Sin matices

Soy una piedra azul.

Soy Robert de Niro en “La misión” arrastrando por la selva un voluminoso atado compuesto de armas, escudos y armaduras, donde pesaba más el dolor, la culpa y el arrepentimiento que todo ese hierro oxidado. Y de ambos no podía desprenderse porque eran lo mismo.

Unas veces soy él, otras el fardo,

otras la lluvia y el barro,

otras tan solo disfruto de la bella música de Morricone.

Soy Liam Neeson llorando al final de “La lista de Schindler” porque no había salvado a más personas de la muerte, y pudo haberlo hecho.

Soy uno de los judíos agradecidos.

Otras veces soy el odio Nazi, de esos que llamamos monstruos para distanciarlos de nosotros, como si fueran de otra especie. Pero no, todos somos seres humanos, todos llevamos la bestia dentro.

Unas veces soy la niña del abrigo rojo.

Otras Helen Hirsch, que con su belleza humanizó al mismo diablo, pero solo a ratos.

Soy la cámara de gas y la muerte.

Otras veces la música de Williams, la tristeza y la esperanza.

Otras, una de las piedras sobre la tumba de Oskar.

Una piedra azul, o gris.

¿Qué más da?

La eternidad no distingue colores.

Francisco J. Berenguer

De paseo

Soy un cobarde, lo confieso, aunque sea evidente.

Hoy tengo que salir a la calle y me da miedo.

Temo a la gente, a lo inesperado, a no saber afrontarlo.

Iré por lugares poco frecuentados, donde no se me conozca, ni reconozca.

Que nadie me salude, ni yo tenga que saludar.

Que nadie me pregunte ¿cómo estás?

Caminaré con la mirada fija en el suelo, aislado en mi propia sombra.

Si me ves ignórame, yo haré lo mismo contigo.

Como si no nos conociéramos, como debe ser, como es.

Todos somos desconocidos envueltos en órganos y piel.

Ella me espera en su consulta con la misma sonrisa fingida de siempre.

Con la misma bata blanca de siempre abierta sobre su propia ropa, como queriendo decir que tiene otra vida aparte de este espacio frecuentado por enfermos mentales.

Otra desconocida en su orgánico envoltorio deseando catalogarme para que encaje en alguno de sus estudiados patrones de diagnóstico.

Saldré de allí peor que entraré, lo sé.

La solución no está allí.

Sé lo que necesito, y también cómo conseguirlo.

No, no es eso que estás pensando.

O quizá sí.

Pero temo afrontarlo.

Porque sé lo que va a pasar.

Todo esto ya lo he vivido, o sentido, o imaginado.

Te podría contar tantas cosas, pero no deseo contagiarte.

El miedo hace metástasis en el conocimiento, en las ideas, en la palabra.

Mejor así.

Créeme.

Francisco J. Berenguer

Esta es una historia normal

¿Recuerdas cuando te ponía excusas para no ir a verte al hospital cuando estabas ingresada? Te voy a decir la verdad antes de que se me olvide o me resulte demasiado ridícula para contarla. No podía acercarme donde había gente que sufría, no sé si sabré explicártelo bien…

Quizá fuese un exceso de empatía o sentimientos hiperdimensionados fuera de lo común, pero yo sentía el sufrimiento de cada una de las personas que se encontraban allí ingresadas y tenía la necesidad de ayudarlos o de apoyarlos o de consolarlos, no sé, hubiese abrazado a cada uno de los desconocidos o les hubiese cogido de la mano y mirado a los ojos y les hubiese ofrecido lo único que tengo, lo único que soy… hasta a los enfermos contagiosos, a esos más quizá, porque son los que están más aislados, los que más necesitan que se les acaricie, que se les muestre amor sin ningún tipo de aprensión…

Qué idiotez ¿verdad? Me hubiesen echado del hospital enseguida o me habrían detenido. Hasta los enfermos o los familiares me hubiesen denunciado y tachado de pervertido o calificado de loco, trastornado… enfermo mental.

Ya te lo decía al ver las noticias y tú me mirabas raro. Me refiero a cuando la presentadora alternaba noticias horribles de muerte y sufrimiento con otras más desenfadadas o incluso divertidas, sin hacer ninguna pausa, sin cambiar apenas la expresión del rostro ni el tono de voz. ¿Pero que está pasando? ¿Es comparable el ahogamiento de 38 personas al volcar una patera en alta mar al anuncio de la película ganadora de los Oscar? Son treinta y ocho vidas, treinta y ocho historias trágicas, treinta y ocho pasados, treinta y ocho futuros, ilusiones, sonrisas, truncadas, perdidas, ahogadas… yo necesitaba horas enteras para asimilarlo, para intentar comprender cómo funciona este puto mundo y en la tele, solo diez segundos después, un erizo que habla pretendía venderte un seguro. Yo te dije que no quería ver las noticias comiendo y tú lo entendías, que a ti también se te hacía un nudo en el estómago a veces, pero era más que eso, era más de lo que te podía contar para que no me llamases exagerado.

Tenía que aprender a ocultar los sentimientos, a acolcharlos, adormecerlos. No estaba bien parecer demasiado exaltado y contento, ni demasiado triste. Tienes que disfrutar de los pequeños momentos que te brinda la vida, me dicen. Pero los pequeños momentos son para mí grandes, inmensos. Un amanecer es una vivencia brutal; leer un libro es vivir otras vidas y a la vez conocer la sensibilidad del escritor, por qué utilizó esa frase y no otra, cómo es capaz de cambiar tu estado de ánimo con tan solo palabras (siempre deseé llegar a ser escritor); escuchar una buena música o una canción te traslada de tiempo y lugar, te subyuga, te enriquece, te libera (también quise ser músico…); ver una película es una ventana abierta a otros mundos, es aprender, es llorar, es morir y amar (…y director de cine); una caricia descuidada; una buena conversación; un café; un paisaje, un cuadro.

Y el amor que sientes por alguien es lo más hermoso, lo más puro, lo más duro, lo que más puede llegar a doler. Porque el resto de las cosas te invaden de fuera hacia dentro, pero esta clase de amor surge de lo más profundo, te va calando desde dentro, donde reside tu esencia… es indescriptible lo que puedes llegar a sentir, como también es indescriptible lo que puede llegar a doler…

Toda la vida intentando disimular lo que sentía, tanto para bien como para mal. Tanto tiempo intentando encajar. Tanto tiempo aparentando no ser yo, que me olvidé de mí.

Fue entonces cuando me rompí.

Es curioso como la mente puede llegar a transformarte en algo distinto, puede matar tu esencia, ahogarla treinta y ocho veces o más en las oscuras aguas de una normalidad impostada. Y entonces quise salir de ahí, porque ya nada me conmovía, nada me apetecía. Me había convertido en un autómata con los sentimientos justos y admitidos para poder sobrevivir. No, no podía seguir allí. Amaba la vida, la había amado tanto, pero ahora solo quería apearme de ella. Quería terminar el viaje, porque en realidad ya lo había acabado, solo era la inercia, fuerza cinética lo que me mantenía con vida, porque el recuerdo de lo que fui me hacía aborrecer lo que era…

Entonces te diagnostican si te pillan a tiempo, te medican, modifican tu química, intentan nivelar tus neurotransmisores, y el mismo sistema que antes te decía, sin hablar, que no debías mostrar lo que sentías ahora te obliga a salir de la tristeza. Y te hace sentir culpable, con sutileza, de tu estado, porque eres tú y solo tú el que ha llegado a esto, y tú y solo tú eres el que tienes que salir.

Y al final, si no te has bajado en la última estación, continúas tu viaje, aunque ya no lo hagas por ti, sino por los que te rodean, por los que te quieren, a su manera. Porque todavía puedes ponerte en su lugar y verte a través de sus ojos, porque no todo depende de ti y tú no eres lo más importante, eres uno más, solo uno más.Y te sientas en un asiento del vagón, junto a la ventanilla, y te comportas como cualquiera de los viajeros que te acompañan, con total normalidad. Y miras como la vida pasa con velocidad a través del cristal, como ellos. Y ves ese brutal amanecer y ves esos almendros que, temprano, rompen en flor, y el rocío que deposita bellas lágrimas en todo el campo que abarca tu vista. Y te emocionas, pero solo lo normal, como debe ser.

Porque esta es una historia normal… aunque se disfrace de tristeza.

Francisco J. Berenguer

13

Antes desde aquí se veía el mar, pero fue antes de que tú nacieras, antes de que construyeran esos edificios tan monstruosos delante.

No por favor, basta ya de pastillas y calmantes, no quiero estar drogado en este momento tan importante.

El dolor forma parte de la vida.

¿Acaso se le dan pastillas a una criatura cuando nace? El dolor nos acompaña desde siempre. Sufrir, a veces, es necesario para aprender a sobrevivir.

Quizá tú no lo comprendas ahora, todavía eres muy joven, hija mía. Pero deja por un momento de ser la chica responsable, la que siempre obedece, la que cumple con lo que le dicen los médicos. No me regañes como a un viejo estúpido, aunque lo sea, no voy a tomar más medicación, quiero sentir la muerte con toda la consciencia de la que sea capaz, solo deseo que me acompañes un ratito más. Si quieres luego vete, no me importa morir solo.

Siempre estamos solos ¿sabes? Por mucho que te enamores de alguien y creas que forma parte de ti, aunque tengas pareja, hijos, nietos, padres o hermanos. Siempre estamos solos en nuestro interior.

Al construir esas gigantescas moles de hormigón y cristal frente a nuestro balcón, no solo nos privaron de la vista del mar y hasta de su olor, también nos ocultaron del sol. Solo trece minutos, trece mágicos minutos, es el único tiempo que el sol nos ilumina al día, cerca del mediodía, cuando se deja ver al pasar entre los dos edificios. Puede que hoy sea la última vez que lo vea, lo presiento. Por favor, acércame a esa ventana y quédate conmigo hasta entonces.

Dame la mano, pronto aparecerá por allí, a la altura del piso dieciséis, creo. Mira que es jodidamente alto el cabrón. Perdona los tacos, cariño… perdóname por lo que he hecho mal, la vida no es fácil, aunque eso no es una excusa, no, no lo es. Me gustaría decirte alguna buena frase, de esas que se recuerdan, como pasa en las películas o en los libros, una frase o una reflexión importante, bonita o inteligente, con trasfondo, con clase, de la que puedas decir que eso fue lo que te dijo tu padre antes de morir, y te sientas orgullosa. Pero no se me ocurre nada interesante. Nunca he sido demasiado listo, ni creativo, ni demasiado tonto tampoco, ni demasiado nada. Lo siento.

Mira, los primeros rayos asoman. Pero ¿qué haces con las gafas de sol puestas? Anda, quítatelas. Desabróchate algún botón más de la camisa y mira hacia delante, con los ojos cerrados, como se mira al sol. Levanta la cabeza, disfruta, siente cómo te acaricia la cara, se puede sentir como si alguien te tocara, es cierto. Se desliza por tus pómulos, calienta tus labios, humedécelos un poco, siente el calor por tu cuello, siente la luz, siente el poder. Entreabre un poco los ojos y permite que se cuelen entre las pestañas miles de estrellas… es la vida, amor mío, el infinito, el universo… lo eterno.

Solo trece minutos y todo acaba.

Francisco J. Berenguer

Días de paso

Tan solo eran días de paso para ella, de esos en los que no importa lo que suceda, de los que te impacientas porque no acaban pronto, sin hacer prácticamente nada, sin apenas respirar más de lo necesario. Días que tachas con el boli verde, el que no se suele usar para otra cosa, en el calendario imantado del frigorífico a las once de la mañana, como si así fueran a pasar más rápido. A veces las noches tardan tanto en llegar. Son días en los que ni el Google ni Facebook te dirá: Mira lo que hiciste tal día como hoy hace… cuatro años.

¿Cuántos días así se pueden acumular y no volverse loca? Porque ella no llevaba ni uno ni dos, ni cuatro ni seis… ya contaba semanas, y éstas transmutaron en meses, sin apenas sentir. Tachando días en el calendario de la cocina. Compitiendo en ver que acabaría antes, si la tinta del boli verde o su cordura.

Y ambos acabaron el mismo día de noviembre, como una estudiada casualidad, y todavía no sé que fue antes, aunque creo que lo primero fue la tinta la que se quedó muda. No trazó la línea, tan solo un surco una marca cruzando el Ocho, el que tocaba. Y la veo a ella insistiendo, ejerciendo más presión, repasando una y otra vez, cada vez más fuerte, más rápido, más obsesivo. Y el papel desmenuzándose y formando pequeñas virutas a los lados de la zanja que, como una tumba abierta, sonrisa sin dentadura, la atraía hacia ella. No podía creérselo. Estaba convencida de que, si no tachaba de verde ese día, nunca pasaría… y tenía que pasar, como todos, días de nada.

Y el Ocho la miraba, como un infinito puesto en pie, desafiante aún con la herida abierta de papel cruzando su intersección, como la banda de un rey o de una fallera, o de una miss con curvas. Y ella sucumbió, se derrumbó, se dejó caer a los pies del frigorífico gris metalizado, combo, con congelador no Frost y con calificación triple A y se puso a llorar hasta que vio justo debajo, refugiada entre las sombras del armatoste, una cucaracha muerta patas arriba. Y se preguntó si las cucarachas se ponen boca arriba para morir o si mueren y por alguna extraña razón que se le escapaba, se daban la vuelta solas.

Entonces se armó de valor, dejó de gimotear, logró levantarse y se dirigió al cajón de la mesa de la cocina. Lo abrió y rebuscó entre los tapones de corcho usados, un par de pinzas de madera y unas recetas coleccionables de Arguiñano de no se sabe qué año, hasta que al final encontró otro bolígrafo. Era rojo, pero la vida tenía que continuar, aunque fuese monótona, insípida y sin azúcares añadidos. Se dirigió al frigorífico con el boli desenfundado, echó un poco de vaho en la punta y marcó al jodido Ocho en otra perpendicular, formando una peculiar equis encima de él, mitad cicatriz, mitad sangre.

Y pasada esa crisis siguió tachando días en rojo y se dio cuenta que eran igual que los de verde. Que no importa el color que le demos a los días, éstos pasan sin que tú le importes, que el tiempo es cruel a veces. Y que si te quedas mirando el calendario esperando que suceda algo solo conseguirás pintar días anodinos de colores básicos. Que no hay que confiar que el destino te traiga nada, que hay que actuar y hacer que pase. Y que pase lo que tenga que pasar. Porque si no, lo único que cambia es la nevera, que antes era de esas que había que descongelarla y romper el hielo que se formaba en las paredes con un cuchillo o un punzón… ¡Qué tiempos!

Francisco J. Berenguer

Sombras

Cuando encendí, por fin, la luz de la habitación… (el interruptor lo recordaba más abajo y allí estuve un rato tanteando con la mano hasta que decidí subir y ahí estaba, donde siempre había estado. Él no ha cambiado, yo si. Las casas antiguas tienen su propia personalidad, la distribución de los enchufes e interruptores es menos lógica que ahora, como más aleatoria, pero también es debido a que, poco a poco, se han tenido que ir adaptando a la modernidad y un electricista de esos mañosos, de los de antes, que lo mismo te ponían un enchufe que te desatascaba una cañería o te arreglaba la persiana, te sacaba los cables de una caja oculta detrás del papel pintado de la pared y te ponía la clavija donde tú le decías. Y eso me ha traído a la memoria al señor Luis, creo que así se llamaba, Luis el arreglador, sin especialidad definida y sin apellidos conocidos. El señor Luis era una de esas personas mañosas que se supieron buscar la vida allá por la década de los sesenta, setenta y ochenta, de esos que venían a casa cuando los llamabas para solucionar cualquier problema o avería doméstica con una gran caja de herramientas metálica y una hermosa bolsa de cuero viejo colgada del hombro. Era un hombre mayor, yo siempre lo vi viejo desde la perspectiva de mi escasa edad, aunque seguro que no lo era tanto. Mi madre me decía que me quedase con él para ayudarle y así, si me fijaba bien, podía aprender a arreglar las cosas de casa y nos ahorraríamos unas pesetas. El señor Luis accedía a que estuviera cerca de él, a mi madre le sonreía diciéndole que no le importaba ni le molestaba mi compañía, pero yo sabía que le incomodaba, eso un niño lo nota y, de vez en cuando, cumpliendo un desganado compromiso, me pedía que le acercase tal o cual herramienta y yo, más o menos al tercer o cuarto intento, acertaba con la adecuada)

Pues como decía: cuando por fin di con el interruptor de la habitación y se encendió la bombilla desnuda que colgaba del techo, noté como las sombras se desplazaron, perezosas y se escondieron debajo de los muebles. La verdad es que tardaron más de lo normal en desaparecer, quizá porque la luz era poco potente, amarillenta y con ese filamento interior que parpadeaba, quizá porque después de tantos años ocupándolo todo se sentían las dueñas de aquel espacio y perdieron el respeto a la luz y a las personas, no sé pero tenía la sensación de que me observaban, recelosas, desde debajo de la cama de mi abuelo, bajo la mesilla de noche, bajo el armario de madera con patas artísticamente arqueadas y esa cómoda con el espejo que ya no reflejaba, lleno de tumores que surgieron un día y se extendieron como gotas de herrumbre por su superficie.

Miré a mis pies y vi mi propia sombra, pero más bien ella me estaba observando a mí y me vi a mí mismo desde su posición, y éramos el mismo ser. Yo me senté sobre la cama y ella se refugió debajo. Algo crujió y no sé si se quejó la madera o eran exclamaciones de júbilo por el reencuentro. Me tumbé y contemplé como la bombilla sollozaba y expiró su luz con un zumbido. Y entonces me convertí en sombra, del todo. ¿Qué más se puede pedir? Bueno sí… no enciendas la luz.

Francisco J. Berenguer

La simpleza del universo

Eduardo piensa que siempre que desea algo con ilusión el universo entero confabula en su contra, y se alían contra él todas las fuerzas de la naturaleza para que no pueda conseguir su objetivo. Quién soy yo para decirte que nada de eso sucede, que no te creas más importante que esa pequeña escama de piel casposa que te retiras del hombro con descuidada indiferencia, que las cosas no suceden por y para algo determinado, que simplemente suceden y, a veces, te pillan a ti por medio. Que es tan absurdo como pensar que esa ola que te tumbó en la arena en el verano del 86 estaba concebida por y para ti, que el ímpetu del mar conspiró con el viento de levante y dos mil metros mar adentro comenzó a formarse aquella ola para que llegase a la orilla justo en el momento que te descuidaste al ver pasar por tu lado la chica más bonita que paseaba descalza por la playa de San Juan.

Eva siente que lo quiso desde el primer instante que cruzaron sus miradas, que se enamoró sin querer y sin poder evitarlo, y que el destino entrelazó sus agendas, el horario de autobuses, la gastroenteritis que la había retenido más de media hora sentada en la taza sudando, y más preocupada de que se escuchara desde fuera los sonidos obscenos que escapaban de su cuerpo que de su propio dolor de vientre, la decisión de coger las vacaciones en Julio en lugar de Agosto, encajó también el capricho de su compañera de piso de salir por la tarde a pasear por la playa en lugar de la mañana porque, según ella, la mañana es de abuelos, pringados y niñatos, y por la tarde es cuando salen los chicos buenos, que son los malos, los que se pasan la mañana durmiendo la resaca de la noche anterior y salen cuando baja el sol. Y quién soy yo para hablarte de la banalidad de estas situaciones, que cada día en el mundo se producen millones de interacciones como la que tú tuviste en el verano del 86 y unas proliferan y otras fracasan. Que lo que llamas amor a primera vista no es más que tu cuerpo al reaccionar ante los estímulos que te llegan de otro cuerpo, tu cerebro analiza en segundos cómo huele, su constitución, el color de su piel, considera las feromonas que sutilmente le llegan y que tú no tienes ni idea de lo que son y que te produce una atracción y una respuesta sexual y tú te sientes enamorada, bueno ese es el desenlace romántico que le quieres dar, aunque tan solo sea cuestión de química y hormonas. Concluyendo, él venía paseando hacia ti y tú te “enamoraste” perdidamente y fuiste ajena a la ridícula caída de otro chico que se volvió a tu paso embelesado por tus feromonas, seguramente, y una ola se lo llevó por delante.

Eva y Eduardo no llegaron a conocerse en el verano del 86, pasó mucho tiempo desde ese día en la playa. Se conocieron en febrero del 2020 a través de una aplicación de esas de parejas, chatearon y hablaron por teléfono durante semanas, y cuando por fin decidieron verse físicamente les sorprendió la pandemia y el estado de alarma. Para Eduardo era otra vez el puto universo contra él y su vida, el virus lo habían creado para joderle otra vez, como cuando, después de estar ahorrando durante dos años, decidió ir de viaje un once de septiembre a Nueva York y todo se le derrumbó como aquellas torres. Para Eva era el destino el que seguía decidiendo por ella, si había pasado esto era porque no debían verse, y era ella muy fiel a las señales, ya había decidido no citarse con él ni cuando se permitiese salir a la calle. Y quién soy yo para decirles nada, que ya me tienen harto con tanta tontería, al final cada uno cree lo que quiere creer. Tanto uno como otro se refugian de sus responsabilidades culpando al destino de lo que acontece en sus vidas, así vive mucha gente, quizá sea lo más cómodo. Quizá sean más felices pensando que hay fuerzas ocultas que dirigen nuestras vidas, la fe, la magia, el amor. El amor… química y hormonas, ya os lo digo…

Francisco J. Berenguer