presión helada en la nuca y, en un instante, me viene a la mente las veces que te he visto engrasar la pistola de tu abuelo, de cuando la guerra, tras la puerta entreabierta del desván. Descubro, en este mismo segundo, que la sonrisa que te suponía no es más que una mueca de dolor tras el bofetón que tuve que darte en la boca anoche, y reconozco ese clic metálico… es el sonido del percutor…

 

Francisco J. Berenguer

Miriam

Me voy.

No huyo de ti, no creas. La huida es de mí misma, porque si continuara siendo yo, nunca conseguiría dejarte.

Mañana encontrarás el apartamento vacío, tal y como yo lo he sentido todo este tiempo. Es necesario. Es lo mejor para los dos. Para ti, para mí, para tus hijos, para tu mujer. Todos salimos ganando, aparentemente.

Es curioso como se transforma, como se moldea la forma de sentir el amor en nuestro interior. Tiene etapas de posesivo, de excluyente, de ser la única. Y otras es como más sereno, más auténtico quizá, es pretender la felicidad para ti, la persona que más quiero en este mundo, aunque no estés a mi lado.

Te he amado de todas las formas posibles, incluso ahora, que me alejo de ti. Este, aunque te resulte difícil creerlo, es el mayor acto de amor.

He estado mucho tiempo sola esperando los momentos que podías robarle a tu familia para venir conmigo. Yo lo acepté, sí. Me lo dejaste claro desde el principio. Firmé el contrato en tu piel con mi saliva, sin leer la letra pequeña. Me pilló sin las gafas de cerca. Es lo que tiene cerrar tratos desnudos, en el caótico paraíso blanco de unas sábanas desordenadas, con el sudor y el placer todavía resbalando entre los muslos. Asumí los riesgos.

No sabía, entonces, que me iba a enamorar de esta manera tan insaciable y descarnada, tan sublime, transgresora…

Te quiero. Solo eso, pero eso es todo. Mi vida se basa en ti. Tú eres mi referencia, mi punto de apoyo si decidiera mover el mundo. Mi destino. Todo lo demás pierde su valor, como una moneda devaluada, como prendas baratas que destiñen al lavarlas. Y sé que cuando te abandone el mundo será como una fotografía en blanco y negro, que tiene su encanto, sí, pero se pierden los matices.

No conté con el sufrimiento, con la soledad, con la espera eterna donde cada latido duele. Ya no puedo seguir así. Me estoy volviendo loca en esta casa donde todo me sabe a ti. Esta casa eres tú.

¿Sabes? Muchas veces ponía dos tazas para el desayuno en la mesa. Lo hacía de manera consciente, me ayudaba a imaginarte sentado al otro lado, con cara de sueño, bostezando y despeinado, mojando galletas en el café con leche, de esas que se rompen y caen en el tazón salpicándolo todo, como un crío.

Pero casi nunca estabas a esas horas, ni tú, ni migas, ni leche derramada. Sabía que estabas con ella, la mujer que elegiste para casarte y con los hijos que te dio, en otra mesa, en otra casa…

Siempre supe que no romperías con ella. Me quise engañar de mil formas distintas, quise creerte, pero en el fondo lo sabía… y tú sabes que lo sabía.

Nunca pretendí convertirme en la clásica amante clandestina de un hombre casado, pero eso es lo que soy y no me gusta el papel. Si no te quisiera tanto me hubiese ido hace mucho y ahora me voy, precisamente por eso, porque te quiero todo.

Me alejo de ti para que vivas sin la culpa, sin la necesidad de mentir, sin la pesada carga del engaño. Te dejo libre de mí para que dediques tu tiempo a la vida que elegiste antes de conocerme, críes a tus hijos con la estabilidad que se merecen, cuides a esa mujer que te ama tanto y que sé que tú también la quieres… ellos no merecen ser los daños colaterales de nuestra historia.

Y, si algún día, todo cambia y quieres buscarme sé que me encontrarás y quizá, quién sabe, el destino sea menos cruel con nosotros.

No te preocupes por mí, soy una superviviente y sabré salir adelante. Sé que el dolor va desapareciendo poco a poco, aunque ahora parezca imposible. Eso espero.

Conocerte ha sido el mejor regalo que me ha dedicado la vida. Lo que hemos sentido, lo que sentimos el uno por el otro, hay gente que ni en mil vidas podría llegar a sentir. Somos unos privilegiados, lo sabes.

Cae la noche y hace frío.

Dos maletas y un bolso de mano, los ojos inundados de lágrimas y un taxi al aeropuerto. Todo lo que me llevo ocupa poco porque allí, junto a ti, sigue estando la parte de mí que nos hace eternos.

 

Francisco J. Berenguer

Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer

Fundido en negro

A mi madre.

En términos cinematográficos “fundido en negro” se refiere a cuando, al final de una película o secuencia, la imagen va desapareciendo lentamente hasta quedarse la pantalla totalmente oscura.

Tal vez la muerte sea algo parecido. El cerebro se va desconectando de los sentidos y lentamente… se apaga.

¿Alguna vez habéis perdido el conocimiento? Prácticamente es lo mismo; lo que estás viendo se desvanece, los sonidos se van alejando y la sensación física de tu cuerpo va disminuyendo hasta desaparecer por completo. En ese momento (lo digo por experiencia) no sientes miedo, ni preocupación, ni dolor… son apenas unos segundos pero te alberga una profunda sensación de paz, de tranquilidad, como que todo está perfecto y en su lugar. El mundo se va oscureciendo a tu alrededor y te das cuenta de la falta que te hacía descansar y luego… Nada.

Creo que la muerte no es más que eso, como una pérdida de conocimiento de la que no vuelves. Y, la verdad, en esos escasos segundos que la preceden no sientes temor, ni estas preocupado por lo que has dejado pendiente, ni siquiera por tus hijos, padres o el resto de la familia. Te das cuenta que todo tiene su tiempo y su momento. Y este es el tuyo, personal y único. Y experimentas ese “fundido a negro” en soledad, como cuando unos años atrás viniste al mundo en tu nacimiento con un “fundido a blanco”. Y antes de que la oscuridad se complete no sientes pena por lo que has dejado de hacer, ni orgullo o remordimientos por lo que has hecho. Simplemente tu cerebro se apaga, dejas de existir y no te llevas nada… ni siquiera la decepción de poder comprobar que no hay Nada tras la muerte…

Tengo la certeza de que si comprendemos y admitimos que la muerte es así y no esperamos otra cosa después, seremos capaces de disfrutar la vida con más intensidad.

Si hay un Dios, éste no es más que nuestra conciencia, la que nos dicta realmente lo que está bien o mal, por encima de leyes, políticas y religiones. Cualquier ser humano nacido en plena selva sin conocimiento de la ley y sin influencias religiosas sabe lo que tiene hacer porque su conciencia, íntimamente ligada con sus instintos, se lo dicta en cada momento. Y no es una vocecita en su cabeza, ni la influencia de un ser superior, sino el resultado de una memoria genética que se ha ido formando y evolucionando a través de generaciones para favorecer su supervivencia. Al igual que cualquier especie animal. Nuestro cerebro, más desarrollado, procesa esos instintos, los razona y los aplica adaptándose a las circunstancias de la vida. Sabemos lo que debemos hacer o lo que no, porque nuestra conciencia nos lo aconseja. Y esta conciencia no es más que conexiones neuronales electroquímicas en nuestro cerebro que, genéticamente o adquiridas por la experiencia en la vida, van formando y configurando nuestra forma de ser.

Pero el cerebro, todavía gran desconocido para la ciencia, comete errores y está sujeto a enfermedades y desequilibrios. Le influye el medio ambiente, el estrés, lo que comemos, bebemos y respiramos.

El cerebro, en perpetua oscuridad encerrado en el cráneo, percibe el mundo a través de nuestros sentidos que, a veces, pueden ser engañosos. Incluso los recuerdos pueden ser falsos o trastocados por una memoria selectiva (eliminando, inconscientemente, lo que no queremos que hubiese pasado y adaptándolo a nuestros gustos)

Y a pesar de todo el cerebro no es un órgano más de nuestro cuerpo como otros que se puedan trasplantar. Podemos cambiar de hígado, de riñones e incluso de corazón (donde hace no muchos años se creía que residía el alma) y seguir siendo nosotros mismos. Pero no lo que hay dentro de nuestra cabeza, porque no forma parte de nuestro cuerpo. Tu cerebro eres tú. Cuando te refieres a ti como persona, en realidad te estás refiriendo a tu cerebro porque él es el que piensa, siente, pregunta y responde. El que hace que salgan lágrimas cuando la tristeza te invade, o el que sabe conducir y recuerda el camino de tu casa. Es mi cerebro el que procesa estas ideas y mueve mis dedos al escribirlas para que tu cerebro las almacene y las cuestione cuando tus ojos a través de los nervios ópticos se lo comuniquen.

Es bonito y romántico pensar que cuando mueres te reúnes con tus seres queridos que fallecieron antes que tú, que te esperan al final del túnel y te dan la bienvenida a esa nueva vida. Queda muy bien en la ficción, en novelas y películas de las que te hacen soltar una lagrimita al final, pero la realidad es bien distinta. Hay personas que tras una enfermedad o accidente que les ha llevado a estar próximos a la muerte, o incluso haber estado clínicamente muertos unos segundos, afirman tener ese tipo de experiencias pero son fácilmente explicables debido a unas sustancias del cerebro que se liberan en esos momentos críticos.

Me gustaría creer, lo digo en serio, en esa otra vida, que nuestro paso por el mundo solo sea una transición y que nuestro espíritu inmortal siga adquiriendo experiencia y sabiduría para ascender a otro plano superior… Antes creía en eso, os lo aseguro, pero ahora me resulta tan evidente que nada de eso es cierto, que me siento con la necesidad de dejarlo salir… y no sabéis como anhelo volver a ver a mi madre…

Fue un dos de mayo de hace nueve años cuando un aneurisma en el cerebro le provocó una hemorragia y le causó la muerte. Un pedazo de mí se fue con ella. Hoy no es un día especial, pero a veces, sin saber por qué y sin ninguna razón que lo justifique, la siento más cerca de mí, como si me estuviera observando ahora mismo mientras escribo estas palabras. Es curioso, aunque sé que esa sensación no es más que una creación de mi subconsciente y no tiene nada de sobrenatural, he sentido cómo me abrazaba por la espalda, incluso he percibido su olor. Creo que por eso he sentido la necesidad de recuperar parte de este texto que le dediqué en el primer aniversario de su despedida.

La vida duele tanto cuando se llena de ausencias.

Era una mujer normal. La vida no la trató demasiado bien y eso la hizo fuerte. Tras una traumática separación sacó adelante a cuatro hijos que la adoramos. A pesar de las dificultades supo transmitirnos unos valores y una forma de afrontar la vida realmente especial. Nos inundó con su cariño. A veces sólo una palabra, una mirada o una media sonrisa bastaban para que te abrieses a ella y le contaras tus problemas. Sabía escuchar y su opinión era diferente y esperanzadora. Nos enseñó a perdonar y a no tener miedo… nos enseñó tantas cosas de las que no se aprenden en los libros… 

Unos años antes de su muerte nos dio una inmejorable lección al luchar y superar un cáncer. Y cuando todo parecía que había vuelto a la normalidad vino ese fatal desenlace que se la llevó a ella y un mes después a su madre, mi abuela, que destrozada por el dolor, simplemente se dejó morir.

Cuando pasa esto te das cuenta de lo mucho que te ha quedado por decirle, de las cosas que podías haber compartido con ella, de haberle dicho lo mucho que la quieres… pero la muerte, a veces, es así de rápida e imprevisible.

Al final, si su vida se hubiese convertido en una película de cine (como esas que tanto le gustaban), el público se pondría de pie en la sala y se uniría en un aplauso general, aclamándola por lo bien que había interpretado su papel en este teatro de la vida. Y luego, muy lentamente… un fundido en negro sobre su imagen sonriente…

 

Francisco J. Berenguer

Irene

Unos pasaban por delante y yo escondía todo lo posible los pies debajo del asiento, haciéndome pequeña, refugiándome en él. Otros, por detrás, rozaban sus chaquetas y abrigos en mi cabeza, ignorando mi espacio.

La película había acabado y todos iban abandonando la sala. 

Todos menos yo. 

Apuré hasta que la última letra de los créditos finales desapareciera de la pantalla. La música dejó de sonar y todo se fundió en negro.

No deseaba moverme de allí. No podía. No me quedaban fuerzas.

Ojalá nadie se diera cuenta de mi presencia y me olvidaran allí. Era la última sesión. No sería tan difícil pasar desapercibida. Soy bastante menudita y me acurruqué todo lo que pude en la butaca. Además, iba vestida de oscuro, como el color de mi alma, solo era una sombra en el granate de la tapicería.

Jamás había llorado tanto con el final de una película, nunca me había sentido tan identificada como cuando ella entró con su marido en aquel bar de jazz, casi por casualidad, y el amor de su vida, al que no veía en años, comenzó a tocar aquellas notas al piano… siete notas desgarradoras. Una melodía bella que los llevó a crear un recuerdo, un flashback imaginario de cómo hubiera sido su vida juntos hasta llegar a ese mismo día.

Hay decisiones, o la ausencia de ellas, que marcan una vida. Entonces no las creemos importantes, pensamos que es lo que debemos hacer, lo más sensato, lo prudente. 

Luego es tarde.

Renuncié un día a lo que más quería pensando que más adelante lo podría recuperar. Jugué a escribir el guion de mi película sin contar con tus sentimientos, como si yo fuera la única protagonista, te remitía a la espera dándote migajas de mí para alimentarte. Tú lo aceptabas, en parte me comprendías. Dios ¡cómo me amabas! 

Yo no me atreví a renunciar a todo por ti, a arriesgar. A reinventarnos una vida juntos. A vivir el sueño que recreábamos en nuestros esporádicos encuentros… creía que había tiempo. Confiaba en que el destino nos facilitara las cosas para unirnos en un futuro. Un futuro que nunca llegaría…

Tu muerte no me dolió. Tu muerte fue la mía también.

Ahora no puedo mirarme al espejo, porque ni siquiera existo. No me reconozco. La parte que quedó de mí es el reflejo de mi sombra, la luz se fue contigo. Ya no existo, no quiero existir. A veces sueño que me voy haciendo más pequeña, cada vez más y más, hasta llegar a ser como un grano de arena y desaparecer. Eso deseo ahora, desintegrarme en esta butaca de cine. Que los que limpien esta noche o mañana me vean como una mancha insignificante, un montoncito de polvo, un poquito de nada.

No puedo olvidar la última vez que hablamos por teléfono. Estabas enfadado conmigo. Me reclamabas que hiciese algo de una vez para poder estar juntos, que la espera se te hacía muy dura, que vernos cada dos o tres meses unas horas no es una relación, no cuando se quiere de esta manera. Yo te decía que me esperases unos años hasta que mis niñas fueran un poco más mayores, que, mientras tanto, tuvieras una vida independiente de mí, que disfrutases, que vivieses otras relaciones si te apetecía, que yo te buscaría cuando estuviese preparada aun a riesgo de que cuando apareciese de nuevo en tu vida ya no quisieras estar conmigo, porque era posible que encontrases a otra mujer que te diese todo lo que yo no podía darte ahora.

Yo creía que ese era el mayor acto de amor que podía ofrecer. Renunciar a ti para que fueses feliz. Renunciar a mi felicidad para que consiguieses la tuya. Pero solo contaba con mi sacrificio, con mi dolor resignado, pero no con lo que tú sentías, aunque yo, en ese momento, pensaba que sí lo hacía.

Te lancé al vacío creyendo que desplegarías tus alas y volarías hacía un nuevo amanecer, pero no me di cuenta de que te habías desprendido de ellas, que me las habías ofrecido, como todo tu cuerpo, como todo tu ser, como todo tú.

Ese día me llamaste desde el bar al acabar una comida con tus compañeros de trabajo. Habías bebido un poco y me dijiste que ibas a beber más. Que querías nublar tu mente para olvidarme un rato, pero el alcohol causó el efecto contrario. Me dijiste entre sollozos mal disimulados lo mucho que me amabas, lo imposible que te resultaba iniciar una relación sincera con alguien, porque siempre estaba yo, que no podías imaginar otra vida en la que no estuviese, que no necesitabas nada más que mis besos, mis caricias y el olor de mi piel…

Yo estaba en casa escuchando tu desgarradora declaración de amor cuando llegó mi marido. 

Te colgué de golpe sin decirte nada. Cambié tus palabras y tus lágrimas por mi silencio y mi cobardía. Él me dio un beso en los labios y tú, a mil kilómetros, mordías de rabia los tuyos.

En los tres días que sucedieron a esa conversación no supe nada de ti. Al principio pensé que estabas tan cabreado que preferías no hablar conmigo, ni siquiera por mensajes en el móvil. Luego presentí algo, como un vacío interior, como si un ladrón de órganos me los hubiese robado, uno a uno. Al cuarto día me llamó tu amigo, ese que era nuestro enlace, nuestro cómplice ante cualquier problema que te impidiera comunicarte conmigo. 

Antes de descolgar ya sabía lo que iba a decirme. No quería oírlo, no quería que me confirmase lo que ya intuía, lo que mi alma ya conocía. Pero la realidad superó a lo que imaginaba.

Tu amigo me dijo que después de hablar conmigo, horas más tarde, esa misma madrugada, cogiste el coche para venir a verme, sin dormir, con tu coche viejo que no había pasado la ITV. Condujiste durante horas y justo veinte kilómetros antes de llegar a mi ciudad te saliste de la carreta en el peor sitio posible. Un puente, un escuálido río, y más de treinta metros de caída.

Esa misma mañana salimos mi marido, las niñas y yo muy temprano en dirección a la casita que tenemos en la montaña para pasar el fin de semana. Metros antes de llegar al puente nos pilló un atasco. Enseguida vimos que había habido un accidente. Estaba la policía desviando el tráfico a un solo carril y una grúa enorme estaba elevando en ese momento un coche del fondo del barranco.

Vi tu coche unos instantes, pero no lo reconocí, era un amasijo oscuro de hierro y chatarra. Pasé por tu lado, mi amor. Quizá todavía latía tu corazón y no supe que estabas ahí. No pude acariciar tu frente, no pude evitar que murieses tan solo como te había hecho sentir durante meses… no pude respirar tu último aliento…

Todo es culpa mía. Tú eras mi vida, mi luz, mi ángel… ahora no soy nada, ni nadie.

Esta mañana he venido a tu ciudad y he visitado tu tumba. Te juro que hubiese excavado con mis manos para yacer a tu lado por la eternidad que te prometí. Todo pierde la importancia que le daba, se relativiza. No me importa ni mi marido ni mis hijas, aunque sea una atrocidad reconocerlo. Sé que con su padre estarán bien. Yo he dejado de ser, de estar, de sentir.

Todas las lágrimas que no pudieron brotar de mis ojos en el cementerio esta mañana me inundaron la piel esta noche viendo “La La Land”, yo sola en un cine desconocido, en una ciudad desconocida.

Normalmente vivimos ajenos a la muerte, hacemos planes, tomamos decisiones sin pensar que la vida se nos puede truncar en un segundo. Es necesario, supongo, no sé ya lo que es mejor. Solo sé que postergué nuestra felicidad inútilmente, que hipotequé nuestro amor a tan largo plazo, que la muerte nos desahució, sin previo aviso.

No se escucha ningún ruido por aquí. Creo que he pasado desapercibida. Estoy sola.

Cierro los ojos y te imagino a mi lado, cogidos de la mano viendo una película en esa gran pantalla. Tú me sonríes y dices que me calle porque yo soy muy preguntona y no te dejo en paz, y en la pantalla vemos un flashback imaginario de cómo hubiera sido nuestra vida juntos hasta llegar a este mismo día…

 

Francisco J. Berenguer

Ángela

No me pidas que te olvide.

No pretendas que deje de quererte, o que te odie.

Todavía no sabes cómo funciona esto ¿verdad?

Solo dime una cosa… mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Entonces desapareceré de tu vida por completo, pero dímelo. Dímelo con la mirada, que pueda leerlo en tus ojos. Porque otras veces ellos desmienten lo que sale por tu boca.

Haz como Bécquer en su poema: clava en mi pupila tu pupila azul y dime que ya no soy poesía para ti. Necesito sentir que no soy nada, pero sentirlo en el alma, en cada poro de mi piel, quiero que me mires y que no haya ni una pizca de deseo en la mirada, que tus ojos no me hablen y me sonrían y me digan lo contrario. Solo así podré reunir las fuerzas para alejarme de ti.

No me mientas, por favor, no me mientas más. ¿No te das cuenta de que no es necesario? Tus mentiras son cristales rotos en mi vientre, me destrozan por dentro, me atraviesan, me desangran. No menosprecies mi inteligencia, el que te siga la corriente no significa que me hayas engañado. A veces te comportas como una niña, una niña caprichosa, mimada… y egoísta.

¿Crees que si no te amara tanto seguiría aquí aguantando tus dudas, tus indecisiones, tus idas y venidas? ¿Crees que seguiría humillándome para mendigar un poco de tu atención y conformarme con las migajas que me das, las que te sobran?

Nunca lo entenderás, lo sé.

¿En qué me has convertido? ¿En qué me has convertido para ti? ¿Soy una conquista más, un trofeo? ¿Otra mujer reprimida a la que has sacado de su particular armario?

Creo que solo te gusta el juego del cortejo, conquistar lo difícil, utilizar todos tus encantos para tenernos entregadas a ti, y cuando lo consigues, simplemente, buscas otro objetivo. Porque es eso lo que pasa ¿verdad? Has perdido el interés por mí porque tienes a otra en el punto de mira. Ten la dignidad y el valor de decírmelo a la cara. No busques lo fácil.

¿Te acuerdas cuando nos conocimos, en aquella ridícula despedida de soltera en la que coincidimos? Nos pusimos ciegas de mojitos y de poner verdes a los hombres, más que el color de la hierbabuena de nuestros vasos. Precisamente criticamos la falsedad, las mentiras, la tendencia a la infidelidad que tienen ellos y decíamos, brindando entre risas ebrias, que nosotras somos muy distintas en eso, que somos más verdad con respecto al amor.

¡Por nosotras, de un trago…!

Acabamos en tu coche viendo amanecer. Me convenciste de que no cogiera un taxi para ir a casa de mi novio y que, con un rato que estuviésemos charlando, se te pasaría el efecto del alcohol, lo suficiente para poder conducir. Fue entonces cuando me besaste, el primer beso… de esa manera… que sentí de una mujer.

No puedo decir que no lo esperaba. Durante toda la noche había estado recibiendo señales, aunque quizá, los mojitos las atenuaban y no terminaba de procesarlas. Las miradas, las caricias descuidadas, tus labios cuando se acercaban a hablarme al oído para que pudiese escucharte con esa música tan fuerte. Nunca me había sentido atraída por una mujer, es cierto, pero según pasaban las horas cada vez me sentía más a gusto contigo y notaba que, de alguna manera, yo también te gustaba.

Vinimos aquí, a tu casa, de donde hoy pretendes que me vaya. Nos desnudamos con prisa, casi con urgencia, entre besos, mordiscos y caricias. Fue lo más excitante que había sentido hasta el momento. Entonces paraste ¿recuerdas? Te alejaste unos metros de la cama donde suspiraba de deseo y me dijiste que era para contemplar lo más bello que habías visto nunca, que querías dejarlo marcado en tu retina, tatuarlo en tu cerebro, que mi cuerpo era la más sublime expresión de la naturaleza hecho mujer. Creo que en ese momento comencé a enamorarme, o ya lo había hecho antes, no sé… malditos mojitos, maldita hierbabuena, maldita belleza, la tuya, que me cautivó a mí también.

Volviste a la cama, lentamente, y me hiciste el amor de la forma más dulce y sensual del mundo, como tan solo dos mujeres pueden hacerlo. Mi inexperiencia era notable, me sentía tan torpe al principio, pero tú supiste hacerme sentir cómoda enseguida. Tus ojos, tu mirada, tu voz. Tus manos guiaron las mías. Tu lengua se deslizó por todos las curvas y pliegues de mi cuerpo, desde mi cuello hasta lo más íntimo. Allí te recreaste marcando el tempo, la cadencia precisa en cada momento, a veces suave y delicada, y otras con la presión y el ritmo adecuado a la tensión de mis músculos. Me derretí en tu boca de una manera tan intensa que creí que todos los fluidos habían escapado de mi cuerpo y se repartían entre tu cara y las sábanas… fue el mejor orgasmo de mi vida.

Ese mismo día, cuando volvió a caer la noche, después de interminables horas de placer, me dijiste que habías encontrado lo que siempre habías estado buscando. Que yo era el por qué, la causa, la razón por la que habías venido al mundo, el sentido de tu vida.

¿A cuántas le habrás dicho lo mismo antes? ¿A cuántas se lo dirás después?

¿Y sabes? Me enamoré de ti en estos meses, no por la belleza de tu cuerpo o esos ojos azules tan expresivos, ni siquiera por tu destreza en el sexo. Me enamoré de ti por lo que tienes dentro, por lo que eres y lo que tú misma te niegas a ver. Me enamoré del ser que habita en ti. Por eso tú, que, seguramente, solo me has visto como un cuerpo bonito, te resulta fácil reemplazarme por otro. Pero no me pidas lo mismo, el amor no se acaba en el instante que te pueda convenir, a veces ni siquiera acaba.

Por eso te digo, mírame y dime que no me quieres ya, que pueda ver la sinceridad y la certeza en tus ojos. Entonces me iré, te lo prometo.

El amor debe hacernos libres, disfrutar de la vida y lo que nos ofrece, nunca hacernos esclavos de nadie. Pero yo me encadenaría a ti eternamente, es lo que tú no puedes entender. Creía que amar era cosa de dos, pero siempre es uno mismo el que ama, el que siente, con independencia del otro… la soledad es el precio a pagar por la concesión de nuestra conciencia de ser…

Francisco J. Berenguer

Virginia

Me siento invisible, o al menos transparente, en ocasiones.

A veces es divertido, curioso. Otras veces es como si estuvieras muerta.

Existimos en relación a lo que nos rodea, la percepción de una misma se distorsiona cuando alguien te mira o te toca o, simplemente, te ignora.

Mi marido hace tiempo que no me ve. Ni me escucha cuando le hablo, debe ser el tema este de la invisibilidad, las cuerdas vocales se desmaterializan. Sé que desde hace tiempo no soy nadie para él y poco a poco he ido desapareciendo en su retina.

Lo malo es que me impregno de esa sensación y se vuelve real, tangible… o intangible en mi caso, en el día a día.

Por la calle hay gente que se roza conmigo y es como si me atravesaran, nadie me pide disculpas cuando tropiezan y eso que casi se me llevan el hombro del golpe. Tengo que ir pendiente de las personas con las que me cruzo, esquivándolas, haciendo un slalom por la acera. Quien me vea no sé lo que pensará… bueno… no me ven, jajajaja.

Hasta las puertas que se abren automáticamente me ignoran, aunque dé saltos frente al sensor. Tengo que esperar que pase alguien perceptible para colarme al mismo tiempo, como un fantasma novato que todavía no sabe atravesar paredes.

Y en el metro, en el autobús… a la peluquería hace tiempo que no voy, total, ya nadie ve si mis canas ganan terreno al tinte. Y en la pescadería pasan de darme el turno, ha sido un alivio que pusiera esos dispensadores de números de papel. Pero cuando me toca, el pescatero no me entiende cuando le pido que las lubinas las quiero limpias y que me saque los lomos, y me las da tal cual. Estoy aprendiendo a limpiar pescado, es asqueroso, pero qué remedio.

El otro día todo comenzó a cambiar.

Llamaron a la puerta de casa y cuando abrí encontré a un hombre, casi transparente como yo, sonriéndome mientras me pedía prestada azúcar para su café de la mañana. Cuando le pregunté si era un vecino nuevo, me contestó que llevaba viviendo más de un año en el mismo rellano que yo, pero que no me apurase, pasaba siempre desapercibido para los demás desde que su novia lo dejó por alguien más nítido. Que él tampoco me había visto casi nunca.

Nos reímos casi sin eco en nuestros cuerpos translúcidos y entonces, milagrosamente, nos fuimos materializando poco a poco. Comencé a verlo y él a mí. Al principio me dio vergüenza, estaba muy descuidada, pero noté que a él le pasaba lo mismo. Llevaba barba de varios días y el pelo desaliñado, una bata abierta sobre un pijama azul arrugado. Y yo no iba mucho mejor, pero qué importaba. Nos veíamos, incluso nos atrevimos a tocarnos solo con la intención de comprobar que éramos reales y no el sueño de lo que aspirábamos ser.

No hablamos más en ese momento, le di unos sobres de azúcar que tenía en el bolso y él me dio un suave beso en los labios. Me di cuenta porque me pinchó un poco con la barba, ya que yo estaba alucinando tanto que ni lo vi acercarse. Luego se marchó.

Nos vemos muy a menudo. Nos contamos cómo nos sentíamos antes y lo diferente que es ahora. Cómo cambia la vida cuando alguien te importa y cuando ese alguien te tiene en cuenta.

Al fin he podido pintarme las uñas que llevaba tiempo sin arreglar… y lo necesitaba después de tener que limpiar tanto pescado. Me he arreglado el pelo, me he comprado ropa y estreno sonrisa cada día frente al espejo.

Ayer me di cuenta de algo mientras cenaba en casa con mi marido: se está volviendo transparente. Casi no lo veo ahí sentado frente a mí. Apenas lo escucho cuando habla, está comenzando a desaparecer. Y ahora es cuando él me mira y quiere acercarse a mí, pero es tan intangible que no noto sus caricias, me incomoda el mínimo roce con esa imagen difuminada que apenas distingo.

Lo ignoro porque está desapareciendo o desaparece porque lo ignoro. Me da igual, hoy he quedado.

Ojalá cuando vuelva haya desaparecido del todo. No le odio, ni le deseo nada malo. Simplemente quiero que sienta el abandono y la insignificancia plena que me ha hecho sentir durante tantos años.

Qué curiosos son los estados del cuerpo humano. El amor o el desamor tiene el poder de desintegrar a cualquier persona hasta hacerla totalmente invisible… y no, no es una sensación agradable.

 

Francisco J. Berenguer