Entre tu realidad y mi mentira

Es esa sensación, como que siempre llegas tarde
Que no debiste pensar siquiera en llegar
Que no es tu tiempo ni lugar
Esa sensación de que nadie te echa de menos si no estás
y que, si te vas
a nadie importa tu partida y mucho menos tu destino
De norma finges que no te afecta
sonrisa pintada, cara de porcelana
y suspiras por un -no te vayas- o por un -te acompaño-
aunque prefieres un -me quedo contigo-
Hoy te pusiste tu mejor vestido
el que flota en el aire… el que flota en el río.
Pensaste que podía ser diferente
que lo que sientes se transmite
que lo positivo atrae lo positivo
Incongruencia electromagnética
Nadie leyó tu rostro, y menos ella
su mirada no se detuvo en tus curvas ni en tus labios de seda
besos ensayados frente al espejo emborronado
carmín y saliva
¿cómo se besa a una mujer?
No existe nada mejor que te ignoren
para saber lo que no sienten por ti
Cruzabas el puente sola, camino de casa
no debiste pararte a mirar hacia abajo en ese punto
no debiste hacerlo
No eran reales las voces que escuchaste en la noche
solo era el rumor del agua fría y oscura
No era una llamada, no por favor, no es este tu tiempo ni lugar
hazme caso, bájate de ahí y vuelve a casa, las piedras resbalan

A pesar de la tragedia fue hermosa tu caída
Tu vestido flotaba con elegancia en el aire
y ahora en el río
¿Sabes? Te hubiese dado la mano, te hubiese abrazado
te hubiese hecho saber que a mí me importas
que comparto tu soledad y tu desdicha es la mía
Pero tan solo soy el que escribe estas palabras
y todavía no sé traspasar la frontera
la línea que separa tu realidad de mi mentira.
Y esa sensación que me invade
como que siempre llego tarde…

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

De mar y espuma

Ella lo creó a partir de un sueño

su sueño, su deseo

con un poco de arena gruesa del acantilado

…una pizca de sal, una pincelada de espuma…

La curiosidad calmó el embate de las olas

y la mar, expectante, se tornó espesa

latente y silenciosa

Ella continuó, ajena a las mareas, moldeando sus músculos

tomó prestado un haz de sol y bronceó su piel

de las algas oscuras pigmentó su pelo, negro y ondulado

los ojos azules como un trocito de cielo

Lo hizo hermoso y estudiadamente imperfecto

luego besó su frente y estimuló su conciencia

besó sus labios y le provocó el deseo

Y antes de que despertara del todo

le susurró algo al oído y se deshizo en mil gotas saladas

mil lágrimas que el mar reclamó como suyas

Él amaneció en la playa, solitario y confundido

pero tenía dentro una voz, un rostro difuso, un aroma

Entonces fue cuando ella se convirtió en el sueño de él

su sueño, su deseo

Y la buscó por todos los mares y las tierras conocidas

e incluso en lugares que ningún mapa se atreve a conjugar

verbos y linajes ocultos por el bien de los mortales

Incesante, incansable, ignorando lo que la vida le ofrecía

cegado por una quimera

Pobre ser iluso, soñador, idealista y embaucado

empleó todo su tiempo en una búsqueda imposible

No supo nunca que el amor tan solo es un canto de sirena

melodía extinta, delirio de trovadores y poetas

¿Quién, en su sano juicio, es capaz de creer en ello?

No hace mucho, un atardecer con el mar en calma

sin viento ni corrientes, su velero se detuvo

perdido en un océano cualquiera, azul como todos

Ya no le quedaban fuerzas, ni lugares que examinar

se tumbó en cubierta, exhausto, y se dejó morir

Encontraron su barco días después, sin rastro de él

pensaron que se había caído o tirado al mar

tan solo era un hombre trastornado, viejo y solitario

Pero nadie sabe que recibió una visita

justo antes de que la vida le abandonara

y ella volvió a besar su frente y sus labios

pero vio en sus ojos el dolor y la frustración

de quien siente haber desperdiciado toda su existencia

“–No lo entiendes –pronunció ella con la voz más dulce

que un hombre jamás escuchara

No has malgastado tu vida, no temas

has viajado y conocido más lugares y gentes que nadie

y yo he estado siempre a tu lado

he sentido tus miedos, he llorado contigo, he reído

he respirado tu aliento cuando dormías

y tú el mío

eres un buen hombre, pero todavía no te has dado cuenta

El amor no sabe de tiempo ni de carne

ni mucho menos de lugares

dije que yo te encontraría cuando dejases de buscarme

y así ha sido

ahora duerme, descansa… por fin has llegado a tu hogar

Se abrazaron y se deshicieron en miles de partículas

miles de lágrimas que el mar reclamó como suyas

y se fundieron en él

…con una pizca de sal y una pincelada de espuma…

 

Francisco J. Berenguer

 

Mi deseo impropio y tus hoyuelos de Venus

Y sigues con esa manía tuya de etiquetar, de clasificarlo todo, de marcar diferencias entre las longitudes y latitudes de esta cama alquilada por horas. Que si esto no es amor, ni siquiera un querer, que tan solo es sexo, pasión de cuerpos malheridos, refugio solitario, subversivo instigador de orgasmos y confesiones.

Desiste de pensar, de organizar tu sentir y el mío por parcelas y colores, déjate llevar y cierra las piernas, si quieres, pero abre tu mente. O mejor, olvídate que la tienes. Vamos a amarnos tan salvaje y obscenamente como seamos capaces o de la forma más discreta y puritana. Como quieras, como nos apetezca en ese momento. Te puedo atar, desnuda, a los barrotes de la cama con pañuelos de seda, vendarte los ojos y subliminar el placer o apagar la luz y hacerlo suave, con ternura o sin ella, tal te plazca, mirando la pintura del techo o mordiendo de arrepentimiento la almohada. Puedes ofrecerme beber del dulce néctar que mana entre tus muslos o llenar tu boca con mi carne… ¿Quieres arriba, quieres abajo, quieres darte la vuelta…?    

Esta cama es una puñetera tabla de salvación perdida en un negro y solitario océano de hipocresía y pleitesía al bien quedar. Aquí no necesitamos fingir, solo sobrevivir. Tan solo somos náufragos de nuestras propias vidas impostadas, enmarcadas y maquetadas, guion absurdo de Telecinco, de sonrisa fácil y ecos rancios de originalidad desprovista. Aquí no existe el pasado, te deshiciste de él al tiempo de desnudarte y el futuro va a la deriva resbalando por el sudor de nuestra piel, sin rumbo ni destino, sin promesas que aten, que culpen, que destrocen…

Te amo, te quiero, o ambas cosas o ninguna. Elige tú el cajón donde prefieras guardarlo, donde las etiquetas coincidan con el caos ordenado de tu existencia y perdóname si, en ocasiones, me comporto de modo brusco y desprovisto de esa sensibilidad que me atribuyes.

Ya sabes.

Es el diablo que a veces me araña por dentro y despierta ese impropio deseo, inconveniente y a destiempo. El que no me permite apartar la mirada de esos hoyuelos, tan atractivos y excitantes, del final de tu espalda.

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

Antes de apagar la luz

Si no fuera imposible se podría decir que vuestra cama medía kilómetros y kilómetros, al menos esa era la distancia real que os separaba esa noche, porque cada centímetro se multiplicaba por mil y cada arruga en las sábanas era una cordillera insalvable que se erguía, imponente, entre los dos. Cada uno en su lado, cerca del precipicio, desafiando el peligro y el equilibrio. Cada uno con sus historias, cada uno con su móvil hábilmente adaptado a la inclinación suficiente y necesaria para evitar mostrar la pantalla al otro sin que pareciese ostensible que se quisiera ocultar.

Tú recuerdas en ese momento, justo cuando has enviado el emoticono de un corazón, la frase que una tarde agobiante de verano, de esos días en los que el aire acondicionado todavía no existía ni en los cines, tu madre te lanzó, como un potente saque de Nadal, a tu sudoroso cuerpo de dieciséis años: “Hija, te encontrarás dos tipos de hombres en tu vida, uno que te dará la confianza, la paz y la estabilidad necesaria y te casarás con él, y otro del que te enamorarás perdidamente sin poder evitarlo”. Y tú, que no estabas preparada para recibir aquella bola, pensaste que tu madre se estaba volviendo loca con tanto calor y tan solo sonreíste intentando aparentar que lo habías entendido. Acto seguido, ella siguió con los quehaceres de madre y tú te volviste a sumergir en el cotilleo de la “super Pop” que hojeabas en la cama, junto a la ventana abierta de par en par, invitando al aire de la calle a que pasara.

Ahora se te ha dibujado la misma sonrisa en el rostro, porque ahora entiendes perfectamente lo que ella quería decir. Caíste en la cuenta de que, posiblemente, tu madre tenía un amante o un enamorado, que se había enamorado de otra persona, vamos. Pero seguramente sería un enamoramiento de miradas furtivas en el paseo o cartas románticas pasadas a escondidas con la complicidad de una amiga de confianza, porque no te imaginabas, de ninguna manera, a tu recta y educada madre, restregando su cuerpo contra otro hombre que no fuera tu padre… ¿o sí?

Eres tú la que recibe ahora el emoticono del corazón junto con una pregunta: ¿estás con él en la cama? Escribes que sí, y que te gustaría que fuese él quien estuviera a tu lado y no tu marido, pero te arrepientes, lo borras y dejas solo el sí. Te sientes culpable, pero ¿qué vas a hacer? Te has enamorado sin poder o sin querer evitarlo, no sabes, se metió en tu vida tan de improviso, tan potente. Fue como un atropello en un paso de peatones donde te sentías segura, la zona placentera de tu matrimonio, y él irrumpió en ti sin respetar las normas, a toda velocidad, rozando la ilegalidad y la cordura.

Piensas que la vida está diseñada por arquitectos novatos e inexpertos, por moralistas de saldo, por señoras mayores que siempre visten de luto. ¿Por qué se entiende tan mal el amor? Existen muchas y variadas formas de amar, te dices: el amor a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos, a los animales, el amor propio… ninguno es excluyente. Amas igual a tu padre que a tu madre, amas a tu primer hijo, que crees que es lo máximo, pero luego llega el segundo y lo quieres igual, y si viene un tercero también… ¿por qué no podemos aceptar enamorarnos de dos personas a la vez? ¿qué hay de antinatural en eso? No construyamos más muros y más fronteras, no en esto, por favor.

Miras a tu marido y sientes que lo amas ¿cómo no vas a quererlo si es una buena persona con la que decidiste un día compartir tu vida y formar una familia? Es el padre de tus hijos, con el que has pasado momentos jodidos y momentos irrepetibles y hermosos. No puedes dejar de quererlo, no puedes. Pero tampoco puedes negarte a lo que sientes y cómo lo sientes, y no es cuestión de lealtad, de fidelidad, de respeto. Todos esos conceptos están diseñados para hacerte sentir mal, para que la culpabilidad te haga desistir y que te pierdas el respeto a ti misma, que no seas leal a lo que sientes, que vivas la vida tal cual se espera de ti…

Quizá tu pareja en ese momento, con el móvil, esté intercambiando frases y emoticonos con alguien de quien se ha enamorado. Quizá él sienta en ese mismo momento la misma inquietud que tú, la misma culpabilidad. Quizá en esa cama tan grande seáis cuatro en lugar de dos. Quizá la culpa sea el mayor obstáculo para la sinceridad y el entendimiento.

Ya no sabes, ya dudas de ti misma. Piensas que tal vez estás intentando justificar, de disfrazar la aparición o la necesidad de un amante y el amor sea otra cosa, eso que está siempre por llegar…

Bloqueas el teléfono, ni siquiera te despides, le das un beso de buenas noches a tu marido y apagas la luz.

Francisco J. Berenguer

Mi pretérito perfecto

Tengo cuadernos de fotos repletos de recuerdos, de viajes, de imágenes de nuestros hijos, de vacaciones en la playa, de cumpleaños, de cenas con amigos y alguno de tus poemas.

Los repaso cuando nadie me ve. No soporto las bromas de mi hermana cuando me dice que parezco una vieja loca, siempre mirando libretas vacías. Dice que un día los tirará a la basura. Yo no digo nada, ya sabes lo prudente que soy, la dejo que hable y que hable hasta que se cansa. Además, ella sí que está vieja, y eso que es más joven que yo, pero no se cuida nada, solo se arregla un poco cuando viene Jose Carlos, el cura de la parroquia del barrio, el mismo que nos casó ¿recuerdas? A él le he enseñado alguna vez el álbum de nuestra boda y se queda mirándolo con preocupación, creo que no le gusta verse de joven en las fotos que sale, le harán sentirse mayor.

Mientras se calienta el agua para el té voy a mi rincón preferido en el salón, ese sillón tan cómodo bajo la ventana por donde entra el tibio sol de invierno, y me pongo a repasar nuestras cosas. Mi hermana está medio adormilada en la salita de estar, tapada con una mantita, viendo la novela de la tarde, no molestará.

Mira, esta es de Castellón, mira que cuerpo tenía, hay que ver lo bien que me sentaba el bikini… y tú la habilidad que tenías para quitármelo. Eso fue antes de tener a Rubén, creo que lo concebimos allí durante esas vacaciones o, por lo menos, lo intentamos… muchas veces… jajajaja. Luego están éstas, tres años después, mira que pequeñín y qué gracioso estaba. Ese día nos llovió ¿recuerdas? Tuvimos que recoger todo de la playa corriendo para ir a refugiarnos. Cómo tronaba y esos rayos que caían al mar, tan de repente. Ahí fue cuando Rubén cogió miedo a las tormentas, no paraba de llorar y llorar, y tú, el cabreo que cogiste porque te torciste un tobillo, con las prisas, y estuviste el resto de las vacaciones con el pie escayolado. Oh… mira qué guapo estás aquí, recién salido del mar, ¿ésta fue antes, verdad? Sí, claro, era cuando ibas al gimnasio y corrías todas las mañanas, se nota, la barriguita vino después… con los embarazos… jajajaja, yo los tenía y tú tenías la flacidez, las estrías… la buena vida, las cervecitas, los aperitivos… ¿Recuerdas cómo se llamaba ese bar tan pequeño y que al principio dudábamos entrar porque nos parecía poco higiénico, pero que hacían unos calamares y unas patatas bravas espectaculares?

¡Dios…! Se ha armado una gorda. Me he entretenido demasiado contigo y se ha quemado el cazo donde calentamos el agua de las infusiones. Mi hermana se ha puesto hecha una furia, me ha dicho de todo, no me atrevo ni ha repetir la mitad de lo que ha salido por su boca. Me ha dicho que voy a matarnos a las dos, que estoy muy loca y que soy un peligro. Luego ha cogido mis cuadernos y me los ha pasado abiertos muy cerca de la cara. Decía que los mirase, que están vacíos de fotos, que todo es plástico y hojas en blanco, que se los llevaba, al igual que los marcos de fotos sin fotos que tengo en mi habitación. Me ha dicho que estás muerto, que tan solo fuiste mi novio unos meses, que no tengo ni una triste foto de ti y que tuviste un accidente mortal con la moto hace más de cuarenta años. Quiso ser cruel, pero me dio pena por ella.

Se cree que todo eso no lo sabíamos.

La vida ¿acaso la vida no son solo recuerdos? ¿qué te queda de lo que has vivido? Y los recuerdos no son más que luces y sombras en nuestro cerebro. Fotografías distorsionadas y moldeables, imágenes de un pasado que no existe, sentimientos que perduran, deseos, imaginación… no querer olvidar a quien amas…

Yo creé una vida contigo y la recuerdo mejor que si la hubiéramos vivido. No necesito fotos ni videos, ni documentos. Cada día que estuvimos juntos valió por una vida entera y no quiero recordar tu trágica y prematura muerte, prefiero recordar tu vida, nuestra vida. Porque tú volviste esa noche de trabajar con tu moto, no hubo ningún accidente, e hicimos el amor ¿te acuerdas? Y esa misma noche me pediste que me casara contigo y yo te dije que no, pero luego que sí, estaba tan nerviosa… y nos casó Don Jose Carlos y nos fuimos de viaje a Italia y tú te intoxicaste con la salsa carbonara en un restaurante de Nápoles, y nos recorrimos la toscana en una moto con sidecar y recuerdo como parí a Rubén y años más tarde a Nerea, y tu sonrisa, tus ojos… y te sigo amando en la soledad de mi cuarto, cada noche, aunque vengas cansado de trabajar…

Yo estaré loca pero no habrá mucha gente que recuerde una vida mejor que la que yo he tenido, porque el amor no se acaba con la muerte, yo lo encontré un día y sigue vivo en mí…

Francisco J. Berenguer

El miedo latente

Estás en la cama de tu hija, tumbada a su lado, con una manita entre las tuyas.

Atendiste a su llamada esa noche cuando te reclamó en un grito ahogado y te dijo: “Mamá, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, su miedo y en él reconociste el tuyo, el que habías albergado durante toda tu vida.

Era el miedo a morirte, que no a la muerte.

El concepto de la muerte lo conocías desde temprana edad, como tu hija, desde los siete u ocho años. Concebías la muerte como algo natural como un proceso necesario, el único y verdadero destino común y predecible para todo el mundo, hilo negro anudado al corazón que tiraba de cada uno de nosotros en el momento más inoportuno, porque no existe momento oportuno para abandonar esta vida, aunque se busque intencionadamente.

El miedo, el verdadero miedo, el que habías percibido en los ojos de tu niña era el mismo que más de cuarenta años atrás sentiste tú aquella noche en la que llamaste también a tu madre, pero ella no se quedó contigo apretando tu mano contra su pecho y tan solo se esforzaba en quitarle importancia haciéndote ver que aquello no tenía lógica, haciéndote sentir poco más que tonta, dejándote la humedad efímera de un beso en la frente antes de marcharse de tu cuarto. Era el miedo a dejar de existir, a desaparecer, como si la oscuridad y la soledad te fueran a engullir y te condenaran a habitar allí para siempre, un lugar donde los demás te darían por muerta, pero tú en realidad continuabas secuestrada en esa soledad eterna, en una espesa tiniebla oscura en la que por mucho que grites nadie puede llegar a escucharte, donde ni tú misma percibes el eco de tu voz.

Podrías haberle contado a tu pequeña cómo llegaste a superar esa angustia ancestral, pero sabías que no era momento para hablar, que lo que necesitaba era tu compañía, tu comprensión, la calidez de tu cuerpo junto al suyo ya era suficiente para calmarla, se sentía protegida e inmune a cualquier mal que acechara fuera de los límites de su cama. Ya habría tiempo para eso y… además, sabes que nunca has llegado a superar tu miedo latente…

Habías desarrollado un instinto, una estrategia, una forma de vida para alejar a la muerte, mantenerla al otro lado del rio sin que hallara puentes a tu ribera. Creíste que el amor era tu protección, tu escudo, tu amuleto. El amor, con mayúsculas, a ti misma y a todo lo que te rodea. El amor a las personas, a los animales, a las cosas, a lo más simple, amor a la vida, poner verdadera pasión a todo lo que se hace, a todo lo que se dice, a todo lo que se siente. Y rodearte de gente que quieres y te quieren, hacerte querer y preocuparte en hacerles sentir que los quieres, que son importantes para ti. Cuidar las relaciones, mantener la amistad, amar plenamente con el cuerpo y la mente y, sobre todo, tener ocultos tus demonios, no dejarlos salir, que no enturbien, que no te vomiten su realidad en tu cara. Creíste que si sentías mucho, mucho por todo, que si la muerte veía tu interés por cualquier cosa que la vida te ofrecía pondría el suyo en alguien que apreciara menos el gran milagro de la existencia, pero aprendiste que el amor no la repele y ésta te lo fue arrebatando con la crueldad de quien dice siempre la verdad.

Ahora estás en tu cama y tu hija, tumbada a tu lado, acaricia tu mano entre las suyas. Eres vieja y ella ya no es una niña.

Atendió tu llamada cuando, con un grito ahogado, la reclamaste y le dijiste: “Hija mía, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, todo el amor que siente por ti, pudiste comprobar que ningún miedo enturbiaba su dulce mirada y entonces, y solo entonces, el tuyo también desapareció. Te invadió una sensación de paz y complacencia infinita, como quien finaliza con éxito un difícil trabajo que se le había encomendado. Oyes voces, como música lejana, susurros de alguien conocido, palabras de despedida que se deslizan suavemente en tus oídos.

Y cierras lentamente los ojos sin temor ya a la oscuridad…

Francisco J. Berenguer

Cartas que nunca se enviaron

Tenía tanto que contarte, todavía

pero nos quedamos sin tiempo, ni estaciones

andenes vacíos repletos de invierno

Que no vean que sufres, no temas

las heridas del corazón se leen en la mirada

¿y quién te mira hoy a los ojos?

¿quién te ama como yo… quién te amará?

Perdí la batalla, la guerra, perdí la vida

he perdido los sueños, te he perdido

Alimentamos al destino con fruta prohibida

creamos paraísos sobre raíces ajenas

inestables okupas de sentimientos ilegales

Nos expulsamos mil veces

y mil veces nos perdonamos

pero lo eterno es corto para los mortales

obsolescencia de amor programada

Violación de tiempo y espacios corporales

sexo prematuro sin la protección de la cordura

preñados de ilusiones

de realidad abortadas

Tenía tanto que contarte, todavía

pero ya no me quedan palabras

ni voz, ni tinta… ni alma

 

Francisco J. Berenguer

Seda Roja

Cierra los ojos y pide un deseo.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando sonó el disparo.

Cumplo diecisiete años, una edad preciosa según mi madre, aunque para mí no lo es tanto. Bueno, sí lo es, pero es como encontrarse a medio camino entre la chica adolescente, que hace tiempo dejó de ser una niña, y la mujer reconocida oficialmente en el dni, la que puede conducir, votar, no pedir autorización para ir de excursión con el instituto… jajajaja

Me llamo Anabel y estoy con mi amigo Rafa en un parquecito de mi barrio. Es un barrio pobre, humilde, de trabajadores pobres y humildes. Un barrio de los que llaman conflictivo por alguna gente que se está metiendo últimamente por aquí, pero tampoco es para tanto, a mí me gusta, aunque los repartidores de pizzas no se atrevan a acercarse a determinadas calles.

Unos niños acaban de pasar por nuestro lado. Uno llevaba oculto bajo su cazadora una pistola que encontraron en el vertedero. Ya los habíamos visto otras veces jugar con ella, pensábamos que estaba estropeada. Dos de los cuatro de la pandilla eran los hijos del “Dientes”, uno que se dedica a vender droga y que lleva metal en la dentadura, no sé si por salud dental o porque, simplemente, le gusta. Es de la gente de la que conviene mantenerse alejada, de él y de sus hijos. Tampoco sabíamos que ese día uno de ellos había conseguido una bala y se proponían jugar a la ruleta rusa.

Rafa está a punto de cumplir los dieciocho, no quiere estudiar y por eso su padre lo metió en su taller de motos para que fuera aprendiendo un oficio. Sé que le gusto, aunque nunca me lo ha dicho, no hace falta, esos ojos azul verdoso, depende de la luz que le dé, se declaran por él. ¿Que si a mí me gusta? Claro que sí, pero no quiero liarme en una relación, no quiero atarme todavía. Siento que mi vida está comenzando a volar por el cielo que yo elijo y quiero sentirme libre.

Esta tarde, Rafa, ha salido más pronto del taller y me ha comprado un pastelito en el super, uno barato de esos que vienen envueltos en plástico. Previamente, había pasado por la mercería del barrio para regalarme un pañuelo rojo de seda que semanas atrás vimos en el escaparate y le dije que me encantaba, pero no le llegaba el presupuesto. El pobre no tiene un céntimo, su padre lo ata bien en corto. Pero eso es lo de menos. El pastel es de esos rectangulares de bizcocho y chocolate por encima. Ha puesto una vela que dice que encontró en un cajón de la cocina de su casa, una vela pequeña, varias veces usada, con la mecha tan negra y seca que le ha costado un montón encenderla, hasta se ha quemado el dedo gordo con el mechero. Se lo ha metido en la boca para aliviar el dolor y casi no puedo entenderle cuando me pone el pastel con la vela encendida a la altura de mi boca y me dice: cierra los ojos y pide un deseo.

A mí me hizo reír y de la risa apagué la vela sin querer. Así no vale, dijo. Y se puso otra vez con la tarea de volverla a encender.

Mientras chasqueaba el mechero con su dedo maltrecho yo me dediqué a pensar en el deseo que podía pedir.

Pensé en mi madre, en lo mucho que trabaja la pobre y en lo apurado que llegamos a fin de mes. Por las mañanas está en el supermercado del barrio y por las tardes limpia casas, escaleras, locales o lo que le salga. Termina agotada todos los días y me da mucha pena. Desearía algo para ella; que le tocase la bonoloto esa que echa con números fijos desde no se sabe cuando y que nunca han salido más de cuatro números; o que encontrase un hombre que la quisiera, aunque ella dice que no quiere hombres, que con mi padre ya tuvo bastante. Yo apenas lo conocí, dicen que era un borracho, juerguista y mujeriego. Se marchó cuando era muy pequeña.

Pensé en la vecina Concha, tendrá más de ochenta años, vive sola y se le olvidan las cosas. Tiene cuatro hijos y también se les olvida visitarla, debe ser algo de familia.

Pensé en Rafa. Su madre sufre de depresiones, no le pasa nada grave, creo que no le gusta su vida. Su padre está hundido, no sabe cómo animarla, ya ha desistido y ahora solo hace que trabajar y trabajar, y él está muy perdido.

Me puso el pastelito de nuevo a la altura de la boca y me dijo: el deseo tiene que ser para ti. ¡Qué curioso! Parece que me leyera el pensamiento.

Cierra los ojos y pide un deseo, repitió.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando la bala salió disparada de la vieja pistola de esos niños.

Hasta imagino que veo la trayectoria… a cámara lenta… un trozo de metal, un pequeño dardo letal que apenas hirió en la frente al hijo mayor del “Dientes” cuando apretó el gatillo, un rasguño que le dejaría una cicatriz en forma de rayo, como la versión barriobajera de Harry Potter. La bala ascendió unos metros hasta chocar con la barandilla del balcón de un primer piso y rebotó en oblicuo hacia abajo, allí impactó con el bordillo de piedra de la acera y continuó casi paralela al suelo hacia donde estábamos. Pasó por debajo de dos coches, uno de ellos el de mi madre, se metió en el jardín, sesgó dos margaritas por el tallo y deshojó una tercera y una cuarta. Una nube de hojas blancas y amarillas lanzadas al aire como dando la bienvenida y adornando el paso de la muerte. Y, antes de que la primera de esas hojas tocara tierra, la bala penetró, sin resistencia, en el cuerpo de mi amigo.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue como un chorro de sangre salía a borbotones del cuello de Rafa que me miraba sorprendido sin saber todavía lo que estaba ocurriendo. Quise taponar su herida con mi mano, pero la sangre salía con demasiada fuerza. Su vida se le escapaba entre mis dedos y yo no podía hacer nada por evitarlo. Seda roja que nos envolvía templada y amarga.

La gente se acercaba. Se oían gritos y lamentos.

Yo cerré los ojos con fuerza y entonces, sí, pedí lo único que podía desear en ese momento…

Café… ¿solo?

Resulta curioso cómo los sueños se desvanecen apenas despertamos. Tú me decías que para evitar que sucediera debías contárselo a alguien nada más despertar y siempre antes de desayunar, como si el café y las tostadas fueran una prolongación de la frontera entre los dos mundos.

Esta mañana no quiero olvidar lo que he soñado, pero no tengo a nadie con quien compartirlo, por eso evito desayunar y estoy aquí, sentado en la cocina, mirando la vieja cafetera italiana de aluminio que he puesto sobre la encimera, a fuego lento, esperando que suba el café.

Sí, es tu cafetera, la uso a diario. Al final he arrinconado la de cápsulas, la que me decías que hacía mucho ruido a pesar de ser tan cara. Nunca llegaste a reconocer que el café sabía mejor con ella, tú decías que sabía distinto, pero no mejor, que preferías lo clásico, y debo reconocer que tenías razón; el proceso de llenarla de agua, poner el café molido en su justa medida, enroscarla fuerte, ponerla al fuego y esperar hasta que el sonido del vapor te indique que está listo, tiene su encanto…

Y me sigue recordando a ti. A esas mañanas de domingo, tu sonrisa despeinada, desayunando en la cocina, desnuda bajo una camiseta de las mías que te cubría hasta medio muslo, el aroma del café recién hecho. Yo quemándome con las tostadas y tú escribiendo poemas en tu cuaderno con un bolígrafo chupado y mordido, que es lo que hacías cuando no te salía la palabra que buscabas.

Siempre me ha gustado tu letra y te daba igual que me burlara de los círculos que ponías sobre las íes, en lugar de puntos. Decías que eran globos y que los acentos y las comas los hacías laaargos porque eran como los hilos que sujetaban los globos a las letras para que no salieran volando.

Te he soñado y, como otras tantas veces, no quiero que te desvanezcas con el primer sorbo… por favor, no… hoy no.

Estábamos en la playa, no sé cuál, ya sabes, los sueños tienen estas cosas. Éramos muy jóvenes, como cuando comenzamos a salir. Tú estabas tumbada de espaldas sobre la arena tomando el sol sin la parte de arriba y yo te miraba, embelesado, admirando la belleza que respirabas y que a mí me cortaba la respiración. Hubo un momento que abriste los ojos y me miraste, sin decir nada, era tan dulce, tan hermoso, tan real. Juraría que en ese momento tú también estabas soñando conmigo y nuestras miradas se unieron traspasando lo onírico, rozando el milagro, compartiendo ese eterno minuto en el desván del paraíso…

Luego se hizo invierno, el sol entornó los párpados, un viento frío se levantó de improviso, tus pezones se endurecieron y toda tú te comenzaste a deshacer como una figura de arena, lentamente, hasta que el mar te hizo desaparecer y yo desperté empapado de ti.

Un día decidiste que debíamos terminar y te fuiste, con las razones justas. También, como la arena, te deslizaste entre las grietas de mis inseguridades y no supe retenerte, lo que te ofrecí no te pareció suficiente. Ahora solo te sueño y leo y releo el cuaderno que dejaste en tu lado de la cama, poesías improvisadas e inacabadas que ya recito de memoria.

Ha pasado mucho tiempo y ya no sé si sigues tomando café, si te has pasado a las cápsulas o ahora tomas té o cualquier otra infusión ¡qué más da!

Guardo tu cuaderno con recelo para que no se escapen los globos, para poder dejarlos volar juntos el día que vuelvas, porque sé que volverás… porque nadie se va para siempre y deja olvidado en el lugar del que se marchó los poemas que, latido a latido,  le surgieron del alma.

Quizás solo sea otro sueño que se desvanezca cuanto termine este café de domingo, porque no tengo a nadie a quien contarle, antes del desayuno, lo mucho que te echo de menos y la forma tan desgarradora en la que todavía te amo.

 

Francisco J. Berenguer

Clave de Luna

Ya no quedan atardeceres (rojos)

de carmín, de pasión, de besos en tu cielo (azul)

El sol no se oculta porque ya dejó de asomar

cansado de buscarla entre tus sábanas (negras)

Los días se hacen tan largos

en una habitación cerrada

enfermo de nostalgia, de destino (falso)

de corazón disléxico, arritmia diatónica

notas desacompasadas en clave de luna

No eres capaz de escuchar la sinfonía

que interpreta la vida tras las persianas (cerradas)

especialmente para ti, esperando tu intervención…

Siéntate al piano y demuestra tu arte (solista)

cree en ti, haznos creer que eres música

pronombre enclítico enlazado a tu verbo (único)

queremos verte, sentirte, descubrir tu partitura

el amor es mucho más que un desengaño (doliente)

No te prives de amaneceres y puestas de sol

sumérgete en la melodía de unos labios (desconocidos)

El mundo te reclama

solo tú puedes interpretarte

sube al escenario

y vive…

 

Francisco J. Berenguer

Frágil cuerpo

Qué fácil es destruir

No se necesita carrera, ni de fondo ni de toga

solo palabras

Poder de dioses mundanos que se creen poetas

y solo hacen malabares con las metáforas

mientras el semáforo cambia a verde

no subas la ventanilla, dame algo…

Palabras que ensalzan y humillan

que enamoran y matan, agonizan

que nacen blandas y se endurecen

como chicles bajo el pupitre

y las arrancas con las uñas

petrificada saliva ajena

de quien pronunció tu nombre un día

y al otro olvidó cómo te llamabas

Somos víctimas y verdugos de ellas

de sogas y guillotinas

cadalsos de madera en la plaza

espectáculo de horror que la mirada reclama

No quisiera causar dolor y lo hago

torpe inquisidor que toma mujeres por brujas

en la hoguera que yo prendí me quemo contigo

no pretendo perdón ni reconocimiento

solo escribo, vivir es difícil y hablar me cuesta

a veces las palabras no dicen lo que siento

Es fácil destruir un cuerpo

y más sencillo herir un alma…

 

Francisco J. Berenguer

Fuera llueve…

Sintió que todo en su mundo era perecedero, hasta ella misma.

Y todo se le ocurrió cuando limpiaba y recogía la cocina, y encontró en el frutero una manzana que llevaba varios días sin tocar, oscurecida y madura por un lado y aparentemente fresca por el otro, el que daba la cara.

La apartó, la puso sobre la mesa de tal forma que veía al mismo tiempo las dos partes de ella y se quedó un rato observándola, dejando que su mente efervesciera y estallaran las burbujas de su imaginación.

Ella era así, había momentos que, sin pretenderlo, se ponía a reflexionar sobre la vida, la muerte, el amor, el sexo… cualquier cosa que en ese instante le viniera a la cabeza. Le sucede cuando viaja en el metro y se aísla de cuanto le rodea, en la sala de espera del médico, en el hipnótico hervor de un guiso a fuego lento o, como ahora, en la simple abstracción observando aquella manzana.

No pensó en brujas, princesas y mucho menos en adanes, evas, serpientes con sotana y paraísos desahuciados… pensó en ella, la fruta, la degradación…

Y se sintió como una manzana olvidada en el fondo de un enorme frutero, madurando inútilmente hasta la putrefacción, donde nadie la elegiría por otro motivo que el de tirarla a la basura. Ahora ella era así, como la que tenía frente a sus ojos, con la madurez justa para que alguien la sintiera sabrosa, para poder compartirse y dar toda su esencia y experiencia a quien quisiera darle un bocado… o un beso.

Pero ella nunca sería la fruta que alguien eligiera, hace tiempo que abandonó los estantes del supermercado, ya no estaba en venta. Se entregó al cuidado de unos hijos que sabe que nunca agradecerían su sacrificio, ni esperaba su reconocimiento, claro está. Se conformó con un hombre del que se enamoró de joven y ahí sigue, esforzándose en creer que el amor no tiene fecha de caducidad.

¿Y qué más da? ¿Qué importa ella? Tiene una familia estable, bien posicionada. Una casa preciosa, buenos coches, apartamento en Jávea para el verano. Viste de marca, ropa cara, se puede permitir pequeños caprichos…

¿No es eso lo que pretendía en su vida? Familia feliz, hijos felices, marido feliz, aunque fondón e inapetente; cosas de la edad, de la rutina, de las comilonas, del sexo memorizado.

No se sentía con derecho a quejarse con tanta gente que lo está pasando mal.

Así que seguiría madurando ella solita, sin rechistar, disfrutando de la vida elegida, viendo cómo caduca todo a su alrededor y en su propio interior.

Solo deseaba paz, años tranquilos.

¿Qué más da olvidar aniversarios, voces y caras?

Todo queda obsoleto cuando el pragmatismo impera.

Fuera llueve… otro día más de puñetera nostalgia.

Cogió la manzana y la tiró con rabia a la basura,

mientras tragaba saliva,

para evitar que las lagrimas brotaran.

Es una mierda, pensó,

que hasta los sueños caducaran.

Francisco J. Berenguer

El momento inadecuado

¿Por qué se empeñan los dioses

en atraparnos en carne?

 

Desperté de lo eterno por ti

recorrí miles de mundos y formas

visité universos paralelos

y concluyentes en lo perpendicular

puntos tangenciales

en los que no te hallé

Te busqué en agujeros negros

para disputarte con la nada

si fuera preciso

cloaca infinita, reciclador de estrellas

Conocí civilizaciones y sirenas

que intentaron cautivarme

cantos y melodías turbadoras

seducción inútil a mi propósito

Y por fin logré encontrarte

en este planeta azul, desde el cielo

y gris a ras de suelo

Tu intensa luz me atrajo

pero no pude tocarte

ni tú me podías ver

Estabas presa en un cuerpo

viviendo una vida asignada

ajena a lo transcendente

a lo sublime de la existencia

No podía intervenir

las almas no transgredimos normas

aunque el amor lo justifique

Me quedé a tu lado, sin que me vieras

Fui la presencia que movió tu pelo

un día sin brisa

La caricia que erizó tu piel

cuando estabas sola

A veces me mirabas

y tu mirada me atravesaba

me buscabas sin saber qué buscabas

ni lo cerca que estaba

Me alejé y te dejé vivir

y esperé paciente

porque las almas se encuentran

siempre se encuentran

a pesar de que a veces lo hagan

en el momento inadecuado…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer

El sexo sentido

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Se conserva tan nítido en mi memoria que parece que te estoy viendo ahora mismo, al contra luz de la ventana, cómo te vas vistiendo.

No existe nada más erótico y hermoso que observar a una mujer mientras se viste tras una larga noche de amor. El placer del cuerpo saciado se transforma en una suave languidez en los movimientos, lentos, femeninos, repletos de sensualidad.

Tú disfrutabas al mismo tiempo que yo al mirarte. Te sentías bella y deseada. Se percibía en la forma de ponerte las braguitas, deslizándolas lenta entre las piernas hasta cubrir tu sexo depilado y ajustarlas a tu cintura. El erotismo puro al ponerte las medias; una pierna y luego otra, con la suavidad de la seda, desde la punta de los dedos hasta el elástico en tus muslos. Luego pasabas las dos manos por el recorrido para eliminar arrugas, deleitándote en la caricia.

Te pusiste con destreza el sujetador negro de encaje con relleno sobre las cicatrices de tu pecho. Heridas que no querías mostrarme y que yo besé con ternura esa noche porque te amo a ti, y no a partes de ti.

Yo te admiraba sin poder apartar la vista, recostado en la cama, desnudo, medio envuelto entre esas sábanas que todavía conservaban la humedad de nuestros cuerpos, resultado de ardientes batallas y testigo de acuerdos entre lo sentido y los sentidos.

Pero ese día no firmamos la paz, ni siquiera una tregua. Fue el final de nuestra guerra, sí, de la guerra encarnizada por robar momentos a nuestras propias vidas para disfrutarnos, para respirarnos, para saborearnos… Pero ese final no nos traería la paz, solo sufrimiento y agonía, más si cabe, que la propia contienda.

Los dos sabíamos que era la última vez, aunque ninguno lo pronunciamos en voz alta, solo intensas miradas y besos que se tornaban amargos, no nos hacía falta nada más. Nos habíamos despedido cien veces con la razón y la palabra, ahora sobraban verbos y razones…

Deslizaste por tu cabeza el vestido negro de tubo que tan bien te sienta. Con un excitante meneo de tus caderas terminó de ajustarse a las curvas de tu cuerpo. Viniste hacia mí y yo me senté al borde de la cama. Te diste la vuelta para que te subiese la cremallera, recorrido interminable desde el nacimiento de tu espalda hasta el cuello, y me volví a impregnar del aroma de tu piel. Te juro que no sé cómo me contuve para no invertir la dirección de la cremallera, desnudarte y hacer que tú te encontraras de nuevo entre mis brazos y yo me volviera a perder entre tus piernas.

Pero el tiempo estaba agotado y ya todo pactado. Nuestras vidas personales tiraban de nosotros en distinta dirección y no supimos hacerlo de otra manera, o nos faltó el valor necesario.

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Sabemos que nuestro amor es eterno, aunque no estemos juntos, y que la vida se va consumiendo en cada suspiro, en cada gemido, en cada temblor de labios… en cada orgasmo…

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer