Sin matices

Soy una piedra azul.

Soy Robert de Niro en “La misión” arrastrando por la selva un voluminoso atado compuesto de armas, escudos y armaduras, donde pesaba más el dolor, la culpa y el arrepentimiento que todo ese hierro oxidado. Y de ambos no podía desprenderse porque eran lo mismo.

Unas veces soy él, otras el fardo,

otras la lluvia y el barro,

otras tan solo disfruto de la bella música de Morricone.

Soy Liam Neeson llorando al final de “La lista de Schindler” porque no había salvado a más personas de la muerte, y pudo haberlo hecho.

Soy uno de los judíos agradecidos.

Otras veces soy el odio Nazi, de esos que llamamos monstruos para distanciarlos de nosotros, como si fueran de otra especie. Pero no, todos somos seres humanos, todos llevamos la bestia dentro.

Unas veces soy la niña del abrigo rojo.

Otras Helen Hirsch, que con su belleza humanizó al mismo diablo, pero solo a ratos.

Soy la cámara de gas y la muerte.

Otras veces la música de Williams, la tristeza y la esperanza.

Otras, una de las piedras sobre la tumba de Oskar.

Una piedra azul, o gris.

¿Qué más da?

La eternidad no distingue colores.

Francisco J. Berenguer

De paseo

Soy un cobarde, lo confieso, aunque sea evidente.

Hoy tengo que salir a la calle y me da miedo.

Temo a la gente, a lo inesperado, a no saber afrontarlo.

Iré por lugares poco frecuentados, donde no se me conozca, ni reconozca.

Que nadie me salude, ni yo tenga que saludar.

Que nadie me pregunte ¿cómo estás?

Caminaré con la mirada fija en el suelo, aislado en mi propia sombra.

Si me ves ignórame, yo haré lo mismo contigo.

Como si no nos conociéramos, como debe ser, como es.

Todos somos desconocidos envueltos en órganos y piel.

Ella me espera en su consulta con la misma sonrisa fingida de siempre.

Con la misma bata blanca de siempre abierta sobre su propia ropa, como queriendo decir que tiene otra vida aparte de este espacio frecuentado por enfermos mentales.

Otra desconocida en su orgánico envoltorio deseando catalogarme para que encaje en alguno de sus estudiados patrones de diagnóstico.

Saldré de allí peor que entraré, lo sé.

La solución no está allí.

Sé lo que necesito, y también cómo conseguirlo.

No, no es eso que estás pensando.

O quizá sí.

Pero temo afrontarlo.

Porque sé lo que va a pasar.

Todo esto ya lo he vivido, o sentido, o imaginado.

Te podría contar tantas cosas, pero no deseo contagiarte.

El miedo hace metástasis en el conocimiento, en las ideas, en la palabra.

Mejor así.

Créeme.

Francisco J. Berenguer

Esta es una historia normal

¿Recuerdas cuando te ponía excusas para no ir a verte al hospital cuando estabas ingresada? Te voy a decir la verdad antes de que se me olvide o me resulte demasiado ridícula para contarla. No podía acercarme donde había gente que sufría, no sé si sabré explicártelo bien…

Quizá fuese un exceso de empatía o sentimientos hiperdimensionados fuera de lo común, pero yo sentía el sufrimiento de cada una de las personas que se encontraban allí ingresadas y tenía la necesidad de ayudarlos o de apoyarlos o de consolarlos, no sé, hubiese abrazado a cada uno de los desconocidos o les hubiese cogido de la mano y mirado a los ojos y les hubiese ofrecido lo único que tengo, lo único que soy… hasta a los enfermos contagiosos, a esos más quizá, porque son los que están más aislados, los que más necesitan que se les acaricie, que se les muestre amor sin ningún tipo de aprensión…

Qué idiotez ¿verdad? Me hubiesen echado del hospital enseguida o me habrían detenido. Hasta los enfermos o los familiares me hubiesen denunciado y tachado de pervertido o calificado de loco, trastornado… enfermo mental.

Ya te lo decía al ver las noticias y tú me mirabas raro. Me refiero a cuando la presentadora alternaba noticias horribles de muerte y sufrimiento con otras más desenfadadas o incluso divertidas, sin hacer ninguna pausa, sin cambiar apenas la expresión del rostro ni el tono de voz. ¿Pero que está pasando? ¿Es comparable el ahogamiento de 38 personas al volcar una patera en alta mar al anuncio de la película ganadora de los Oscar? Son treinta y ocho vidas, treinta y ocho historias trágicas, treinta y ocho pasados, treinta y ocho futuros, ilusiones, sonrisas, truncadas, perdidas, ahogadas… yo necesitaba horas enteras para asimilarlo, para intentar comprender cómo funciona este puto mundo y en la tele, solo diez segundos después, un erizo que habla pretendía venderte un seguro. Yo te dije que no quería ver las noticias comiendo y tú lo entendías, que a ti también se te hacía un nudo en el estómago a veces, pero era más que eso, era más de lo que te podía contar para que no me llamases exagerado.

Tenía que aprender a ocultar los sentimientos, a acolcharlos, adormecerlos. No estaba bien parecer demasiado exaltado y contento, ni demasiado triste. Tienes que disfrutar de los pequeños momentos que te brinda la vida, me dicen. Pero los pequeños momentos son para mí grandes, inmensos. Un amanecer es una vivencia brutal; leer un libro es vivir otras vidas y a la vez conocer la sensibilidad del escritor, por qué utilizó esa frase y no otra, cómo es capaz de cambiar tu estado de ánimo con tan solo palabras (siempre deseé llegar a ser escritor); escuchar una buena música o una canción te traslada de tiempo y lugar, te subyuga, te enriquece, te libera (también quise ser músico…); ver una película es una ventana abierta a otros mundos, es aprender, es llorar, es morir y amar (…y director de cine); una caricia descuidada; una buena conversación; un café; un paisaje, un cuadro.

Y el amor que sientes por alguien es lo más hermoso, lo más puro, lo más duro, lo que más puede llegar a doler. Porque el resto de las cosas te invaden de fuera hacia dentro, pero esta clase de amor surge de lo más profundo, te va calando desde dentro, donde reside tu esencia… es indescriptible lo que puedes llegar a sentir, como también es indescriptible lo que puede llegar a doler…

Toda la vida intentando disimular lo que sentía, tanto para bien como para mal. Tanto tiempo intentando encajar. Tanto tiempo aparentando no ser yo, que me olvidé de mí.

Fue entonces cuando me rompí.

Es curioso como la mente puede llegar a transformarte en algo distinto, puede matar tu esencia, ahogarla treinta y ocho veces o más en las oscuras aguas de una normalidad impostada. Y entonces quise salir de ahí, porque ya nada me conmovía, nada me apetecía. Me había convertido en un autómata con los sentimientos justos y admitidos para poder sobrevivir. No, no podía seguir allí. Amaba la vida, la había amado tanto, pero ahora solo quería apearme de ella. Quería terminar el viaje, porque en realidad ya lo había acabado, solo era la inercia, fuerza cinética lo que me mantenía con vida, porque el recuerdo de lo que fui me hacía aborrecer lo que era…

Entonces te diagnostican si te pillan a tiempo, te medican, modifican tu química, intentan nivelar tus neurotransmisores, y el mismo sistema que antes te decía, sin hablar, que no debías mostrar lo que sentías ahora te obliga a salir de la tristeza. Y te hace sentir culpable, con sutileza, de tu estado, porque eres tú y solo tú el que ha llegado a esto, y tú y solo tú eres el que tienes que salir.

Y al final, si no te has bajado en la última estación, continúas tu viaje, aunque ya no lo hagas por ti, sino por los que te rodean, por los que te quieren, a su manera. Porque todavía puedes ponerte en su lugar y verte a través de sus ojos, porque no todo depende de ti y tú no eres lo más importante, eres uno más, solo uno más.Y te sientas en un asiento del vagón, junto a la ventanilla, y te comportas como cualquiera de los viajeros que te acompañan, con total normalidad. Y miras como la vida pasa con velocidad a través del cristal, como ellos. Y ves ese brutal amanecer y ves esos almendros que, temprano, rompen en flor, y el rocío que deposita bellas lágrimas en todo el campo que abarca tu vista. Y te emocionas, pero solo lo normal, como debe ser.

Porque esta es una historia normal… aunque se disfrace de tristeza.

Francisco J. Berenguer

13

Antes desde aquí se veía el mar, pero fue antes de que tú nacieras, antes de que construyeran esos edificios tan monstruosos delante.

No por favor, basta ya de pastillas y calmantes, no quiero estar drogado en este momento tan importante.

El dolor forma parte de la vida.

¿Acaso se le dan pastillas a una criatura cuando nace? El dolor nos acompaña desde siempre. Sufrir, a veces, es necesario para aprender a sobrevivir.

Quizá tú no lo comprendas ahora, todavía eres muy joven, hija mía. Pero deja por un momento de ser la chica responsable, la que siempre obedece, la que cumple con lo que le dicen los médicos. No me regañes como a un viejo estúpido, aunque lo sea, no voy a tomar más medicación, quiero sentir la muerte con toda la consciencia de la que sea capaz, solo deseo que me acompañes un ratito más. Si quieres luego vete, no me importa morir solo.

Siempre estamos solos ¿sabes? Por mucho que te enamores de alguien y creas que forma parte de ti, aunque tengas pareja, hijos, nietos, padres o hermanos. Siempre estamos solos en nuestro interior.

Al construir esas gigantescas moles de hormigón y cristal frente a nuestro balcón, no solo nos privaron de la vista del mar y hasta de su olor, también nos ocultaron del sol. Solo trece minutos, trece mágicos minutos, es el único tiempo que el sol nos ilumina al día, cerca del mediodía, cuando se deja ver al pasar entre los dos edificios. Puede que hoy sea la última vez que lo vea, lo presiento. Por favor, acércame a esa ventana y quédate conmigo hasta entonces.

Dame la mano, pronto aparecerá por allí, a la altura del piso dieciséis, creo. Mira que es jodidamente alto el cabrón. Perdona los tacos, cariño… perdóname por lo que he hecho mal, la vida no es fácil, aunque eso no es una excusa, no, no lo es. Me gustaría decirte alguna buena frase, de esas que se recuerdan, como pasa en las películas o en los libros, una frase o una reflexión importante, bonita o inteligente, con trasfondo, con clase, de la que puedas decir que eso fue lo que te dijo tu padre antes de morir, y te sientas orgullosa. Pero no se me ocurre nada interesante. Nunca he sido demasiado listo, ni creativo, ni demasiado tonto tampoco, ni demasiado nada. Lo siento.

Mira, los primeros rayos asoman. Pero ¿qué haces con las gafas de sol puestas? Anda, quítatelas. Desabróchate algún botón más de la camisa y mira hacia delante, con los ojos cerrados, como se mira al sol. Levanta la cabeza, disfruta, siente cómo te acaricia la cara, se puede sentir como si alguien te tocara, es cierto. Se desliza por tus pómulos, calienta tus labios, humedécelos un poco, siente el calor por tu cuello, siente la luz, siente el poder. Entreabre un poco los ojos y permite que se cuelen entre las pestañas miles de estrellas… es la vida, amor mío, el infinito, el universo… lo eterno.

Solo trece minutos y todo acaba.

Francisco J. Berenguer

Días de paso

Tan solo eran días de paso para ella, de esos en los que no importa lo que suceda, de los que te impacientas porque no acaban pronto, sin hacer prácticamente nada, sin apenas respirar más de lo necesario. Días que tachas con el boli verde, el que no se suele usar para otra cosa, en el calendario imantado del frigorífico a las once de la mañana, como si así fueran a pasar más rápido. A veces las noches tardan tanto en llegar. Son días en los que ni el Google ni Facebook te dirá: Mira lo que hiciste tal día como hoy hace… cuatro años.

¿Cuántos días así se pueden acumular y no volverse loca? Porque ella no llevaba ni uno ni dos, ni cuatro ni seis… ya contaba semanas, y éstas transmutaron en meses, sin apenas sentir. Tachando días en el calendario de la cocina. Compitiendo en ver que acabaría antes, si la tinta del boli verde o su cordura.

Y ambos acabaron el mismo día de noviembre, como una estudiada casualidad, y todavía no sé que fue antes, aunque creo que lo primero fue la tinta la que se quedó muda. No trazó la línea, tan solo un surco una marca cruzando el Ocho, el que tocaba. Y la veo a ella insistiendo, ejerciendo más presión, repasando una y otra vez, cada vez más fuerte, más rápido, más obsesivo. Y el papel desmenuzándose y formando pequeñas virutas a los lados de la zanja que, como una tumba abierta, sonrisa sin dentadura, la atraía hacia ella. No podía creérselo. Estaba convencida de que, si no tachaba de verde ese día, nunca pasaría… y tenía que pasar, como todos, días de nada.

Y el Ocho la miraba, como un infinito puesto en pie, desafiante aún con la herida abierta de papel cruzando su intersección, como la banda de un rey o de una fallera, o de una miss con curvas. Y ella sucumbió, se derrumbó, se dejó caer a los pies del frigorífico gris metalizado, combo, con congelador no Frost y con calificación triple A y se puso a llorar hasta que vio justo debajo, refugiada entre las sombras del armatoste, una cucaracha muerta patas arriba. Y se preguntó si las cucarachas se ponen boca arriba para morir o si mueren y por alguna extraña razón que se le escapaba, se daban la vuelta solas.

Entonces se armó de valor, dejó de gimotear, logró levantarse y se dirigió al cajón de la mesa de la cocina. Lo abrió y rebuscó entre los tapones de corcho usados, un par de pinzas de madera y unas recetas coleccionables de Arguiñano de no se sabe qué año, hasta que al final encontró otro bolígrafo. Era rojo, pero la vida tenía que continuar, aunque fuese monótona, insípida y sin azúcares añadidos. Se dirigió al frigorífico con el boli desenfundado, echó un poco de vaho en la punta y marcó al jodido Ocho en otra perpendicular, formando una peculiar equis encima de él, mitad cicatriz, mitad sangre.

Y pasada esa crisis siguió tachando días en rojo y se dio cuenta que eran igual que los de verde. Que no importa el color que le demos a los días, éstos pasan sin que tú le importes, que el tiempo es cruel a veces. Y que si te quedas mirando el calendario esperando que suceda algo solo conseguirás pintar días anodinos de colores básicos. Que no hay que confiar que el destino te traiga nada, que hay que actuar y hacer que pase. Y que pase lo que tenga que pasar. Porque si no, lo único que cambia es la nevera, que antes era de esas que había que descongelarla y romper el hielo que se formaba en las paredes con un cuchillo o un punzón… ¡Qué tiempos!

Francisco J. Berenguer

Sombras

Cuando encendí, por fin, la luz de la habitación… (el interruptor lo recordaba más abajo y allí estuve un rato tanteando con la mano hasta que decidí subir y ahí estaba, donde siempre había estado. Él no ha cambiado, yo si. Las casas antiguas tienen su propia personalidad, la distribución de los enchufes e interruptores es menos lógica que ahora, como más aleatoria, pero también es debido a que, poco a poco, se han tenido que ir adaptando a la modernidad y un electricista de esos mañosos, de los de antes, que lo mismo te ponían un enchufe que te desatascaba una cañería o te arreglaba la persiana, te sacaba los cables de una caja oculta detrás del papel pintado de la pared y te ponía la clavija donde tú le decías. Y eso me ha traído a la memoria al señor Luis, creo que así se llamaba, Luis el arreglador, sin especialidad definida y sin apellidos conocidos. El señor Luis era una de esas personas mañosas que se supieron buscar la vida allá por la década de los sesenta, setenta y ochenta, de esos que venían a casa cuando los llamabas para solucionar cualquier problema o avería doméstica con una gran caja de herramientas metálica y una hermosa bolsa de cuero viejo colgada del hombro. Era un hombre mayor, yo siempre lo vi viejo desde la perspectiva de mi escasa edad, aunque seguro que no lo era tanto. Mi madre me decía que me quedase con él para ayudarle y así, si me fijaba bien, podía aprender a arreglar las cosas de casa y nos ahorraríamos unas pesetas. El señor Luis accedía a que estuviera cerca de él, a mi madre le sonreía diciéndole que no le importaba ni le molestaba mi compañía, pero yo sabía que le incomodaba, eso un niño lo nota y, de vez en cuando, cumpliendo un desganado compromiso, me pedía que le acercase tal o cual herramienta y yo, más o menos al tercer o cuarto intento, acertaba con la adecuada)

Pues como decía: cuando por fin di con el interruptor de la habitación y se encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo, noté como las sombras se desplazaron, perezosas y se escondieron debajo de los muebles. La verdad es que tardaron más de lo normal en desaparecer, quizá porque la luz era poco potente, amarillenta y con ese filamento interior que parpadeaba, quizá porque después de tantos años ocupándolo todo se sentían las dueñas de aquel espacio y perdieron el respeto a la luz y a las personas, no sé pero tenía la sensación de que me observaban, recelosas, desde debajo de la cama de mi abuelo, bajo la mesilla de noche, bajo el armario de madera con patas artísticamente arqueadas y esa cómoda con el espejo que ya no reflejaba, lleno de tumores que surgieron un día y se extendieron como gotas de herrumbre por su superficie.

Miré a mis pies y vi mi propia sombra, pero más bien ella me estaba observando a mí y me vi a mí mismo desde su posición, y éramos el mismo ser. Yo me senté sobre la cama y ella se refugió debajo. Algo crujió y no sé si se quejó la madera o eran exclamaciones de júbilo por el reencuentro. Me tumbé y contemplé como la bombilla sollozaba y expiró su luz con un zumbido. Y entonces me convertí en sombra, del todo. ¿Qué más se puede pedir? Bueno sí… no enciendas la luz.

Francisco J. Berenguer

La simpleza del universo

Eduardo piensa que siempre que desea algo con ilusión el universo entero confabula en su contra, y se alían contra él todas las fuerzas de la naturaleza para que no pueda conseguir su objetivo. Quién soy yo para decirte que nada de eso sucede, que no te creas más importante que esa pequeña escama de piel casposa que te retiras del hombro con descuidada indiferencia, que las cosas no suceden por y para algo determinado, que simplemente suceden y, a veces, te pillan a ti por medio. Que es tan absurdo como pensar que esa ola que te tumbó en la arena en el verano del 86 estaba concebida por y para ti, que el ímpetu del mar conspiró con el viento de levante y dos mil metros mar adentro comenzó a formarse aquella ola para que llegase a la orilla justo en el momento que te descuidaste al ver pasar por tu lado la chica más bonita que paseaba descalza por la playa de San Juan.

Eva siente que lo quiso desde el primer instante que cruzaron sus miradas, que se enamoró sin querer y sin poder evitarlo, y que el destino entrelazó sus agendas, el horario de autobuses, la gastroenteritis que la había retenido más de media hora sentada en la taza sudando, y más preocupada de que se escuchara desde fuera los sonidos obscenos que escapaban de su cuerpo que de su propio dolor de vientre, la decisión de coger las vacaciones en Julio en lugar de Agosto, encajó también el capricho de su compañera de piso de salir por la tarde a pasear por la playa en lugar de la mañana porque, según ella, la mañana es de abuelos, pringados y niñatos, y por la tarde es cuando salen los chicos buenos, que son los malos, los que se pasan la mañana durmiendo la resaca de la noche anterior y salen cuando baja el sol. Y quién soy yo para hablarte de la banalidad de estas situaciones, que cada día en el mundo se producen millones de interacciones como la que tú tuviste en el verano del 86 y unas proliferan y otras fracasan. Que lo que llamas amor a primera vista no es más que tu cuerpo al reaccionar ante los estímulos que te llegan de otro cuerpo, tu cerebro analiza en segundos cómo huele, su constitución, el color de su piel, considera las feromonas que sutilmente le llegan y que tú no tienes ni idea de lo que son y que te produce una atracción y una respuesta sexual y tú te sientes enamorada, bueno ese es el desenlace romántico que le quieres dar, aunque tan solo sea cuestión de química y hormonas. Concluyendo, él venía paseando hacia ti y tú te “enamoraste” perdidamente y fuiste ajena a la ridícula caída de otro chico que se volvió a tu paso embelesado por tus feromonas, seguramente, y una ola se lo llevó por delante.

Eva y Eduardo no llegaron a conocerse en el verano del 86, pasó mucho tiempo desde ese día en la playa. Se conocieron en febrero del 2020 a través de una aplicación de esas de parejas, chatearon y hablaron por teléfono durante semanas, y cuando por fin decidieron verse físicamente les sorprendió la pandemia y el estado de alarma. Para Eduardo era otra vez el puto universo contra él y su vida, el virus lo habían creado para joderle otra vez, como cuando, después de estar ahorrando durante dos años, decidió ir de viaje un once de septiembre a Nueva York y todo se le derrumbó como aquellas torres. Para Eva era el destino el que seguía decidiendo por ella, si había pasado esto era porque no debían verse, y era ella muy fiel a las señales, ya había decidido no citarse con él ni cuando se permitiese salir a la calle. Y quién soy yo para decirles nada, que ya me tienen harto con tanta tontería, al final cada uno cree lo que quiere creer. Tanto uno como otro se refugian de sus responsabilidades culpando al destino de lo que acontece en sus vidas, así vive mucha gente, quizá sea lo más cómodo. Quizá sean más felices pensando que hay fuerzas ocultas que dirigen nuestras vidas, la fe, la magia, el amor. El amor… química y hormonas, ya os lo digo…

Francisco J. Berenguer

Treinta Minutos

Siempre se había preguntado qué era lo que pensaban y sentían los prisioneros que eran obligados a cavar su propia tumba antes de ejecutarlos. Y ese día, una fría y húmeda mañana de febrero de mil novecientos cuarenta, se atrevió a preguntárselo a aquel pobre hombre, embarrado hasta los ojos, que se afanaba absorto en su tarea hundiendo la pala una y otra vez haciendo hueco en la oscura tierra.

El prisionero detuvo su tarea sorprendido por lo inesperado de la pregunta, clavó la pala en la tierra, se apoyó en ella y se quedó unos segundos mirándolo, sin decir nada, intentando recuperar el aliento que escapaba de su cuerpo en forma de bocanadas de vaho blanco que no tardaba en entremezclarse y confundirse con la densa niebla del bosque.

Pelayo tensó los brazos alrededor de su mosquetón, un Mauser modelo 1916, con la bayoneta calada para evitar sorpresas cuerpo a cuerpo, y apuntó a su cabeza, porque no sabía si ese hombre iba a contestarle o a saltar sobre él desde el agujero con la fuerza y fiereza que produce la rabia y el odio contenido.

Puso su dedo índice sobre el gatillo y presionó levemente hasta notar que el recorrido se detenía a los pocos milímetros, ahí estaba el límite, una leve presión más y una bala saldría para destrozar el rostro sucio de aquel hombre. Había adquirido esa destreza y sensibilidad gracias a los consejos de su sargento de compañía. Éste, el primer día, le aconsejó que cortara la parte superior de los dedos de sus guantes, desde el pulgar hasta el corazón: “Así percibirás el mundo a través de ellos -decía-, notarás como te habla tu arma, sentirás el calor de tu orina cuando te sujetes la polla para ir a mear, apreciarás como se endurecen los pezones al pellizcarlos cuando te estés follando a cualquiera de las putas rojas que tenemos en la jaula y el placer de meter un dedo en el orificio que ha dejado una bala en el cuerpo de un enemigo cuando todavía fluye la sangre caliente por él…”

El hombre le respondió con una pregunta.

– ¿Cuánto se tarda en cavar una fosa?

Pelayo se quedó pensativo unos instantes, era la primera vez que escuchaba la voz de aquel hombre y le pareció extremadamente serena y tranquila para encontrarse en aquella situación. En la mayoría de las ocasiones los condenados proferían gritos, insultos, súplicas, o tan solo silencio, la resignación.

-Una media hora, supongo -acabó por contestar sin dejar de apuntarle a la cabeza.

– Pues, entonces, disfruto de 30 minutos más de vida.

Pelayo nunca entendió aquella respuesta hasta el día de hoy, ochenta años después, con noventa y nueve años. Su mente todavía se encontraba lúcida pero su cuerpo agonizaba en una cama de hospital. Sabía que su tiempo se acababa, pero habría dado lo que fuera por vivir treinta minutos más y sentir, aunque solo fuera, el calor del sol y una suave brisa en su rostro.

Cerró los ojos y se arrepintió una vez más de haber disparado aquella mañana de febrero. Se arrepintió de no haber valorado la vida con la intensidad de aquel hombre al que asesinó y del que ni siquiera se había preocupado en averiguar su nombre…

Francisco J. Berenguer

Los Jota

A veces te gustaría ser más simple y no pensar tanto las cosas.

Y te gustaría no tener que pensar en ser más simple para no pensar.

Pensar lo justo ¿para qué tantas vueltas a todo?

¿Para qué sentir tanto, a veces? Y otras, sin embargo, importarte una puta mierda todo y todos. Como vivir en un mundo en el que todo te sobra, incluso tú mismo.

Te gustaría ser como un insecto en el campo, de esos que cruzan al otro lado de la carretera, porque allí hay otras flores que le llaman más la atención, y un coche lo atropella en un segundo. Y en un segundo se acaba todo. Un “Plop” sordo en el cristal, que apenas se escucha. Una pequeña mancha verde en el parabrisas, que ni sangre lleva el pobre. Así de simple es la existencia, o debería… pero todo se complica, se entrelaza, se mezclan los conceptos subjuntivos y las frases subordinadas cabalgan sobre logaritmos indescifrables de realidades paralelas, lo que es, lo que sabes y lo que te imaginas.

Porque esa mañana, Julián conducía un poco más rápido de lo debido por esa carretera secundaria que cruzaba extensos campos de cultivo de distintas hortalizas que, para él, era imposible descubrir si eran alcachofas, zanahorias, berzas o brócoli. Julián era un urbanita y la naturaleza era eso que tenía de fondo de pantalla en el Mac de su oficina. Julia, su esposa, se estaba pintando las uñas con los pies puestos en el salpicadero, que sí, que lo podía haber hecho en casa, pero como él es un prisitas y quería salir pronto pues aprovechaba ahora. No hace falta que corras tanto, si las llaves nos las dan a las doce, vamos a tener que estar esperando en la puerta del chalé hasta que venga el dueño, tu hermana seguro que llega más tarde. Tampoco voy tan rápido y la carretera es recta ¿no ves? Y, además, ya sé que mi hermana siempre llega tarde, pero por si acaso, quiero elegir yo nuestra habitación, que el año pasado, en la otra casa que alquilamos ellos ocuparon la mejor, sin preguntar. ¡Plop! ¡Hala, otro bicho! Qué asco. Vas a tener que parar en la próxima gasolinera, me estoy meando. Claro, vas ahí encogida pintando tus dichosas uñitas, ¿sabes que está prohibido poner los pies ahí? También lo está correr tanto.

En la gasolinera, Julia corrió hacia el aseo y Julián se propuso quitar el resto verde de ese insecto que justo estaba en ese lugar del parabrisas en el que se cruzan los limpias y no llegan a tocarlo y era un coñazo, porque vas conduciendo y sin querer la mirada siempre va a ese punto. Cogió un pañito y se estiró sobre el capó para llegar a la zona en cuestión cuando, de repente, sintió un punzante y horrible dolor en las lumbares y se quedó sin poder moverse. Mientras, Julia sentada en el taza, que por cierto estaba muy limpia para pertenecer a una pequeña gasolinera de pueblo, y es que ella no sabía que Jacinta, la que limpiaba, que era la mujer del dueño de la mayor parte de las tierras que habían cruzado con el coche, siempre decía que a limpia no le ganaba nadie y que ella dejaba los aseos como el de su casa, pensando en cómo le gustaría encontrárselo a ella si entrara allí de primeras. Pues Julia con el móvil mandando un mensajito a su amigo/amante Jaime, con el que estaba obsesionada desde la universidad, diciendo que éste era el último fin de semana que pasaba con Julián y que estaba deseando que la follara como él solo sabía hacerlo. Luego borró lo de follar antes de mandarlo y lo dejó en que estaba deseando volver a verlo porque estando con él era como estar en su hogar, eso lo leyó por el Facebook y le gustó. Jaime no le contestó, aunque lo había leído enseguida, pero estaba en ese punto que tienen algunos tíos en el que les surge el miedo al compromiso, ese que sienten que estando con una mujer casada es la situación ideal. Ser el amante suele ser cojonudo, y más si lo eres de varias mujeres a la vez, sin que entre ellas se enteren ni se conozcan, que no hay que mezclarlo todo. La sinceridad te puede hacer infeliz.

Julia salió del baño mosqueada porque sabía que Jaime había leído el mensaje y no le había contestado, y se encontró a su marido retorciéndose sobre el coche. Lo ayudó a meterse dentro, en el asiento del acompañante, claro, porque así no podría conducir. Mira que eres quejica, tampoco será para tanto. Tú que sabrás, creo que me he roto algo, hasta he oído el sonido de algo que se rompía, por cierto, estaba sonando mi móvil mientras estaba agonizando sobre el capó, haz el favor y mira quien es. Julia lo cogió del bolsillo de su chaqueta y se lo puso a Julián delante de su cara para desbloquearlo. Hijo, pon una cara normal, que ni tu aparato te conoce, no hagas pucheros, venga. No me jodas, no sabes lo que duele esto. Ha sido tu hermana, ha dejado un mensaje, espera. Que dice que Juan se ha levantado con fiebre y vomitando, que se van a urgencias, que lo sienten y que no van a poder venir, que no pasa nada que disfrutemos del chalé solitos como una pareja de enamorados ¡qué cabrona!

Entonces, en el móvil de Julián salta una notificación, que Julia pulsa… sin querer… era un mensaje de Judith, la becaría de la empresa de su marido, la mosquita muerta, la llamaban. Y el mensaje venía acompañado de una foto de ella desnuda, mostrando sus pechos de dieciocho años y con un tanga minúsculo sobre su cuerpo de piel tersa y bronceada. Si tu mujer sigue sin excitarte, aquí estoy yo echándote de menos, J. ¿Jota? ¿Lo llama Jota, o es su firma, jota de jodida Judith? Mira que se lo olía. ¿Y ahora qué? ¿Le decía que lo había descubierto? ¿Le contaba lo suyo con Jaime, para sentirse menos humillada y humillarlo a él? ¡Vaya mierda todo! Y ahora nos vamos a urgencias a pasar el fin de semana con tu hermana, allí los cuatro.

Eso fue lo único que le dijo. Se montó en el coche, arrimó el asiento hacia delante, puso el espejo a su altura, arrancó y se dirigió de vuelta por donde habían venido. La misma carretera insulsa con hortalizas a los lados, sin apenas circulación y con una presión en la garganta, donde se atropellaban las palabras y los deseos de decir tantas cosas… Un Plop sordo en el cristal, otro insecto de mierda que ni sangre tiene. Y por un momento deseó ser aquella mancha verde en el parabrisas, que la existencia fuese así de sencilla, que todo acabara en un segundo, sin apenas sentir. Y al otro lado Julián, retorciéndose de dolor, pensando exactamente lo mismo.

Pero qué complicado puede llegar a ser todo cuando, en realidad, todo es tan sencillo como lo queramos ver.

Francisco J. Berenguer

Entre tu realidad y mi mentira

Es esa sensación, como que siempre llegas tarde
Que no debiste pensar siquiera en llegar
Que no es tu tiempo ni lugar
Esa sensación de que nadie te echa de menos si no estás
y que, si te vas
a nadie importa tu partida y mucho menos tu destino
De norma finges que no te afecta
sonrisa pintada, cara de porcelana
y suspiras por un -no te vayas- o por un -te acompaño-
aunque prefieres un -me quedo contigo-
Hoy te pusiste tu mejor vestido
el que flota en el aire… el que flota en el río.
Pensaste que podía ser diferente
que lo que sientes se transmite
que lo positivo atrae lo positivo
Incongruencia electromagnética
Nadie leyó tu rostro, y menos ella
su mirada no se detuvo en tus curvas ni en tus labios de seda
besos ensayados frente al espejo emborronado
carmín y saliva
¿cómo se besa a una mujer?
No existe nada mejor que te ignoren
para saber lo que no sienten por ti
Cruzabas el puente sola, camino de casa
no debiste pararte a mirar hacia abajo en ese punto
no debiste hacerlo
No eran reales las voces que escuchaste en la noche
solo era el rumor del agua fría y oscura
No era una llamada, no por favor, no es este tu tiempo ni lugar
hazme caso, bájate de ahí y vuelve a casa, las piedras resbalan

A pesar de la tragedia fue hermosa tu caída
Tu vestido flotaba con elegancia en el aire
y ahora en el río
¿Sabes? Te hubiese dado la mano, te hubiese abrazado
te hubiese hecho saber que a mí me importas
que comparto tu soledad y tu desdicha es la mía
Pero tan solo soy el que escribe estas palabras
y todavía no sé traspasar la frontera
la línea que separa tu realidad de mi mentira.
Y esa sensación que me invade
como que siempre llego tarde…

Francisco J. Berenguer

Tiempos Líquidos

Regresé donde habitaba y todo me resultó inquietantemente familiar. Era igual, pero distinto al mismo tiempo, como cuando miras a través de un espejo, como cuando vuelves a ver la misma película después de unos años, o lees el mismo libro. Lo reconoces, pero algo ha cambiado, aunque no sabes si el cambio se ha producido en ti y solo en ti; en tu forma de ver las cosas, en tu forma de sentir, de interpretar, porque la realidad es inmutable, pero los recuerdos son moldeables, engañosos, no son de fiar porque se adaptan a tu realidad particular, porque tienen huecos, como los sueños, zonas muertas u oscuras que rellenamos con nuestra imaginación y nuestras palabras para intentar darle sentido. El pasado no existe, ni el futuro, ni los sueños. Todo está hecho de la misma sustancia, todo está en tu cabeza, en la mía. Y el presente, la realidad y el tiempo lo relativizamos nosotros, lo conformamos a nuestra imagen y semejanza. Lo dibujamos con nuestros lápices, lo pintamos con nuestros colores, con nuestros pinceles y lo plasmamos en el lienzo blanco de nuestra memoria.

Regresé donde habitaba y el polvo ya no bailaba entre los haces de luz que se colaban por la ventana, se había cansado de esperar flotando con errática indulgencia a que alguien lo mirase o intentase jugar con él y con el sol entre los dedos de una mano en una tarde de un otoño ocioso y despreocupado. Y se tumbó a descansar sobre los muebles, en el suelo, en los marcos de las fotos que se tornaban irreconocibles, porque sobre el cristal era como niebla espesa, pero en la mesa era como una densa capa de minúsculos cadáveres amontonados. Hasta el polvo había muerto en aquella casa, si alguna vez llegó a estar vivo, ahora no volaba, solo atrapaba mis huellas y se adhería a la yema de mis dedos. Tuve la intención de permitir que entrase la luz del día, pero me encontré con la cinta de la persiana rota, pendiente y oscilante como la soga de un ahorcado sin cuerpo que pataleara, moviendo desesperado las piernas, corriendo en el aire para buscar oxigeno sin saber que con cada movimiento se alejaba más de su propósito y aceleraba su final. Nunca había visto a un ahorcado más que en películas, no sé por qué recreé esa macabra imagen.

En la cocina el frigorífico desconectado, pero con la puerta abierta, me descubría otra muestra de decadencia fortuita. Alguien olvidó, quizá fui yo, un plato con un trozo de pollo en su interior. Una carne que ya no apestaba, que habría sido devorada por gusanos y éstos, a su vez, por otros insectos o bacterias y éstas por otras, o se habían convertido en parte de esos huesos resecos o del plato, o formaban parte del aire que yo respiraba ahora. Huesos indolentes y olvidados como un cadáver recuperado de una fosa común, sin familia, ni pasado, tal vez del ahorcado de mi persiana, sin lágrimas y con el respeto justo de quien realiza el trabajo. Yo no toqué nada, ni de la cocina ni del resto de la casa, como quien entra en un museo, o en un mausoleo, solo contemplas y te tragas las emociones, los sentimientos…

Regresé donde habitaba y sentí esa clase de miedo que va creciendo poco a poco en tu interior hasta que te llena por completo, lentamente, y solo respiras miedo, solo tragas miedo… era el miedo a no encontrarte y no saber si es que había regresado demasiado pronto… o quizá ya era demasiado tarde.

Francisco J. Berenguer

Gris oscuro

Conocer y reconocer
el tiempo y la memoria,
transitando siempre por carreteras secundarias,
caminos de tierra, polvo y barro sucio.
Ese que se adhiere a tu pasado… cuando pasas
por allí.
Costras que ni secas se desprenden de tu historia,
que ya se cuartean y conforman tu piel.
Lodos de vida ya vivida, irrecuperable
¿Qué pensabas?
Fango de amores que se asfixian,
por exceso de sinrazones o el olvido,
o simplemente la lluvia,
que borra la huella de los besos y las promesas.
Caudal lento y espeso portador de la tinta indeleble
de tatuajes que creías eternos
y ya no te miran… ni te respiran.
Conocerse y reconocerse ante el espejo,
tiempo, memoria, arrugas, canas y cicatrices,
y esa luz que todavía percibes
en el fondo de esos ojos que te observan.
Es el brillo de la ilusión del niño que te sobrevive,
ignorante, necesaria inocencia que se deja engañar.
Que todo va a ir bien, que todo se solucionará,
pese al polvo que te asfixia,
pese al barro denso que te devora
a tragos largos y pausados,
…pese a ti.

Francisco J. Berenguer

Entre líneas

Soy una historia sin acabar, acaso sin principio.
Soy aquella página que leíste al abrir aquel libro,
casi por la mitad, por casualidad,
por el lugar en el que tus dedos se detuvieron
y me comenzaste a leer.
Imaginaste mi sonrisa, el timbre de mi voz,
recreaste mi cuerpo en tu mente y hasta el aroma de mi piel.
Y soñabas conmigo sin conocerme más que en palabras,
escritos de alguien que un día pensó que debía existir.
Pero tú no sabes, ni siquiera sospechas,
que yo también abrí un libro por una página al azar,
y apareciste tú, y te comencé a leer
en el momento en el que tú abriste aquel libro
y me encontraste a mí.
Y quien nos lee ahora tampoco lo sabe,
no sabe que es parte de otra historia.
Historia sin acabar, acaso sin principio.
Porque la vida y las historias quizá solo dependa
de la página del libro que alguien abra por azar,
y nos comience a leer.

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

El eco de tu voz

Echo de menos tu voz, mamá. La canción que siempre me cantabas cuando estaba triste o enfermo. Aquella que siempre acababas haciéndome cosquillas, haciéndome reír, haciéndome sentir parte de ti, parte de este mundo. Pero eso fue antes de que enfermaras y de que olvidases mi nombre…

Te prometí ser fuerte, pero estoy cansado, muy cansado de aguantar insultos, golpes, de cuadernos rayados, de escupitajos en el bocadillo. Cansado de aparentar que todo va bien, de ser ridiculizado e ignorado. No puedo más.

Ha llegado el momento de terminar, de reunirme contigo donde quiera que esté el cielo ese del que hablamos ¿recuerdas? Cuando tú ya sabías que te ibas a ir pronto y yo tenía la ingenua esperanza de que sanases.

Una, dos, tres, cuatro… ¿Cuántas pastillas hacen falta para acabar con una vida? Tengo muchas. Las he ido reuniendo poco a poco sin que nadie lo advirtiera. “Un ratoncito sigiloso” solías llamarme cuando me colaba en la cocina para robarte una galleta o un hojaldre mientras tú fingías no darte cuenta. Son pastillas de papá, las que necesita para dormir desde que no estás; algunas son de la abuela, de esas que ella dice que son del corazón y otras que encontré en la calle cuando un indigente estaba sacando bolsas de un contenedor de basura y cayeron a mis pies varias cajas de medicamentos caducados, aunque no creo que eso importe para el uso que pretendo darle.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve…

Estoy encerrado en un baño de este nuevo instituto esperando que se acabe la hora del recreo, todos entren en clase y quedarme completamente solo. Papá me cambió a este instituto cuando se enteró que en el otro me pegaban. Yo no se lo dije, fue la vecina, la madre de Carlos, él se lo contó y ella vino una noche a casa, mientras cenábamos pechugas empanadas (qué buenas las hacías tú, mamá) y habló con papá.

Luego todo ocurrió muy rápido. Al día siguiente papá fue a hablar con el director y salió muy enfadado. Me sacó de clase y me llevó con él en el coche a casa. Conducía de manera brusca y muy rápido. Cuando paramos en un semáforo se quedó mirándome y me dijo que era un cobarde, que por qué cojones no sabía defenderme.

Diez, once, doce, trece…

Las pongo arriba de la cisterna sobre un trozo de papel higiénico, ya sé, mamá, que en los baños públicos hay muchos microbios. Y tengo mi botellita llena de agua, la que siempre querías que llevase encima para no deshidratarme. Tendré que tomarlas en varias veces, no me caben todas en la boca.

Una semana después ya me admitieron aquí y… aunque en un principio todo iba bien, pronto volvieron a aparecer los golpes, los insultos… eran distintas personas, pero la misma maldad, el mismo odio.

Creo que el problema soy yo, mamá. Que, aunque mil veces me cambie de clase, mil veces se volvería a repetir lo mismo. No sé por qué provoco su ira. Tú me decías que era perfecto, pero te equivocabas. Debe haber algo malo en mí que atrae el mal. No culpes a papá. Es muy bruto, ya lo conocemos. Se ha criado en la calle y no concibe que yo no sea como él; que prefiera leer y la música en lugar del fútbol, correr y pelear por la calle. Dice que tú me has hecho blando, pero lo oigo llorar algunas noches, cuando cree que duermo, pronunciando tu nombre. También está sufriendo mucho, por eso no le cuento nada de lo que me está volviendo a suceder. Cuando termine con esto tendrá una preocupación menos.

Catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y dieciocho.

La sirena ha sonado y todos están en clase.

Es la hora.

Cojo un puñado y me las meto en la boca. He leído por internet que el efecto es más rápido si se mastican. Lo intento, pero me duele la mandíbula. Minutos antes tenía una bota apretándome la cara contra el suelo, creo que todavía tengo la huella marcada.

Dos tragos largos de agua y me las trago. Otro puñado, dos tragos.

Me llevaron a la parte de atrás donde la estructura del edificio hace un hueco rectangular entre dos pilares. Oculto a miradas, aunque no del todo. Hubo alguien que me vio… siempre hay alguien que mira… siempre hay quien aparta la mirada y calla. No les culpo, seguramente yo haría lo mismo en su caso; es preferible que sea otro quién se lleve los palos y hacer como que no ves, pasar inadvertido para que no cambie el foco de sus miradas. Es el código secreto de la supervivencia en el patio.

Son las últimas y con ellas apuro el resto de la botella.

Siento un calor extraño, como algo que arde en mi interior. Noto las pulsaciones del corazón en las sienes, en toda la cabeza y mis párpados se vuelven muy pesados, imposible mantenerlos levantados… ¿es esto la muerte, mamá?

Puedo oír cómo se abre la puerta de los aseos y alguien entra. Intento no hacer ruido, es fácil, apenas me quedan fuerzas para respirar. Entonces es cuando escucho tu canción, nuestra canción ¿has venido por mí…? Saco fuerzas de donde no me quedan, aparto con el pie la mochila que bloquea la puerta y salgo a verte… pero no eres tú, mamá, la que canta… a duras penas puedo acercarme a una señora vestida de blanco que, sorprendida, deja caer una fregona al suelo para acogerme en sus brazos, donde todo se hace oscuro y el tiempo se detiene…

No creo en ángeles, mamá, no en esos con alas y ropas vaporosas, pero estoy seguro que tú me enviaste uno, vestido de limpiadora, para salvarme.

Gracias a ella pudieron cogerme a tiempo y evitar que las pastillas me matasen. Sé que fue obra tuya, que tu deseo es que siga viviendo y verme crecer desde donde quiera que te encuentres. Porque la vida en sí es más importante que los problemas que la rodean y nadie tiene derecho a acabar con ninguna… ni siquiera la propia.

He recibido mucho amor en el hospital, luego en el instituto, en clase… hay mucha gente buena, mucha más que mala. Me he dado cuenta del error cuando me culpaba de lo que sucedía, de asumir el miedo como algo natural y guardármelo para mí. He aprendido muchas cosas, mamá, y ahora quiero transmitir lo que sé. Ayudar a los demás para que no pasen por lo mismo que yo.

 Sí, ya sé que siempre existirá alguien que se crea con el poder de abusar de los más débiles, no soy tan inocente. Pero lo que sí puedo conseguir es que el resto no aparte la mirada… y no callen, que se impliquen.            

Te echo tanto de menos que duele, aquí dentro. Pero sé que estás conmigo, que siempre lo has estado y todavía suena el eco de tu voz en mi cabeza de esos momentos, cuando me acariciabas y entonabas nuestra canción…

Francisco J. Berenguer & Selene Berenguer

Azul Profundo

Te creí aliado, amigo incondicional, latente entre mareas.
Azul profundo.
Que haces desaparecer las huellas de mi arena, las que duelen,
pero también traes restos de pasado a mi orilla,
naufragios causados por mi torpeza en la navegación.
Mi brújula marcaba siempre el norte equivocado,
o era yo que me empeñaba en descubrir todos los cardinales,
al mismo tiempo, viviendo deprisa,
como si mi vida a los veinte fuera a acabar…
Aunque en realidad sí que acaba,
nunca nada vuelve a saber igual, a oler igual, a sentirse igual.
Azul profundo, y en tu profundidad hubo un día que olvidé respirar.
¿Recuerdas?
Fue la primera vez que me sentí parte de ti, del mar, de la naturaleza,
de la vida, de lo intangible, de lo que existe y lo que no,
aunque sí, pero no lo vemos.
Pasaron segundos o minutos, u horas, no sé.
Allí sumergido a unos cinco metros, en perfecta sincronización.
A veces creo que todavía sigo ahí, contigo.
Que nunca volví a subir a la superficie
Que la vida que he creído vivir no me pertenece.
Que solo son ecos de otras vidas.
De los deseos, los amores, las tragedias y los sueños de quienes se sumergen en nuestras aguas.
Que compartimos su existencia, que todo está conectado.
Que todo fluye y concluye en la serenidad eterna de nuestro azul…

En el verano de 1984, rozando los veinte años, en un día de buceo, sumergido a unos seis o siete metros, me quedé concentrado sintiendo la inmensidad de la existencia en mi propia piel y olvidé que tenía que respirar, como si fuese parte de aquella maravilla, en perfecta comunión con lo que me rodeaba. Cuando volví a tener conciencia de mi cuerpo y la alarma en mi cerebro me hizo reaccionar por la falta de oxígeno, me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. La primera y apresurada bocanada de aire que se introdujo en mis pulmones fue como el primer aliento de un recién nacido. Me sentí cercano a la muerte y a la vez con la sensación de haber vivido varias vidas. He intentado, a lo largo del tiempo, volver a buscar y repetir esa experiencia, pero nunca he llegado a conseguirlo. Quizá sea lo mejor, temo que si vuelvo a sentir la vida con aquella intensidad obvie mis alarmas y me deje llevar por la paz del azul profundo”

Francisco J. Berenguer

En tiempo Oscuro

La tierra tiene memoria y te reclama, paciente.
Carne de polvo y barro, agua, vino y sangre,
sin liturgia ni oraciones, sin cáliz ni ostias.
Nada tienes, nada te pertenece,
nada fuiste antes, nada volverás a ser.
Versículos deconstruidos, engaños apostolados.
Óvulos contaminados de pecados originales,
inocencia perdida entre sotanas y confesiones.
Aprendiste a vivir entre crucifijos y medallas,
santos estampados, rosarios y avemarías,
sensación de culpa hasta en la sopa, cuaresma.
Y tú, atrapada entre hábitos impuestos, convenientes.
Monja de claustro y silencios, maitines y ayuno,
añorando al hijo que te arrancaron, vergüenza.
Amor engañoso, embarazo impropio, lujuria y escarnio.
Ellos se ocuparon del problema,
tú aceptaste sin condiciones, ten fe, niña ingenua.
Y ahora, que la tierra te reclama, lloras por tu pena,
y no por tu vida.
Que la muerte se lleve tu sufrimiento, tan intenso,
y rezas para que ellos estén equivocados,
que no existan otras vidas,
convertirte en nada,
por los siglos de los siglos…

Francisco J. Berenguer

A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer

De mar y espuma

Ella lo creó a partir de un sueño

su sueño, su deseo

con un poco de arena gruesa del acantilado

…una pizca de sal, una pincelada de espuma…

La curiosidad calmó el embate de las olas

y la mar, expectante, se tornó espesa

latente y silenciosa

Ella continuó, ajena a las mareas, moldeando sus músculos

tomó prestado un haz de sol y bronceó su piel

de las algas oscuras pigmentó su pelo, negro y ondulado

los ojos azules como un trocito de cielo

Lo hizo hermoso y estudiadamente imperfecto

luego besó su frente y estimuló su conciencia

besó sus labios y le provocó el deseo

Y antes de que despertara del todo

le susurró algo al oído y se deshizo en mil gotas saladas

mil lágrimas que el mar reclamó como suyas

Él amaneció en la playa, solitario y confundido

pero tenía dentro una voz, un rostro difuso, un aroma

Entonces fue cuando ella se convirtió en el sueño de él

su sueño, su deseo

Y la buscó por todos los mares y las tierras conocidas

e incluso en lugares que ningún mapa se atreve a conjugar

verbos y linajes ocultos por el bien de los mortales

Incesante, incansable, ignorando lo que la vida le ofrecía

cegado por una quimera

Pobre ser iluso, soñador, idealista y embaucado

empleó todo su tiempo en una búsqueda imposible

No supo nunca que el amor tan solo es un canto de sirena

melodía extinta, delirio de trovadores y poetas

¿Quién, en su sano juicio, es capaz de creer en ello?

No hace mucho, un atardecer con el mar en calma

sin viento ni corrientes, su velero se detuvo

perdido en un océano cualquiera, azul como todos

Ya no le quedaban fuerzas, ni lugares que examinar

se tumbó en cubierta, exhausto, y se dejó morir

Encontraron su barco días después, sin rastro de él

pensaron que se había caído o tirado al mar

tan solo era un hombre trastornado, viejo y solitario

Pero nadie sabe que recibió una visita

justo antes de que la vida le abandonara

y ella volvió a besar su frente y sus labios

pero vio en sus ojos el dolor y la frustración

de quien siente haber desperdiciado toda su existencia

“–No lo entiendes –pronunció ella con la voz más dulce

que un hombre jamás escuchara

No has malgastado tu vida, no temas

has viajado y conocido más lugares y gentes que nadie

y yo he estado siempre a tu lado

he sentido tus miedos, he llorado contigo, he reído

he respirado tu aliento cuando dormías

y tú el mío

eres un buen hombre, pero todavía no te has dado cuenta

El amor no sabe de tiempo ni de carne

ni mucho menos de lugares

dije que yo te encontraría cuando dejases de buscarme

y así ha sido

ahora duerme, descansa… por fin has llegado a tu hogar

Se abrazaron y se deshicieron en miles de partículas

miles de lágrimas que el mar reclamó como suyas

y se fundieron en él

…con una pizca de sal y una pincelada de espuma…

 

Francisco J. Berenguer

 

Mi deseo impropio y tus hoyuelos de Venus

Y sigues con esa manía tuya de etiquetar, de clasificarlo todo, de marcar diferencias entre las longitudes y latitudes de esta cama alquilada por horas. Que si esto no es amor, ni siquiera un querer, que tan solo es sexo, pasión de cuerpos malheridos, refugio solitario, subversivo instigador de orgasmos y confesiones.

Desiste de pensar, de organizar tu sentir y el mío por parcelas y colores, déjate llevar y cierra las piernas, si quieres, pero abre tu mente. O mejor, olvídate que la tienes. Vamos a amarnos tan salvaje y obscenamente como seamos capaces o de la forma más discreta y puritana. Como quieras, como nos apetezca en ese momento. Te puedo atar, desnuda, a los barrotes de la cama con pañuelos de seda, vendarte los ojos y subliminar el placer o apagar la luz y hacerlo suave, con ternura o sin ella, tal te plazca, mirando la pintura del techo o mordiendo de arrepentimiento la almohada. Puedes ofrecerme beber del dulce néctar que mana entre tus muslos o llenar tu boca con mi carne… ¿Quieres arriba, quieres abajo, quieres darte la vuelta…?    

Esta cama es una puñetera tabla de salvación perdida en un negro y solitario océano de hipocresía y pleitesía al bien quedar. Aquí no necesitamos fingir, solo sobrevivir. Tan solo somos náufragos de nuestras propias vidas impostadas, enmarcadas y maquetadas, guion absurdo de Telecinco, de sonrisa fácil y ecos rancios de originalidad desprovista. Aquí no existe el pasado, te deshiciste de él al tiempo de desnudarte y el futuro va a la deriva resbalando por el sudor de nuestra piel, sin rumbo ni destino, sin promesas que aten, que culpen, que destrocen…

Te amo, te quiero, o ambas cosas o ninguna. Elige tú el cajón donde prefieras guardarlo, donde las etiquetas coincidan con el caos ordenado de tu existencia y perdóname si, en ocasiones, me comporto de modo brusco y desprovisto de esa sensibilidad que me atribuyes.

Ya sabes.

Es el diablo que a veces me araña por dentro y despierta ese impropio deseo, inconveniente y a destiempo. El que no me permite apartar la mirada de esos hoyuelos, tan atractivos y excitantes, del final de tu espalda.

Francisco J. Berenguer