Cosas de Mayores

Llegué corriendo a casa, casi sin aliento. En aquellos tiempos siempre iba corriendo a todos lados, creía que se me había hecho tarde y mis padres estarían enfadados, con la mesa puesta, esperándome para comer. Y mi madre habría salido al balcón para llamarme a gritos: ¡Paquitooo…! Yo odiaba que me llamase así, porque luego se cachondeaban mis amigos. Pero me equivoqué ese día, era pronto y me pareció extraño, porque yo siempre controlaba bien el tiempo en ese mundo donde los niños no usábamos relojes. Bueno, tenía ese reloj blanco de la comunión de correa de piel tintada con hebilla dorada, pero era para ocasiones contadas, mientras tanto, reposaba en una cajita sobre una tela aterciopelada junto a una pluma del mismo color, de esas que se usaban una vez o ninguna. Yo, y casi todos los niños de mi edad, soñábamos con tener un Casio de esos negros que comenzaron a venderse por entonces, tecnología punta.

Me dolían los pies, concretamente la planta de los pies. Había estado corriendo sobre tierra, campo y piedras y yo calzaba unas zapatillas marca “La Tórtola” o “La Perdiz”, no sé, un nombre de pájaro tenía seguro. Y estas zapatillas baratas no se caracterizaban por poseer una buena suela y notabas cualquier piedrecita como si caminaras descalzo. Un día me compraron unas “Paredes” y yo flipaba con ellas, era otro mundo. Vamos, que con las Paredes en los pies y un Casio en la muñeca me consideraba el rey, y destronaba al Dicaprio ese, que probablemente no habría ni nacido y la proa del Titánic le quedaba todavía muy, muy lejos.

Sería un sábado del verano de mil novecientos setenta y seis o setenta y siete. Años agitados en España. Recuerdo que en clase añadieron un cuadro más sobre la pizarra, al otro lado del crucifijo: el retrato del rey Don Juan Carlos. Así que teníamos a Dios, a Franco y al Rey, vigilándonos todo el tiempo. Insigne trilogía que, si bien a nuestra corta edad no nos transmitía mucha presión, sí que se nos contagiaba algo del respeto, la inquietud y el miedo de los mayores de nuestro entorno. Pero esa no fue la causa, ni mucho menos, de que ese día, a mis once o doce años, llegara a casa de esa manera tan agitada.

Había recorrido tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta mientras mi madre creía que estaba bajo de casa, jugando en la calle con los amigos del barrio, para ver a la chica que me gustaba. Se llamaba Mercedes y era preciosa. La conocía del colegio que, aunque seguía siendo Franquista y Falangista a más no poder, ese curso estrenamos nueva ubicación y nuevas instalaciones y, además, siguiendo el plan modernista y de cambio obligado por la situación, incorporaron la educación mixta. No iba a mi clase, pero la conocí durante un recreo. Solo la miraba de lejos, entonces los patios estaban divididos, uno para chicas y otro para los chicos y, aunque no había verjas de separación, estaba la mirada láser de las profesoras que vigilaban para que nadie traspasara la frontera bajo la amenaza de caer fulminado y desintegrado o castigado cara a la pared.

Me aprendí sus rasgos de memoria, su forma de moverse, su manera de andar. Un rostro tan hermoso que me parecía imposible no quedarse mirándola durante horas y un pelo, castaño claro, recogido en una larga coleta que se iba abriendo mientras caía por su espalda. Tenía el pelo tan brillante y apretado que yo creía que, seguramente le dolería. Era como si te estuvieran tirando del pelo hacia atrás continuamente, pensaba. Y de lo que sí estaba seguro, es que era impermeable, que ninguna gota de lluvia traspasaría la tensión de sus cabellos para mojarle la cabeza. Yo no sabía qué me pasaba, por qué me atraía tanto esa niña y mi incapacidad de dirigirle la palabra cuando coincidía con ella “casualmente” en la entrada o la salida de las clases. Yo iba a casa con el autobús concertado y ella se iba andando, eso es que vivía cerca del colegio. Un día, a través de la hermana de un compañero que iba a su clase, pude averiguar su dirección y hacia allí me dirigía algunos sábados, planeando mil situaciones para encontrarme con ella que, en mi cabeza, funcionaban muy bien, pero la realidad era otra cosa.

Solo me quedaba mirando su portal, semiescondido a una distancia prudencial, y observando las ventanas del piso donde vivía como un inocente acosador de temprana edad. Esperaba que alguna vez bajase para ir a por el pan o cualquier otro recado que le mandase su madre, pero eso nunca sucedió, al menos durante la hora escasa que podía dedicar a ejercer ese terrible secreto que no se lo podía contar a nadie, antes de volver corriendo hacia mi casa para evitar que mi madre se asomara y comenzara a llamarme con el “Paquito” dichoso.

Durante las vacaciones de verano le escribí una carta, un poema inspirado en la única poesía que conocía, la de Adolfo Bécquer, gracias a un libro que me regalaron también en mi comunión: Rimas y Leyendas. Todavía lo conservo. Pues tenía la intención de dársela al comenzar el curso siguiente, bien en mano o introduciéndola sigilosamente entre sus apuntes, pero ese año no volvió al colegio. También cambió de dirección, o de barrio, o de provincia, o de país… no la he visto nunca más.

Me quedé colgado con mi primer poema, con mi primer amor, con mi primera decepción y el primer vacío importante que se formó dentro de mí. Sin saber realmente qué me pasaba, sin poder contárselo a nadie.

No sé qué hice con esa cuartilla manuscrita en la que puse toda la pasión y sentimiento que puede poner un niño de once o doce años, no lo recuerdo, seguramente me desharía de ella, avergonzado, pensando que el amor es cosa de mayores…

Francisco J. Berenguer (Paquito)

En Febrero

Empleo más tiempo ante el armario abierto, decidiendo qué voy a ponerme, que desayunando, aunque ahora desayuno poco, bueno, y como poco y ceno poco y poco de todo, porque los excesos se acumulan en las zonas del cuerpo equivocadas, que… la verdad, qué les costaría a esos kilitos de sobra situarse estratégicamente y hacerme más esbelta y atractiva, pero no, ellos a su bola, la barriga, los muslos, la papada… qué malos son los sesenta… aunque no para todas, claro. Mira a Juani, mi amiga del alma, ella ha sido delgada toda su vida, cuántas veces me ha dicho que envidiaba mis tetas y mi culo y ahora soy yo la que deseo tener menos de todo, porque ella ha ensanchado un poco y yo casi el doble. Que la culpa se la cargo a los disgustos, a la menopausia y a la retención de líquidos, sí, pero a mí me cuesta cada vez más encontrar algo que ponerme con lo que sentirme a gusto y encima, ya está haciendo calor y sopla viento, que viene fresco, pero al sol te quemas… ¡Dios! ¡Qué poco dura el invierno en Alicante!

Y Jaime con sus chistecitos, que no digo yo que no me guste su sentido del humor, que tiene su gracia, pero cuando me dice que le gustan mis carnes y que no le importa que engorde de aquí o de allá me hace sentir un poco como una cerdita de las que se aprovecha todo, hasta los andares que él piropea. Estoy a gusto con él, no lo puedo negar, aunque la primera cita fue un desastre, el alcohol le jugó una mala pasada y eso que ya le advertía yo durante toda la noche que se estaba pasando, pero nada. Él dice que fueron los nervios, que lo perdonase y que le diese otra oportunidad. Y yo se la doy ¿cómo no? No tenía ninguna expectativa, no esperaba nada extraordinario de él y por eso no me defraudó, ya no tengo edad para ir ilusionándome como una chiquilla del primer hombre que me invite a cenar. Hemos vuelto a quedar hoy para comer y yo aquí rompiéndome la cabeza para ver qué me pongo.

Juani dice que es un error, que si no estoy del todo convencida no quede con él, que va a ser peor a la larga, que todavía soy joven y que espere a encontrar el amor de alguien que de verdad me vuelva a remover todo por dentro y que las fotos que duelen, aunque las tenga olvidadas en un cajón, no hacen olvidar el pasado. Quizá tenga razón, pero yo hace tiempo que dejé de creer en el amor, o más bien él dejó de creer en mí. Y además tan solo es una cita, la segunda ¿qué más da? No pienso enamorarme de nadie… otra vez, no de esa manera… no quiero recordar, ahora no.

El vestido negro con la chaquetita a juego, las medias negras, aunque mejor pantys para que no me aprieten en los muslos y un elegante pañuelo de seda negro con discretas flores rojas, zapatos de medio tacón. Sigo siendo atractiva, lo sé, sé que gusta lo que muestro y eso que todavía no saben cómo soy, cómo puedo llegar a sentir, mi capacidad de amar, de entregar, de darme toda…

Hace calor, aunque con rachas de un incómodo viento que viene fresquito. Jaime sonríe cuando entro en su coche, yo trago mis lágrimas, que no quería, pero tengo ganas de llorar y siento frío, tengo el invierno instalado en mis entrañas. Un caldero en Santa Pola dice que ha encargado, yo le digo que pare el coche y que me disculpe, que no me encuentro bien y me bajo allí mismo.

Hay historias que no se deben comenzar cuando existen otras que todavía sangran…

Francisco J. Berenguer

(Texto publicado en ASDA, en cuyo boletín tengo el placer de colaborar)