Obsolescencia Desprogramada

Material defectuoso, sustancia contaminante

que se expande, sigilosa

por los márgenes de mi compañía

Líquido corrosivo que mi piel exuda

como aquella pila olvidada

en el transistor del abuelo

Saliva envenenada

que disuelve tus besos y te hiere a distancia

si te escupo palabras

a los ojos

Serpiente cobarde enroscada y oculta

en el hueco de tu confianza

Nada bueno fluye en este miserable pozo

hedor insoportable para quien me destapa

No me busques curas ni reciclajes

soy el vergonzoso error que se oculta

rumor de velatorio

Acéptalo, ya no quedan almas

para tantos cuerpos

Estoy tan lleno de vacíos que ya ni duele

me faltan fuerzas para la siguiente función

me sobran mentiras y excusas

Humano incompleto, material defectuoso

mi destino no era ver la luz de tus días

ni la sombra de los míos

Alguien debió retirarme a tiempo

de la cadena de montaje.

Francisco J. Berenguer

Svalbard

Ahora sé que escribiré mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea.

Me dijiste que el verdadero hogar no se encuentra en lugares concretos, en construcciones de hormigón y cristal, ni en viviendas de madera, ladrillo o cemento, que te sentirás en casa cuando encuentres la paz con la persona adecuada, cuando no deseas estar en ningún otro lugar, solo allí, junto a ella.

Yo encontré mi hogar junto a ti, pero me desahuciaste sin previo aviso, sin papeles, sin remordimientos. Tú para mí eras una mansión donde vivir, pero yo para ti solo fui un apartamento alquilado, un lugar de veraneo donde disfrutas un tiempo, pero no te quedas. Fui el sitio donde vas, no al que vuelves.

Vale, lo admito, no prometiste nada, no está tu firma plasmada en ningún compromiso, tan solo yo creí que el amor era menos burocrático y más como los pactos entre caballeros de antes, de esos que se escupían en la mano y la chocaban para sellar un acuerdo. Nosotros no nos escupimos, o sí, no sé, no quiero rememorar lo que hicimos durante esas horas de sexo en las que todo valía, todo menos lo convencional, ya sabes… Y tampoco quiero recordar, o sí, las veces que me dijiste “te quiero” o “te amo”, palabras que no valen nada si no las recoge un notario, que la pasión es un atenuante y el “siempre te amaré” es tan solo una frase sin valor pronunciada en un periodo de enajenación mental transitoria. Tranquila, estás absuelta, eres inocente, libertad sin cargos de conciencia. Y la orden de alejamiento ya me la impuse yo, por mi bien, si tú te dirigías al sur, donde antes de mí ya tenías previsto volver, yo me marché al norte… muy al norte.

Y tan al norte me alejé que encontré mi paraíso.

Svalbard.

Aquí hay meses en los que nunca se pone el sol, por eso me quedé, para evitar que las noches se vistieran de ti y no desnudarme yo, para no extrañarte en carne viva cuando la luz se desvaneciera. Porque las noches eran la antesala del dolor, cuando más desprovisto me encontraba de las razones para olvidarte o las que manipulaba para odiarte, y lo único que conseguía odiar era a mí mismo, al ser idiota y vulnerable que todavía esperaba una llamada tuya, o un mensaje… pero eso fue antes. Ha pasado tiempo y esta tierra, tan diferente, hace que la vida cobre otro sentido. Es lo que tienen los paraísos.

He conocido a Eva, una chica nativa de estas islas. Sí, a mí también me sorprendió la simpleza de su nombre, y más aquí donde las vocales son tan escasas y las consonantes se amotinan en la boca donde mi torpe lengua se atasca y tropieza. Nunca he sido hábil con los idiomas y estos del norte son especialmente complicados. Eva es hija de Kjellfrid, la señora que me alquiló la habitación de arriba de su casa, una especie de desván reacondicionado, y la que me ayuda con el lenguaje; con el oral, el escrito y el no verbal, el más placentero, sin duda.

En este lugar de mar, hielo, montañas y nieve, tan inhóspito como acogedor, será donde me deshaga en palabras, donde me desangre en tinta sobre la blanca tumba de papel, donde me consuma y me desgaste como la tiza en la pizarra, cada vez más pequeña entre tus dedos hasta que se convierte en polvo. Y yo seré el polvo en tus dedos y lo escrito en la negrura de la pizarra, porque yo no soy un escritor, ni un poeta, ni un contador de historias. Porque me vierto en cada frase, en cada sentimiento que expreso, en cada línea, cada latido, cada punto y seguido… y me quedaré vacío cuando acabe, de saber y de sentir.

Aquí, como una ironía del destino o una estudiada casualidad, encontré mi paraíso, mi Eva con sus pronunciadas curvas rosadas y sus tentaciones rubias, campo de trigo en su abultado monte de venus, y mi desván, donde nunca anochece.

Quizá el nombre que puse a mi blog fue una visión de ese futuro que hoy se cumple. Quizá sea este el fin al que iba encaminado o un nuevo comienzo, o no signifique absolutamente nada.

Pero sé que ahora es el tiempo de escribir mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea… en el desván del paraíso.

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

Será septiembre

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera. 

Física cuántica en ese hueco, debajo de las sábanas, cuando todavía nos devorábamos con la mirada, donde todo era posible y previsible, donde la relatividad dilataba el momento y el éxtasis con la matemática precisión de un orgasmo compartido, implosión controlada, mi silencio y tus gemidos.

Realidades paralelas y teoría de cuerdas, esas que utilizabas para tender tu ropa interior en el universo alternativo de nuestra inconsciencia, sin pinzas ni ataduras, desafiando al viento de la otra dimensión. La que te susurraba al oído que el cuerpo se compone de moléculas de carne inestable que se convierten en sombras enfermas y en muerte. Que la vida es el efímero instante de una ilusión, de un sueño que la materia tuvo con la complicidad de las estrellas.

¿Y quién creó mi pesadilla?

¿Quién atrofió mis músculos y decidió que no pudiera controlar mi cuerpo?

¿Quién pensó que era buena idea que mi mente siguiera lúcida mientras mi templo se desmoronaba? Ruinas flácidas de extremidades laxas, a veces, o retorcidos nudos de tendones que  muerden por dentro con la rabia de una fiera atrapada.

Será en septiembre, tiene que serlo, por favor, es mi mes.

Yo nací en septiembre y moriré en él, lo sé.

Ya no duele el dolor, no el propio más que el de quien me acompaña.

Tampoco place el placer, ya no quedan fuentes ni manantiales. Hasta la música parece burlarse de mí.

La vida me mantiene preso.

Mi cuerpo, la celda que me humilla.

Solo pido una cosa: dejar de ser humano.

Que dejéis todos de serlo, la humanidad es otra historia.

Quisiera recuperar el instinto animal. Nunca debimos olvidarlo, ni camuflarlo. La ley, la moral y la religión no existen en el universo, ni en la mente virgen de un neonato.

Dejad que la naturaleza, que mi naturaleza siga su curso. La evolución se equivocó con nosotros, se equivocó. Nos creó el dios que perdió a los dados. Si alguien hubiese ideado un mundo no sería como este.

Si pudiera, todavía, hablar o escribir, o mirarte a los ojos sin temblar, te diría lo que he descubierto, lo que no sé, lo que no siento. El enorme abismo en el que me hallo, del que quiero escapar y no puedo, ni siquiera está bien desearlo.

Solo deseo que llegue septiembre.

Que abras la ventana y mecerme con la brisa de levante.

Yo no soy de polvo, ni de ceniza. Soy de mar y de lluvia, de viento y espuma.

De azul y de sal.

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera.

Descansar en la orilla de tu playa,

y que la marea nos reclame un día… para siempre.

Francisco J. Berenguer

Los casuales desencuentros

Casual desencuentro

Lo percibí en tu mirada esa mañana

mi café humeaba y el tuyo estaba frio

mi beso fue tierno y lo tuyo no fue un beso

labios tensos sin color, ni calor

Besé la fachada de una relación en ruinas

muro de piedra con tatuajes de grafiteros

donde yo ya no pintaba nada

ni dibujaba sonrisas

en tu rostro

Fue en el mismo bar donde nos conocimos

encuentro casual en un día de lluvia

seres anónimos que coinciden

aprovechando un despiste del destino.

Los desencuentros son distintos

uno no se vuelve desconocido, de repente

aunque lo pretendas

uno no sale por la puerta y la historia se acaba

aunque así debiera ser

como cerrar un libro inacabado

sin anhelar finales dolientes o felices

olvidar personas y comienzos

Yo, ya no te reconozco, aprendo rápido

 ya no recuerdo si ese día llovía

y fue el sol lo que deslumbró y no tú

Deberíamos gestionar nuestras casualidades

y dejar de escribir versos inútiles

en paredes de cristal

donde todo cambia de significado

visto desde el otro lado.

Francisco J. Berenguer

La tierra y la sangre

Sabor a tierra y sangre. Tierra húmeda y sangre seca. No sé cuanto tiempo estuve allí en el suelo de aquella ladera tras el accidente. No estaba acostumbrado a la lluvia, ¡Joder… vivo en Alicante y allí no llueve nunca! Tampoco tenía la pericia suficiente para ese pedazo de moto que me compré, de segunda mano, en mi crisis existencial de los cincuenta. Antes pesaba ciento treinta kilos y me quedé en noventa. Me volví a sentir joven y ligero… y gilipollas. Solo se vive una vez ¿y morirse? ¿cuántas veces se muere? La lluvia, el exceso de cilindrada, la inexperiencia y esa curva de montaña diseñada para volar se aliaron esa tarde, pacto de muerte anunciada. Es muy estrecho el ataúd, más de lo que pensaba, pero supongo que es cómodo, no sé, apenas noto mi cuerpo, pero puedo pensar y sentir. Creo que lo más horrible de mi vida ha sido escuchar la primera palada de tierra al caer sobre mi caja. Ese sonido sordo y hueco, de golpe, y luego el deslizarse de la arena y piedrecitas arañando la madera por mi derecha, por mi izquierda. Quise gritar y no pude, no sé si porque mi cuerpo verdaderamente estaba muerto y no respondía o porque mis labios estaban cosidos por dentro de la boca. Quizá no fuese más que una ilusión, pero sentí cada puntada, la tirantez del hilo al pretender separarlos, hasta el sabor de esos algodoncillos puestos entre las encías para rellenar. Sabía que aquello era definitivo, no como esos días previos en el hospital, o semanas, cuando estaba en coma. Entonces había posibilidad, lo escuchaba, las máquinas me mantenían con vida y dependía de mí, decían, que yo despertara. Pero no supe hacerlo, está claro. No pude encontrar la forma ni el camino, sentía que no dependía de mí, en serio. Como ahora ¿de quién o de qué depende que conserve la consciencia cuando ya estoy muerto? Porque lo estoy ¿verdad? Vamos, no me jodas, con tanto aparato y los supuestos conocimientos y adelantos médicos que tenemos, no me habréis enterrado vivo. No, no puede ser, o sí. La tierra sigue cayendo encima. El sonido cada vez es más pesado y lejano. Tengo frío ¿un muerto siente frío? Pero no tengo miedo, el miedo atroz que, seguramente, debería sentir. Quizá sea porque me he acostumbrado después de tantos días “viviendo” en este estado. Espero que esté lloviendo, siempre me ha gustado la lluvia, a pesar de que ésta y mi insensatez me matara. Me gustan los funerales lluviosos. Vestidos negros, paraguas negros. El negro estiliza y pega con todo, y contrasta muy bien con los colores de las flores, las coronas. ¿Tendré coronas? Me da igual, solo quiero que llueva. Huelo a tierra húmeda, sí, como el día del accidente, con sabor a tierra y sangre en la boca.

De pronto siento un movimiento, algo ligero al principio, como un pequeño temblor, una sacudida. Y luego otra y otra. O es un terremoto o me están sacando de mi tumba. Pero no es nada de eso. Veo o percibo una pequeña luz y me siento impulsado hacia ella. Al final va a ser cierta la historia esa del túnel y el caminar hacia la luz. Por una parte, es un alivio, pensaba que mi eternidad era esta, sentir cómo me iba descomponiendo lentamente dentro de mi fosa, el jodido infierno. La luz se acerca o yo me acerco a ella, la atracción es mayor. En este momento debería ver a mis familiares muertos dándome la bienvenida, tranquilizándome y tal, algo de eso había leído. Pero allí no aparecía nadie. Algo va mal, seguro, algo no he hecho bien, porque tampoco recuerdo a la gente que he querido, los que me han amado. ¿Qué está pasando? Por primera vez en mucho tiempo tengo conciencia de mi cuerpo, lo noto, pesado, como se retuerce y duele. Ya estoy llegando a la luz. Ahora sí que estoy acojonado. Veo unas manos gigantes que se acercan y me cogen de la cabeza. Dios tiene manos enormes y guantes de goma. Estiran de mí y me sacan como un corcho de una botella de vino, girándome y dándome vueltas. Todo es tan cegador. Todo es blanco y verde y siento sangre en mi boca. Apenas puedo abrir los ojos, percibo sonidos metálicos, voces, y como manipulan mis orificios. Sé donde estoy, ahora comprendo muchas cosas, he vuelto a nacer. Por eso olvidé a mis seres queridos, sus rostros, por eso siento que lo que queda de consciencia y los pocos recuerdos se van borrando, para iniciar la nueva vida limpio, un reseteado total, que todo esté por descubrir. Pero sigo pensando que algo funciona mal en mí, porque en lugar de alegrarme de esta nueva oportunidad, de este inconmensurable regalo que es la vida, solo se me ocurre pensar que es una mierda, que otra vez tendré que morir. Quiero gritar, quiero contar lo que me pasa antes de que todo recuerdo se esfume de mi mente. Y grito, y mi grito se convierte en llanto. Y lloro con fuerza mientras todo se desvanece en mi interior hasta que me ponen sobre el pecho desnudo de mi madre, y siento su piel y su voz, y un beso en mis diminutos dedos. Y reconozco sus latidos, y entonces dejo de llorar, porque encuentro la calma y la paz. La muerte y la vida… tan cercanas.

Francisco J. Berenguer

La esencia y las apariencias

Comienza el día.

Baile incesante de máscaras.

No hay personas, ni personalidad. La esencia se oculta, se disimula, se disfraza.

La zona neutra. Lo que vale, lo que se pide, lo que se espera de ti.

Te cruzas con gente por la calle, en el autobús, en el metro, y es gente, solo gente. No son individuos, ni casi humanos, son fachadas, mobiliario urbano, atrezzo en movimiento. Y tú, que te crees diferente, para ellos también eres gente, solo gente, una pieza sin importancia en el tablero, un peón prescindible en el juego.

¿Quién eres? ¿Quién soy? A veces se vislumbra, solo a veces, si te fijas. Pasa cuando miras a alguien sin que se percate de tu mirada, y va pensando en sus cosas, ensimismado, como si no estuviera rodeado de gente en ese autobús repleto, como en la ensoñación de un recuerdo placentero. Existe un momento en el que la máscara de camuflaje se desliza y te deja ver el ser que palpita debajo de ella. Lo sientes en una sonrisa apenas perceptible, en un parpadeo que dura un segundo más de lo normal, o una lágrima que parece asomar. Son instantes en los que aparece la intimidad, la particularidad, la levedad del ser. Pero dura solo hasta que se da cuenta de que puede estar siendo observado y, entonces, cambia de actitud, vuelve a tensar su rostro y adopta la postura que quiere mostrar, la neutra, la que no dice nada de ti, de lo que sientes ni padeces, ni triste ni alegre, con la simpatía justa, con la indolencia necesaria para no afectar ni que te afecte demasiado lo que te rodea, viajero de porcelana.

La mayor parte de la vida somos apariencia y no esencia. Y lo preocupante es cuando creemos ser lo que aparentamos y nos olvidamos o avergonzamos de lo que habita en nosotros, lo más valioso, la parte creadora, la que siente y construye, la luz que no envejece.

Cuando escribo, me libero, me desnudo, me destripo, lleno de vísceras y sangre el escritorio, es como una autopsia de un cuerpo que palpita, disecciono mis restos, exploro mis complejos, mis inseguridades y mis miedos. Me hago llorar y reír como un idiota, me expongo y me critico, me acepto y me rechazo. Me siento a gusto adoptando la personalidad de una mujer al escribir, perdonad mi torpeza, adoro a las mujeres y lo femenino, lo envidio. Creo que la esencia de cada uno carece de género, pero lo que tenemos de humano nos condiciona, la química y las hormonas juegan sucio, a veces, con el intelecto. El cuerpo que nos sirve de vehículo en este efímero viaje es parte de nosotros, nos guste o no, es necesario pactar con él, cuestión de salud y sexo.

Escribir es mi forma de explorar lo que realmente soy, de encontrarme con el ser que creo ser. Podría hablar de alma y espíritu, pero no creo en nada que nos trascienda. Creo que la vida ya es bastante importante en sí misma, concentrémonos en ella y adoptemos actitudes reales, conscientes y respetuosas con lo que nos rodea y con quienes compartimos este mundo. Si existe algo más no me preocupa, a todos nos espera lo mismo seas creyente o no. Creo que deberíamos emplear esa energía en lo que tenemos… hay tanto por hacer y por mejorar… ¿No os parece?

¡Dios! parezco un predicador de púlpito improvisado camuflado entre líneas. Perdón.

Supongo que cada uno encontrará, si la busca, la manera de estar a gusto con su yo interno, libre de máscaras, actitudes exageradas y disfraces inútiles. Yo voy a ir limpiando de sangre mi escritorio y recomponiendo mis órganos dentro de mi cuerpo, todo bien ordenadito, como me gusta a mí.

¿Sabéis? Quería hacer especial mención a mi hermano pequeño. Él ha transitado por varias etapas de su vida, muchas de ellas bastante complicadas, y creo que ha encontrado su verdadera esencia, la que tenemos de pequeño y se va perdiendo y corrompiendo por el tiempo y las circunstancias. Alejandro la encontró a través de su especial e intenso amor por la naturaleza, por el campo, las plantas y los animales (sin desmerecer el amor por su familia, claro está) pero creo que ese fue su camino o, al menos, gran parte de él.

Lo admiro, de verdad. Bueno, a él y a su pato, ese que se cree a veces que es un perro. La vida… que no deja de sorprendernos…

Francisco J. Berenguer

No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

No lo sabes

Solo sé que no sabes nada

de mí, de ti, de la lluvia

y las evidencias…

Que el mar de dudas te cubrió

sin coger aire

antes de que te sumergiera la ola

mirada turbia, lágrimas y sal

No me ajusté a tus patrones

medidas estándar de talla pequeña

prejuicios encorsetados

relaja la cremallera y las doctrinas

que el sexo no reside en la entrepierna  

ni al amor lo alberga el corazón

Que no sabes nada

de ti, de mí, de la noche

Que ya no espero lo que prometió tu boca

que la realidad me lo escupió a la cara

que tu sonrisa ya no es la llave

ni tus besos

ni tus sabias manos que tocan allí donde es

donde el tacto se convierte en suspiro

donde piel y carne se estremecen

donde el placer acuna al dolor

nana de adultos que adormece

pero no lo duerme, ni amordaza.

Que compartiste mi cama, pero no mis sueños

sábanas pegadas al cuerpo delimitando siluetas

cadáveres templados envasados al vacío

No sabes nada

y en la nada me disuelvo

junto a trocitos de ti, de mí, de la lluvia

y tus mentiras…

Francisco J. Berenguer

Por el bello caos de tu interior

Quisiera poder darte los mejores consejos, hija mía, ayudarte a comprender los requiebros de esta vida y cómo enfrentarte a ella, pero yo llevo cincuenta y cinco años aquí y no tengo ni puñetera idea de qué va esto, te lo aseguro.

Quizá sea incapacidad o discapacidad de entendimiento de esta mente que, como la tuya, tiene más preguntas que respuestas… acertadas. Lanzo interrogaciones y me devuelven puntos suspensivos. A veces me siento como un eterno jugador de “Trivial” con su ficha/contenedor vacía de quesitos recorriendo el tablero, viviendo allí al capricho de los dados, formulando mis propias preguntas sin respuesta, tarjetitas en blanco, espacio reciclable. Pero ¿sabes? De las preguntas también se aprende algo, del proceso que se genera en tu cerebro que hace que surja esa incógnita, de esa inquietud, del pensamiento abstracto, de todo eso. Porque significa que no te has conformado con lo establecido, con las respuestas de manual, con lo masticado, y has ido más allá, a la zona incómoda donde el vacío existe y buscas con qué llenarlo.

Puede que ese sea el punto donde te encuentres ahora. Asomada a un abismo que te observa con la misma intensidad con la que tú lo miras. Pero no te preocupes demasiado, aunque sientas la soledad más infinita todos habitamos en ese lugar por algún tiempo. Del vacío también se aprende y la nada es un lienzo en blanco donde diseñar tu mundo, donde construir cimientos, donde crear tus respuestas, tu arte, tu vida. Y no importa si al principio se te emborrona o te queda todo gris con trazos gruesos y descendentes, ya surgirán los colores y las líneas definidas, aquí tienes mi mano para guiar la tuya. Lo que yo aprendí, que no es mucho, te lo muestro, te lo cedo y concedo. No para que me copies sino para que lo valores, lo juzgues, lo cuestiones, lo hagas a tu manera para que seas tú.

Tampoco quieras ser perfecta, la vida no lo es, nadie lo es. En el universo impera el caos y la belleza, el misterio y la grandeza, el enigma y la pureza… y eso mismo veo en ti cuando te miro. Quien ideó la palabra y el concepto se equivocó. La perfección es antinatural y distópica, es un defecto más que una virtud.

Como ves, no tengo consejos, ni respuestas, y mis experiencias puede que no te sirvan, cada cual aprende de las suyas. Solo quiero que vivas; que rías y llores, que sufras, aunque me duela, pero el dolor es necesario, es parte de todo esto, la vida duele muchas veces y debes estar preparada. Que ames y te sientas amada, absorbe y reserva esos momentos de felicidad, vívelos plenamente y pasa del mundo en ese rato. Sé lo que tú quieras ser y como tú quieras, no dejes que te dominen, que te dirijan, que sus censuras no coarten tu libertad. Y lee, y sueña, y respeta, y… no quiero ser pesado, mi niña.

Mi mundo, mis errores, mis silencios, mis historias, lo que soy es lo que te puedo ofrecer. Cuenta siempre conmigo, aunque me veas enfadado, o serio, o después de haberte echado una bronca apenas te mire. Yo también me siento perdido como padre, muchas veces, y me arrepiento de lo que te digo o de lo que hago y quisiera cambiarlo, pero no puedo. Y oírte llorar me consume por dentro.

Te quiero. Os quiero.

Ah… una última cosa… si no encuentras respuestas, quizá sea porque no haces las preguntas adecuadas. Prueba a cambiar de perspectiva y enfoque, cambia las normas, míralo como si fuese la primera vez, relativiza y busca la esencia en tu interior, la explicación está más cerca de lo que creemos en la mayoría de las cuestiones.

(a Selene y Marina, mis trocitos de cielo)

Francisco J. Berenguer

Cosas de Mayores

Llegué corriendo a casa, casi sin aliento. En aquellos tiempos siempre iba corriendo a todos lados, creía que se me había hecho tarde y mis padres estarían enfadados, con la mesa puesta, esperándome para comer. Y mi madre habría salido al balcón para llamarme a gritos: ¡Paquitooo…! Yo odiaba que me llamase así, porque luego se cachondeaban mis amigos. Pero me equivoqué ese día, era pronto y me pareció extraño, porque yo siempre controlaba bien el tiempo en ese mundo donde los niños no usábamos relojes. Bueno, tenía ese reloj blanco de la comunión de correa de piel tintada con hebilla dorada, pero era para ocasiones contadas, mientras tanto, reposaba en una cajita sobre una tela aterciopelada junto a una pluma del mismo color, de esas que se usaban una vez o ninguna. Yo, y casi todos los niños de mi edad, soñábamos con tener un Casio de esos negros que comenzaron a venderse por entonces, tecnología punta.

Me dolían los pies, concretamente la planta de los pies. Había estado corriendo sobre tierra, campo y piedras y yo calzaba unas zapatillas marca “La Tórtola” o “La Perdiz”, no sé, un nombre de pájaro tenía seguro. Y estas zapatillas baratas no se caracterizaban por poseer una buena suela y notabas cualquier piedrecita como si caminaras descalzo. Un día me compraron unas “Paredes” y yo flipaba con ellas, era otro mundo. Vamos, que con las Paredes en los pies y un Casio en la muñeca me consideraba el rey, y destronaba al Dicaprio ese, que probablemente no habría ni nacido y la proa del Titánic le quedaba todavía muy, muy lejos.

Sería un sábado del verano de mil novecientos setenta y seis o setenta y siete. Años agitados en España. Recuerdo que en clase añadieron un cuadro más sobre la pizarra, al otro lado del crucifijo: el retrato del rey Don Juan Carlos. Así que teníamos a Dios, a Franco y al Rey, vigilándonos todo el tiempo. Insigne trilogía que, si bien a nuestra corta edad no nos transmitía mucha presión, sí que se nos contagiaba algo del respeto, la inquietud y el miedo de los mayores de nuestro entorno. Pero esa no fue la causa, ni mucho menos, de que ese día, a mis once o doce años, llegara a casa de esa manera tan agitada.

Había recorrido tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta mientras mi madre creía que estaba bajo de casa, jugando en la calle con los amigos del barrio, para ver a la chica que me gustaba. Se llamaba Mercedes y era preciosa. La conocía del colegio que, aunque seguía siendo Franquista y Falangista a más no poder, ese curso estrenamos nueva ubicación y nuevas instalaciones y, además, siguiendo el plan modernista y de cambio obligado por la situación, incorporaron la educación mixta. No iba a mi clase, pero la conocí durante un recreo. Solo la miraba de lejos, entonces los patios estaban divididos, uno para chicas y otro para los chicos y, aunque no había verjas de separación, estaba la mirada láser de las profesoras que vigilaban para que nadie traspasara la frontera bajo la amenaza de caer fulminado y desintegrado o castigado cara a la pared.

Me aprendí sus rasgos de memoria, su forma de moverse, su manera de andar. Un rostro tan hermoso que me parecía imposible no quedarse mirándola durante horas y un pelo, castaño claro, recogido en una larga coleta que se iba abriendo mientras caía por su espalda. Tenía el pelo tan brillante y apretado que yo creía que, seguramente le dolería. Era como si te estuvieran tirando del pelo hacia atrás continuamente, pensaba. Y de lo que sí estaba seguro, es que era impermeable, que ninguna gota de lluvia traspasaría la tensión de sus cabellos para mojarle la cabeza. Yo no sabía qué me pasaba, por qué me atraía tanto esa niña y mi incapacidad de dirigirle la palabra cuando coincidía con ella “casualmente” en la entrada o la salida de las clases. Yo iba a casa con el autobús concertado y ella se iba andando, eso es que vivía cerca del colegio. Un día, a través de la hermana de un compañero que iba a su clase, pude averiguar su dirección y hacia allí me dirigía algunos sábados, planeando mil situaciones para encontrarme con ella que, en mi cabeza, funcionaban muy bien, pero la realidad era otra cosa.

Solo me quedaba mirando su portal, semiescondido a una distancia prudencial, y observando las ventanas del piso donde vivía como un inocente acosador de temprana edad. Esperaba que alguna vez bajase para ir a por el pan o cualquier otro recado que le mandase su madre, pero eso nunca sucedió, al menos durante la hora escasa que podía dedicar a ejercer ese terrible secreto que no se lo podía contar a nadie, antes de volver corriendo hacia mi casa para evitar que mi madre se asomara y comenzara a llamarme con el “Paquito” dichoso.

Durante las vacaciones de verano le escribí una carta, un poema inspirado en la única poesía que conocía, la de Adolfo Bécquer, gracias a un libro que me regalaron también en mi comunión: Rimas y Leyendas. Todavía lo conservo. Pues tenía la intención de dársela al comenzar el curso siguiente, bien en mano o introduciéndola sigilosamente entre sus apuntes, pero ese año no volvió al colegio. También cambió de dirección, o de barrio, o de provincia, o de país… no la he visto nunca más.

Me quedé colgado con mi primer poema, con mi primer amor, con mi primera decepción y el primer vacío importante que se formó dentro de mí. Sin saber realmente qué me pasaba, sin poder contárselo a nadie.

No sé qué hice con esa cuartilla manuscrita en la que puse toda la pasión y sentimiento que puede poner un niño de once o doce años, no lo recuerdo, seguramente me desharía de ella, avergonzado, pensando que el amor es cosa de mayores…

Francisco J. Berenguer (Paquito)

Entre ciencias y letras impuras

Nunca entendí por qué una barrita de cincuenta gramos te engorda un kilo, y que para perderlo tengas que caminar durante horas varios días seguidos. La física y la química se llevan mal en mi cuerpo.
Tampoco entiendo cómo unas simples palabras, pronunciadas en pocos segundos, pueden causar tanto dolor, y que ese dolor perdure semanas, meses y años. O que las ausencias causen tristeza, o que una mirada te rompa los esquemas.
No entiendo por qué dicen que Dios descansó el séptimo día cuando tenía tanto por hacer todavía, o por arreglar, o mejorar. Tal vez fue un problema laboral y los sindicatos le obligaron. No sé por qué inventamos dioses para justificar nuestra existencia.
No sé por qué el tiempo es tan importante si la mayor parte de él estamos recordando el pasado o planificando un futuro. Vivimos en la franja equivocada, la que no existe, porque solo el presente es… aunque dure un segundo.
Y la música emociona. Y un abrazo reconforta.
La vida se empeña en mezclar conceptos, como si ya de por sí no fuese complicada. Los trastornos existenciales me acarician desde niño.
En mi cuerpo ya no cabe un alma. Mi pajar está lleno de agujas, las que perdisteis en el camino intentando coser vuestra alma al cuerpo, para que la semejanza se parezca a la imagen de quien os dejó a medio hacer.
Y los pequeños detalles son importantes. Y el trayecto más interesante que el destino. Y los preliminares más placenteros…
Tengo tantas dudas que llenaría folios, y de certezas renglones contados.
Solo somos la parte que no se nos ve. No seamos presos de la carne, ni sexualicemos tanto la vida. Demos prioridad a la inteligencia en esta mezcla.

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

Lo más triste y hermoso

Llevo desde poco antes de las seis de la mañana intentando dar el inicio adecuado a esta entrada. Escribo algo, no me gusta, lo borro, vuelvo a comenzar, sigue sin gustarme, lo modifico, lo reescribo, lo elimino, me hago un café, me quemo la lengua, me remuevo en la silla, la postura, la luz, el teclado, me levanto y amanece, lo escribo a pluma en mi cuaderno de notas, la pluma da otro toque diferente al bolígrafo, me inspira, pero no me convence, no lo logro hoy, pero insisto porque vale la pena. Al final, tonto de mí, me pongo los auriculares y escucho la música de la que os quería hablar. Podía haberlo hecho antes pero no quería llorar hasta el final, como en las buenas películas, y ha sido escuchar las primeras notas y ya está. Qué mal se escribe con los ojos empañados.

Es curiosa la capacidad que ciertas melodías tienen para transportarte a otros mundos, a otros sueños o realidades, o hasta lo más íntimo de ti, a ese lugar que ni siquiera sabías que existía en tu interior, donde quizá no querías llegar o agradeces haber descubierto. Para mí, una de esas maravillosas creaciones que realmente consiguen conmoverme, si no la que más, es “Adagio for Strings” de Samuel Barber. Lo más triste y hermoso.

Recomiendo que os toméis unos minutos de vuestro tiempo y lo escuchéis con tranquilidad, a ser posible con auriculares o en un buen equipo de música, cerrad los ojos y dejad que la línea melódica os envuelva, procurad dejar la mente en blanco porque las ideas, los pensamientos, los recuerdos o los sentimientos surgirán solos… Y bueno, si os deja indiferentes, por lo menos os habrá relajado y habréis escuchado un ratito de buena música.

Seguro que muchos conocéis esta obra, o la habréis escuchado ya u os sonará de algo. La han empleado en algunas películas y anuncios, la más peculiar por la temática, y fue precisamente en esa donde la descubrí, es en la banda sonora de “Platoon”, una película que trata sobre la guerra de Vietnam.

El particular episodio donde se incorporó esta melodía a la banda sonora de mi propia vida fue hace unos años, tras la muerte de mi madre. No quiero dramatizar ahora, ni ponerme a contar las circunstancias y pormenores de aquello, solo lo que este adagio significó en ese momento para mí.

Fue al llegar a casa después del funeral. Mi madre estuvo varios días en coma, días eternos de espera e incertidumbres tras un inoportuno derrame cerebral, hasta que al final una tarde decidió irse definitivamente. Recuerdo el último beso cuando le quitaron ya todos los tubos y cables. Un beso en la frente pálida y tibia todavía. La piel conservaba algo de calor, de luz, de la vida que me concedió al nacer, retazos de caricias, de esa sonrisa tan peculiar en esos labios ahora deshidratados, de esa increíble mirada que se ocultaba ahora tras los párpados cerrados, perpetua oscuridad… perdón…

Fue al llegar a casa cuando me puse a escuchar esta obra maestra a todo volumen, no sé, podía haberme puesto otra, pero fue ésta, como si ella me hubiese elegido a mí, al momento, al instante, y no yo a ella. Sentí como cada nota se introducía dentro de mi cuerpo, me bañaba en un mar de calma, me zarandeaba, a veces, me llenaba, me vaciaba, me hablaba y me decía que no tuviese miedo, que todo estaba bien. Sí, los violines me hablaban, las violas, los violonchelos. La increíble melodía, tan bella, tan triste, pero con el toque justo de esperanza, de que la vida continúa. Y tras esa parte de la obra en el que los violines tocan las notas más agudas, como un grito, una mano alzada desde la oscuridad más absoluta pidiendo ayuda, le sigue una pausa y de nuevo la gravedad, la seriedad de la melodía como un bálsamo, como unos brazos a los que acudir, unos brazos que te dicen que siempre estarán allí para calmar tus miedos… y en ese momento me di cuenta de que estaba llorando, que no había llorado hasta entonces desde que todo comenzó. Y todo ese dolor que tenía acumulado, que me oprimía el pecho y el alma, se liberó con el final de esta maravillosa música… y lloré como un niño, como un hombre. Lloré de pena, de tristeza, de dolor, de rabia. Lloré por los finales inevitables y los principios desconocidos, por el amor, por la belleza, por la torpeza en entender de qué va la vida…

¡Ufff…! Son más de las nueve de la mañana, creo que lo voy a dejar así.

Gracias por acompañarme.

Un abrazo.

Francisco J. Berenguer

En Febrero

Empleo más tiempo ante el armario abierto, decidiendo qué voy a ponerme, que desayunando, aunque ahora desayuno poco, bueno, y como poco y ceno poco y poco de todo, porque los excesos se acumulan en las zonas del cuerpo equivocadas, que… la verdad, qué les costaría a esos kilitos de sobra situarse estratégicamente y hacerme más esbelta y atractiva, pero no, ellos a su bola, la barriga, los muslos, la papada… qué malos son los sesenta… aunque no para todas, claro. Mira a Juani, mi amiga del alma, ella ha sido delgada toda su vida, cuántas veces me ha dicho que envidiaba mis tetas y mi culo y ahora soy yo la que deseo tener menos de todo, porque ella ha ensanchado un poco y yo casi el doble. Que la culpa se la cargo a los disgustos, a la menopausia y a la retención de líquidos, sí, pero a mí me cuesta cada vez más encontrar algo que ponerme con lo que sentirme a gusto y encima, ya está haciendo calor y sopla viento, que viene fresco, pero al sol te quemas… ¡Dios! ¡Qué poco dura el invierno en Alicante!

Y Jaime con sus chistecitos, que no digo yo que no me guste su sentido del humor, que tiene su gracia, pero cuando me dice que le gustan mis carnes y que no le importa que engorde de aquí o de allá me hace sentir un poco como una cerdita de las que se aprovecha todo, hasta los andares que él piropea. Estoy a gusto con él, no lo puedo negar, aunque la primera cita fue un desastre, el alcohol le jugó una mala pasada y eso que ya le advertía yo durante toda la noche que se estaba pasando, pero nada. Él dice que fueron los nervios, que lo perdonase y que le diese otra oportunidad. Y yo se la doy ¿cómo no? No tenía ninguna expectativa, no esperaba nada extraordinario de él y por eso no me defraudó, ya no tengo edad para ir ilusionándome como una chiquilla del primer hombre que me invite a cenar. Hemos vuelto a quedar hoy para comer y yo aquí rompiéndome la cabeza para ver qué me pongo.

Juani dice que es un error, que si no estoy del todo convencida no quede con él, que va a ser peor a la larga, que todavía soy joven y que espere a encontrar el amor de alguien que de verdad me vuelva a remover todo por dentro y que las fotos que duelen, aunque las tenga olvidadas en un cajón, no hacen olvidar el pasado. Quizá tenga razón, pero yo hace tiempo que dejé de creer en el amor, o más bien él dejó de creer en mí. Y además tan solo es una cita, la segunda ¿qué más da? No pienso enamorarme de nadie… otra vez, no de esa manera… no quiero recordar, ahora no.

El vestido negro con la chaquetita a juego, las medias negras, aunque mejor pantys para que no me aprieten en los muslos y un elegante pañuelo de seda negro con discretas flores rojas, zapatos de medio tacón. Sigo siendo atractiva, lo sé, sé que gusta lo que muestro y eso que todavía no saben cómo soy, cómo puedo llegar a sentir, mi capacidad de amar, de entregar, de darme toda…

Hace calor, aunque con rachas de un incómodo viento que viene fresquito. Jaime sonríe cuando entro en su coche, yo trago mis lágrimas, que no quería, pero tengo ganas de llorar y siento frío, tengo el invierno instalado en mis entrañas. Un caldero en Santa Pola dice que ha encargado, yo le digo que pare el coche y que me disculpe, que no me encuentro bien y me bajo allí mismo.

Hay historias que no se deben comenzar cuando existen otras que todavía sangran…

Francisco J. Berenguer

(Texto publicado en ASDA, en cuyo boletín tengo el placer de colaborar)

Antes de apagar la luz

Si no fuera imposible se podría decir que vuestra cama medía kilómetros y kilómetros, al menos esa era la distancia real que os separaba esa noche, porque cada centímetro se multiplicaba por mil y cada arruga en las sábanas era una cordillera insalvable que se erguía, imponente, entre los dos. Cada uno en su lado, cerca del precipicio, desafiando el peligro y el equilibrio. Cada uno con sus historias, cada uno con su móvil hábilmente adaptado a la inclinación suficiente y necesaria para evitar mostrar la pantalla al otro sin que pareciese ostensible que se quisiera ocultar.

Tú recuerdas en ese momento, justo cuando has enviado el emoticono de un corazón, la frase que una tarde agobiante de verano, de esos días en los que el aire acondicionado todavía no existía ni en los cines, tu madre te lanzó, como un potente saque de Nadal, a tu sudoroso cuerpo de dieciséis años: “Hija, te encontrarás dos tipos de hombres en tu vida, uno que te dará la confianza, la paz y la estabilidad necesaria y te casarás con él, y otro del que te enamorarás perdidamente sin poder evitarlo”. Y tú, que no estabas preparada para recibir aquella bola, pensaste que tu madre se estaba volviendo loca con tanto calor y tan solo sonreíste intentando aparentar que lo habías entendido. Acto seguido, ella siguió con los quehaceres de madre y tú te volviste a sumergir en el cotilleo de la “super Pop” que hojeabas en la cama, junto a la ventana abierta de par en par, invitando al aire de la calle a que pasara.

Ahora se te ha dibujado la misma sonrisa en el rostro, porque ahora entiendes perfectamente lo que ella quería decir. Caíste en la cuenta de que, posiblemente, tu madre tenía un amante o un enamorado, que se había enamorado de otra persona, vamos. Pero seguramente sería un enamoramiento de miradas furtivas en el paseo o cartas románticas pasadas a escondidas con la complicidad de una amiga de confianza, porque no te imaginabas, de ninguna manera, a tu recta y educada madre, restregando su cuerpo contra otro hombre que no fuera tu padre… ¿o sí?

Eres tú la que recibe ahora el emoticono del corazón junto con una pregunta: ¿estás con él en la cama? Escribes que sí, y que te gustaría que fuese él quien estuviera a tu lado y no tu marido, pero te arrepientes, lo borras y dejas solo el sí. Te sientes culpable, pero ¿qué vas a hacer? Te has enamorado sin poder o sin querer evitarlo, no sabes, se metió en tu vida tan de improviso, tan potente. Fue como un atropello en un paso de peatones donde te sentías segura, la zona placentera de tu matrimonio, y él irrumpió en ti sin respetar las normas, a toda velocidad, rozando la ilegalidad y la cordura.

Piensas que la vida está diseñada por arquitectos novatos e inexpertos, por moralistas de saldo, por señoras mayores que siempre visten de luto. ¿Por qué se entiende tan mal el amor? Existen muchas y variadas formas de amar, te dices: el amor a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos, a los animales, el amor propio… ninguno es excluyente. Amas igual a tu padre que a tu madre, amas a tu primer hijo, que crees que es lo máximo, pero luego llega el segundo y lo quieres igual, y si viene un tercero también… ¿por qué no podemos aceptar enamorarnos de dos personas a la vez? ¿qué hay de antinatural en eso? No construyamos más muros y más fronteras, no en esto, por favor.

Miras a tu marido y sientes que lo amas ¿cómo no vas a quererlo si es una buena persona con la que decidiste un día compartir tu vida y formar una familia? Es el padre de tus hijos, con el que has pasado momentos jodidos y momentos irrepetibles y hermosos. No puedes dejar de quererlo, no puedes. Pero tampoco puedes negarte a lo que sientes y cómo lo sientes, y no es cuestión de lealtad, de fidelidad, de respeto. Todos esos conceptos están diseñados para hacerte sentir mal, para que la culpabilidad te haga desistir y que te pierdas el respeto a ti misma, que no seas leal a lo que sientes, que vivas la vida tal cual se espera de ti…

Quizá tu pareja en ese momento, con el móvil, esté intercambiando frases y emoticonos con alguien de quien se ha enamorado. Quizá él sienta en ese mismo momento la misma inquietud que tú, la misma culpabilidad. Quizá en esa cama tan grande seáis cuatro en lugar de dos. Quizá la culpa sea el mayor obstáculo para la sinceridad y el entendimiento.

Ya no sabes, ya dudas de ti misma. Piensas que tal vez estás intentando justificar, de disfrazar la aparición o la necesidad de un amante y el amor sea otra cosa, eso que está siempre por llegar…

Bloqueas el teléfono, ni siquiera te despides, le das un beso de buenas noches a tu marido y apagas la luz.

Francisco J. Berenguer

Mi pretérito perfecto

Tengo cuadernos de fotos repletos de recuerdos, de viajes, de imágenes de nuestros hijos, de vacaciones en la playa, de cumpleaños, de cenas con amigos y alguno de tus poemas.

Los repaso cuando nadie me ve. No soporto las bromas de mi hermana cuando me dice que parezco una vieja loca, siempre mirando libretas vacías. Dice que un día los tirará a la basura. Yo no digo nada, ya sabes lo prudente que soy, la dejo que hable y que hable hasta que se cansa. Además, ella sí que está vieja, y eso que es más joven que yo, pero no se cuida nada, solo se arregla un poco cuando viene Jose Carlos, el cura de la parroquia del barrio, el mismo que nos casó ¿recuerdas? A él le he enseñado alguna vez el álbum de nuestra boda y se queda mirándolo con preocupación, creo que no le gusta verse de joven en las fotos que sale, le harán sentirse mayor.

Mientras se calienta el agua para el té voy a mi rincón preferido en el salón, ese sillón tan cómodo bajo la ventana por donde entra el tibio sol de invierno, y me pongo a repasar nuestras cosas. Mi hermana está medio adormilada en la salita de estar, tapada con una mantita, viendo la novela de la tarde, no molestará.

Mira, esta es de Castellón, mira que cuerpo tenía, hay que ver lo bien que me sentaba el bikini… y tú la habilidad que tenías para quitármelo. Eso fue antes de tener a Rubén, creo que lo concebimos allí durante esas vacaciones o, por lo menos, lo intentamos… muchas veces… jajajaja. Luego están éstas, tres años después, mira que pequeñín y qué gracioso estaba. Ese día nos llovió ¿recuerdas? Tuvimos que recoger todo de la playa corriendo para ir a refugiarnos. Cómo tronaba y esos rayos que caían al mar, tan de repente. Ahí fue cuando Rubén cogió miedo a las tormentas, no paraba de llorar y llorar, y tú, el cabreo que cogiste porque te torciste un tobillo, con las prisas, y estuviste el resto de las vacaciones con el pie escayolado. Oh… mira qué guapo estás aquí, recién salido del mar, ¿ésta fue antes, verdad? Sí, claro, era cuando ibas al gimnasio y corrías todas las mañanas, se nota, la barriguita vino después… con los embarazos… jajajaja, yo los tenía y tú tenías la flacidez, las estrías… la buena vida, las cervecitas, los aperitivos… ¿Recuerdas cómo se llamaba ese bar tan pequeño y que al principio dudábamos entrar porque nos parecía poco higiénico, pero que hacían unos calamares y unas patatas bravas espectaculares?

¡Dios…! Se ha armado una gorda. Me he entretenido demasiado contigo y se ha quemado el cazo donde calentamos el agua de las infusiones. Mi hermana se ha puesto hecha una furia, me ha dicho de todo, no me atrevo ni ha repetir la mitad de lo que ha salido por su boca. Me ha dicho que voy a matarnos a las dos, que estoy muy loca y que soy un peligro. Luego ha cogido mis cuadernos y me los ha pasado abiertos muy cerca de la cara. Decía que los mirase, que están vacíos de fotos, que todo es plástico y hojas en blanco, que se los llevaba, al igual que los marcos de fotos sin fotos que tengo en mi habitación. Me ha dicho que estás muerto, que tan solo fuiste mi novio unos meses, que no tengo ni una triste foto de ti y que tuviste un accidente mortal con la moto hace más de cuarenta años. Quiso ser cruel, pero me dio pena por ella.

Se cree que todo eso no lo sabíamos.

La vida ¿acaso la vida no son solo recuerdos? ¿qué te queda de lo que has vivido? Y los recuerdos no son más que luces y sombras en nuestro cerebro. Fotografías distorsionadas y moldeables, imágenes de un pasado que no existe, sentimientos que perduran, deseos, imaginación… no querer olvidar a quien amas…

Yo creé una vida contigo y la recuerdo mejor que si la hubiéramos vivido. No necesito fotos ni videos, ni documentos. Cada día que estuvimos juntos valió por una vida entera y no quiero recordar tu trágica y prematura muerte, prefiero recordar tu vida, nuestra vida. Porque tú volviste esa noche de trabajar con tu moto, no hubo ningún accidente, e hicimos el amor ¿te acuerdas? Y esa misma noche me pediste que me casara contigo y yo te dije que no, pero luego que sí, estaba tan nerviosa… y nos casó Don Jose Carlos y nos fuimos de viaje a Italia y tú te intoxicaste con la salsa carbonara en un restaurante de Nápoles, y nos recorrimos la toscana en una moto con sidecar y recuerdo como parí a Rubén y años más tarde a Nerea, y tu sonrisa, tus ojos… y te sigo amando en la soledad de mi cuarto, cada noche, aunque vengas cansado de trabajar…

Yo estaré loca pero no habrá mucha gente que recuerde una vida mejor que la que yo he tenido, porque el amor no se acaba con la muerte, yo lo encontré un día y sigue vivo en mí…

Francisco J. Berenguer

El miedo latente

Estás en la cama de tu hija, tumbada a su lado, con una manita entre las tuyas.

Atendiste a su llamada esa noche cuando te reclamó en un grito ahogado y te dijo: “Mamá, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, su miedo y en él reconociste el tuyo, el que habías albergado durante toda tu vida.

Era el miedo a morirte, que no a la muerte.

El concepto de la muerte lo conocías desde temprana edad, como tu hija, desde los siete u ocho años. Concebías la muerte como algo natural como un proceso necesario, el único y verdadero destino común y predecible para todo el mundo, hilo negro anudado al corazón que tiraba de cada uno de nosotros en el momento más inoportuno, porque no existe momento oportuno para abandonar esta vida, aunque se busque intencionadamente.

El miedo, el verdadero miedo, el que habías percibido en los ojos de tu niña era el mismo que más de cuarenta años atrás sentiste tú aquella noche en la que llamaste también a tu madre, pero ella no se quedó contigo apretando tu mano contra su pecho y tan solo se esforzaba en quitarle importancia haciéndote ver que aquello no tenía lógica, haciéndote sentir poco más que tonta, dejándote la humedad efímera de un beso en la frente antes de marcharse de tu cuarto. Era el miedo a dejar de existir, a desaparecer, como si la oscuridad y la soledad te fueran a engullir y te condenaran a habitar allí para siempre, un lugar donde los demás te darían por muerta, pero tú en realidad continuabas secuestrada en esa soledad eterna, en una espesa tiniebla oscura en la que por mucho que grites nadie puede llegar a escucharte, donde ni tú misma percibes el eco de tu voz.

Podrías haberle contado a tu pequeña cómo llegaste a superar esa angustia ancestral, pero sabías que no era momento para hablar, que lo que necesitaba era tu compañía, tu comprensión, la calidez de tu cuerpo junto al suyo ya era suficiente para calmarla, se sentía protegida e inmune a cualquier mal que acechara fuera de los límites de su cama. Ya habría tiempo para eso y… además, sabes que nunca has llegado a superar tu miedo latente…

Habías desarrollado un instinto, una estrategia, una forma de vida para alejar a la muerte, mantenerla al otro lado del rio sin que hallara puentes a tu ribera. Creíste que el amor era tu protección, tu escudo, tu amuleto. El amor, con mayúsculas, a ti misma y a todo lo que te rodea. El amor a las personas, a los animales, a las cosas, a lo más simple, amor a la vida, poner verdadera pasión a todo lo que se hace, a todo lo que se dice, a todo lo que se siente. Y rodearte de gente que quieres y te quieren, hacerte querer y preocuparte en hacerles sentir que los quieres, que son importantes para ti. Cuidar las relaciones, mantener la amistad, amar plenamente con el cuerpo y la mente y, sobre todo, tener ocultos tus demonios, no dejarlos salir, que no enturbien, que no te vomiten su realidad en tu cara. Creíste que si sentías mucho, mucho por todo, que si la muerte veía tu interés por cualquier cosa que la vida te ofrecía pondría el suyo en alguien que apreciara menos el gran milagro de la existencia, pero aprendiste que el amor no la repele y ésta te lo fue arrebatando con la crueldad de quien dice siempre la verdad.

Ahora estás en tu cama y tu hija, tumbada a tu lado, acaricia tu mano entre las suyas. Eres vieja y ella ya no es una niña.

Atendió tu llamada cuando, con un grito ahogado, la reclamaste y le dijiste: “Hija mía, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, todo el amor que siente por ti, pudiste comprobar que ningún miedo enturbiaba su dulce mirada y entonces, y solo entonces, el tuyo también desapareció. Te invadió una sensación de paz y complacencia infinita, como quien finaliza con éxito un difícil trabajo que se le había encomendado. Oyes voces, como música lejana, susurros de alguien conocido, palabras de despedida que se deslizan suavemente en tus oídos.

Y cierras lentamente los ojos sin temor ya a la oscuridad…

Francisco J. Berenguer

En tus charcos

Me siento más cómodo usando quizá, que quizás

lo primero me resulta poético y más ligado al tiempo, la nostalgia

lo segundo es como pisar un charco y esperar que te salpique, o no

quizás tú seas de meterte en charcos, quizá yo tienda a rodearlos

quizás debiera probar a saltar en ellos, quizá tú a mantenerte seca

quizás tu amanecer sea el ocaso de mis desayunos

quizá mi café esté tan frío por eso

quizás no debería haber escrito esto

quizá…

Francisco J. Berenguer

Síntomas de soledad

Era un colegio gris, de cemento gris en el patio y las paredes, y baldosas grises o marrón oscuro en los pasillos y las aulas. Era mil novecientos setenta y tres y alguien un día, con sus pequeños dedos, ampliando un desconchón de la pared, descubrió marcas de disparos. Huellas de muerte, restos de odio. Lo veíamos con asombro, pero con preocupante naturalidad. Ahora me estremezco al pensar que tan solo treinta años antes, quizá menos, fusilaron allí a personas, en el mismo patio donde, apiñados, se jugaban diez partidos imposibles a la vez, con diez balones y más de cien piernas.

Era un colegio solo de chicos, las chicas distraen, decían, de hecho, apenas había mujeres aparte de una profesora que le daba clase a los más pequeños y se encargaba, además, del coro para los festivales de navidad y del “santo patrón” del colegio. ¡Ah…! y del mes de María, esos meses de mayo que acabábamos antes las clases de la tarde para hacer ofrenda a la virgen. Todavía recuerdo alguna letra de las canciones: “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…”

Eran tiempos de formar en el patio antes de subir a las clases, que estaban en un primer y segundo piso con un balcón corrido que daba a la platea desde donde nos observaban los profesores. Tiempos de himnos y consignas, de religión y patria, de silencios obligados y miedos ocultos… no preguntes, no quieras saber demasiado, no quieras descubrir la verdad, cree lo que te decimos, obedece. Ya sabes quien escribe la historia tras una guerra.

Era un chico raro entonces, creo que siempre lo he sido, no tenía habilidad para el fútbol y casi siempre me quedaba fuera cuando (chapí, chapó) los capitanes elegían a los chavales para formar parte de su equipo, si éramos impares yo sobraba. Me gustaría decir que no me importaba y que no me causaba tristeza y frustración cuando me quedaba el último para que me eligieran y, o bien no lo hacían directamente o alguien me incluía en su equipo por pena o falsa camaradería, pero no sería cierto.

Supongo que eso sirvió para potenciar la afición que siempre había tenido de imaginar e inventar historias, crear vidas y momentos y soñar que los vivía… síntomas de soledad, alivio de ignorados. Pero descubrí que esa misma soledad era compartida con un puñado de niños que, por un motivo u otro, soportaban esa exclusión forzosa o forzada de la popularidad deseada. Y nos juntamos, como una pandilla de superhéroes lisiados, en un rincón del patio a resguardo de balonazos, para compartir nuestras desdichas.

Y así fue cómo esa afición de crear cuentos, situaciones y personajes imaginarios cobró otra dimensión. Comencé a ponerle voz y a dar a luz mis historias junto a ese niño gordito mientras comía su bocadillo de chorizo, con ese empollón de gafas gruesas y empañadas, con el niño que parecía una niña y con ese que aparentaba estar siempre enfermo. Tanto a ellos, como a mí, nos servía para evadirnos de esa realidad que nos incomodaba, la que no terminaba de aceptarnos, la que nos dejaba fuera de ese equipo al que queríamos pertenecer y de ese juego al que queríamos jugar.

Escuchaban mis palabras casi sin pestañear y cada día, día tras día, me pedían más y yo inventaba, me las preparaba en casa o improvisaba sobre la marcha… eso era lo que más me gustaba… como ahora, más de cuarenta años después, me siento ante una hoja en blanco e improviso. Unas veces surge algo nuevo, que ni siquiera tenía previsto, otras, tal como hoy, revivo algún recuerdo de esos que te asaltan por sorpresa, y otras, simplemente, se queda sin mácula el blanco.

Los impactos de bala fueron cubiertos, nuevamente, con cemento gris y los niños seguimos jugando, ajenos a la tragedia, sobre sangre desintegrada por mil lluvias de agua limpia y amargas lágrimas, con diez balones, más de cien piernas… y una historia por contar…

 

Francisco J. Berenguer