El momento inadecuado

¿Por qué se empeñan los dioses

en atraparnos en carne?

 

Desperté de lo eterno por ti

recorrí miles de mundos y formas

visité universos paralelos

y concluyentes en lo perpendicular

puntos tangenciales

en los que no te hallé

Te busqué en agujeros negros

para disputarte con la nada

si fuera preciso

cloaca infinita, reciclador de estrellas

Conocí civilizaciones y sirenas

que intentaron cautivarme

cantos y melodías turbadoras

seducción inútil a mi propósito

Y por fin logré encontrarte

en este planeta azul, desde el cielo

y gris a ras de suelo

Tu intensa luz me atrajo

pero no pude tocarte

ni tú me podías ver

Estabas presa en un cuerpo

viviendo una vida asignada

ajena a lo transcendente

a lo sublime de la existencia

No podía intervenir

las almas no transgredimos normas

aunque el amor lo justifique

Me quedé a tu lado, sin que me vieras

Fui la presencia que movió tu pelo

un día sin brisa

La caricia que erizó tu piel

cuando estabas sola

A veces me mirabas

y tu mirada me atravesaba

me buscabas sin saber qué buscabas

ni lo cerca que estaba

Me alejé y te dejé vivir

y esperé paciente

porque las almas se encuentran

siempre se encuentran

a pesar de que a veces lo hagan

en el momento inadecuado…

 

Francisco J. Berenguer

Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles dormidos

Vuelvo a tropezar, mamá, y no estás

no estás para curar mis heridas de niño

soplando mis rodillas y mis lágrimas

aliento mágico de madres

mercromina y tiritas, sana sana…

Mis heridas ahora sangran hacia dentro

solo las siento, solo las sufro

¿Quién sanaba las tuyas, mamá?

¿Quién las besaba y te acariciaba el alma?

Cocinabas a fuego lento el estofado de la abuela

niebla de aromas en la cocina

lágrimas de cebolla, disimulado desahogo

-poned la mesa que esto ya está-

Tiempo de silencios y de pesetas, cara y cruz

crucifijos sangrantes sobre la cama

pasados que se ocultan y callan

Mejor no hablar, el luto enmudece historias.

Colgaste el sentir de mujer tras la puerta

y te pusiste la bata de madre de por vida

Te olvidaste de ti, de tanto darte

Me estoy volviendo transparente, mamá

todos pueden verme ahora tal como soy

sin filtros, indefenso, sensible…

No es evolución personal

ni exhibicionismo emocional

es mi forma de escribir la que me desnuda

propenso a lesiones, tropiezos y caídas

y no estás tú

para besar con ternura mis heridas.

 

Francisco J. Berenguer

El desván

Solo aportas personajes vacíos, sin personalidad, sin alma. Así… ¿cómo coño vas a escribir algo decente? Aunque tengas una buena historia que contar son los protagonistas, principales y secundarios, los que tienen que conectar con el lector. Ya sabes cómo va esto: el héroe, el antihéroe, el punto de inflexión donde se enfrenta a tomar una importante decisión… Pero ante todo tienes que crear personajes creíbles, humanos, con los que se pueda empatizar. Fíjate y estudia a la gente que te rodea, tu familia, tus amigos…ah, claro, ese piensas que es el problema.

Pues estás equivocado. No, no, no… no te atrevas a decirme que las personas de tu entorno no son interesantes, cada ser vivo es único e irrepetible, todos tienen una vida propia, una historia dentro con sus aciertos, errores, alegrías, penas, miedos, secretos…

Perdona que te lo diga así, pero el problema está en ti.

No sé cómo has llegado a esto pero ¿no te das cuenta? Tú eres el que no tienes alma, ni personalidad, el que está vacío. Si no tienes nada dentro eres incapaz de ver algo en los demás, ni bueno ni malo.

Te lo dije hace tiempo, antes de que te encerrara en el desván, donde te volveré a meter. No puedo contar contigo todavía, no puedes ser el personaje protagonista de ninguna de mis historias, eres tan deprimente y tan… tan inhumano, tan…

Pero ¿qué dices? ¿Cómo te atreves a insinuar que soy yo el personaje y tú el escritor que me maneja?

No le des la vuelta. Tú no eres nadie y yo tengo una vida.

Llevo tiempo en casa, sí, sin salir apenas. Pero es por esta maldita depresión que me consume. Yo amo, siento y sueño, tengo un corazón que late tan fuerte que lo noto en mis sienes y mi cerebro hierve y produce mil ideas en un segundo. Soy más real de lo que nunca llegarás a ser.

¿Antes? ¿Que qué recuerdo de antes de esta conversación?

Nada, no recuerdo nada, pero debe ser por la medicación. Me incrementaron la dosis, creo…

No, por favor. No soy un miserable personaje de los tuyos.

No puedo ser solo frases y palabras escritas por el delirio de un desequilibrado como tú.

Mi sangre no puede ser la tinta de tu pluma.

No es justo… espera, tenía un amor ¿recuerdas? un amor de verdad, de esos eternos, de los que solo pasan en las películas… y en las novelas… pero, ya entiendo. Lo has acabado, has eliminado ese episodio de mi historia. No soy digno de ella. Prefieres hundirme en una enfermedad mental a que descubra y disfrute del amor y de la vida, pero ¿de qué vida hablo?

Tu mente no está mejor que la mía, lo sabes, somos pasajeros de la misma oscuridad.

Hace frío allí.

Cuando me abandonas no desaparezco.

Tan solo soy la parte de ti que quieres ocultar, la que quieres que se desvanezca en el olvido.

Pero sigo ahí, en ese inquietante rincón de tu mente,

donde las ideas queman, los amores mueren y los sueños quedan presos.

En el desván del paraíso.

 

Francisco J. Berenguer

El resto de mí

Ya no quedan ganas

Ya no me quedan ganas de tener ganas

ni de amaneceres, ni playas desiertas

ni de sexo explícito e improvisado

o comprimido y reprimido

gritos ahogados

los niños escuchan

en la habitación de al lado

a pensión completa.

Ganas de comer o ser comido, devorado

de mi carne en tu boca, repleta

y el deseo por tus muslos chorreando

dulce y espeso, manantial de tu esencia

lubricante natural que suaviza tensiones

eficaz antidepresivo sin contraindicaciones.

Reclamo mi derecho a la tristeza

no quiero ser feliz por decreto

Las sonrisas duelen cuando se fuerzan

y el amor destroza cuando se finge

No tengo ganas de libertades presas

de leyes absurdas, de juicios pactados

No hace falta que leas mis derechos

lo que utilices contra mí lo tendré merecido

hablé demasiado cuando tuve que callar

os descubrí mi alma sin apenas filtrar

Mi pena, mi sentencia, mi castigo

esposado a la vida de por vida

Asesino de sueños en serie

de verdades preconcebidas

Las líneas de mi mano coinciden

con los posos de mi café

pero ya no me quedan ganas

de creer en mi destino.

 

Francisco J. Berenguer

De hueso y carne

A veces me siento tan frágil

que temo deshacerme

en cien historias

y algún poema

Ya son pocos los que escuchan

y menos los que leen

Lo siento, no soy de emoticonos

si me sacas una sonrisa

la podrás ver en mis labios

si quieres, si vienes

Mis besos son de carne

Me rompo, me fragmento, me disperso

en cien historias

y algún poema

Me destruyo, me disuelvo

tómame a pequeños sorbos

después de cada comida

Estoy repleto de contraindicaciones

y contradicciones

De verbos y pasiones irregulares

prisión condicional y subjuntiva

Lo que soy es lo que escribo

no sé fingir entre lineas.

 

Francisco J. Berenguer

Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles de piedra

Anhedonia: Incapacidad para experimentar placer. Pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Falta de reactividad a los estímulos habitualmente placenteros.

Crees que es un sueño, tan solo un mal sueño.

Fruto germinado de semillas rancias cuyas raíces invaden tus entrañas, se enredan, se entrelazan alrededor de tu estómago, lo oprimen, lo penetran, dolor punzante, se alimentan, te alimentan, te digieren, te digieres. Canibalismo introspectivo, devorador de pensamientos, sentimientos y deseos. De dentro hacia fuera, licuando tus órganos con su veneno, deshaciendo proyectos, desvaneciendo ilusiones.

No eres lo que fuiste, aunque antes tampoco es que fueses una maravilla. Lo que queda de ti se dispersa en el trayecto de la cama al sofá… migración inútil… continua hibernación.

Has dejado pasar la vida tanto tiempo, sin implicarte, sin saborear lo que te ofrecía, que se ha olvidado de ti. Y te da igual. Ya no tienes que fingir, no queda nadie a quien engañar, hace mucho que se alejaron y borraron tu número de sus agendas. Aunque insistas en llamarlos, sus teléfonos les dicen que eres un desconocido, insignificante, un error, una llamada perdida de las que se ignoran.

Te convertiste en testigo mudo y desprotegido de juicios absurdos, espectador autista que ni ríe, ni aplaude, ni llora. Y contemplas el final de tu lamentable actuación como si fuese ajena, una película aburrida que deseas que termine… y volver a la cama, por el mismo sendero, surco desgastado en el pasillo, arrastrando los pies, zapatillas deshilachadas, hedor a sudor y dejadez.

Crees que es un sueño, un mal sueño, tiene que serlo.

Pero sabes que todo tiene sentido.

Recuerdas aquel día.

El día del entierro.

Deseaste no sentir tanto dolor

deseaste no sentir

convertirte en un ángel de piedra en el cementerio

velando su tumba.

 

Francisco J. Berenguer

Mejor no preguntes

Tú siempre querías saber más

pero hacías las preguntas equivocadas

y las respuestas reñían con tus expectativas

Inquietud y frustración en la misma danza

baile cognitivo del insconsciente colectivo

el placer onírico y la realidad que evitas

Yo me quedo en la barra

Hace tiempo que dejé de bailar

Hace tiempo que dejé de escuchar la melodía

Hace tiempo…

Fue entonces cuando hallé mis preguntas

Encontré silencio y las descubrí en él.

En el silencio contenido entre latido y latido

tregua de eternos segundos

donde el corazón descansa y se cansa triste de ver

que solo escuchas su latir y no la voz en su pausa

En el segundo antes de romper la ola

o el explosionar de un orgasmo

inundación densa en la orilla de tu cama

El silencio amniótico en la antigravedad placentaria

donde se escriben los prólogos de historias inéditas

de personajes inscritos en programados censos

de neonatos, amores, decepciones y decesos

Oscuridad y silencio es lo que hubo siempre antes

y lo que habrá después para siempre

Buscamos aplacarlo durante el chispazo fortuito

la efímera levedad finita e irrepetible

La vida

El sueño de un dios que creó humanos

a una imagen y semejanza distorsionada

como reflejada en un espejo roto y cuarteado

Pesadilla de hombres que crean dioses

con la misma distorsión en la concepción.

La pregunta no es qué hay después,

ni por qué, ni cuándo, ni cómo

Silencio fuimos

Silencio somos

Y en silencio nos convertiremos.

 

Francisco J. Berenguer

Entre amigas

Si quisiera hacerlo lo haría… si pudiera

La beso todas las noches antes de dormir y no importa que no me corresponda de la misma forma. También beso a otra distinta por la mañana, a otra más cada ocho horas y, bueno, tengo otra reservada por si algún día la cosa se pone muy fea, aunque cuando llega ese momento ninguna de mis amigas puede evitar que una especie de angustia vital se me desborde por cada poro de la piel.

Volví a creer en la química, y no solo en ella, también en las hormonas, en los instintos animales que nos rigen, en los neurotransmisores y en las sinápticas conexiones de las neuronas. Volví a creer, pensar, a reconocerme y a sentirme seguro sabiendo que todo nace, se desarrolla y muere en el cerebro.

Todo controlado, como me gusta, ordenado, estructurado, con respuestas lógicas a los estímulos, simples o complicadas, pero predecibles, inteligentes, pragmáticas. Un lugar donde no tiene ningún sentido el amor, ni enamorarse, ni perder la cabeza por una mujer. Donde los sentimientos no hacen saltar alarmas por exceso ni por defecto. Donde las emociones están contenidas en su justa medida. No sientes, (gracias, mis pequeñas amigas) no piensas más de lo necesario para sobrevivir e integrarte de nuevo en el sistema y volver a ser productivo.

Pienso que la estabilidad está sobrevalorada. Es una felicidad impostada y subyugada a la comodidad, a evitar sobresaltos, a convencerte de que haces lo que debes, a obligarte a mantenerla por encima de tus deseos más íntimos, por encima de tus sueños y tus pasiones ocultas. Y la buscas, sacrificándote por ella o en la farmacia de tu barrio, con receta claro, tu camello de bata blanca particular te abastece de sobra.

Mirad, ya estoy bien, ya sonrío, ya paseo, ya duermo, hasta me hago la cama. Mi familia se alegra, mis amigos celebran que vuelva a salir con ellos de cañas, en el trabajo me reciben todos con cordialidad menos el que cubría mi puesto, que me mira receloso. El médico me firma el alta, ya estoy curado, aunque debo seguir besando a una por la noche y a otra por la mañana durante un largo tiempo. Ya soy lo que esperáis de mí. La imagen aceptada de mi fracaso personal, de la represión de mi personalidad, de mi derrota anunciada.

Y os sentís satisfechos de que sea como vosotros. De que no haya conseguido alcanzar mi sueño a pesar de lo mucho que he luchado por él. Os sentís aliviados porque vosotros no tuvisteis huevos para perseguir los vuestros y al contemplar mi fracaso sentís ese inconfesable placer interior al confirmar que teníais razón, que yo me comportaba como un loco irresponsable que había renunciado a vuestra normalidad, estabilidad, comodidad… La misma sensación como cuando en Navidad no te toca la lotería y ves que a ninguno de tu entorno le ha tocado, porque entonces envidiarías ser él en lugar de alegrarte por él. Un oscuro y vergonzoso placer que nunca reconocerías en público, porque está de moda ser mediocre de sentimientos y políticamente correcto, aunque la política esté lejos de la corrección deseada.

Pues mira, voy a juntar todas las pastillas/amigas que tengo y las tiraré al cubo de la basura. No más besos. Ya no quiero estar bajo su mágico influjo, deseo conocerme y reconocerme cuando hablo y cuando actúo. Me da igual que me desprecies, me envidies, me ignores o me admires. Soy yo y punto…

Aunque, ahora que las veo juntas… deben ser unas cuarenta o cincuenta, puede que más juntando las actuales y las que sobraron del tratamiento anterior. Tomadas todas a la vez debe ser un combinado mortal. ¿Cómo se atreven a dejar en manos de una persona con depresión tal cantidad de pastillas? He oído que mezcladas con alcohol el efecto es más rápido y definitivo.

Tengo una mano grande, caben todas en ella. Unos segundos para tragar, un buen lingotazo de ginebra y me tumbo en la cama a esperar. Vivo solo, es fin de semana, hasta el lunes nadie comenzará a echarme de menos, nadie vendría a rescatarme a tiempo para hacerme un lavado de estómago.

Qué delgada es la linea entre la vida y la muerte.

Creo que necesito hablar con alguien, voy a llamarte. Si escuchas que suena tu teléfono, por favor… descuelga…

 

Francisco J. Berenguer

El sexo sentido

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Se conserva tan nítido en mi memoria que parece que te estoy viendo ahora mismo, al contra luz de la ventana, cómo te vas vistiendo.

No existe nada más erótico y hermoso que observar a una mujer mientras se viste tras una larga noche de amor. El placer del cuerpo saciado se transforma en una suave languidez en los movimientos, lentos, femeninos, repletos de sensualidad.

Tú disfrutabas al mismo tiempo que yo al mirarte. Te sentías bella y deseada. Se percibía en la forma de ponerte las braguitas, deslizándolas lenta entre las piernas hasta cubrir tu sexo depilado y ajustarlas a tu cintura. El erotismo puro al ponerte las medias; una pierna y luego otra, con la suavidad de la seda, desde la punta de los dedos hasta el elástico en tus muslos. Luego pasabas las dos manos por el recorrido para eliminar arrugas, deleitándote en la caricia.

Te pusiste con destreza el sujetador negro de encaje con relleno sobre las cicatrices de tu pecho. Heridas que no querías mostrarme y que yo besé con ternura esa noche porque te amo a ti, y no a partes de ti.

Yo te admiraba sin poder apartar la vista, recostado en la cama, desnudo, medio envuelto entre esas sábanas que todavía conservaban la humedad de nuestros cuerpos, resultado de ardientes batallas y testigo de acuerdos entre lo sentido y los sentidos.

Pero ese día no firmamos la paz, ni siquiera una tregua. Fue el final de nuestra guerra, sí, de la guerra encarnizada por robar momentos a nuestras propias vidas para disfrutarnos, para respirarnos, para saborearnos… Pero ese final no nos traería la paz, solo sufrimiento y agonía, más si cabe, que la propia contienda.

Los dos sabíamos que era la última vez, aunque ninguno lo pronunciamos en voz alta, solo intensas miradas y besos que se tornaban amargos, no nos hacía falta nada más. Nos habíamos despedido cien veces con la razón y la palabra, ahora sobraban verbos y razones…

Deslizaste por tu cabeza el vestido negro de tubo que tan bien te sienta. Con un excitante meneo de tus caderas terminó de ajustarse a las curvas de tu cuerpo. Viniste hacia mí y yo me senté al borde de la cama. Te diste la vuelta para que te subiese la cremallera, recorrido interminable desde el nacimiento de tu espalda hasta el cuello, y me volví a impregnar del aroma de tu piel. Te juro que no sé cómo me contuve para no invertir la dirección de la cremallera, desnudarte y hacer que tú te encontraras de nuevo entre mis brazos y yo me volviera a perder entre tus piernas.

Pero el tiempo estaba agotado y ya todo pactado. Nuestras vidas personales tiraban de nosotros en distinta dirección y no supimos hacerlo de otra manera, o nos faltó el valor necesario.

Fue ayer

o hace diez años, quizá más…

Sabemos que nuestro amor es eterno, aunque no estemos juntos, y que la vida se va consumiendo en cada suspiro, en cada gemido, en cada temblor de labios… en cada orgasmo…

 

Francisco J. Berenguer

El otro lado del muro

Noté humedad en la espalda cuando me empujaste contra el muro del cementerio. Sabía que no era agua de lluvia, ni el relente de la noche lo que me mojaba. Era la humedad viscosa de la sangre de los que habíais fusilado antes.

Escuché los disparos desde la camioneta donde me tenías con las manos atadas y un saco de tela en la cabeza, esperando mi turno. La misma camioneta donde me habías arrojado tras sacarme de mi casa a punta de pistola unos minutos antes. Mi niña lloraba ¿la oíste? Se despertó cuando te metiste en el cuarto y arrancando las sábanas de la cama gritaste: —¡Arriba, rojo de mierda!

Viste a mi mujer desnuda, ¿te gustó? Seguro que sí, es hermosa, siempre te ha gustado. Tus secuaces no le quitaban ojo mientras ella se levantaba y se dirigía a la cuna para calmar el llanto de mi hija. No me permitiste despedirme, eres muy eficiente en tu trabajo. Estarán orgullosos de ti.

Con una cuerda de esparto me atasteis las manos. Ni siquiera dejaste que me vistiera. Más humillante ¿verdad? Cumplías órdenes, claro. No te importaba o habías olvidado que años atrás fuimos compañeros de borracheras y noches de juerga, y que nos peleamos por la misma mujer que al final llegó a ser mi esposa. O quizá todo lo contrario, esta es tu venganza ridículamente justificada por una guerra de la que te sientes vencedor y con el derecho divino de poder decidir quien vive y quien muere.

—No necesito que me tapes los ojos, tengo el valor suficiente para ver venir la muerte de cara.

Cuando te dije eso me quitaste, furioso, la única prenda que portaba entonces, la tela que cubría mi cabeza, y me golpeaste con fuerza en el pecho. Fue entonces cuando casi pierdo el equilibrio, di dos o tres pasos hacia atrás, a punto de caer, hasta que mi espalda chocó contra el muro y se impregnó de restos de la esencia líquida de otros hombres asesinados, de sueños truncados por culpa de un miedo irracional y primitivo, donde los ideales se convierten en odio y el odio en balas que atraviesan cuerpos.

Ordenaste encender los faros de los vehículos para iluminar bien el macabro escenario de muerte, el otro lado del muro, donde la vida debía continuar.

Las luces me cegaron, pero pude oír tu voz enérgica y henchida de estúpidas razones gritar: —¡Muerte a los enemigos de España!

Yo nunca tuve un posicionamiento político claro, solo me importaba poder trabajar y mi familia, en el pueblo la mayoría éramos así. Mi único delito fue pertenecer a un sindicato para intentar mejorar las condiciones de trabajo, bueno, ese y el de conseguir el amor de la mujer que tú pretendías. No sé todavía cuál de los dos tuvo más peso para que decidieras acabar conmigo.

Apenas me dolió, la muerte propia duele menos que la ajena. 

Mientras estaba en el suelo, agonizando, con los pulmones agujereados y mecido en mareas de sangre roja y lágrimas, pude ver como te acercabas desenfundando tu pistola y a dos pasos apuntaste a mi cabeza y atravesaste mi cráneo con un tiro de gracia, gracias.

Seguramente mi cuerpo se pudriría en algún lugar, cerca de allí, junto al de los tres o cuatro que corrimos la misma suerte esa noche. En una fosa improvisada y anónima, condenada al olvido.

Pero no te preocupes.

Mis huesos no rezuman odio, ni claman venganza.

Los muertos ya no estamos para esas cosas.

No sentimos, ni padecemos.

Ni siquiera hablamos… ni escribimos.

La vida no es eterna, ni el tiempo.

La muerte nos iguala, tabla rasa.

Ahora ya eres uno de los nuestros.

Verás lo que se siente al otro lado del muro.

 

Francisco J. Berenguer

La química aplicada

Llueve con fuerza… lloverá… y tú dirás que no hace falta que me vaya, que no me entiendes.

El café frío, como tu mirada, como el gélido espacio que se abrirá entre los dos. Me sorprenderá que no se forme vaho cuando respiremos.

Recuerdo lo que pasará mañana. El alcohol no combina bien con los antidepresivos, ya me lo dijiste ayer, que será hoy, mañana. Recuerdo tus palabras como si ya las hubieses escupido sobre mí, palabras de desprecio y rencor, de dolor fermentado en tu estómago, como las larvas blancas y repugnantes que digieren cadáveres en las tumbas.

Suena/sonará Puccini, los domingos te gusta despertar con ópera. La cabeza me dolerá horrores y tú no dejarás de gritarme, y veré tu lengua retorcerse en tu boca esforzándose por crear insultos cada vez más agudos y punzantes (cuidado no te tragues un dardo ponzoñoso) “O mío babbino caro”, la música es preciosa y tú no llevas el puto ritmo, no sigues la melodía.

No sé qué te dije/te diré esta noche, o qué coño haré para que estés así… ¿he dicho ya lo del alcohol y los antidepresivos?

La cuestión es que recuerdo lo que pasará. No como una visión del futuro, es como si ya hubiese sucedido… o está sucediendo ahora… ¡Joder! ¿me llevo un paraguas?

Ahora es “Madama Butterfly” quien entra en el baño y me hablas, y no sé por qué tienes toda la cara pintada de blanco como una actriz japonesa en una tragedia japonesa y yo estoy en el suelo, frente al retrete, y con hilillos de vómito todavía colgando de mis labios.

Te digo que ya me voy, que cojo el paraguas y me voy, y tú mientras me limpias la boca con una toalla me dices ¿pero dónde vas a ir ahora, alma de cántaro?

Me ayudas a ponerme en pie, estoy tiritando y la cabeza me pincha de dentro hacia fuera, como si se me hubieran introducido la corona de espinas de la talla de madera del Jesucristo que barnicé en quinto de EGB. Ahora te miro y te pareces a Doña Amalia, mi profesora del cole. Estoy muy mal.

Me apoyo en ti para ir desde el baño hasta la habitación y casi no puedo andar, como si fuera un viejo de noventa años con artrosis, sífilis y migrañas. Solo se me ocurre decirte al oído que me perdones si te he dicho algo que no debía, o que te diré o que te dije o que… ¿qué demonios hace Plácido Domingo vestido de frac cantando en el salón?

 

Francisco J. Berenguer

En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

Mi tiempo imperfecto (parte 2, final)

Conforme te acercas notas algo extraño en él, no sabes exactamente qué es, quizá la forma en la que está sentado, te recuerda a un maniquí, como si alguien lo hubiera colocado así en una posición algo forzada y no pudiera moverse a voluntad. Su cuerpo había cambiado, era un hombre corpulento de más de uno ochenta, moreno, fuerte, y quien estaba allí sentado parecía más un anciano y él estaría rondando los cincuenta y siete o cincuenta y ocho, calculas, porque sabes que te llevaba unos diez años de ventaja a ti.

—Tan hermosa como te recordaba —dijo Rubén y, aunque la voz era débil, la reconociste de inmediato. Su profundidad, su cadencia, ese tono que todavía tenías grabado sin tú saberlo en algún lugar de tu memoria te aceleró el corazón en un segundo— Perdona que no me levante, como ves, no estoy en mi mejor momento.

Te hace un ademán con la mano derecha, la que tiene sobre la mesa de plástico, para que te sientes enfrente, hasta ese leve movimiento es lento, como si le pesaran sus huesos, con dolor. Tú te aproximas a él y le das un beso en la cara, muy cerca de esos labios que hace años recorrieron tu cuerpo de la manera más tierna y delicada, y hoy están deshidratados, sin apenas color.

—No merezco tus besos —dice, siguiéndote con la vista, mientras te sientas.

Os quedáis unos segundos sin articular palabra alguna. Con la mirada clavada en los ojos del otro, como queriendo atravesar la carne para contemplar el alma, la esencia, lo inmutable. Alcanzas su mano con la tuya y acaricias esa piel, prematuramente envejecida.

—¿Pero qué te ha… qué te pasa? ¿Por qué?

—La vida me abandona, Mónica… —escuchas pronunciar tu nombre con esa dulzura con la que solo Rubén podía aderezarlo y te transporta en el tiempo, a cuando después de él seguía un “te quiero”. Un incómodo escalofrío recorrió tu espalda— mis órganos no quieren seguir funcionando, mis músculos no me obedecen, mis huesos no quieren sostenerme, mi cuerpo me aborrece, desea abandonarme… y lo entiendo, no he sido buen compañero de viaje… para nadie.

—No digas eso… —aprietas su mano y notas su fragilidad.

—He hecho daño a mucha gente. —interrumpió y sientes su tensión en tus dedos— Te he hecho daño a ti. Ese es el motivo por el que quería verte —se echó para atrás para apoyarse del todo en el respaldo de su silla y viste una fugaz mueca de dolor en el rostro, su mano se deslizó bajo la tuya, tan solo os rozáis ahora con la punta de los dedos— Quería pedirte que me perdonaras, y darte las explicaciones que te debo. Quería hacerlo a la cara, viendo tus ojos, verte una vez más antes de morir.

—Hace tiempo que te perdoné. Rubén, eres el hombre que más he amado en mi vida, creo que nunca he dejado de amarte —tú misma te sorprendes al escuchar lo que dices, pero es exactamente lo que sientes en ese momento, quizá lo que siempre has sentido y lo enterraste un día en algún profundo lugar para que no doliese tanto.

Rubén comenzó a hablar y te pareció que el tiempo dejó de existir…

Hace rato que se marchó. Antes te pidió que te fueras tú primero porque no quería que vieras lo lamentable y ridículo que iba a ser cuando lo ayudaran a levantarse de su asiento y lo trasladaran al coche, siempre había sido un presumido y pretendía conservar su dignidad, y creía que su enfermedad le hacía perderla, lo avergonzaba. Un hombre, al que habías visto sentado en una mesa próxima aparentemente ajeno a vosotros, se acercó con una silla de ruedas y esperó a que te alejaras.

Tú no lo pudiste resistir y a una veintena de pasos te volviste para mirar desobedeciendo su petición, como la esposa de Lot, pero no te convertiste en estatua de sal, ni de piedra, aunque lo hubieses deseado, porque en ese momento todas las moléculas de tu cuerpo se descompusieron de sufrimiento y dolor, porque pensabas que de un momento a otro te ibas a deshacer y reducir a un pequeño montoncito de polvo que el viento dispersaría y te haría desaparecer. Pero nada de eso ocurrió, cerraste los ojos y seguiste tu camino.

Te contó su historia que era la tuya también. Te confesó que cuando te conoció estaba comprometido con una mujer allí, en un pueblecito de Ávila en donde había nacido. Dijo que se conocieron de pequeñitos, en la escuela, y desde entonces estaban juntos. En pueblos como el suyo suele pasar eso, te comentó, van creciendo y todos los ven ya emparejados, la gente, los amigos, los padres de ella, los padres de él. Hasta ellos mismos asumen como normal e inevitable que serán novios y formarán una familia.

Fue en el bar del campus donde os visteis la primera vez, tú estudiabas filosofía y a la empresa de carpintería que tenía Rubén la había contratado la universidad para restaurar y reparar las tarimas de todas las aulas. A ti te pareció mayor y muy atractivo, para él tú fuiste la encarnación de una diosa. Recuerdas que te reíste mucho al confesártelo días más tarde cuando, inevitablemente, comenzasteis a hablar.

Él se quedaba entre semana a dormir allí cerca, en un hostal, y los fines de semana se iba a su pueblo del que nunca te dijo su nombre. Fueron más de cuatro meses en los que os veíais a diario, tiempo suficiente para conocerse, para enamorarse, para que os aprendierais de memoria. Para ti fue la primera experiencia, el primer hombre, el descubrimiento del sexo, el primer amor… o el único, te preguntas a veces.

Sigues caminando sin saber realmente donde te diriges. Te das cuenta que estás en un parque en el que una frondosa y centenaria arboleda llena de sombra el paseo. Te sientas en un banco de madera y vuelves a escuchar en tu mente las palabras de Rubén dándote todas las explicaciones y razones por las que desapareció de tu vida, pero ya no te hacía falta saberlas, ya había pasado su tiempo. Al principio sí, te preguntaste millones de veces por qué, lo odiaste, te odiaste a ti, lo quisiste olvidar, lo pasaste muy mal durante mucho tiempo. Esperabas verlo aparecer en cualquier momento, imaginabas encuentros y los recreabas en tu mente. Viviste a medias la realidad de tus días, preferías soñar que vivías. Pero el tiempo fue pasando y llegaste a aceptar lo sucedido. Decidiste guardar el recuerdo en el lugar de las cosas hermosas que pasan una vez en la vida en lugar de acumularlo en el rincón oscuro de las frustraciones y los fracasos. Y allí residió hasta ahora.

Te ha contado como cuando se decidió a dejar a la chica de su pueblo, ese último fin de semana antes de abandonarte, ella le dio la noticia, entre alegre, asustada y preocupada, de que estaba embarazada. Todos sus planes dieron un giro radical desde ese momento. Su honor, su orgullo, su responsabilidad como hombre le obligaban a quedarse con ella, a continuar el destino que trazaron por él desde niño. Renunció a lo que más quería, renunció a ti. Y Rubén también vivió a medias su realidad y soñaba cada noche con una vida junto a ti.

Te sientes muy alterada, notas tu corazón acelerado golpeando tus sienes e intentas respirar como te enseñaron en clase de yoga, pero no puedes, tienes el llanto obturando tu garganta.

Rubén se casó en el pueblo, con su chica, tuvieron un niña y todos fueron felices menos él. Reconoce su cobardía ante ti, lo mal que lo hizo, las veces que se arrepintió, su tormento.

Pasaron unos años y el matrimonio como el noviazgo, como toda su vida juntos, fue tan plano y sin lugar a la sorpresa y a la pasión que terminó por desgastarlos. El aburrimiento y la indiferencia se instaló en cada habitación de su casa, en cada mueble, en cada canal de la televisión que miraban juntos desde el sofá mientras que cada uno imaginaba otro tiempo y lugar, otra compañía, otra vida.

Cuando al fin se divorciaron y fue a buscarte, tú ya estabas casada y embarazada de tu primer hijo. No quiso interferir en el mundo que habías construido sin él, se mantuvo al margen, no era justo, pensó. Estuvo un tiempo observándote en la distancia, semanas, meses, como un cazador furtivo de sentimientos, esperando descubrir en ti algún atisbo de tristeza. Pero nació tu bebé y te sintió feliz y plena. Entonces se marchó lejos, lo más lejos posible en la distancia, como si el amor entendiese de kilómetros.

Te habló de lo que hizo, de sus viajes, de su suerte y de su infortunio, de las mujeres en las que te buscó, de sus desengaños y sus delitos, de la mala gente que había conocido y también de la buena, la que en esta última etapa de su enfermedad le estaba ayudando.

Tú apenas escuchabas el contenido de lo que decía, te quedabas con la musicalidad de su voz, aunque a veces le faltaba el aliento para terminar alguna frase. Te perdías en sus ojos en los que te parecía descubrir el brillo que un día tuvieron. Y tu corazón se encogía a cada segundo porque sabías que se acercaba el final, la despedida que nunca tuviste, la seguridad de que algunos de tus sueños nunca se cumplirían.

Ahora, sentada en aquel banco, intentas normalizar tu respiración, reordenar tu mente, sabes lo que tienes que hacer, lo has hecho muchas veces a lo largo de tu vida. Pretendes controlar ese dolor tan intenso y enterrarlo bajo el peso de lo cotidiano, de todo lo que hay que trabajar para mantener una familia, no te puedes permitir el lujo de desestabilizarte ahora, tus hijos te necesitan, no tienen a nadie más.

Es mi tiempo imperfecto” te dices. A lo largo de tu vida siempre te ha fallado. Todo te ha sucedido a destiempo, tienes la impresión de que nada ha coincidido adecuadamente en su momento preciso. Siempre has llegado tarde o demasiado pronto. Hasta sorprendiste a tu madre al nacer a los siete meses, tu tiempo se trastornó desde ese instante y crees que todavía sufres las consecuencias. Te ríes de quien dice que todo sucede cuando tiene que suceder, y que si no pasa es que no estaba destinado para ti, de quien afirma que el tiempo pone a cada cosa y a cada uno en su lugar, de que el tiempo todo lo cura… te ríes, porque tu tiempo va por libre, no atiende a normas ni refranes.

Limpias tu cara de lágrimas, te levantas, comienzas a caminar y notas que todo te pesa, por primera vez dudas de ser la mujer fuerte que puede superar cualquier situación, te sientes muy cansada, mucho. Una suave brisa te acaricia el rostro y, de momento, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: tienes que pasar por el banco para recoger una tarjeta nueva porque la tuya  caduca este mes, hace falta leche, patatas, no sabes si pasar por el ambulatorio para pedir cita para tu pequeña, pero decides esperar para cuando vuelva del colegio y comprobar si la tos persiste, llamar al seguro de la casa…

 

Francisco J. Berenguer

En silencio

Que calle la luz y las sombras la amordacen

que calle el tiempo y cada segundo se pierda en el abismo

que calle Dios, aunque nunca me haya hablado

que ni la lluvia suene al caer, en mi piel cada gota duele

que calle el silencio que ensordece, que oprime, que angustia

No quiero ánimos, ni ayudas, ni esperanzas

la vida no me ha tratado mal

yo la he maltratado a ella

me lo dio todo, confió en alguien que no pidió existir

alguien que no quería aprender,

que no quería amar, que no sabía

Extraño al nacer, huérfano de alma, de ser

desprecié placeres y me refugié en el dolor

en mi oscuro mar interno, espeso como petróleo

Que callen las voces de la conciencia

que calle el viento, que no silbe por mis grietas

que exhalen mis pulmones su último aliento

que se apaguen los latidos de un corazón ignorado

El albergue de una tumba húmeda y profunda

una lápida de mármol sin fecha ni nombre

de alguien que nació y murió

pero que apenas ha vivido…

Que callen las plegarias, no son bien recibidas

que callen las palabras en tus labios

y llora, si te place

las lágrimas no hacen ruido.

Francisco J. Berenguer

Desapego. — Matahari

Dejar ir, soltar, desapegarse. Hemos escuchado innumerables veces estas palabras, estas tres palabras que suenan tan simples pueden resultar sumamente difíciles de hacer. Lo que sucede es lo siguiente; desde que somos chicos estamos condicionados a aferrarnos a las cosas, a las personas a todo aquello que consideramos cercano y nos hacen sentir seguros […]

a través de Desapego. — Matahari