Entre tu realidad y mi mentira

Es esa sensación, como que siempre llegas tarde
Que no debiste pensar siquiera en llegar
Que no es tu tiempo ni lugar
Esa sensación de que nadie te echa de menos si no estás
y que, si te vas
a nadie importa tu partida y mucho menos tu destino
De norma finges que no te afecta
sonrisa pintada, cara de porcelana
y suspiras por un -no te vayas- o por un -te acompaño-
aunque prefieres un -me quedo contigo-
Hoy te pusiste tu mejor vestido
el que flota en el aire… el que flota en el río.
Pensaste que podía ser diferente
que lo que sientes se transmite
que lo positivo atrae lo positivo
Incongruencia electromagnética
Nadie leyó tu rostro, y menos ella
su mirada no se detuvo en tus curvas ni en tus labios de seda
besos ensayados frente al espejo emborronado
carmín y saliva
¿cómo se besa a una mujer?
No existe nada mejor que te ignoren
para saber lo que no sienten por ti
Cruzabas el puente sola, camino de casa
no debiste pararte a mirar hacia abajo en ese punto
no debiste hacerlo
No eran reales las voces que escuchaste en la noche
solo era el rumor del agua fría y oscura
No era una llamada, no por favor, no es este tu tiempo ni lugar
hazme caso, bájate de ahí y vuelve a casa, las piedras resbalan

A pesar de la tragedia fue hermosa tu caída
Tu vestido flotaba con elegancia en el aire
y ahora en el río
¿Sabes? Te hubiese dado la mano, te hubiese abrazado
te hubiese hecho saber que a mí me importas
que comparto tu soledad y tu desdicha es la mía
Pero tan solo soy el que escribe estas palabras
y todavía no sé traspasar la frontera
la línea que separa tu realidad de mi mentira.
Y esa sensación que me invade
como que siempre llego tarde…

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

De mar y espuma

Ella lo creó a partir de un sueño

su sueño, su deseo

con un poco de arena gruesa del acantilado

…una pizca de sal, una pincelada de espuma…

La curiosidad calmó el embate de las olas

y la mar, expectante, se tornó espesa

latente y silenciosa

Ella continuó, ajena a las mareas, moldeando sus músculos

tomó prestado un haz de sol y bronceó su piel

de las algas oscuras pigmentó su pelo, negro y ondulado

los ojos azules como un trocito de cielo

Lo hizo hermoso y estudiadamente imperfecto

luego besó su frente y estimuló su conciencia

besó sus labios y le provocó el deseo

Y antes de que despertara del todo

le susurró algo al oído y se deshizo en mil gotas saladas

mil lágrimas que el mar reclamó como suyas

Él amaneció en la playa, solitario y confundido

pero tenía dentro una voz, un rostro difuso, un aroma

Entonces fue cuando ella se convirtió en el sueño de él

su sueño, su deseo

Y la buscó por todos los mares y las tierras conocidas

e incluso en lugares que ningún mapa se atreve a conjugar

verbos y linajes ocultos por el bien de los mortales

Incesante, incansable, ignorando lo que la vida le ofrecía

cegado por una quimera

Pobre ser iluso, soñador, idealista y embaucado

empleó todo su tiempo en una búsqueda imposible

No supo nunca que el amor tan solo es un canto de sirena

melodía extinta, delirio de trovadores y poetas

¿Quién, en su sano juicio, es capaz de creer en ello?

No hace mucho, un atardecer con el mar en calma

sin viento ni corrientes, su velero se detuvo

perdido en un océano cualquiera, azul como todos

Ya no le quedaban fuerzas, ni lugares que examinar

se tumbó en cubierta, exhausto, y se dejó morir

Encontraron su barco días después, sin rastro de él

pensaron que se había caído o tirado al mar

tan solo era un hombre trastornado, viejo y solitario

Pero nadie sabe que recibió una visita

justo antes de que la vida le abandonara

y ella volvió a besar su frente y sus labios

pero vio en sus ojos el dolor y la frustración

de quien siente haber desperdiciado toda su existencia

“–No lo entiendes –pronunció ella con la voz más dulce

que un hombre jamás escuchara

No has malgastado tu vida, no temas

has viajado y conocido más lugares y gentes que nadie

y yo he estado siempre a tu lado

he sentido tus miedos, he llorado contigo, he reído

he respirado tu aliento cuando dormías

y tú el mío

eres un buen hombre, pero todavía no te has dado cuenta

El amor no sabe de tiempo ni de carne

ni mucho menos de lugares

dije que yo te encontraría cuando dejases de buscarme

y así ha sido

ahora duerme, descansa… por fin has llegado a tu hogar

Se abrazaron y se deshicieron en miles de partículas

miles de lágrimas que el mar reclamó como suyas

y se fundieron en él

…con una pizca de sal y una pincelada de espuma…

 

Francisco J. Berenguer

 

Mi deseo impropio y tus hoyuelos de Venus

Y sigues con esa manía tuya de etiquetar, de clasificarlo todo, de marcar diferencias entre las longitudes y latitudes de esta cama alquilada por horas. Que si esto no es amor, ni siquiera un querer, que tan solo es sexo, pasión de cuerpos malheridos, refugio solitario, subversivo instigador de orgasmos y confesiones.

Desiste de pensar, de organizar tu sentir y el mío por parcelas y colores, déjate llevar y cierra las piernas, si quieres, pero abre tu mente. O mejor, olvídate que la tienes. Vamos a amarnos tan salvaje y obscenamente como seamos capaces o de la forma más discreta y puritana. Como quieras, como nos apetezca en ese momento. Te puedo atar, desnuda, a los barrotes de la cama con pañuelos de seda, vendarte los ojos y subliminar el placer o apagar la luz y hacerlo suave, con ternura o sin ella, tal te plazca, mirando la pintura del techo o mordiendo de arrepentimiento la almohada. Puedes ofrecerme beber del dulce néctar que mana entre tus muslos o llenar tu boca con mi carne… ¿Quieres arriba, quieres abajo, quieres darte la vuelta…?    

Esta cama es una puñetera tabla de salvación perdida en un negro y solitario océano de hipocresía y pleitesía al bien quedar. Aquí no necesitamos fingir, solo sobrevivir. Tan solo somos náufragos de nuestras propias vidas impostadas, enmarcadas y maquetadas, guion absurdo de Telecinco, de sonrisa fácil y ecos rancios de originalidad desprovista. Aquí no existe el pasado, te deshiciste de él al tiempo de desnudarte y el futuro va a la deriva resbalando por el sudor de nuestra piel, sin rumbo ni destino, sin promesas que aten, que culpen, que destrocen…

Te amo, te quiero, o ambas cosas o ninguna. Elige tú el cajón donde prefieras guardarlo, donde las etiquetas coincidan con el caos ordenado de tu existencia y perdóname si, en ocasiones, me comporto de modo brusco y desprovisto de esa sensibilidad que me atribuyes.

Ya sabes.

Es el diablo que a veces me araña por dentro y despierta ese impropio deseo, inconveniente y a destiempo. El que no me permite apartar la mirada de esos hoyuelos, tan atractivos y excitantes, del final de tu espalda.

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

Antes de apagar la luz

Si no fuera imposible se podría decir que vuestra cama medía kilómetros y kilómetros, al menos esa era la distancia real que os separaba esa noche, porque cada centímetro se multiplicaba por mil y cada arruga en las sábanas era una cordillera insalvable que se erguía, imponente, entre los dos. Cada uno en su lado, cerca del precipicio, desafiando el peligro y el equilibrio. Cada uno con sus historias, cada uno con su móvil hábilmente adaptado a la inclinación suficiente y necesaria para evitar mostrar la pantalla al otro sin que pareciese ostensible que se quisiera ocultar.

Tú recuerdas en ese momento, justo cuando has enviado el emoticono de un corazón, la frase que una tarde agobiante de verano, de esos días en los que el aire acondicionado todavía no existía ni en los cines, tu madre te lanzó, como un potente saque de Nadal, a tu sudoroso cuerpo de dieciséis años: “Hija, te encontrarás dos tipos de hombres en tu vida, uno que te dará la confianza, la paz y la estabilidad necesaria y te casarás con él, y otro del que te enamorarás perdidamente sin poder evitarlo”. Y tú, que no estabas preparada para recibir aquella bola, pensaste que tu madre se estaba volviendo loca con tanto calor y tan solo sonreíste intentando aparentar que lo habías entendido. Acto seguido, ella siguió con los quehaceres de madre y tú te volviste a sumergir en el cotilleo de la “super Pop” que hojeabas en la cama, junto a la ventana abierta de par en par, invitando al aire de la calle a que pasara.

Ahora se te ha dibujado la misma sonrisa en el rostro, porque ahora entiendes perfectamente lo que ella quería decir. Caíste en la cuenta de que, posiblemente, tu madre tenía un amante o un enamorado, que se había enamorado de otra persona, vamos. Pero seguramente sería un enamoramiento de miradas furtivas en el paseo o cartas románticas pasadas a escondidas con la complicidad de una amiga de confianza, porque no te imaginabas, de ninguna manera, a tu recta y educada madre, restregando su cuerpo contra otro hombre que no fuera tu padre… ¿o sí?

Eres tú la que recibe ahora el emoticono del corazón junto con una pregunta: ¿estás con él en la cama? Escribes que sí, y que te gustaría que fuese él quien estuviera a tu lado y no tu marido, pero te arrepientes, lo borras y dejas solo el sí. Te sientes culpable, pero ¿qué vas a hacer? Te has enamorado sin poder o sin querer evitarlo, no sabes, se metió en tu vida tan de improviso, tan potente. Fue como un atropello en un paso de peatones donde te sentías segura, la zona placentera de tu matrimonio, y él irrumpió en ti sin respetar las normas, a toda velocidad, rozando la ilegalidad y la cordura.

Piensas que la vida está diseñada por arquitectos novatos e inexpertos, por moralistas de saldo, por señoras mayores que siempre visten de luto. ¿Por qué se entiende tan mal el amor? Existen muchas y variadas formas de amar, te dices: el amor a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos, a los animales, el amor propio… ninguno es excluyente. Amas igual a tu padre que a tu madre, amas a tu primer hijo, que crees que es lo máximo, pero luego llega el segundo y lo quieres igual, y si viene un tercero también… ¿por qué no podemos aceptar enamorarnos de dos personas a la vez? ¿qué hay de antinatural en eso? No construyamos más muros y más fronteras, no en esto, por favor.

Miras a tu marido y sientes que lo amas ¿cómo no vas a quererlo si es una buena persona con la que decidiste un día compartir tu vida y formar una familia? Es el padre de tus hijos, con el que has pasado momentos jodidos y momentos irrepetibles y hermosos. No puedes dejar de quererlo, no puedes. Pero tampoco puedes negarte a lo que sientes y cómo lo sientes, y no es cuestión de lealtad, de fidelidad, de respeto. Todos esos conceptos están diseñados para hacerte sentir mal, para que la culpabilidad te haga desistir y que te pierdas el respeto a ti misma, que no seas leal a lo que sientes, que vivas la vida tal cual se espera de ti…

Quizá tu pareja en ese momento, con el móvil, esté intercambiando frases y emoticonos con alguien de quien se ha enamorado. Quizá él sienta en ese mismo momento la misma inquietud que tú, la misma culpabilidad. Quizá en esa cama tan grande seáis cuatro en lugar de dos. Quizá la culpa sea el mayor obstáculo para la sinceridad y el entendimiento.

Ya no sabes, ya dudas de ti misma. Piensas que tal vez estás intentando justificar, de disfrazar la aparición o la necesidad de un amante y el amor sea otra cosa, eso que está siempre por llegar…

Bloqueas el teléfono, ni siquiera te despides, le das un beso de buenas noches a tu marido y apagas la luz.

Francisco J. Berenguer

Mi pretérito perfecto

Tengo cuadernos de fotos repletos de recuerdos, de viajes, de imágenes de nuestros hijos, de vacaciones en la playa, de cumpleaños, de cenas con amigos y alguno de tus poemas.

Los repaso cuando nadie me ve. No soporto las bromas de mi hermana cuando me dice que parezco una vieja loca, siempre mirando libretas vacías. Dice que un día los tirará a la basura. Yo no digo nada, ya sabes lo prudente que soy, la dejo que hable y que hable hasta que se cansa. Además, ella sí que está vieja, y eso que es más joven que yo, pero no se cuida nada, solo se arregla un poco cuando viene Jose Carlos, el cura de la parroquia del barrio, el mismo que nos casó ¿recuerdas? A él le he enseñado alguna vez el álbum de nuestra boda y se queda mirándolo con preocupación, creo que no le gusta verse de joven en las fotos que sale, le harán sentirse mayor.

Mientras se calienta el agua para el té voy a mi rincón preferido en el salón, ese sillón tan cómodo bajo la ventana por donde entra el tibio sol de invierno, y me pongo a repasar nuestras cosas. Mi hermana está medio adormilada en la salita de estar, tapada con una mantita, viendo la novela de la tarde, no molestará.

Mira, esta es de Castellón, mira que cuerpo tenía, hay que ver lo bien que me sentaba el bikini… y tú la habilidad que tenías para quitármelo. Eso fue antes de tener a Rubén, creo que lo concebimos allí durante esas vacaciones o, por lo menos, lo intentamos… muchas veces… jajajaja. Luego están éstas, tres años después, mira que pequeñín y qué gracioso estaba. Ese día nos llovió ¿recuerdas? Tuvimos que recoger todo de la playa corriendo para ir a refugiarnos. Cómo tronaba y esos rayos que caían al mar, tan de repente. Ahí fue cuando Rubén cogió miedo a las tormentas, no paraba de llorar y llorar, y tú, el cabreo que cogiste porque te torciste un tobillo, con las prisas, y estuviste el resto de las vacaciones con el pie escayolado. Oh… mira qué guapo estás aquí, recién salido del mar, ¿ésta fue antes, verdad? Sí, claro, era cuando ibas al gimnasio y corrías todas las mañanas, se nota, la barriguita vino después… con los embarazos… jajajaja, yo los tenía y tú tenías la flacidez, las estrías… la buena vida, las cervecitas, los aperitivos… ¿Recuerdas cómo se llamaba ese bar tan pequeño y que al principio dudábamos entrar porque nos parecía poco higiénico, pero que hacían unos calamares y unas patatas bravas espectaculares?

¡Dios…! Se ha armado una gorda. Me he entretenido demasiado contigo y se ha quemado el cazo donde calentamos el agua de las infusiones. Mi hermana se ha puesto hecha una furia, me ha dicho de todo, no me atrevo ni ha repetir la mitad de lo que ha salido por su boca. Me ha dicho que voy a matarnos a las dos, que estoy muy loca y que soy un peligro. Luego ha cogido mis cuadernos y me los ha pasado abiertos muy cerca de la cara. Decía que los mirase, que están vacíos de fotos, que todo es plástico y hojas en blanco, que se los llevaba, al igual que los marcos de fotos sin fotos que tengo en mi habitación. Me ha dicho que estás muerto, que tan solo fuiste mi novio unos meses, que no tengo ni una triste foto de ti y que tuviste un accidente mortal con la moto hace más de cuarenta años. Quiso ser cruel, pero me dio pena por ella.

Se cree que todo eso no lo sabíamos.

La vida ¿acaso la vida no son solo recuerdos? ¿qué te queda de lo que has vivido? Y los recuerdos no son más que luces y sombras en nuestro cerebro. Fotografías distorsionadas y moldeables, imágenes de un pasado que no existe, sentimientos que perduran, deseos, imaginación… no querer olvidar a quien amas…

Yo creé una vida contigo y la recuerdo mejor que si la hubiéramos vivido. No necesito fotos ni videos, ni documentos. Cada día que estuvimos juntos valió por una vida entera y no quiero recordar tu trágica y prematura muerte, prefiero recordar tu vida, nuestra vida. Porque tú volviste esa noche de trabajar con tu moto, no hubo ningún accidente, e hicimos el amor ¿te acuerdas? Y esa misma noche me pediste que me casara contigo y yo te dije que no, pero luego que sí, estaba tan nerviosa… y nos casó Don Jose Carlos y nos fuimos de viaje a Italia y tú te intoxicaste con la salsa carbonara en un restaurante de Nápoles, y nos recorrimos la toscana en una moto con sidecar y recuerdo como parí a Rubén y años más tarde a Nerea, y tu sonrisa, tus ojos… y te sigo amando en la soledad de mi cuarto, cada noche, aunque vengas cansado de trabajar…

Yo estaré loca pero no habrá mucha gente que recuerde una vida mejor que la que yo he tenido, porque el amor no se acaba con la muerte, yo lo encontré un día y sigue vivo en mí…

Francisco J. Berenguer