El desván

Solo aportas personajes vacíos, sin personalidad, sin alma. Así… ¿cómo coño vas a escribir algo decente? Aunque tengas una buena historia que contar son los protagonistas, principales y secundarios, los que tienen que conectar con el lector. Ya sabes cómo va esto: el héroe, el antihéroe, el punto de inflexión donde se enfrenta a tomar una importante decisión… Pero ante todo tienes que crear personajes creíbles, humanos, con los que se pueda empatizar. Fíjate y estudia a la gente que te rodea, tu familia, tus amigos…ah, claro, ese piensas que es el problema.

Pues estás equivocado. No, no, no… no te atrevas a decirme que las personas de tu entorno no son interesantes, cada ser vivo es único e irrepetible, todos tienen una vida propia, una historia dentro con sus aciertos, errores, alegrías, penas, miedos, secretos…

Perdona que te lo diga así, pero el problema está en ti.

No sé cómo has llegado a esto pero ¿no te das cuenta? Tú eres el que no tienes alma, ni personalidad, el que está vacío. Si no tienes nada dentro eres incapaz de ver algo en los demás, ni bueno ni malo.

Te lo dije hace tiempo, antes de que te encerrara en el desván, donde te volveré a meter. No puedo contar contigo todavía, no puedes ser el personaje protagonista de ninguna de mis historias, eres tan deprimente y tan… tan inhumano, tan…

Pero ¿qué dices? ¿Cómo te atreves a insinuar que soy yo el personaje y tú el escritor que me maneja?

No le des la vuelta. Tú no eres nadie y yo tengo una vida.

Llevo tiempo en casa, sí, sin salir apenas. Pero es por esta maldita depresión que me consume. Yo amo, siento y sueño, tengo un corazón que late tan fuerte que lo noto en mis sienes y mi cerebro hierve y produce mil ideas en un segundo. Soy más real de lo que nunca llegarás a ser.

¿Antes? ¿Que qué recuerdo de antes de esta conversación?

Nada, no recuerdo nada, pero debe ser por la medicación. Me incrementaron la dosis, creo…

No, por favor. No soy un miserable personaje de los tuyos.

No puedo ser solo frases y palabras escritas por el delirio de un desequilibrado como tú.

Mi sangre no puede ser la tinta de tu pluma.

No es justo… espera, tenía un amor ¿recuerdas? un amor de verdad, de esos eternos, de los que solo pasan en las películas… y en las novelas… pero, ya entiendo. Lo has acabado, has eliminado ese episodio de mi historia. No soy digno de ella. Prefieres hundirme en una enfermedad mental a que descubra y disfrute del amor y de la vida, pero ¿de qué vida hablo?

Tu mente no está mejor que la mía, lo sabes, somos pasajeros de la misma oscuridad.

Hace frío allí.

Cuando me abandonas no desaparezco.

Tan solo soy la parte de ti que quieres ocultar, la que quieres que se desvanezca en el olvido.

Pero sigo ahí, en ese inquietante rincón de tu mente,

donde las ideas queman, los amores mueren y los sueños quedan presos.

En el desván del paraíso.

 

Francisco J. Berenguer

El resto de mí

Ya no quedan ganas

Ya no me quedan ganas de tener ganas

ni de amaneceres, ni playas desiertas

ni de sexo explícito e improvisado

o comprimido y reprimido

gritos ahogados

los niños escuchan

en la habitación de al lado

a pensión completa.

Ganas de comer o ser comido, devorado

de mi carne en tu boca, repleta

y el deseo por tus muslos chorreando

dulce y espeso, manantial de tu esencia

lubricante natural que suaviza tensiones

eficaz antidepresivo sin contraindicaciones.

Reclamo mi derecho a la tristeza

no quiero ser feliz por decreto

Las sonrisas duelen cuando se fuerzan

y el amor destroza cuando se finge

No tengo ganas de libertades presas

de leyes absurdas, de juicios pactados

No hace falta que leas mis derechos

lo que utilices contra mí lo tendré merecido

hablé demasiado cuando tuve que callar

os descubrí mi alma sin apenas filtrar

Mi pena, mi sentencia, mi castigo

esposado a la vida de por vida

Asesino de sueños en serie

de verdades preconcebidas

Las líneas de mi mano coinciden

con los posos de mi café

pero ya no me quedan ganas

de creer en mi destino.

 

Francisco J. Berenguer

De hueso y carne

A veces me siento tan frágil

que temo deshacerme

en cien historias

y algún poema

Ya son pocos los que escuchan

y menos los que leen

Lo siento, no soy de emoticonos

si me sacas una sonrisa

la podrás ver en mis labios

si quieres, si vienes

Mis besos son de carne

Me rompo, me fragmento, me disperso

en cien historias

y algún poema

Me destruyo, me disuelvo

tómame a pequeños sorbos

después de cada comida

Estoy repleto de contraindicaciones

y contradicciones

De verbos y pasiones irregulares

prisión condicional y subjuntiva

Lo que soy es lo que escribo

no sé fingir entre lineas.

 

Francisco J. Berenguer

Nunca nos quedó París

Ninguno de los dos lo quiso reconocer.

Y ahora, cuando las marcas de tus uñas en mi espalda ya se han borrado (¿sabes que también arqueas los dedos de los pies cuando te corres?) ahora, París ya no nos parece tan factible ni tan romántico.

Soñábamos en voz baja, ¿te acuerdas? Nos venía bien hacerlo después de hacerlo, con la habitación todavía oliendo a sexo, tumbados en la cama y dando forma al futuro que imaginábamos en las nubes que flotaban entre nuestros cuerpos y el techo. Todo era posible entonces, todo.

Nunca me gustó viajar más allá del límite de tus medidas. Por ninguna otra mujer tuve la necesidad de hacer las maletas, contigo encontré definidas todas las formas del placer que deseaba… y algunas que desconocía.

Creí ser cómplice de tus delitos menores hasta que descubrí que era la víctima de tus mayores engaños. Tú sabes que yo lo sé.

Estuvimos tan cerca y yo fui tan ingenuo. Pensé que cuando te referías a que lo nuestro era algo más que sexo entre tú y yo, querías decirme que te estabas enamorando de mí y no que sumabas otro visitante a tu vagina. Que, entiéndeme, no es por capacidad ni lubricación, que sé por conocimiento y experiencia que de ambas vas sobrada, ni por el derecho y la exclusividad requerida por el machito omega que suspendió griego. Es que no entendí la aritmética de tu comentario y me sorprende lo callado que tenías las carencias que yo te aportaba, para tener la necesidad de buscar a otro hombre que rellenase tus huecos ¿nos faltó comunicación o fue un error en el cubicaje?

Nunca se te dio bien mentir y, aunque fingir orgasmos no te sale tan mal y ya tienes las uñas cortas, acuérdate de arquear los dedos de los pies para ser más convincente. Son muy importantes los detalles y ya me conoces, soy muy detallista.

 

Francisco J. Berenguer

Ángeles de piedra

Anhedonia: Incapacidad para experimentar placer. Pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Falta de reactividad a los estímulos habitualmente placenteros.

Crees que es un sueño, tan solo un mal sueño.

Fruto germinado de semillas rancias cuyas raíces invaden tus entrañas, se enredan, se entrelazan alrededor de tu estómago, lo oprimen, lo penetran, dolor punzante, se alimentan, te alimentan, te digieren, te digieres. Canibalismo introspectivo, devorador de pensamientos, sentimientos y deseos. De dentro hacia fuera, licuando tus órganos con su veneno, deshaciendo proyectos, desvaneciendo ilusiones.

No eres lo que fuiste, aunque antes tampoco es que fueses una maravilla. Lo que queda de ti se dispersa en el trayecto de la cama al sofá… migración inútil… continua hibernación.

Has dejado pasar la vida tanto tiempo, sin implicarte, sin saborear lo que te ofrecía, que se ha olvidado de ti. Y te da igual. Ya no tienes que fingir, no queda nadie a quien engañar, hace mucho que se alejaron y borraron tu número de sus agendas. Aunque insistas en llamarlos, sus teléfonos les dicen que eres un desconocido, insignificante, un error, una llamada perdida de las que se ignoran.

Te convertiste en testigo mudo y desprotegido de juicios absurdos, espectador autista que ni ríe, ni aplaude, ni llora. Y contemplas el final de tu lamentable actuación como si fuese ajena, una película aburrida que deseas que termine… y volver a la cama, por el mismo sendero, surco desgastado en el pasillo, arrastrando los pies, zapatillas deshilachadas, hedor a sudor y dejadez.

Crees que es un sueño, un mal sueño, tiene que serlo.

Pero sabes que todo tiene sentido.

Recuerdas aquel día.

El día del entierro.

Deseaste no sentir tanto dolor

deseaste no sentir

convertirte en un ángel de piedra en el cementerio

velando su tumba.

 

Francisco J. Berenguer

Mejor no preguntes

Tú siempre querías saber más

pero hacías las preguntas equivocadas

y las respuestas reñían con tus expectativas

Inquietud y frustración en la misma danza

baile cognitivo del insconsciente colectivo

el placer onírico y la realidad que evitas

Yo me quedo en la barra

Hace tiempo que dejé de bailar

Hace tiempo que dejé de escuchar la melodía

Hace tiempo…

Fue entonces cuando hallé mis preguntas

Encontré silencio y las descubrí en él.

En el silencio contenido entre latido y latido

tregua de eternos segundos

donde el corazón descansa y se cansa triste de ver

que solo escuchas su latir y no la voz en su pausa

En el segundo antes de romper la ola

o el explosionar de un orgasmo

inundación densa en la orilla de tu cama

El silencio amniótico en la antigravedad placentaria

donde se escriben los prólogos de historias inéditas

de personajes inscritos en programados censos

de neonatos, amores, decepciones y decesos

Oscuridad y silencio es lo que hubo siempre antes

y lo que habrá después para siempre

Buscamos aplacarlo durante el chispazo fortuito

la efímera levedad finita e irrepetible

La vida

El sueño de un dios que creó humanos

a una imagen y semejanza distorsionada

como reflejada en un espejo roto y cuarteado

Pesadilla de hombres que crean dioses

con la misma distorsión en la concepción.

La pregunta no es qué hay después,

ni por qué, ni cuándo, ni cómo

Silencio fuimos

Silencio somos

Y en silencio nos convertiremos.

 

Francisco J. Berenguer

Entre amigas

Si quisiera hacerlo lo haría… si pudiera

La beso todas las noches antes de dormir y no importa que no me corresponda de la misma forma. También beso a otra distinta por la mañana, a otra más cada ocho horas y, bueno, tengo otra reservada por si algún día la cosa se pone muy fea, aunque cuando llega ese momento ninguna de mis amigas puede evitar que una especie de angustia vital se me desborde por cada poro de la piel.

Volví a creer en la química, y no solo en ella, también en las hormonas, en los instintos animales que nos rigen, en los neurotransmisores y en las sinápticas conexiones de las neuronas. Volví a creer, pensar, a reconocerme y a sentirme seguro sabiendo que todo nace, se desarrolla y muere en el cerebro.

Todo controlado, como me gusta, ordenado, estructurado, con respuestas lógicas a los estímulos, simples o complicadas, pero predecibles, inteligentes, pragmáticas. Un lugar donde no tiene ningún sentido el amor, ni enamorarse, ni perder la cabeza por una mujer. Donde los sentimientos no hacen saltar alarmas por exceso ni por defecto. Donde las emociones están contenidas en su justa medida. No sientes, (gracias, mis pequeñas amigas) no piensas más de lo necesario para sobrevivir e integrarte de nuevo en el sistema y volver a ser productivo.

Pienso que la estabilidad está sobrevalorada. Es una felicidad impostada y subyugada a la comodidad, a evitar sobresaltos, a convencerte de que haces lo que debes, a obligarte a mantenerla por encima de tus deseos más íntimos, por encima de tus sueños y tus pasiones ocultas. Y la buscas, sacrificándote por ella o en la farmacia de tu barrio, con receta claro, tu camello de bata blanca particular te abastece de sobra.

Mirad, ya estoy bien, ya sonrío, ya paseo, ya duermo, hasta me hago la cama. Mi familia se alegra, mis amigos celebran que vuelva a salir con ellos de cañas, en el trabajo me reciben todos con cordialidad menos el que cubría mi puesto, que me mira receloso. El médico me firma el alta, ya estoy curado, aunque debo seguir besando a una por la noche y a otra por la mañana durante un largo tiempo. Ya soy lo que esperáis de mí. La imagen aceptada de mi fracaso personal, de la represión de mi personalidad, de mi derrota anunciada.

Y os sentís satisfechos de que sea como vosotros. De que no haya conseguido alcanzar mi sueño a pesar de lo mucho que he luchado por él. Os sentís aliviados porque vosotros no tuvisteis huevos para perseguir los vuestros y al contemplar mi fracaso sentís ese inconfesable placer interior al confirmar que teníais razón, que yo me comportaba como un loco irresponsable que había renunciado a vuestra normalidad, estabilidad, comodidad… La misma sensación como cuando en Navidad no te toca la lotería y ves que a ninguno de tu entorno le ha tocado, porque entonces envidiarías ser él en lugar de alegrarte por él. Un oscuro y vergonzoso placer que nunca reconocerías en público, porque está de moda ser mediocre de sentimientos y políticamente correcto, aunque la política esté lejos de la corrección deseada.

Pues mira, voy a juntar todas las pastillas/amigas que tengo y las tiraré al cubo de la basura. No más besos. Ya no quiero estar bajo su mágico influjo, deseo conocerme y reconocerme cuando hablo y cuando actúo. Me da igual que me desprecies, me envidies, me ignores o me admires. Soy yo y punto…

Aunque, ahora que las veo juntas… deben ser unas cuarenta o cincuenta, puede que más juntando las actuales y las que sobraron del tratamiento anterior. Tomadas todas a la vez debe ser un combinado mortal. ¿Cómo se atreven a dejar en manos de una persona con depresión tal cantidad de pastillas? He oído que mezcladas con alcohol el efecto es más rápido y definitivo.

Tengo una mano grande, caben todas en ella. Unos segundos para tragar, un buen lingotazo de ginebra y me tumbo en la cama a esperar. Vivo solo, es fin de semana, hasta el lunes nadie comenzará a echarme de menos, nadie vendría a rescatarme a tiempo para hacerme un lavado de estómago.

Qué delgada es la linea entre la vida y la muerte.

Creo que necesito hablar con alguien, voy a llamarte. Si escuchas que suena tu teléfono, por favor… descuelga…

 

Francisco J. Berenguer

El otro lado del muro

Noté humedad en la espalda cuando me empujaste contra el muro del cementerio. Sabía que no era agua de lluvia, ni el relente de la noche lo que me mojaba. Era la humedad viscosa de la sangre de los que habíais fusilado antes.

Escuché los disparos desde la camioneta donde me tenías con las manos atadas y un saco de tela en la cabeza, esperando mi turno. La misma camioneta donde me habías arrojado tras sacarme de mi casa a punta de pistola unos minutos antes. Mi niña lloraba ¿la oíste? Se despertó cuando te metiste en el cuarto y arrancando las sábanas de la cama gritaste: —¡Arriba, rojo de mierda!

Viste a mi mujer desnuda, ¿te gustó? Seguro que sí, es hermosa, siempre te ha gustado. Tus secuaces no le quitaban ojo mientras ella se levantaba y se dirigía a la cuna para calmar el llanto de mi hija. No me permitiste despedirme, eres muy eficiente en tu trabajo. Estarán orgullosos de ti.

Con una cuerda de esparto me atasteis las manos. Ni siquiera dejaste que me vistiera. Más humillante ¿verdad? Cumplías órdenes, claro. No te importaba o habías olvidado que años atrás fuimos compañeros de borracheras y noches de juerga, y que nos peleamos por la misma mujer que al final llegó a ser mi esposa. O quizá todo lo contrario, esta es tu venganza ridículamente justificada por una guerra de la que te sientes vencedor y con el derecho divino de poder decidir quien vive y quien muere.

—No necesito que me tapes los ojos, tengo el valor suficiente para ver venir la muerte de cara.

Cuando te dije eso me quitaste, furioso, la única prenda que portaba entonces, la tela que cubría mi cabeza, y me golpeaste con fuerza en el pecho. Fue entonces cuando casi pierdo el equilibrio, di dos o tres pasos hacia atrás, a punto de caer, hasta que mi espalda chocó contra el muro y se impregnó de restos de la esencia líquida de otros hombres asesinados, de sueños truncados por culpa de un miedo irracional y primitivo, donde los ideales se convierten en odio y el odio en balas que atraviesan cuerpos.

Ordenaste encender los faros de los vehículos para iluminar bien el macabro escenario de muerte, el otro lado del muro, donde la vida debía continuar.

Las luces me cegaron, pero pude oír tu voz enérgica y henchida de estúpidas razones gritar: —¡Muerte a los enemigos de España!

Yo nunca tuve un posicionamiento político claro, solo me importaba poder trabajar y mi familia, en el pueblo la mayoría éramos así. Mi único delito fue pertenecer a un sindicato para intentar mejorar las condiciones de trabajo, bueno, ese y el de conseguir el amor de la mujer que tú pretendías. No sé todavía cuál de los dos tuvo más peso para que decidieras acabar conmigo.

Apenas me dolió, la muerte propia duele menos que la ajena. 

Mientras estaba en el suelo, agonizando, con los pulmones agujereados y mecido en mareas de sangre roja y lágrimas, pude ver como te acercabas desenfundando tu pistola y a dos pasos apuntaste a mi cabeza y atravesaste mi cráneo con un tiro de gracia, gracias.

Seguramente mi cuerpo se pudriría en algún lugar, cerca de allí, junto al de los tres o cuatro que corrimos la misma suerte esa noche. En una fosa improvisada y anónima, condenada al olvido.

Pero no te preocupes.

Mis huesos no rezuman odio, ni claman venganza.

Los muertos ya no estamos para esas cosas.

No sentimos, ni padecemos.

Ni siquiera hablamos… ni escribimos.

La vida no es eterna, ni el tiempo.

La muerte nos iguala, tabla rasa.

Ahora ya eres uno de los nuestros.

Verás lo que se siente al otro lado del muro.

 

Francisco J. Berenguer

La química aplicada

Llueve con fuerza… lloverá… y tú dirás que no hace falta que me vaya, que no me entiendes.

El café frío, como tu mirada, como el gélido espacio que se abrirá entre los dos. Me sorprenderá que no se forme vaho cuando respiremos.

Recuerdo lo que pasará mañana. El alcohol no combina bien con los antidepresivos, ya me lo dijiste ayer, que será hoy, mañana. Recuerdo tus palabras como si ya las hubieses escupido sobre mí, palabras de desprecio y rencor, de dolor fermentado en tu estómago, como las larvas blancas y repugnantes que digieren cadáveres en las tumbas.

Suena/sonará Puccini, los domingos te gusta despertar con ópera. La cabeza me dolerá horrores y tú no dejarás de gritarme, y veré tu lengua retorcerse en tu boca esforzándose por crear insultos cada vez más agudos y punzantes (cuidado no te tragues un dardo ponzoñoso) “O mío babbino caro”, la música es preciosa y tú no llevas el puto ritmo, no sigues la melodía.

No sé qué te dije/te diré esta noche, o qué coño haré para que estés así… ¿he dicho ya lo del alcohol y los antidepresivos?

La cuestión es que recuerdo lo que pasará. No como una visión del futuro, es como si ya hubiese sucedido… o está sucediendo ahora… ¡Joder! ¿me llevo un paraguas?

Ahora es “Madama Butterfly” quien entra en el baño y me hablas, y no sé por qué tienes toda la cara pintada de blanco como una actriz japonesa en una tragedia japonesa y yo estoy en el suelo, frente al retrete, y con hilillos de vómito todavía colgando de mis labios.

Te digo que ya me voy, que cojo el paraguas y me voy, y tú mientras me limpias la boca con una toalla me dices ¿pero dónde vas a ir ahora, alma de cántaro?

Me ayudas a ponerme en pie, estoy tiritando y la cabeza me pincha de dentro hacia fuera, como si se me hubieran introducido la corona de espinas de la talla de madera del Jesucristo que barnicé en quinto de EGB. Ahora te miro y te pareces a Doña Amalia, mi profesora del cole. Estoy muy mal.

Me apoyo en ti para ir desde el baño hasta la habitación y casi no puedo andar, como si fuera un viejo de noventa años con artrosis, sífilis y migrañas. Solo se me ocurre decirte al oído que me perdones si te he dicho algo que no debía, o que te diré o que te dije o que… ¿qué demonios hace Plácido Domingo vestido de frac cantando en el salón?

 

Francisco J. Berenguer

En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer

Conjugándote

Soy tu tiempo indefinido

tu pretérito imperfecto repleto de manchas y tachones

de renglones vacíos

entre lineas manuscritas de apresurada letra.

Soy tu lágrima contenida

la que no llega a brotar

la más amarga.

Quisiera aliviarte la tensión de la espalda

abrazarte por detrás, sigiloso

y erizar tu nuca con un beso.

Me gustaría sentirme verbo en tu boca, crecer

y ser conjugado por tu lengua y tus labios

notar como tu saliva resbala por mi piel tersa

y ver en tu mirada el placer

como el infinitivo mejor compartido.

Quisiera descifrar tus señales una vez más

y detenerme en los puntos donde te estremeces.

Sentir en mi piel, tu piel y tus fluidos

tus silenciosos jadeos

el temblor de tu cuerpo

cuando alcanzas el paraíso.

Quiero que me dejes acariciar tus heridas

las del alma y tu vientre

besar tus cicatrices 

llorar por lo que perdimos

y ver lo que podemos salvar

entre las ruinas del desencuentro.

Quisiera hacer que nuestro futuro

sea más perfecto que incierto

y que amarnos

sea el indicativo de nuestro presente.

 

Francisco J. Berenguer

En silencio

Que calle la luz y las sombras la amordacen

que calle el tiempo y cada segundo se pierda en el abismo

que calle Dios, aunque nunca me haya hablado

que ni la lluvia suene al caer, en mi piel cada gota duele

que calle el silencio que ensordece, que oprime, que angustia

No quiero ánimos, ni ayudas, ni esperanzas

la vida no me ha tratado mal

yo la he maltratado a ella

me lo dio todo, confió en alguien que no pidió existir

alguien que no quería aprender,

que no quería amar, que no sabía

Extraño al nacer, huérfano de alma, de ser

desprecié placeres y me refugié en el dolor

en mi oscuro mar interno, espeso como petróleo

Que callen las voces de la conciencia

que calle el viento, que no silbe por mis grietas

que exhalen mis pulmones su último aliento

que se apaguen los latidos de un corazón ignorado

El albergue de una tumba húmeda y profunda

una lápida de mármol sin fecha ni nombre

de alguien que nació y murió

pero que apenas ha vivido…

Que callen las plegarias, no son bien recibidas

que callen las palabras en tus labios

y llora, si te place

las lágrimas no hacen ruido.

Francisco J. Berenguer

Antes de la medianoche

Cuando estuve en calma elegí mis miedos

los cubrí de sombras

los escondí bajo la cama.

De niño los miedos se adhieren a la piel

sin poder evitarlo

como si fuera el precio por la inocencia.

Ahora es distinto

tú temes a lo que quieres temer

de lo que te gusta refugiarte

de lo que usas como pretexto

o a lo que más deseas.

Pero existe un miedo que no se presta a elección

un miedo adulto que te va calando

como lluvia fina, casi sin sentir.

El temor a la soledad

no a estar solo

a la soledad eterna

la angustia de sentir

que cuando te vayas definitivamente

nadie te eche de menos…

 

Francisco J. Berenguer

 

 

 

 

Mi pequeña adicción

¿Existe algún límite para el sufrimiento?  

No sé, algo, una línea imaginaria, un tope que te pegue en la cabeza cuando te intentes volver a levantar, un puto zumbido en los oídos… algo que impida que se acumule, que te inunde, que te ahogue, que te destroce por dentro y que te agriete por fuera.  

Debería haberlo.  

Un mecanismo natural de defensa, de protección. Como los enchufes esos que se desconectan para evitar que un exceso de corriente funda y calcine tus aparatos.  

Debería haberlo, o soy yo que no sé desconectar. Que todo se me acumula y me presiona, soy yo el creador de mis días nublados, de mis tormentas sin la calma sucedida, de mis letales huracanes con nombre de mujer.  

Y todo, absolutamente todo, se cuece en mi interior, donde si hubo una vez un alma huyó hace tiempo despavorida perseguida por mis demonios.  

Hay quien dice que soy adicto al sufrimiento, que tengo tendencia natural a hundirme cada cierto tiempo y regocijarme en él, que me hace sentir especial, diferente.  

Y es posible que tenga razón. Como también cuando me dicen que todo es relativo, que lo mío no es nada comparado con una muerte en la familia o una enfermedad terminal… o escuchar a alguien llorar en la habitación de al lado.  

Pero todo se gesta en nuestras mentes, desde lo más atroz hasta la acción más bella y humanitaria. Todo confluye y se origina en el mismo lugar; en la cerrada oscuridad de un cráneo compacto donde la sinapsis es el juego preferido de millones de neuronas.  

Y es en mi cabeza donde los conflictos se suceden, se entremezclan y superponen unos a otros… y donde comienza el sufrimiento y la tristeza que lo va cubriendo todo lentamente, como chocolate caliente derramado por accidente sobre un mantel de tela blanco.  

Y me puedo contestar a la pregunta.  

Porque no existe ningún límite.  

Solo somos personas, seres cuidadosamente imperfectos, a los que la vida nos dotó de la conciencia del “ser” en un descuido y nos pasamos el tiempo creando dioses y religiones que nos quite el agobio de una muerte de la que no somos capaces de imaginar la propia. Y nos justifique la existencia y nos garantice la eternidad…  

Pero en realidad lo que nos produce felicidad o sufrimiento es el amor o la carencia de él. Todos necesitamos querer y que nos quieran. Porque nacemos y morimos solos, son actos individuales donde la conciencia despierta o se apaga. Y el amor, el sexo, la unión de cuerpo y alma con otro ser, es lo que nos hace sentirnos vivos y hasta nos hace creer que vivir esta vida vale la pena.  

Se acumula tanto sufrimiento en el día a día, por pequeñas o grandes cosas, por palabras inconvenientes dichas a destiempo o indebidamente calladas. Por sonrisas fingidas y traiciones ocultas. Por no saber amar, por no corresponder, por ignorar. Por un “te quiero” que no te atreves a decir, un abrazo que te sabe a poco. Por un quizá, por un no sé, por un silencio…  

Sonríe, me dices, que no se note que has llorado. Y lo curioso es que te hago caso. Y paseamos por la playa, como si nada, igual que toda esa gente que nos cruzamos con sonrisas dibujadas y el corazón encogido.  

 

Francisco J. Berenguer

No importa, soy yo

Nadie es lo que cree ser
aunque se construya día a día.
Ya no quiero pagar más rondas
ni que me invitéis una vez más
que cada uno enjuague su culpa
que cada uno aclare sus trapos.
Compartir penas no siempre ayuda
no me alivia cargar con las vuestras
y no espero que soportéis las mías.
Estamos más solos de lo que pensamos
somos islas de hueso y carne
y no soy más que un renglón torcido
en tu cuaderno de poemas amargos.

 

Francisco J. Berenguer

En do menor

Vives preso de tus errores y tus vicios

siempre hay alguien que te los recuerda

Por tu bien

Saben leerte en los posos de tu café

Sus juicios alimentan su poder sobre ti

te reducen

te empobrecen

te simplifican

Eres una semifusa en la partitura del gran concierto

una insignificante octava de segundo

que hasta el oboe ignora

Me has vomitado la vida encima

no te extrañe que me cambie de ropa.

 

Francisco J. Berenguer

Así de simple

 

Deja que la vida fluya, me decían.

Me costó comprender el verdadero significado que ocultaban aquellas cinco palabras, es más, creo que la mayoría de los que me regalaban ese consejo como dogma sabio y divino, en una caja de cartón reciclado envuelta en brillante papel dorado, ni siquiera conocían el contenido de su presente. Tampoco los culpo, ni los juzgo ni los condeno por ello, simplemente heredaron esa frase de otros labios, de otra mirada experimentada y curtida por los infortunios de la vida que se creía capacitada para hacerte ver la gran verdad, su versión de la verdad.

Todos tenemos nuestra versión, es cierto. Eso me hace estar aun más de acuerdo en eso que dicen de que el ser humano no quiere conocer la verdad, prefiere sentirse cómodo con lo que decide creer. Adoptamos ideas ajenas como propias, le damos cobijo en nuestra mente, las volvemos a configurar a nuestra imagen y semejanza, y adaptamos nuestra forma de vivir y pensar en torno a ellas. Y no queremos saber nada más. Y en cierta manera es lógico ¿qué más se puede pedir de unos mamíferos arrogantes que se creen el centro del universo y al mismo tiempo son tan básicos y prisioneros de sus instintos animales, lo cual se empeñan en disfrazar y humanizar? Seres que emplean gran parte de su vida en buscar líderes, dioses y destinos que guíen sus vidas para que los protejan y decidan por ellos… huérfanos de nacimiento que buscan desesperadamente un útero para que los vuelva a cobijar.

Seguramente la etapa mas placentera del ser humano es la que ocupaba dentro del vientre de su madre. Es la zona de confort por excelencia y donde siempre pretendemos volver a estar. No literal y físicamente, sería imposible y abominable, lo que buscamos es la protección de un sistema o un gobierno para que nos abastezca y decida por nosotros, elegimos representantes y los convertimos en madres adoptivas donde depositamos la confianza de nuestro voto, nos intentamos rodear siempre de un cerco protector y nos refugiamos en su interior rodeado de personas con nuestros mismos ideales, creencias religiosas, aficiones o vicios. Pertenecemos a familias, clanes, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, peñas gastronómicas, gremios, religiones, equipos, grupos de WhatsApp… somos miembros de organizaciones jerarquizadas y, normalmente, excluyentes. Necesitamos sentirnos seguros y rodeados de gente afín, y que un útero gigantesco y artificial nos abastezca, nos calme, nos evite tomar ciertas decisiones y hacer actos desagradables, aunque eso suponga perder algo de nuestra independencia e, incluso, de nuestra integridad. Luego ya existen los bares y las redes sociales para quejarse de tu gobierno, tu sindicato o del presidente de tu comunidad de vecinos. Suele ser más fácil criticar una decisión que tomarla.

Deja que la vida fluya, me decían.

Y ellos pretendían decirme que me dejase llevar por la corriente de su cauce. Que todo llega a su debido tiempo y que ese tiempo es el que pone a cada cosa o persona en su lugar. Que si no consigues algo es porque no era para ti, que no sirve de nada enfrentarse al destino, que tus decisiones poco influyen en la gran trama del río de la vida.

Y el río baja repleto de almas tranquilas, serenas y resignadas a su suerte. Y no pretendo decir que no sean felices o lo hayan sido o lo serán. Todo lo contrario ¿qué mayor felicidad la que te proporciona el no sentirte responsable de las decisiones que tomas o las que no tomas pensando que es el destino el que actúa por ti? No me gusta pensar que mi vida está escrita de antemano, aunque crea que decido, aunque me crea libre. El destino no existe, no puede, no debe existir.

Vamos a ver: un hombre está dando brazadas desesperado en medio del mar y tu estás cerca de él en una barca con un salvavidas, ¿qué haces? ¿te quedas mirando a ver si es capaz de alcanzar la barca para no ahogarse? Si la alcanza es porque era su destino salvarse, si muere es porque tenía que morir. Quizá su destino había hecho que tú estuvieses allí para salvarlo y no para quedarte mirando, o tu propio destino te había llevado hasta él para que conocieras a una persona que iba a ser importante en tu vida. Si lanzas el salvavidas es porque estaba escrito que así fuera, si no lo haces también está bien, pero no porque tú seas un miserable cobarde hijo de puta, y si un tiburón blanco enorme, justo cuando el pobre hombre está alcanzando la barca por sus propios medios y esfuerzos, se lo merienda de un bocado, es el destino del tiburón junto con el de su aperitivo y el tuyo que han fluido en el mismo sentido y dirección, ¡por favor…!

Está claro que la vida fluye y transcurre al margen de nuestros proyectos y decisiones, que no le importamos un carajo, pero tenemos margen, tenemos mucho que aportar, aunque solo sea por ti y los que te rodean.

Este gran río de la vida lo puedes afrontar de distintas formas: puedes dejarte llevar por su fluir aceptando lo que te acercan sus aguas como algo normal e inevitable. Puedes nadar contra corriente hasta darte cuenta, agotado, que tú solo no puedes afrontar todo el caudal que te obliga a cambiar de dirección, a integrarte en lo que debe ser. Puedes quedarte sentado en tu orilla y ver la vida pasar sin tomar ninguna postura e iniciativa. Y también puedes cruzarlo y ver lo que te brinda la otra ribera.

Yo acabé agotado, extenuado de nadar en este fluir de la vida que me aconsejaba ser paciente, prudente, sensato, dejarme llevar. Estuve varias veces tentado de aceptar la comodidad y la paz que me ofrecía, pero seguí dando brazadas hasta que alcancé el margen opuesto y ¿sabéis?

Este lado es exactamente igual al de enfrente, no varía nada. Entonces me di cuenta del verdadero motivo de mi arriesgada travesía. Todo estaba dentro de mí, donde siempre había estado, por primera vez me sentí capaz de hacer realidad lo que antes solo eran pensamientos y proyectos de futuro lleno de condiciones y condicionales, simples y compuestos.

En definitiva, todo es cuestión de actitud. Así que me armé de valor, dejé a un lado todas las frases que me habían dicho sobre que dejase la vida fluir, sobre el tiempo reparador, la comodidad y la protección de la pandilla de amigos, lo de que si el destino no me era propicio, sobre la verdad y sus versiones, cogí el teléfono y por fin me decidí a escribir un mensaje a la que me parecía la chica más hermosa del instituto: ¿Quedamos esta tarde?

 

Francisco J. Berenguer