Lo más triste y hermoso

Llevo desde poco antes de las seis de la mañana intentando dar el inicio adecuado a esta entrada. Escribo algo, no me gusta, lo borro, vuelvo a comenzar, sigue sin gustarme, lo modifico, lo reescribo, lo elimino, me hago un café, me quemo la lengua, me remuevo en la silla, la postura, la luz, el teclado, me levanto y amanece, lo escribo a pluma en mi cuaderno de notas, la pluma da otro toque diferente al bolígrafo, me inspira, pero no me convence, no lo logro hoy, pero insisto porque vale la pena. Al final, tonto de mí, me pongo los auriculares y escucho la música de la que os quería hablar. Podía haberlo hecho antes pero no quería llorar hasta el final, como en las buenas películas, y ha sido escuchar las primeras notas y ya está. Qué mal se escribe con los ojos empañados.

Es curiosa la capacidad que ciertas melodías tienen para transportarte a otros mundos, a otros sueños o realidades, o hasta lo más íntimo de ti, a ese lugar que ni siquiera sabías que existía en tu interior, donde quizá no querías llegar o agradeces haber descubierto. Para mí, una de esas maravillosas creaciones que realmente consiguen conmoverme, si no la que más, es “Adagio for Strings” de Samuel Barber. Lo más triste y hermoso.

Recomiendo que os toméis unos minutos de vuestro tiempo y lo escuchéis con tranquilidad, a ser posible con auriculares o en un buen equipo de música, cerrad los ojos y dejad que la línea melódica os envuelva, procurad dejar la mente en blanco porque las ideas, los pensamientos, los recuerdos o los sentimientos surgirán solos… Y bueno, si os deja indiferentes, por lo menos os habrá relajado y habréis escuchado un ratito de buena música.

Seguro que muchos conocéis esta obra, o la habréis escuchado ya u os sonará de algo. La han empleado en algunas películas y anuncios, la más peculiar por la temática, y fue precisamente en esa donde la descubrí, es en la banda sonora de “Platoon”, una película que trata sobre la guerra de Vietnam.

El particular episodio donde se incorporó esta melodía a la banda sonora de mi propia vida fue hace unos años, tras la muerte de mi madre. No quiero dramatizar ahora, ni ponerme a contar las circunstancias y pormenores de aquello, solo lo que este adagio significó en ese momento para mí.

Fue al llegar a casa después del funeral. Mi madre estuvo varios días en coma, días eternos de espera e incertidumbres tras un inoportuno derrame cerebral, hasta que al final una tarde decidió irse definitivamente. Recuerdo el último beso cuando le quitaron ya todos los tubos y cables. Un beso en la frente pálida y tibia todavía. La piel conservaba algo de calor, de luz, de la vida que me concedió al nacer, retazos de caricias, de esa sonrisa tan peculiar en esos labios ahora deshidratados, de esa increíble mirada que se ocultaba ahora tras los párpados cerrados, perpetua oscuridad… perdón…

Fue al llegar a casa cuando me puse a escuchar esta obra maestra a todo volumen, no sé, podía haberme puesto otra, pero fue ésta, como si ella me hubiese elegido a mí, al momento, al instante, y no yo a ella. Sentí como cada nota se introducía dentro de mi cuerpo, me bañaba en un mar de calma, me zarandeaba, a veces, me llenaba, me vaciaba, me hablaba y me decía que no tuviese miedo, que todo estaba bien. Sí, los violines me hablaban, las violas, los violonchelos. La increíble melodía, tan bella, tan triste, pero con el toque justo de esperanza, de que la vida continúa. Y tras esa parte de la obra en el que los violines tocan las notas más agudas, como un grito, una mano alzada desde la oscuridad más absoluta pidiendo ayuda, le sigue una pausa y de nuevo la gravedad, la seriedad de la melodía como un bálsamo, como unos brazos a los que acudir, unos brazos que te dicen que siempre estarán allí para calmar tus miedos… y en ese momento me di cuenta de que estaba llorando, que no había llorado hasta entonces desde que todo comenzó. Y todo ese dolor que tenía acumulado, que me oprimía el pecho y el alma, se liberó con el final de esta maravillosa música… y lloré como un niño, como un hombre. Lloré de pena, de tristeza, de dolor, de rabia. Lloré por los finales inevitables y los principios desconocidos, por el amor, por la belleza, por la torpeza en entender de qué va la vida…

¡Ufff…! Son más de las nueve de la mañana, creo que lo voy a dejar así.

Gracias por acompañarme.

Un abrazo.

Francisco J. Berenguer

En tus charcos

Me siento más cómodo usando quizá, que quizás

lo primero me resulta poético y más ligado al tiempo, la nostalgia

lo segundo es como pisar un charco y esperar que te salpique, o no

quizás tú seas de meterte en charcos, quizá yo tienda a rodearlos

quizás debiera probar a saltar en ellos, quizá tú a mantenerte seca

quizás tu amanecer sea el ocaso de mis desayunos

quizá mi café esté tan frío por eso

quizás no debería haber escrito esto

quizá…

Francisco J. Berenguer

Síntomas de soledad

Era un colegio gris, de cemento gris en el patio y las paredes, y baldosas grises o marrón oscuro en los pasillos y las aulas. Era mil novecientos setenta y tres y alguien un día, con sus pequeños dedos, ampliando un desconchón de la pared, descubrió marcas de disparos. Huellas de muerte, restos de odio. Lo veíamos con asombro, pero con preocupante naturalidad. Ahora me estremezco al pensar que tan solo treinta años antes, quizá menos, fusilaron allí a personas, en el mismo patio donde, apiñados, se jugaban diez partidos imposibles a la vez, con diez balones y más de cien piernas.

Era un colegio solo de chicos, las chicas distraen, decían, de hecho, apenas había mujeres aparte de una profesora que le daba clase a los más pequeños y se encargaba, además, del coro para los festivales de navidad y del “santo patrón” del colegio. ¡Ah…! y del mes de María, esos meses de mayo que acabábamos antes las clases de la tarde para hacer ofrenda a la virgen. Todavía recuerdo alguna letra de las canciones: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…”

Eran tiempos de formar en el patio antes de subir a las clases, que estaban en un primer y segundo piso con un balcón corrido que daba a la platea desde donde nos observaban los profesores. Tiempos de himnos y consignas, de religión y patria, de silencios obligados y miedos ocultos… no preguntes, no quieras saber demasiado, no quieras descubrir la verdad, cree lo que te decimos, obedece. Ya sabes quien escribe la historia tras una guerra.

Era un chico raro entonces, creo que siempre lo he sido, no tenía habilidad para el fútbol y casi siempre me quedaba fuera cuando (chapí, chapó) los capitanes elegían a los chavales para formar parte de su equipo, si éramos impares yo sobraba. Me gustaría decir que no me importaba y que no me causaba tristeza y frustración cuando me quedaba el último para que me eligieran y, o bien no lo hacían directamente o alguien me incluía en su equipo por pena o falsa camaradería, pero no sería cierto.

Supongo que eso sirvió para potenciar la afición que siempre había tenido de imaginar e inventar historias, crear vidas y momentos y soñar que los vivía… síntomas de soledad, alivio de ignorados. Pero descubrí que esa misma soledad era compartida con un puñado de niños que, por un motivo u otro, soportaban esa exclusión forzosa o forzada de la popularidad deseada. Y nos juntamos, como una pandilla de superhéroes lisiados, en un rincón del patio a resguardo de balonazos, para compartir nuestras desdichas.

Y así fue cómo esa afición de crear cuentos, situaciones y personajes imaginarios cobró otra dimensión. Comencé a ponerle voz y a dar a luz mis historias junto a ese niño gordito mientras comía su bocadillo de chorizo, con ese empollón de gafas gruesas y empañadas, con el niño que parecía una niña y con ese que aparentaba estar siempre enfermo. Tanto a ellos, como a mí, nos servía para evadirnos de esa realidad que nos incomodaba, la que no terminaba de aceptarnos, la que nos dejaba fuera de ese equipo al que queríamos pertenecer y de ese juego al que queríamos jugar.

Escuchaban mis palabras casi sin pestañear y cada día, día tras día, me pedían más y yo inventaba, me las preparaba en casa o improvisaba sobre la marcha… eso era lo que más me gustaba… como ahora, más de cuarenta años después, me siento ante una hoja en blanco e improviso. Unas veces surge algo nuevo, que ni siquiera tenía previsto, otras, tal como hoy, revivo algún recuerdo de esos que te asaltan por sorpresa, y otras, simplemente, se queda sin mácula el blanco.

Los impactos de bala fueron cubiertos, nuevamente, con cemento gris y los niños seguimos jugando, ajenos a la tragedia, sobre sangre desintegrada por mil lluvias de agua limpia y amargas lágrimas, con diez balones, más de cien piernas… y una historia por contar…

 

Francisco J. Berenguer

Cartas que nunca se enviaron

Tenía tanto que contarte, todavía

pero nos quedamos sin tiempo, ni estaciones

andenes vacíos repletos de invierno

Que no vean que sufres, no temas

las heridas del corazón se leen en la mirada

¿y quién te mira hoy a los ojos?

¿quién te ama como yo… quién te amará?

Perdí la batalla, la guerra, perdí la vida

he perdido los sueños, te he perdido

Alimentamos al destino con fruta prohibida

creamos paraísos sobre raíces ajenas

inestables okupas de sentimientos ilegales

Nos expulsamos mil veces

y mil veces nos perdonamos

pero lo eterno es corto para los mortales

obsolescencia de amor programada

Violación de tiempo y espacios corporales

sexo prematuro sin la protección de la cordura

preñados de ilusiones

de realidad abortadas

Tenía tanto que contarte, todavía

pero ya no me quedan palabras

ni voz, ni tinta… ni alma

 

Francisco J. Berenguer

Noticiario de guerra

Tiempos de guerra, de tregua ilusoria

panfletos de sueños lanzados al aire

que la realidad embarra

cuando los coges del suelo

Perdimos la esperanza

huyó de nosotros

inocente color en un mundo de grises

Se destiñe la conciencia de tanto lavado

se duermen los sentidos en el sofá de tu casa

dirigiendo el mundo con tu mando a distancia

publicidad intercalada de humanidad disfrazada

Tiempos de guerra

No existen los maltratos, ni asesinatos

ni violaciones, ni ablaciones

ni masas, ni manadas

ni pateras, ni refugiados

Justicia adormilada, ciega y amordazada

todo está justificado, daños colaterales

estado natural del ser humano

donde la paz es tan solo un parpadeo

y el amor un sueño de poetas

Corre mi niña, aléjate de los hombres

no creas en sus consignas

ni en sus leyes, ni religiones

que no marchiten tu pureza

El mundo está repleto de pozos de muerte

ansiosos de engullir tu esencia

que no crean que los temes

no les des el placer de tu miedo

que no te conviertan en noticia…

 

Francisco J. Berenguer

Todos somos… monstruos.

Hay seres que nunca deberían haber existido

Se descuidó la naturaleza, sucumbió al engaño de los monstruos

que se disfrazaron con la piel de los primeros hombres

Sed de sangre y sexo, sometimiento y poder del macho

instintos arraigados que justifican al animal, denigrando al humano

A veces temo ser uno de ellos, mi monstruo inquieta mis entrañas

Todos tenemos uno ¿o solo soy yo quien lo posee?

Me avergüenzo de él, no por lo que hace, porque lo domino y subyugo

sino por lo que es capaz de hacer, de pensar, de decir…

Quizá mi monstruo sea mayor que el de cualquiera y por eso escribo

y lo canalizo en mi escritura

aplaco su sed con mis historias y personajes que él cree reales

lo mantengo preso tras los barrotes de mi mente

tal vez lo esté sobrealimentando

criatura deforme que no puede ver la luz, oculta en mi interior

de donde no pueda escapar… no debe.

He visto monstruos asomar de quien menos sospechaba

y no solo en machos, las hembras también lo albergan

Los he visto nutrirse del dolor que se convierte en odio

y el odio los engrandece, se tornan valientes y miserables

capaces de torturar y devorar vidas, de hacer daño por placer.

Creo que el mayor logro del ser humano es haber aprendido a contenerlos

a partir de ahí se pudo crear la música, la literatura, la poesía

se pudo amar, apreciar la belleza

y disfrutar de los placeres de la existencia…

O quizá todos seamos monstruos disfrazados de piel y carne

actuando en el gran circo de la vida

jugando a devorar y evitando ser devorados

creyendo tanto en nuestro papel asignado que ignoramos la realidad

aunque esta, a veces, nos escandalice manchándonos las manos

con la sangre de un inocente

que, simplemente, pasaba por allí.

Francisco J. Berenguer

Café… ¿solo?

Resulta curioso cómo los sueños se desvanecen apenas despertamos. Tú me decías que para evitar que sucediera debías contárselo a alguien nada más despertar y siempre antes de desayunar, como si el café y las tostadas fueran una prolongación de la frontera entre los dos mundos.

Esta mañana no quiero olvidar lo que he soñado, pero no tengo a nadie con quien compartirlo, por eso evito desayunar y estoy aquí, sentado en la cocina, mirando la vieja cafetera italiana de aluminio que he puesto sobre la encimera, a fuego lento, esperando que suba el café.

Sí, es tu cafetera, la uso a diario. Al final he arrinconado la de cápsulas, la que me decías que hacía mucho ruido a pesar de ser tan cara. Nunca llegaste a reconocer que el café sabía mejor con ella, tú decías que sabía distinto, pero no mejor, que preferías lo clásico, y debo reconocer que tenías razón; el proceso de llenarla de agua, poner el café molido en su justa medida, enroscarla fuerte, ponerla al fuego y esperar hasta que el sonido del vapor te indique que está listo, tiene su encanto…

Y me sigue recordando a ti. A esas mañanas de domingo, tu sonrisa despeinada, desayunando en la cocina, desnuda bajo una camiseta de las mías que te cubría hasta medio muslo, el aroma del café recién hecho. Yo quemándome con las tostadas y tú escribiendo poemas en tu cuaderno con un bolígrafo chupado y mordido, que es lo que hacías cuando no te salía la palabra que buscabas.

Siempre me ha gustado tu letra y te daba igual que me burlara de los círculos que ponías sobre las íes, en lugar de puntos. Decías que eran globos y que los acentos y las comas los hacías laaargos porque eran como los hilos que sujetaban los globos a las letras para que no salieran volando.

Te he soñado y, como otras tantas veces, no quiero que te desvanezcas con el primer sorbo… por favor, no… hoy no.

Estábamos en la playa, no sé cuál, ya sabes, los sueños tienen estas cosas. Éramos muy jóvenes, como cuando comenzamos a salir. Tú estabas tumbada de espaldas sobre la arena tomando el sol sin la parte de arriba y yo te miraba, embelesado, admirando la belleza que respirabas y que a mí me cortaba la respiración. Hubo un momento que abriste los ojos y me miraste, sin decir nada, era tan dulce, tan hermoso, tan real. Juraría que en ese momento tú también estabas soñando conmigo y nuestras miradas se unieron traspasando lo onírico, rozando el milagro, compartiendo ese eterno minuto en el desván del paraíso…

Luego se hizo invierno, el sol entornó los párpados, un viento frío se levantó de improviso, tus pezones se endurecieron y toda tú te comenzaste a deshacer como una figura de arena, lentamente, hasta que el mar te hizo desaparecer y yo desperté empapado de ti.

Un día decidiste que debíamos terminar y te fuiste, con las razones justas. También, como la arena, te deslizaste entre las grietas de mis inseguridades y no supe retenerte, lo que te ofrecí no te pareció suficiente. Ahora solo te sueño y leo y releo el cuaderno que dejaste en tu lado de la cama, poesías improvisadas e inacabadas que ya recito de memoria.

Ha pasado mucho tiempo y ya no sé si sigues tomando café, si te has pasado a las cápsulas o ahora tomas té o cualquier otra infusión ¡qué más da!

Guardo tu cuaderno con recelo para que no se escapen los globos, para poder dejarlos volar juntos el día que vuelvas, porque sé que volverás… porque nadie se va para siempre y deja olvidado en el lugar del que se marchó los poemas que, latido a latido,  le surgieron del alma.

Quizás solo sea otro sueño que se desvanezca cuanto termine este café de domingo, porque no tengo a nadie a quien contarle, antes del desayuno, lo mucho que te echo de menos y la forma tan desgarradora en la que todavía te amo.

 

Francisco J. Berenguer

Canción de despedida

Admiramos a la luna y su belleza
cuando solo es un satélite inhóspito
gris y amargado
sin titulación de planeta, dependiente
de una dosis de gravedad
que la Tierra le suministra
en un callejón oscuro
a escondidas de poetas enamorados
a cambio de un pacto con las mareas
y una sonrisa maquillada
cuando el sol le da en la cara.
Solo soy la parte que quieres ver,
o la que muestro
la mitad de mí, o quizá menos
cuarto menguante
No aterrices en mi cara oculta
no conoces los riesgos
allí no existe el amor, ni almas,
ni duermen ángeles
Ni siquiera hay dolor, ya sobrepasé la frontera
donde lo que duele se convierte en polvo
y mis lágrimas se solidificaron en cráteres
cicatrices eternas de quien cree
que tan solo él esconde una faz
estúpida ilusión cuando sabes
que hasta la luna
siempre oculta su mitad.

 

Francisco J. Berenguer

Solo abrázame

“Trastorno adaptativo. Depresión, ansiedad, anhedonia. Insomnio. Fobia social, aislamiento, irritabilidad. Pensamientos autolíticos. Desesperanza. Problemas vegetativos y cognitivos…”

“Tienes que reconocer que estás enfermo, eso lo primero, para poder tratarte y pensar que lo que sufres es como cualquier otra enfermedad que se cura, pero debes tener paciencia, las cuestiones de la mente requieren un proceso más lento y dilatado. Relájate, deja que el tiempo y estas pastillas hagan su efecto, aumentamos la dosis y la frecuencia de toma si es preciso, no hay problema, y luego pasaremos a terapia con el sicólogo, cuando los niveles de tus neurotransmisores sean los adecuados. Todo irá bien.”

Tenemos tendencia a etiquetar y a etiquetarnos.

Hacemos o decimos algo de una manera determinada porque es lo que se espera de nosotros, es el rol que nos han impuesto o que nosotros hemos adoptado. Y nos sentimos cómodos y nos justificamos al decir “es que yo soy así” …y te lo crees…

Y yo no me creo nada.
Me busco, me creo y me destruyo,
y me vuelvo a crear de forma diferente.
No quiero patrones, ni planos complicados,
arquitectos sofisticados, complejos neuronales
zonas verdes de aire contaminado
No soy el que ayer fui
ni el que seré mañana
Cambio, me adapto, me transformo
Siempre me has conocido de vista
nunca mi ser, profundo, el que habita este cuerpo
Quizá mejor así
Porque soy un enfermo diagnosticado
por todo lo de arriba entrecomillado
por todo lo que digo
por todo lo que pienso y me callo
por todo lo que creí y me engañaron
Dioses recortables en templos de piedra
amores gelatinosos que no soportaron mi temperatura
melodías de sexo mil veces plagiadas
No quiero repetir plato, ni segundo ni primero
estoy tan saciado de estupideces que paso de postre
Ponme un café, negro, cargado, sin azúcar
y sácame la cuenta que esta comida la pago yo
No, no quiero chupitos regalados.
solo dame un abrazo sincero
a veces el contacto con otra piel
es mejor que cualquier medicación…

 

Francisco J. Berenguer

Ser Nada

Hoy duele tanto que no puedo escribir.

Normalmente en los márgenes del dolor y la tristeza fluyen los textos más melancólicos y hermosos, pero hoy es tan espeso que me cuesta dar un paso, perfilar una letra, describir, siquiera, el profundo abismo en el que me sumerjo, de aguas frías y oscuras, sin apenas aire en mis pulmones.

Hoy duele tanto que me resulta imposible localizar el origen, de dónde surgió o cuándo; abarca todo lo que alcanzo a ser, a recordar, a pensar…

Vuelvo a ser abducido por ese sueño recurrente en las noches de soledad absoluta. Un sueño en el que me veo desnudo en la cama, en posición fetal, y en el que mi cuerpo va reduciendo de tamaño y comienza a hacerse más y más pequeño hasta desaparecer…

Puede parecer inquietante, pero para mí es la paz más absoluta, donde no existe el amor, ni el tiempo ni el dolor.

Ser nada…

 

Francisco J. Berenguer

Por el resquicio de un sueño oxidado

Hubo una vez una mujer que soñaba más que vivía.

Y no porque su vida fuera especialmente lamentable, ni mucho menos, pero se sentía tan atrapada en esa maraña de rutinas y tareas que se había tramado a su alrededor, como una conspiración lenta y silenciosa, que tenía la urgente necesidad de liberarse, de huir.

Cuentan que una tarde de invierno se dirigió a la verja de atrás de su casa, como había hecho tantas veces, con una manta sobre los hombros, para dejarse seducir por los colores del atardecer. En esa época del año el sol se esconde pronto y mientras los gemelos disfrutaban en casa, con la chimenea encendida, de una buena merienda que les había preparado, ella aprovechaba para permitirse esa pequeña escapada, deleitar sus sentidos y soñar.

Y soñó y, mientras el sol comenzaba a esconderse en el mar, se imaginó en la vida que se le había arrebatado. Porque ella y su amiga Victoria, la que ocupaba el pazo colindante al suyo, la que tenía cuatro hijos y el culo se le había hecho tan grande como el de las vacas que ordeñaba cada mañana, cuando eran jovencitas y sus cuerpos ajustaban de maravilla en las tallas estándar de los vaqueros, soñaban con viajar lejos de allí donde siempre llueve y huele a mierda de animales. Querían coger un barco o un avión y escapar de la condena familiar que las programaba para continuar atadas a la tierra y la ganadería e irse lo más lejos posible, no importaba el lugar, deseaban volar…

Dicen que en ese momento, en los segundos previos en los que el rojo anaranjado fue desapareciendo y los tonos azules del mar y el cielo se confundían, cuando una suave brisa que comenzó a soplar desde su espalda le hizo creer que la verja se iba descomponiendo en pequeños fragmentos y éstos se unían al vuelo de una bandada de gaviotas que justo en ese momento pasaba sobre ella.

Aquello lo tomó como una señal, como una invitación a escapar, sus sueños se hacían cómplices y le brindaban la oportunidad de cumplirlos.

Atravesó la verja sin dificultad, prácticamente deshecha por el salitre y el oxido acumulado más que por la fuerza de sus fantasías, y corrió sobre la hierba desprendiéndose de la manta que se quedó flotando unos segundos a su espalda, como una alfombra mágica suspendida en el aire.

Fue entonces cuando llegó al acantilado.

Y voló…

El miedo se apoderó de ella. En su extasiada carrera había olvidado lo cerca que estaba el precipicio.

Mientras caía pensó en sus hijos, que pronto acabarían la merienda y la esperarían para prepararles el baño, la buscarían por la casa, por el jardín…

Quiso soñar, en esos eternos segundos, con un milagro que amortiguara su caída, soñó fuerte, deprisa, en voz alta y con los ojos apretados para que se formara una red que la recogiese antes de destrozarse contra las rocas, pensó que podía ser posible al igual que antes la fuerza de sus sueños hizo descomponerse la verja de su casa.

Pero en el instante antes del impacto mortal comprendió que los sueños ayudan a evadirse de la realidad… pero no a construirla…

Francisco J. Berenguer

Tibia, espesa… y jugosa.

Apenas comenzó la noche supe que hoy tampoco mataría a nadie.

No es que hubiera prisa, la primera víctima de un asesino en serie es la más importante ¿no? la que inicia esa aventura por el camino del crimen y, además, es también la que va a marcar las pautas a seguir en mi prometedor futuro sangriento.

Este trabajo de asesino, que mis voces y mi oscuridad interior me han asignado, no es tarea fácil. No es como mi etapa de vendedor de seguros, esa en la que tirabas de familia y amigos para firmar las primeras pólizas, no, qué va. Si comenzara a matar a los de mi entorno sería presa fácil y, además, me quedaría sin coartadas. Cierto es que en el que primero pensé fue en mi cuñado, pero iba a ser demasiado evidente, lo dejaré para cuando adquiera más práctica, incluso podré hacerlo para “que parezca un accidente” ¡Jó… qué frase de mafioso más chula!

Esto me hace tanta ilusión…

Me voy a dedicar a eliminar a mujeres, sé que es un clásico pero, supuestamente, son las presas más fáciles y es lo recomendado por nueve de cada diez asesinos en serie de toda la historia. Ya me imagino también, que me pueden tachar de machista, pero espero que el odio que sientan por mí como sangriento criminal derive la atención del movimiento feminista y no me etiqueten de ser algo tan cruel y ofensivo. Que uno tiene su dignidad, soy, o seré, un asesino con valores y muy respetuoso con ese tema tan candente. No mezclemos.

Lo cierto es que anoche me equivoqué al elegir a Mari Carmen como primera víctima. En principio me pareció buena de matar cuando entró en aquel bar con esa minifalda ajustada, un sujetador más ajustado todavía y esa blusa dos tallas menor a la suya (por lo menos) que obligaban a sus pechos a querer escapar de tal opresión. Unas tetas que se mostraban pálidas y que, con ese tremular de carne madura (de los cuarenta no bajaba, seguro) indicaba que no eran de silicona. Ojo, no es que esté en desacuerdo con las operaciones de estética, tampoco deseo buscarme enemistades con este sector (mira que es difícil quedar bien con todos) solo decir que siempre me ha atraído la belleza natural de la mujer. Soy un clásico.

Lo cierto es que cuando la llevé a mi “apartamento secreto” (lo siento, como comprenderéis no os voy a dar detalles de su ubicación por razones obvias) echamos el primer polvo y comencé a conocerla un poco, me fueron desapareciendo las ganas de matarla… Ya sé, debo tener menos empatía, eso es de primaria de criminología aplicada, pero es que yo no soy de esos de follar ahí, sin apenas conocerse, sin hablar, aquí te pillo aquí te mato (jeje). Creo que tendré que cambiar mi estrategia de planificación y eliminar el sexo antes de cometer el asesinato.

La cuestión es que se me quedó la “habitación roja” sin estrenar. Yo que le había dedicado tantas horas a preparar todo el instrumental de descuartizamiento, la mesa de autopsias, los narcóticos, el plástico recubriéndolo todo para evitar dejar rastros de sangre, al estilo Dexter (el puto amo). En fin, una pena.

Debo confesar que hubo un momento, cuando vi su voluptuoso y bello cuerpo, totalmente depilado, adormecido a mi lado, después de saciarnos de placer varias veces seguidas, que me imaginé cómo sería sentir el penetrar del afilado cuchillo, que tenía preparado, en la carne flácida y confiada de su vientre, el contraste con la sangre roja y oscura sobre su piel rosada, la tibia y espesa calidez… Pero solo fue un momento, porque ella abrió los ojos y me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, pero que tenía poca cosa en la cocina. Entonces se levantó y se fue para allá, toda desnuda, con total soltura y naturalidad. Desde la cama la escuchaba como trajinaba en la cocina, hasta creo que canturreaba algo, y al cabo de un tiempo, no sé cuánto, la verdad, porque estaba medio adormilado, ¿sabéis lo que me trajo?

¡Una tortilla de patatas! ¡Una jodida tortilla de patatas! ¡Mi comida preferida!

Y además, como si me conociera de toda la vida, la dejó poco hecha, toda jugosita, manjar de dioses.

Así que pensé que era un delito privar a la humanidad de una mujer con estas cualidades y me olvidé de las voces de mi cabeza, de mi oscuro pasajero, de Dexter y su modus operandi, disfruté de la tortilla y luego volví a saborearla a ella, otras dos veces… ¡Joder, así no hay quien mate!

…también tenía cebolla… impresionante, os lo aseguro.

 

Francisco J. Berenguer

Sueños de siesta

  Puede que no escriba más                                                                                              y a nadie le importe                                                                                                              

Ha sido en las noticias de las tres, en la televisión, mientras recogía la mesa después de haberme comido entera una bandeja de canelones precocinados. Dos raciones ponía en la caja, pero yo me he quedado con hambre. Claro que también ponía que eran de carne, pero mientras los tenía en la boca dudaba si me había equivocado y había metido en el horno los de atún. Intuyo que no es bueno que apenas haya diferencia. Vivir solo, no saber cocinar e importarte una mierda tu salud es lo que tiene. Paraíso de los alimentos congelados y procesados, calentar y servir.

Pues como decía, en la tele dieron la noticia y yo me quedé paralizado a medio camino entre el comedor y la cocina, nueve pasos no hay más, con la bandeja de aluminio en la mano y un tenedor, porque, como es natural, me los como directo de la bandeja, así no ensucio platos y no tengo nada más para fregar que un tenedor relamido sin rastro de bechamel.

Dijeron que habían descubierto que en WordPress la mayoría de los usuarios eran perfiles creados por ordenador, que no eran gente real y que publicaban entradas basadas en no sé qué historias de algoritmos y secuencias digitales. Y lo que es más sorprendente todavía es que esos seres virtuales podían interactuar con otros haciendo comentarios, respondiendo, poniendo “me gusta” e incluso llegar a tener una conversación totalmente natural contigo… conmigo…

No tardó mucho esa noticia en extenderse también a otras redes sociales como Facebook, Twitter, instagram. Todo está repleto de perfiles falsos, de vidas inventadas, de comentarios manipulados, creadores de tendencias. Nada es real, está todo dirigido a sacarnos información personal sobre nuestros gustos, vicios o temores. Para inundarnos de publicidad, para controlarnos… control… que el rebaño no se disperse, que coma, que compre, que vote lo que ellos deseen y te hagan creer que es también lo que tú deseas. 

¡Joder! o sea que yo creía que me introducía en un medio serio donde escribía gente con inquietudes literarias para compartir mis tímidos escarceos en este mundillo y resulta que todo es mentira, que no existís ¡Pues vaya mierda!

Así que sois mis seguidores virtuales… sí… tú, que estás leyendo esto ahora, puede que no seas más que la recreación digital de un ser humano y ni siquiera lo sabes e incluso pienses que tienes una vida propia y real… ¡JA!

Puede que nada exista.

Quizá no seamos más que proyectos de vida creados en la mente de un Dios aburrido en la soledad del universo. Sueños de siesta de un creador gordo y sudoroso después de una obscena comilona, catador excelso de los siete pecados capitales y alguno más que se saque de la manga púrpura de su traje celestial.

Junté en mi cuarto a todos los asistentes virtuales que tengo (Siri, Cortana, Alexa y Google) y les pedí que me contaran un chiste. Tras una estudiada pausa respondieron  al unísono…

Tú.

Y se descojonaron con digitales y sensuales risas de mujer.

Francisco J. Berenguer

Clave de Luna

Ya no quedan atardeceres (rojos)

de carmín, de pasión, de besos en tu cielo (azul)

El sol no se oculta porque ya dejó de asomar

cansado de buscarla entre tus sábanas (negras)

Los días se hacen tan largos

en una habitación cerrada

enfermo de nostalgia, de destino (falso)

de corazón disléxico, arritmia diatónica

notas desacompasadas en clave de luna

No eres capaz de escuchar la sinfonía

que interpreta la vida tras las persianas (cerradas)

especialmente para ti, esperando tu intervención…

Siéntate al piano y demuestra tu arte (solista)

cree en ti, haznos creer que eres música

pronombre enclítico enlazado a tu verbo (único)

queremos verte, sentirte, descubrir tu partitura

el amor es mucho más que un desengaño (doliente)

No te prives de amaneceres y puestas de sol

sumérgete en la melodía de unos labios (desconocidos)

El mundo te reclama

solo tú puedes interpretarte

sube al escenario

y vive…

 

Francisco J. Berenguer

Frágil cuerpo

Qué fácil es destruir

No se necesita carrera, ni de fondo ni de toga

solo palabras

Poder de dioses mundanos que se creen poetas

y solo hacen malabares con las metáforas

mientras el semáforo cambia a verde

no subas la ventanilla, dame algo…

Palabras que ensalzan y humillan

que enamoran y matan, agonizan

que nacen blandas y se endurecen

como chicles bajo el pupitre

y las arrancas con las uñas

petrificada saliva ajena

de quien pronunció tu nombre un día

y al otro olvidó cómo te llamabas

Somos víctimas y verdugos de ellas

de sogas y guillotinas

cadalsos de madera en la plaza

espectáculo de horror que la mirada reclama

No quisiera causar dolor y lo hago

torpe inquisidor que toma mujeres por brujas

en la hoguera que yo prendí me quemo contigo

no pretendo perdón ni reconocimiento

solo escribo, vivir es difícil y hablar me cuesta

a veces las palabras no dicen lo que siento

Es fácil destruir un cuerpo

y más sencillo herir un alma…

 

Francisco J. Berenguer

Aranjuez y yo

Esta mañana temprano, escuchando las noticias y antes de que me dieran ganas de apagar la radio, mencionaron, en un alarde de sensibilidad afortunado pero impropio entre compadreos de políticos, bancos y jueces, que el “Concierto de Aranjuez” cumplía hoy setenta y ocho años de su estreno en el Palau de la música de Barcelona.

Desconecté la radio, por supuesto, pero me quedé con el dato y recordé el primer día que tuve el placer de escuchar esa mágica obra de Joaquín Rodrigo.

Fue en el instituto, en segundo de BUP, hace… (joder) unos cuarenta años más o menos, en un aula oscura donde nos pusieron diapositivas de obras del Museo del Prado (alicatando baños, los andamios de la fachada, montones de ladrillos, “tenemos que levantar tol suelo, señora, hay que cambiar las tuberías”…) no, eso no, me refiero a las obras de arte de su interior, que todo hay que decirlo.

Pues mientras se sucedían esas diapositivas, en esa pantalla blanca desplegable que ocultaba a medias la pizarra, comenzó a sonar la primera parte del Concierto de Aranjuez (Allegro con spirito) y yo me quedé maravillado con esos arpegios de guitarra y cómo la orquesta se iba integrando poco a poco, intercalándose en un ritmo dinámico pero suave, me encantaba. “Vaya rollo” dijo alguien situado detrás de mí ¿cómo era posible que no fueran capaces de sentir tal maravilla? La conjunción de esos cuadros y esa música me estremecían, pero ¿a mí solo?

Hubo una pausa y comenzó el segundo movimiento, el Adagio, la parte más común y conocida, la más extraordinaria. Su lenta cadencia, su melodía, la sensibilidad sublime, la tensión, la belleza. Era la primera vez que la escuchaba y se introdujo tan dentro de mí que me asusté, era como una parte de mi ser perdida al nacer y que por fin la integraba en lo más intimo y, todavía desconocido, de esa alma que dicen que nos habita.

Lloré, ocultando como pude mis lágrimas porque en esos tiempos y a esas edades me parecía vergonzoso y yo entonces era muy “machito”, al menos ese era mi rol y mi apariencia, pero lloré, más quizá, por dentro que por fuera para conservar mi estúpida imagen, ya sabéis. Y mi oculto y amargo llanto era de felicidad ante tanta belleza, era algo que no sabía interpretar, un cambio molecular o neuronal, o yo qué sé. Fue algo que me transformó entonces y afortunadamente todavía conservo.

Recuerdo que me rondaba una pregunta que me inquietaba, porque no era capaz de comprender cómo no se nos educaba desde el arte, la esencia de la vida, la pureza del sentir la belleza que nos rodea. Tardé quince o dieciséis años en encontrarlo por casualidad en un aula de diapositivas y, desde ese día, no dejo de buscarlo en cada objeto, acontecimiento, acto o persona que me rodea.

Sigo emocionándome, ahora más si cabe, y no oculto mis lágrimas en la contemplación y el disfrute de una imagen, un escrito, una música o una película.

Lloro de amor, lloro de arte.

Ya conocéis un poquito más de mí. Cuando me jubile recorreré el mundo para seguir viendo obras… de arte, que todo hay que decirlo….

Mientras escribo esto suena el Concierto de Aranjuez, es mi pequeño homenaje.

 

Francisco J. Berenguer

Del revés

Reconocida ausencia, secuencia de recuerdos

lo que fuimos, lo que fuiste, lo que fui

Cruel asesina, colaboradora clandestina

escondiendo cadáveres (de tiempo y espacio)

y haciendo desaparecer el arma homicida (la promesa incumplida)

ocultando las pruebas de la decadencia

sobornando el silencio de testigos (los sueños no hablan)

¿Qué queda de nosotros? si alguna vez hubo un nosotros

o solo la ilusión de serlo

Forzamos el encaje de piezas de puzzles distintos

patética comunicación en lenguaje de signos (opuestos)

Nos sobraron adjetivos, verbos, besos, versos y rimas (asonantes)

dominamos bien la aritmética y la métrica (suicida)

pero nos faltó la simetría en el compás de un latido (inerte)

y la conclusión de un proyecto (inexistente)

Tiempo de tormenta se avecina, tras el cristal (cobarde)

fuera está la vida para quien se atreve a mojarse

No intentes buscar el significado a los paréntesis

las horas de terapia resultan inútiles

cuando solo ves señales y no su gestación (oscuro útero estéril)

Por la parte interna de mi piel tatué tu imagen

donde nadie puede verla y solo yo la siento

para que cuando muera y me vuelvan del revés

comprueben la ausencia que me mató aquel día

y por la que viví el resto.

 

((Francisco J. Berenguer))

Latidos en blanco

Los ignorantes te llaman muerte

cuando no eres más que vida

latente

que desde la luz del primer llanto

acompañas nuestros pasos

penitente

Procesión insigne y blasfema

olvidada de dios y de su mano

hilera de velas sin sentido

de figuras talladas, al hombro

portadores

al triste son de trompeta y tambores

 

Me enseñaste que el sexo es pasajero

y que el amor es tan solo una ilusión

un medio de transporte

entretenimiento al estúpido viajero

que da más valor al destino y la llegada

que a las delicias del trayecto y las paradas

Comprendí que siempre vivimos de paso

en el segundo anterior a un parpadeo

 

Te siento cerca desde hace días

lo noto en mis huesos, humedad artrítica

en los latidos en vacío del corazón

como si fuese practicando para el pulso final

Merecido descanso, sin protocolo, sin aplauso

como querencia de astado

buscando las tablas

herido de muerte

Sangre y arena, sin playa

sin el gran azul

sin olas que arrastran penas a lo profundo

sal que escuece y cura

que cicatriza y amortaja.

 

Tomamos un té y nos vamos, si quieres

aunque hoy es otoño y me pillas mal

no sé si será buen día para morir

tengo la casa manga por hombro

y una lavadora de blanco por poner…

 

Francisco J. Berenguer

El momento inadecuado

¿Por qué se empeñan los dioses

en atraparnos en carne?

 

Desperté de lo eterno por ti

recorrí miles de mundos y formas

visité universos paralelos

y concluyentes en lo perpendicular

puntos tangenciales

en los que no te hallé

Te busqué en agujeros negros

para disputarte con la nada

si fuera preciso

cloaca infinita, reciclador de estrellas

Conocí civilizaciones y sirenas

que intentaron cautivarme

cantos y melodías turbadoras

seducción inútil a mi propósito

Y por fin logré encontrarte

en este planeta azul, desde el cielo

y gris a ras de suelo

Tu intensa luz me atrajo

pero no pude tocarte

ni tú me podías ver

Estabas presa en un cuerpo

viviendo una vida asignada

ajena a lo transcendente

a lo sublime de la existencia

No podía intervenir

las almas no transgredimos normas

aunque el amor lo justifique

Me quedé a tu lado, sin que me vieras

Fui la presencia que movió tu pelo

un día sin brisa

La caricia que erizó tu piel

cuando estabas sola

A veces me mirabas

y tu mirada me atravesaba

me buscabas sin saber qué buscabas

ni lo cerca que estaba

Me alejé y te dejé vivir

y esperé paciente

porque las almas se encuentran

siempre se encuentran

a pesar de que a veces lo hagan

en el momento inadecuado…

 

Francisco J. Berenguer

Apenas… una vida

Me costó una vida

Me costó una vida poder reconocerme

entre turbios reflejos, dioptrías estudiadas

mostrando lo soportable, mirada indemne

espejo empañado por el vaho de la arrogancia

de duchas inútiles, pieles inmaculadas

y entrañas sangrantes, tumores de conciencia

Tiempos de obligado barbecho emocional

tras cosechas malogradas

sembrando dudas

semillas de amor, insegura simiente

transgénica mentira de escaparate.

Necesité una vida para ver lo que no soy

y reconocer en mis restos

que la grandeza no reside en quien te ama

si no en la capacidad que tú tienes de amar

y no importa que la reciprocidad exista

Ni llamadas perdidas ni mensajes sin contestar

cartas amarillentas que guardas en ese cajón

manuscritos antiguos con un corazón, de boli

creador primitivo de emoticonos

colores difuminados que tienden a escapar

en fotografías de tiempos desaprovechados.

Me costó una vida comprender

lo que el tiempo (y tú) me susurraba al oido

Una vida desperdiciada cuando adviertes

que no existen más vidas

y lo aprendido se pierde

y lo amado se olvida

…pero quema.

 

Francisco J. Berenguer