De paseo

Soy un cobarde, lo confieso, aunque sea evidente.

Hoy tengo que salir a la calle y me da miedo.

Temo a la gente, a lo inesperado, a no saber afrontarlo.

Iré por lugares poco frecuentados, donde no se me conozca, ni reconozca.

Que nadie me salude, ni yo tenga que saludar.

Que nadie me pregunte ¿cómo estás?

Caminaré con la mirada fija en el suelo, aislado en mi propia sombra.

Si me ves ignórame, yo haré lo mismo contigo.

Como si no nos conociéramos, como debe ser, como es.

Todos somos desconocidos envueltos en órganos y piel.

Ella me espera en su consulta con la misma sonrisa fingida de siempre.

Con la misma bata blanca de siempre abierta sobre su propia ropa, como queriendo decir que tiene otra vida aparte de este espacio frecuentado por enfermos mentales.

Otra desconocida en su orgánico envoltorio deseando catalogarme para que encaje en alguno de sus estudiados patrones de diagnóstico.

Saldré de allí peor que entraré, lo sé.

La solución no está allí.

Sé lo que necesito, y también cómo conseguirlo.

No, no es eso que estás pensando.

O quizá sí.

Pero temo afrontarlo.

Porque sé lo que va a pasar.

Todo esto ya lo he vivido, o sentido, o imaginado.

Te podría contar tantas cosas, pero no deseo contagiarte.

El miedo hace metástasis en el conocimiento, en las ideas, en la palabra.

Mejor así.

Créeme.

Francisco J. Berenguer

Días de paso

Tan solo eran días de paso para ella, de esos en los que no importa lo que suceda, de los que te impacientas porque no acaban pronto, sin hacer prácticamente nada, sin apenas respirar más de lo necesario. Días que tachas con el boli verde, el que no se suele usar para otra cosa, en el calendario imantado del frigorífico a las once de la mañana, como si así fueran a pasar más rápido. A veces las noches tardan tanto en llegar. Son días en los que ni el Google ni Facebook te dirá: Mira lo que hiciste tal día como hoy hace… cuatro años.

¿Cuántos días así se pueden acumular y no volverse loca? Porque ella no llevaba ni uno ni dos, ni cuatro ni seis… ya contaba semanas, y éstas transmutaron en meses, sin apenas sentir. Tachando días en el calendario de la cocina. Compitiendo en ver que acabaría antes, si la tinta del boli verde o su cordura.

Y ambos acabaron el mismo día de noviembre, como una estudiada casualidad, y todavía no sé que fue antes, aunque creo que lo primero fue la tinta la que se quedó muda. No trazó la línea, tan solo un surco una marca cruzando el Ocho, el que tocaba. Y la veo a ella insistiendo, ejerciendo más presión, repasando una y otra vez, cada vez más fuerte, más rápido, más obsesivo. Y el papel desmenuzándose y formando pequeñas virutas a los lados de la zanja que, como una tumba abierta, sonrisa sin dentadura, la atraía hacia ella. No podía creérselo. Estaba convencida de que, si no tachaba de verde ese día, nunca pasaría… y tenía que pasar, como todos, días de nada.

Y el Ocho la miraba, como un infinito puesto en pie, desafiante aún con la herida abierta de papel cruzando su intersección, como la banda de un rey o de una fallera, o de una miss con curvas. Y ella sucumbió, se derrumbó, se dejó caer a los pies del frigorífico gris metalizado, combo, con congelador no Frost y con calificación triple A y se puso a llorar hasta que vio justo debajo, refugiada entre las sombras del armatoste, una cucaracha muerta patas arriba. Y se preguntó si las cucarachas se ponen boca arriba para morir o si mueren y por alguna extraña razón que se le escapaba, se daban la vuelta solas.

Entonces se armó de valor, dejó de gimotear, logró levantarse y se dirigió al cajón de la mesa de la cocina. Lo abrió y rebuscó entre los tapones de corcho usados, un par de pinzas de madera y unas recetas coleccionables de Arguiñano de no se sabe qué año, hasta que al final encontró otro bolígrafo. Era rojo, pero la vida tenía que continuar, aunque fuese monótona, insípida y sin azúcares añadidos. Se dirigió al frigorífico con el boli desenfundado, echó un poco de vaho en la punta y marcó al jodido Ocho en otra perpendicular, formando una peculiar equis encima de él, mitad cicatriz, mitad sangre.

Y pasada esa crisis siguió tachando días en rojo y se dio cuenta que eran igual que los de verde. Que no importa el color que le demos a los días, éstos pasan sin que tú le importes, que el tiempo es cruel a veces. Y que si te quedas mirando el calendario esperando que suceda algo solo conseguirás pintar días anodinos de colores básicos. Que no hay que confiar que el destino te traiga nada, que hay que actuar y hacer que pase. Y que pase lo que tenga que pasar. Porque si no, lo único que cambia es la nevera, que antes era de esas que había que descongelarla y romper el hielo que se formaba en las paredes con un cuchillo o un punzón… ¡Qué tiempos!

Francisco J. Berenguer

Sombras

Cuando encendí, por fin, la luz de la habitación… (el interruptor lo recordaba más abajo y allí estuve un rato tanteando con la mano hasta que decidí subir y ahí estaba, donde siempre había estado. Él no ha cambiado, yo si. Las casas antiguas tienen su propia personalidad, la distribución de los enchufes e interruptores es menos lógica que ahora, como más aleatoria, pero también es debido a que, poco a poco, se han tenido que ir adaptando a la modernidad y un electricista de esos mañosos, de los de antes, que lo mismo te ponían un enchufe que te desatascaba una cañería o te arreglaba la persiana, te sacaba los cables de una caja oculta detrás del papel pintado de la pared y te ponía la clavija donde tú le decías. Y eso me ha traído a la memoria al señor Luis, creo que así se llamaba, Luis el arreglador, sin especialidad definida y sin apellidos conocidos. El señor Luis era una de esas personas mañosas que se supieron buscar la vida allá por la década de los sesenta, setenta y ochenta, de esos que venían a casa cuando los llamabas para solucionar cualquier problema o avería doméstica con una gran caja de herramientas metálica y una hermosa bolsa de cuero viejo colgada del hombro. Era un hombre mayor, yo siempre lo vi viejo desde la perspectiva de mi escasa edad, aunque seguro que no lo era tanto. Mi madre me decía que me quedase con él para ayudarle y así, si me fijaba bien, podía aprender a arreglar las cosas de casa y nos ahorraríamos unas pesetas. El señor Luis accedía a que estuviera cerca de él, a mi madre le sonreía diciéndole que no le importaba ni le molestaba mi compañía, pero yo sabía que le incomodaba, eso un niño lo nota y, de vez en cuando, cumpliendo un desganado compromiso, me pedía que le acercase tal o cual herramienta y yo, más o menos al tercer o cuarto intento, acertaba con la adecuada)

Pues como decía: cuando por fin di con el interruptor de la habitación y se encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo, noté como las sombras se desplazaron, perezosas y se escondieron debajo de los muebles. La verdad es que tardaron más de lo normal en desaparecer, quizá porque la luz era poco potente, amarillenta y con ese filamento interior que parpadeaba, quizá porque después de tantos años ocupándolo todo se sentían las dueñas de aquel espacio y perdieron el respeto a la luz y a las personas, no sé pero tenía la sensación de que me observaban, recelosas, desde debajo de la cama de mi abuelo, bajo la mesilla de noche, bajo el armario de madera con patas artísticamente arqueadas y esa cómoda con el espejo que ya no reflejaba, lleno de tumores que surgieron un día y se extendieron como gotas de herrumbre por su superficie.

Miré a mis pies y vi mi propia sombra, pero más bien ella me estaba observando a mí y me vi a mí mismo desde su posición, y éramos el mismo ser. Yo me senté sobre la cama y ella se refugió debajo. Algo crujió y no sé si se quejó la madera o eran exclamaciones de júbilo por el reencuentro. Me tumbé y contemplé como la bombilla sollozaba y expiró su luz con un zumbido. Y entonces me convertí en sombra, del todo. ¿Qué más se puede pedir? Bueno sí… no enciendas la luz.

Francisco J. Berenguer

La simpleza del universo

Eduardo piensa que siempre que desea algo con ilusión el universo entero confabula en su contra, y se alían contra él todas las fuerzas de la naturaleza para que no pueda conseguir su objetivo. Quién soy yo para decirte que nada de eso sucede, que no te creas más importante que esa pequeña escama de piel casposa que te retiras del hombro con descuidada indiferencia, que las cosas no suceden por y para algo determinado, que simplemente suceden y, a veces, te pillan a ti por medio. Que es tan absurdo como pensar que esa ola que te tumbó en la arena en el verano del 86 estaba concebida por y para ti, que el ímpetu del mar conspiró con el viento de levante y dos mil metros mar adentro comenzó a formarse aquella ola para que llegase a la orilla justo en el momento que te descuidaste al ver pasar por tu lado la chica más bonita que paseaba descalza por la playa de San Juan.

Eva siente que lo quiso desde el primer instante que cruzaron sus miradas, que se enamoró sin querer y sin poder evitarlo, y que el destino entrelazó sus agendas, el horario de autobuses, la gastroenteritis que la había retenido más de media hora sentada en la taza sudando, y más preocupada de que se escuchara desde fuera los sonidos obscenos que escapaban de su cuerpo que de su propio dolor de vientre, la decisión de coger las vacaciones en Julio en lugar de Agosto, encajó también el capricho de su compañera de piso de salir por la tarde a pasear por la playa en lugar de la mañana porque, según ella, la mañana es de abuelos, pringados y niñatos, y por la tarde es cuando salen los chicos buenos, que son los malos, los que se pasan la mañana durmiendo la resaca de la noche anterior y salen cuando baja el sol. Y quién soy yo para hablarte de la banalidad de estas situaciones, que cada día en el mundo se producen millones de interacciones como la que tú tuviste en el verano del 86 y unas proliferan y otras fracasan. Que lo que llamas amor a primera vista no es más que tu cuerpo al reaccionar ante los estímulos que te llegan de otro cuerpo, tu cerebro analiza en segundos cómo huele, su constitución, el color de su piel, considera las feromonas que sutilmente le llegan y que tú no tienes ni idea de lo que son y que te produce una atracción y una respuesta sexual y tú te sientes enamorada, bueno ese es el desenlace romántico que le quieres dar, aunque tan solo sea cuestión de química y hormonas. Concluyendo, él venía paseando hacia ti y tú te “enamoraste” perdidamente y fuiste ajena a la ridícula caída de otro chico que se volvió a tu paso embelesado por tus feromonas, seguramente, y una ola se lo llevó por delante.

Eva y Eduardo no llegaron a conocerse en el verano del 86, pasó mucho tiempo desde ese día en la playa. Se conocieron en febrero del 2020 a través de una aplicación de esas de parejas, chatearon y hablaron por teléfono durante semanas, y cuando por fin decidieron verse físicamente les sorprendió la pandemia y el estado de alarma. Para Eduardo era otra vez el puto universo contra él y su vida, el virus lo habían creado para joderle otra vez, como cuando, después de estar ahorrando durante dos años, decidió ir de viaje un once de septiembre a Nueva York y todo se le derrumbó como aquellas torres. Para Eva era el destino el que seguía decidiendo por ella, si había pasado esto era porque no debían verse, y era ella muy fiel a las señales, ya había decidido no citarse con él ni cuando se permitiese salir a la calle. Y quién soy yo para decirles nada, que ya me tienen harto con tanta tontería, al final cada uno cree lo que quiere creer. Tanto uno como otro se refugian de sus responsabilidades culpando al destino de lo que acontece en sus vidas, así vive mucha gente, quizá sea lo más cómodo. Quizá sean más felices pensando que hay fuerzas ocultas que dirigen nuestras vidas, la fe, la magia, el amor. El amor… química y hormonas, ya os lo digo…

Francisco J. Berenguer

Entre líneas

Soy una historia sin acabar, acaso sin principio.
Soy aquella página que leíste al abrir aquel libro,
casi por la mitad, por casualidad,
por el lugar en el que tus dedos se detuvieron
y me comenzaste a leer.
Imaginaste mi sonrisa, el timbre de mi voz,
recreaste mi cuerpo en tu mente y hasta el aroma de mi piel.
Y soñabas conmigo sin conocerme más que en palabras,
escritos de alguien que un día pensó que debía existir.
Pero tú no sabes, ni siquiera sospechas,
que yo también abrí un libro por una página al azar,
y apareciste tú, y te comencé a leer
en el momento en el que tú abriste aquel libro
y me encontraste a mí.
Y quien nos lee ahora tampoco lo sabe,
no sabe que es parte de otra historia.
Historia sin acabar, acaso sin principio.
Porque la vida y las historias quizá solo dependa
de la página del libro que alguien abra por azar,
y nos comience a leer.

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

Azul Profundo

Te creí aliado, amigo incondicional, latente entre mareas.
Azul profundo.
Que haces desaparecer las huellas de mi arena, las que duelen,
pero también traes restos de pasado a mi orilla,
naufragios causados por mi torpeza en la navegación.
Mi brújula marcaba siempre el norte equivocado,
o era yo que me empeñaba en descubrir todos los cardinales,
al mismo tiempo, viviendo deprisa,
como si mi vida a los veinte fuera a acabar…
Aunque en realidad sí que acaba,
nunca nada vuelve a saber igual, a oler igual, a sentirse igual.
Azul profundo, y en tu profundidad hubo un día que olvidé respirar.
¿Recuerdas?
Fue la primera vez que me sentí parte de ti, del mar, de la naturaleza,
de la vida, de lo intangible, de lo que existe y lo que no,
aunque sí, pero no lo vemos.
Pasaron segundos o minutos, u horas, no sé.
Allí sumergido a unos cinco metros, en perfecta sincronización.
A veces creo que todavía sigo ahí, contigo.
Que nunca volví a subir a la superficie
Que la vida que he creído vivir no me pertenece.
Que solo son ecos de otras vidas.
De los deseos, los amores, las tragedias y los sueños de quienes se sumergen en nuestras aguas.
Que compartimos su existencia, que todo está conectado.
Que todo fluye y concluye en la serenidad eterna de nuestro azul…

En el verano de 1984, rozando los veinte años, en un día de buceo, sumergido a unos seis o siete metros, me quedé concentrado sintiendo la inmensidad de la existencia en mi propia piel y olvidé que tenía que respirar, como si fuese parte de aquella maravilla, en perfecta comunión con lo que me rodeaba. Cuando volví a tener conciencia de mi cuerpo y la alarma en mi cerebro me hizo reaccionar por la falta de oxígeno, me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. La primera y apresurada bocanada de aire que se introdujo en mis pulmones fue como el primer aliento de un recién nacido. Me sentí cercano a la muerte y a la vez con la sensación de haber vivido varias vidas. He intentado, a lo largo del tiempo, volver a buscar y repetir esa experiencia, pero nunca he llegado a conseguirlo. Quizá sea lo mejor, temo que si vuelvo a sentir la vida con aquella intensidad obvie mis alarmas y me deje llevar por la paz del azul profundo”

Francisco J. Berenguer

En tiempo Oscuro

La tierra tiene memoria y te reclama, paciente.
Carne de polvo y barro, agua, vino y sangre,
sin liturgia ni oraciones, sin cáliz ni ostias.
Nada tienes, nada te pertenece,
nada fuiste antes, nada volverás a ser.
Versículos deconstruidos, engaños apostolados.
Óvulos contaminados de pecados originales,
inocencia perdida entre sotanas y confesiones.
Aprendiste a vivir entre crucifijos y medallas,
santos estampados, rosarios y avemarías,
sensación de culpa hasta en la sopa, cuaresma.
Y tú, atrapada entre hábitos impuestos, convenientes.
Monja de claustro y silencios, maitines y ayuno,
añorando al hijo que te arrancaron, vergüenza.
Amor engañoso, embarazo impropio, lujuria y escarnio.
Ellos se ocuparon del problema,
tú aceptaste sin condiciones, ten fe, niña ingenua.
Y ahora, que la tierra te reclama, lloras por tu pena,
y no por tu vida.
Que la muerte se lleve tu sufrimiento, tan intenso,
y rezas para que ellos estén equivocados,
que no existan otras vidas,
convertirte en nada,
por los siglos de los siglos…

Francisco J. Berenguer

A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer

Obsolescencia Desprogramada

Material defectuoso, sustancia contaminante

que se expande, sigilosa

por los márgenes de mi compañía

Líquido corrosivo que mi piel exuda

como aquella pila olvidada

en el transistor del abuelo

Saliva envenenada

que disuelve tus besos y te hiere a distancia

si te escupo palabras

a los ojos

Serpiente cobarde enroscada y oculta

en el hueco de tu confianza

Nada bueno fluye en este miserable pozo

hedor insoportable para quien me destapa

No me busques curas ni reciclajes

soy el vergonzoso error que se oculta

rumor de velatorio

Acéptalo, ya no quedan almas

para tantos cuerpos

Estoy tan lleno de vacíos que ya ni duele

me faltan fuerzas para la siguiente función

me sobran mentiras y excusas

Humano incompleto, material defectuoso

mi destino no era ver la luz de tus días

ni la sombra de los míos

Alguien debió retirarme a tiempo

de la cadena de montaje.

Francisco J. Berenguer

Svalbard

Ahora sé que escribiré mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea.

Me dijiste que el verdadero hogar no se encuentra en lugares concretos, en construcciones de hormigón y cristal, ni en viviendas de madera, ladrillo o cemento, que te sentirás en casa cuando encuentres la paz con la persona adecuada, cuando no deseas estar en ningún otro lugar, solo allí, junto a ella.

Yo encontré mi hogar junto a ti, pero me desahuciaste sin previo aviso, sin papeles, sin remordimientos. Tú para mí eras una mansión donde vivir, pero yo para ti solo fui un apartamento alquilado, un lugar de veraneo donde disfrutas un tiempo, pero no te quedas. Fui el sitio donde vas, no al que vuelves.

Vale, lo admito, no prometiste nada, no está tu firma plasmada en ningún compromiso, tan solo yo creí que el amor era menos burocrático y más como los pactos entre caballeros de antes, de esos que se escupían en la mano y la chocaban para sellar un acuerdo. Nosotros no nos escupimos, o sí, no sé, no quiero rememorar lo que hicimos durante esas horas de sexo en las que todo valía, todo menos lo convencional, ya sabes… Y tampoco quiero recordar, o sí, las veces que me dijiste “te quiero” o “te amo”, palabras que no valen nada si no las recoge un notario, que la pasión es un atenuante y el “siempre te amaré” es tan solo una frase sin valor pronunciada en un periodo de enajenación mental transitoria. Tranquila, estás absuelta, eres inocente, libertad sin cargos de conciencia. Y la orden de alejamiento ya me la impuse yo, por mi bien, si tú te dirigías al sur, donde antes de mí ya tenías previsto volver, yo me marché al norte… muy al norte.

Y tan al norte me alejé que encontré mi paraíso.

Svalbard.

Aquí hay meses en los que nunca se pone el sol, por eso me quedé, para evitar que las noches se vistieran de ti y no desnudarme yo, para no extrañarte en carne viva cuando la luz se desvaneciera. Porque las noches eran la antesala del dolor, cuando más desprovisto me encontraba de las razones para olvidarte o las que manipulaba para odiarte, y lo único que conseguía odiar era a mí mismo, al ser idiota y vulnerable que todavía esperaba una llamada tuya, o un mensaje… pero eso fue antes. Ha pasado tiempo y esta tierra, tan diferente, hace que la vida cobre otro sentido. Es lo que tienen los paraísos.

He conocido a Eva, una chica nativa de estas islas. Sí, a mí también me sorprendió la simpleza de su nombre, y más aquí donde las vocales son tan escasas y las consonantes se amotinan en la boca donde mi torpe lengua se atasca y tropieza. Nunca he sido hábil con los idiomas y estos del norte son especialmente complicados. Eva es hija de Kjellfrid, la señora que me alquiló la habitación de arriba de su casa, una especie de desván reacondicionado, y la que me ayuda con el lenguaje; con el oral, el escrito y el no verbal, el más placentero, sin duda.

En este lugar de mar, hielo, montañas y nieve, tan inhóspito como acogedor, será donde me deshaga en palabras, donde me desangre en tinta sobre la blanca tumba de papel, donde me consuma y me desgaste como la tiza en la pizarra, cada vez más pequeña entre tus dedos hasta que se convierte en polvo. Y yo seré el polvo en tus dedos y lo escrito en la negrura de la pizarra, porque yo no soy un escritor, ni un poeta, ni un contador de historias. Porque me vierto en cada frase, en cada sentimiento que expreso, en cada línea, cada latido, cada punto y seguido… y me quedaré vacío cuando acabe, de saber y de sentir.

Aquí, como una ironía del destino o una estudiada casualidad, encontré mi paraíso, mi Eva con sus pronunciadas curvas rosadas y sus tentaciones rubias, campo de trigo en su abultado monte de venus, y mi desván, donde nunca anochece.

Quizá el nombre que puse a mi blog fue una visión de ese futuro que hoy se cumple. Quizá sea este el fin al que iba encaminado o un nuevo comienzo, o no signifique absolutamente nada.

Pero sé que ahora es el tiempo de escribir mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea… en el desván del paraíso.

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

Será septiembre

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera. 

Física cuántica en ese hueco, debajo de las sábanas, cuando todavía nos devorábamos con la mirada, donde todo era posible y previsible, donde la relatividad dilataba el momento y el éxtasis con la matemática precisión de un orgasmo compartido, implosión controlada, mi silencio y tus gemidos.

Realidades paralelas y teoría de cuerdas, esas que utilizabas para tender tu ropa interior en el universo alternativo de nuestra inconsciencia, sin pinzas ni ataduras, desafiando al viento de la otra dimensión. La que te susurraba al oído que el cuerpo se compone de moléculas de carne inestable que se convierten en sombras enfermas y en muerte. Que la vida es el efímero instante de una ilusión, de un sueño que la materia tuvo con la complicidad de las estrellas.

¿Y quién creó mi pesadilla?

¿Quién atrofió mis músculos y decidió que no pudiera controlar mi cuerpo?

¿Quién pensó que era buena idea que mi mente siguiera lúcida mientras mi templo se desmoronaba? Ruinas flácidas de extremidades laxas, a veces, o retorcidos nudos de tendones que  muerden por dentro con la rabia de una fiera atrapada.

Será en septiembre, tiene que serlo, por favor, es mi mes.

Yo nací en septiembre y moriré en él, lo sé.

Ya no duele el dolor, no el propio más que el de quien me acompaña.

Tampoco place el placer, ya no quedan fuentes ni manantiales. Hasta la música parece burlarse de mí.

La vida me mantiene preso.

Mi cuerpo, la celda que me humilla.

Solo pido una cosa: dejar de ser humano.

Que dejéis todos de serlo, la humanidad es otra historia.

Quisiera recuperar el instinto animal. Nunca debimos olvidarlo, ni camuflarlo. La ley, la moral y la religión no existen en el universo, ni en la mente virgen de un neonato.

Dejad que la naturaleza, que mi naturaleza siga su curso. La evolución se equivocó con nosotros, se equivocó. Nos creó el dios que perdió a los dados. Si alguien hubiese ideado un mundo no sería como este.

Si pudiera, todavía, hablar o escribir, o mirarte a los ojos sin temblar, te diría lo que he descubierto, lo que no sé, lo que no siento. El enorme abismo en el que me hallo, del que quiero escapar y no puedo, ni siquiera está bien desearlo.

Solo deseo que llegue septiembre.

Que abras la ventana y mecerme con la brisa de levante.

Yo no soy de polvo, ni de ceniza. Soy de mar y de lluvia, de viento y espuma.

De azul y de sal.

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera.

Descansar en la orilla de tu playa,

y que la marea nos reclame un día… para siempre.

Francisco J. Berenguer

Los casuales desencuentros

Casual desencuentro

Lo percibí en tu mirada esa mañana

mi café humeaba y el tuyo estaba frio

mi beso fue tierno y lo tuyo no fue un beso

labios tensos sin color, ni calor

Besé la fachada de una relación en ruinas

muro de piedra con tatuajes de grafiteros

donde yo ya no pintaba nada

ni dibujaba sonrisas

en tu rostro

Fue en el mismo bar donde nos conocimos

encuentro casual en un día de lluvia

seres anónimos que coinciden

aprovechando un despiste del destino.

Los desencuentros son distintos

uno no se vuelve desconocido, de repente

aunque lo pretendas

uno no sale por la puerta y la historia se acaba

aunque así debiera ser

como cerrar un libro inacabado

sin anhelar finales dolientes o felices

olvidar personas y comienzos

Yo, ya no te reconozco, aprendo rápido

 ya no recuerdo si ese día llovía

y fue el sol lo que deslumbró y no tú

Deberíamos gestionar nuestras casualidades

y dejar de escribir versos inútiles

en paredes de cristal

donde todo cambia de significado

visto desde el otro lado.

Francisco J. Berenguer

La esencia y las apariencias

Comienza el día.

Baile incesante de máscaras.

No hay personas, ni personalidad. La esencia se oculta, se disimula, se disfraza.

La zona neutra. Lo que vale, lo que se pide, lo que se espera de ti.

Te cruzas con gente por la calle, en el autobús, en el metro, y es gente, solo gente. No son individuos, ni casi humanos, son fachadas, mobiliario urbano, atrezzo en movimiento. Y tú, que te crees diferente, para ellos también eres gente, solo gente, una pieza sin importancia en el tablero, un peón prescindible en el juego.

¿Quién eres? ¿Quién soy? A veces se vislumbra, solo a veces, si te fijas. Pasa cuando miras a alguien sin que se percate de tu mirada, y va pensando en sus cosas, ensimismado, como si no estuviera rodeado de gente en ese autobús repleto, como en la ensoñación de un recuerdo placentero. Existe un momento en el que la máscara de camuflaje se desliza y te deja ver el ser que palpita debajo de ella. Lo sientes en una sonrisa apenas perceptible, en un parpadeo que dura un segundo más de lo normal, o una lágrima que parece asomar. Son instantes en los que aparece la intimidad, la particularidad, la levedad del ser. Pero dura solo hasta que se da cuenta de que puede estar siendo observado y, entonces, cambia de actitud, vuelve a tensar su rostro y adopta la postura que quiere mostrar, la neutra, la que no dice nada de ti, de lo que sientes ni padeces, ni triste ni alegre, con la simpatía justa, con la indolencia necesaria para no afectar ni que te afecte demasiado lo que te rodea, viajero de porcelana.

La mayor parte de la vida somos apariencia y no esencia. Y lo preocupante es cuando creemos ser lo que aparentamos y nos olvidamos o avergonzamos de lo que habita en nosotros, lo más valioso, la parte creadora, la que siente y construye, la luz que no envejece.

Cuando escribo, me libero, me desnudo, me destripo, lleno de vísceras y sangre el escritorio, es como una autopsia de un cuerpo que palpita, disecciono mis restos, exploro mis complejos, mis inseguridades y mis miedos. Me hago llorar y reír como un idiota, me expongo y me critico, me acepto y me rechazo. Me siento a gusto adoptando la personalidad de una mujer al escribir, perdonad mi torpeza, adoro a las mujeres y lo femenino, lo envidio. Creo que la esencia de cada uno carece de género, pero lo que tenemos de humano nos condiciona, la química y las hormonas juegan sucio, a veces, con el intelecto. El cuerpo que nos sirve de vehículo en este efímero viaje es parte de nosotros, nos guste o no, es necesario pactar con él, cuestión de salud y sexo.

Escribir es mi forma de explorar lo que realmente soy, de encontrarme con el ser que creo ser. Podría hablar de alma y espíritu, pero no creo en nada que nos trascienda. Creo que la vida ya es bastante importante en sí misma, concentrémonos en ella y adoptemos actitudes reales, conscientes y respetuosas con lo que nos rodea y con quienes compartimos este mundo. Si existe algo más no me preocupa, a todos nos espera lo mismo seas creyente o no. Creo que deberíamos emplear esa energía en lo que tenemos… hay tanto por hacer y por mejorar… ¿No os parece?

¡Dios! parezco un predicador de púlpito improvisado camuflado entre líneas. Perdón.

Supongo que cada uno encontrará, si la busca, la manera de estar a gusto con su yo interno, libre de máscaras, actitudes exageradas y disfraces inútiles. Yo voy a ir limpiando de sangre mi escritorio y recomponiendo mis órganos dentro de mi cuerpo, todo bien ordenadito, como me gusta a mí.

¿Sabéis? Quería hacer especial mención a mi hermano pequeño. Él ha transitado por varias etapas de su vida, muchas de ellas bastante complicadas, y creo que ha encontrado su verdadera esencia, la que tenemos de pequeño y se va perdiendo y corrompiendo por el tiempo y las circunstancias. Alejandro la encontró a través de su especial e intenso amor por la naturaleza, por el campo, las plantas y los animales (sin desmerecer el amor por su familia, claro está) pero creo que ese fue su camino o, al menos, gran parte de él.

Lo admiro, de verdad. Bueno, a él y a su pato, ese que se cree a veces que es un perro. La vida… que no deja de sorprendernos…

Francisco J. Berenguer

No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

No lo sabes

Solo sé que no sabes nada

de mí, de ti, de la lluvia

y las evidencias…

Que el mar de dudas te cubrió

sin coger aire

antes de que te sumergiera la ola

mirada turbia, lágrimas y sal

No me ajusté a tus patrones

medidas estándar de talla pequeña

prejuicios encorsetados

relaja la cremallera y las doctrinas

que el sexo no reside en la entrepierna  

ni al amor lo alberga el corazón

Que no sabes nada

de ti, de mí, de la noche

Que ya no espero lo que prometió tu boca

que la realidad me lo escupió a la cara

que tu sonrisa ya no es la llave

ni tus besos

ni tus sabias manos que tocan allí donde es

donde el tacto se convierte en suspiro

donde piel y carne se estremecen

donde el placer acuna al dolor

nana de adultos que adormece

pero no lo duerme, ni amordaza.

Que compartiste mi cama, pero no mis sueños

sábanas pegadas al cuerpo delimitando siluetas

cadáveres templados envasados al vacío

No sabes nada

y en la nada me disuelvo

junto a trocitos de ti, de mí, de la lluvia

y tus mentiras…

Francisco J. Berenguer

Por el bello caos de tu interior

Quisiera poder darte los mejores consejos, hija mía, ayudarte a comprender los requiebros de esta vida y cómo enfrentarte a ella, pero yo llevo cincuenta y cinco años aquí y no tengo ni puñetera idea de qué va esto, te lo aseguro.

Quizá sea incapacidad o discapacidad de entendimiento de esta mente que, como la tuya, tiene más preguntas que respuestas… acertadas. Lanzo interrogaciones y me devuelven puntos suspensivos. A veces me siento como un eterno jugador de “Trivial” con su ficha/contenedor vacía de quesitos recorriendo el tablero, viviendo allí al capricho de los dados, formulando mis propias preguntas sin respuesta, tarjetitas en blanco, espacio reciclable. Pero ¿sabes? De las preguntas también se aprende algo, del proceso que se genera en tu cerebro que hace que surja esa incógnita, de esa inquietud, del pensamiento abstracto, de todo eso. Porque significa que no te has conformado con lo establecido, con las respuestas de manual, con lo masticado, y has ido más allá, a la zona incómoda donde el vacío existe y buscas con qué llenarlo.

Puede que ese sea el punto donde te encuentres ahora. Asomada a un abismo que te observa con la misma intensidad con la que tú lo miras. Pero no te preocupes demasiado, aunque sientas la soledad más infinita todos habitamos en ese lugar por algún tiempo. Del vacío también se aprende y la nada es un lienzo en blanco donde diseñar tu mundo, donde construir cimientos, donde crear tus respuestas, tu arte, tu vida. Y no importa si al principio se te emborrona o te queda todo gris con trazos gruesos y descendentes, ya surgirán los colores y las líneas definidas, aquí tienes mi mano para guiar la tuya. Lo que yo aprendí, que no es mucho, te lo muestro, te lo cedo y concedo. No para que me copies sino para que lo valores, lo juzgues, lo cuestiones, lo hagas a tu manera para que seas tú.

Tampoco quieras ser perfecta, la vida no lo es, nadie lo es. En el universo impera el caos y la belleza, el misterio y la grandeza, el enigma y la pureza… y eso mismo veo en ti cuando te miro. Quien ideó la palabra y el concepto se equivocó. La perfección es antinatural y distópica, es un defecto más que una virtud.

Como ves, no tengo consejos, ni respuestas, y mis experiencias puede que no te sirvan, cada cual aprende de las suyas. Solo quiero que vivas; que rías y llores, que sufras, aunque me duela, pero el dolor es necesario, es parte de todo esto, la vida duele muchas veces y debes estar preparada. Que ames y te sientas amada, absorbe y reserva esos momentos de felicidad, vívelos plenamente y pasa del mundo en ese rato. Sé lo que tú quieras ser y como tú quieras, no dejes que te dominen, que te dirijan, que sus censuras no coarten tu libertad. Y lee, y sueña, y respeta, y… no quiero ser pesado, mi niña.

Mi mundo, mis errores, mis silencios, mis historias, lo que soy es lo que te puedo ofrecer. Cuenta siempre conmigo, aunque me veas enfadado, o serio, o después de haberte echado una bronca apenas te mire. Yo también me siento perdido como padre, muchas veces, y me arrepiento de lo que te digo o de lo que hago y quisiera cambiarlo, pero no puedo. Y oírte llorar me consume por dentro.

Te quiero. Os quiero.

Ah… una última cosa… si no encuentras respuestas, quizá sea porque no haces las preguntas adecuadas. Prueba a cambiar de perspectiva y enfoque, cambia las normas, míralo como si fuese la primera vez, relativiza y busca la esencia en tu interior, la explicación está más cerca de lo que creemos en la mayoría de las cuestiones.

(a Selene y Marina, mis trocitos de cielo)

Francisco J. Berenguer

Cosas de Mayores

Llegué corriendo a casa, casi sin aliento. En aquellos tiempos siempre iba corriendo a todos lados, creía que se me había hecho tarde y mis padres estarían enfadados, con la mesa puesta, esperándome para comer. Y mi madre habría salido al balcón para llamarme a gritos: ¡Paquitooo…! Yo odiaba que me llamase así, porque luego se cachondeaban mis amigos. Pero me equivoqué ese día, era pronto y me pareció extraño, porque yo siempre controlaba bien el tiempo en ese mundo donde los niños no usábamos relojes. Bueno, tenía ese reloj blanco de la comunión de correa de piel tintada con hebilla dorada, pero era para ocasiones contadas, mientras tanto, reposaba en una cajita sobre una tela aterciopelada junto a una pluma del mismo color, de esas que se usaban una vez o ninguna. Yo, y casi todos los niños de mi edad, soñábamos con tener un Casio de esos negros que comenzaron a venderse por entonces, tecnología punta.

Me dolían los pies, concretamente la planta de los pies. Había estado corriendo sobre tierra, campo y piedras y yo calzaba unas zapatillas marca “La Tórtola” o “La Perdiz”, no sé, un nombre de pájaro tenía seguro. Y estas zapatillas baratas no se caracterizaban por poseer una buena suela y notabas cualquier piedrecita como si caminaras descalzo. Un día me compraron unas “Paredes” y yo flipaba con ellas, era otro mundo. Vamos, que con las Paredes en los pies y un Casio en la muñeca me consideraba el rey, y destronaba al Dicaprio ese, que probablemente no habría ni nacido y la proa del Titánic le quedaba todavía muy, muy lejos.

Sería un sábado del verano de mil novecientos setenta y seis o setenta y siete. Años agitados en España. Recuerdo que en clase añadieron un cuadro más sobre la pizarra, al otro lado del crucifijo: el retrato del rey Don Juan Carlos. Así que teníamos a Dios, a Franco y al Rey, vigilándonos todo el tiempo. Insigne trilogía que, si bien a nuestra corta edad no nos transmitía mucha presión, sí que se nos contagiaba algo del respeto, la inquietud y el miedo de los mayores de nuestro entorno. Pero esa no fue la causa, ni mucho menos, de que ese día, a mis once o doce años, llegara a casa de esa manera tan agitada.

Había recorrido tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta mientras mi madre creía que estaba bajo de casa, jugando en la calle con los amigos del barrio, para ver a la chica que me gustaba. Se llamaba Mercedes y era preciosa. La conocía del colegio que, aunque seguía siendo Franquista y Falangista a más no poder, ese curso estrenamos nueva ubicación y nuevas instalaciones y, además, siguiendo el plan modernista y de cambio obligado por la situación, incorporaron la educación mixta. No iba a mi clase, pero la conocí durante un recreo. Solo la miraba de lejos, entonces los patios estaban divididos, uno para chicas y otro para los chicos y, aunque no había verjas de separación, estaba la mirada láser de las profesoras que vigilaban para que nadie traspasara la frontera bajo la amenaza de caer fulminado y desintegrado o castigado cara a la pared.

Me aprendí sus rasgos de memoria, su forma de moverse, su manera de andar. Un rostro tan hermoso que me parecía imposible no quedarse mirándola durante horas y un pelo, castaño claro, recogido en una larga coleta que se iba abriendo mientras caía por su espalda. Tenía el pelo tan brillante y apretado que yo creía que, seguramente le dolería. Era como si te estuvieran tirando del pelo hacia atrás continuamente, pensaba. Y de lo que sí estaba seguro, es que era impermeable, que ninguna gota de lluvia traspasaría la tensión de sus cabellos para mojarle la cabeza. Yo no sabía qué me pasaba, por qué me atraía tanto esa niña y mi incapacidad de dirigirle la palabra cuando coincidía con ella “casualmente” en la entrada o la salida de las clases. Yo iba a casa con el autobús concertado y ella se iba andando, eso es que vivía cerca del colegio. Un día, a través de la hermana de un compañero que iba a su clase, pude averiguar su dirección y hacia allí me dirigía algunos sábados, planeando mil situaciones para encontrarme con ella que, en mi cabeza, funcionaban muy bien, pero la realidad era otra cosa.

Solo me quedaba mirando su portal, semiescondido a una distancia prudencial, y observando las ventanas del piso donde vivía como un inocente acosador de temprana edad. Esperaba que alguna vez bajase para ir a por el pan o cualquier otro recado que le mandase su madre, pero eso nunca sucedió, al menos durante la hora escasa que podía dedicar a ejercer ese terrible secreto que no se lo podía contar a nadie, antes de volver corriendo hacia mi casa para evitar que mi madre se asomara y comenzara a llamarme con el “Paquito” dichoso.

Durante las vacaciones de verano le escribí una carta, un poema inspirado en la única poesía que conocía, la de Adolfo Bécquer, gracias a un libro que me regalaron también en mi comunión: Rimas y Leyendas. Todavía lo conservo. Pues tenía la intención de dársela al comenzar el curso siguiente, bien en mano o introduciéndola sigilosamente entre sus apuntes, pero ese año no volvió al colegio. También cambió de dirección, o de barrio, o de provincia, o de país… no la he visto nunca más.

Me quedé colgado con mi primer poema, con mi primer amor, con mi primera decepción y el primer vacío importante que se formó dentro de mí. Sin saber realmente qué me pasaba, sin poder contárselo a nadie.

No sé qué hice con esa cuartilla manuscrita en la que puse toda la pasión y sentimiento que puede poner un niño de once o doce años, no lo recuerdo, seguramente me desharía de ella, avergonzado, pensando que el amor es cosa de mayores…

Francisco J. Berenguer (Paquito)

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer