Treinta Minutos

Siempre se había preguntado qué era lo que pensaban y sentían los prisioneros que eran obligados a cavar su propia tumba antes de ejecutarlos. Y ese día, una fría y húmeda mañana de febrero de mil novecientos cuarenta, se atrevió a preguntárselo a aquel pobre hombre, embarrado hasta los ojos, que se afanaba absorto en su tarea hundiendo la pala una y otra vez haciendo hueco en la oscura tierra.

El prisionero detuvo su tarea sorprendido por lo inesperado de la pregunta, clavó la pala en la tierra, se apoyó en ella y se quedó unos segundos mirándolo, sin decir nada, intentando recuperar el aliento que escapaba de su cuerpo en forma de bocanadas de vaho blanco que no tardaba en entremezclarse y confundirse con la densa niebla del bosque.

Pelayo tensó los brazos alrededor de su mosquetón, un Mauser modelo 1916, con la bayoneta calada para evitar sorpresas cuerpo a cuerpo, y apuntó a su cabeza, porque no sabía si ese hombre iba a contestarle o a saltar sobre él desde el agujero con la fuerza y fiereza que produce la rabia y el odio contenido.

Puso su dedo índice sobre el gatillo y presionó levemente hasta notar que el recorrido se detenía a los pocos milímetros, ahí estaba el límite, una leve presión más y una bala saldría para destrozar el rostro sucio de aquel hombre. Había adquirido esa destreza y sensibilidad gracias a los consejos de su sargento de compañía. Éste, el primer día, le aconsejó que cortara la parte superior de los dedos de sus guantes, desde el pulgar hasta el corazón: “Así percibirás el mundo a través de ellos -decía-, notarás como te habla tu arma, sentirás el calor de tu orina cuando te sujetes la polla para ir a mear, apreciarás como se endurecen los pezones al pellizcarlos cuando te estés follando a cualquiera de las putas rojas que tenemos en la jaula y el placer de meter un dedo en el orificio que ha dejado una bala en el cuerpo de un enemigo cuando todavía fluye la sangre caliente por él…”

El hombre le respondió con una pregunta.

– ¿Cuánto se tarda en cavar una fosa?

Pelayo se quedó pensativo unos instantes, era la primera vez que escuchaba la voz de aquel hombre y le pareció extremadamente serena y tranquila para encontrarse en aquella situación. En la mayoría de las ocasiones los condenados proferían gritos, insultos, súplicas, o tan solo silencio, la resignación.

-Una media hora, supongo -acabó por contestar sin dejar de apuntarle a la cabeza.

– Pues, entonces, disfruto de 30 minutos más de vida.

Pelayo nunca entendió aquella respuesta hasta el día de hoy, ochenta años después, con noventa y nueve años. Su mente todavía se encontraba lúcida pero su cuerpo agonizaba en una cama de hospital. Sabía que su tiempo se acababa, pero habría dado lo que fuera por vivir treinta minutos más y sentir, aunque solo fuera, el calor del sol y una suave brisa en su rostro.

Cerró los ojos y se arrepintió una vez más de haber disparado aquella mañana de febrero. Se arrepintió de no haber valorado la vida con la intensidad de aquel hombre al que asesinó y del que ni siquiera se había preocupado en averiguar su nombre…

Francisco J. Berenguer

Los Jota

A veces te gustaría ser más simple y no pensar tanto las cosas.

Y te gustaría no tener que pensar en ser más simple para no pensar.

Pensar lo justo ¿para qué tantas vueltas a todo?

¿Para qué sentir tanto, a veces? Y otras, sin embargo, importarte una puta mierda todo y todos. Como vivir en un mundo en el que todo te sobra, incluso tú mismo.

Te gustaría ser como un insecto en el campo, de esos que cruzan al otro lado de la carretera, porque allí hay otras flores que le llaman más la atención, y un coche lo atropella en un segundo. Y en un segundo se acaba todo. Un “Plop” sordo en el cristal, que apenas se escucha. Una pequeña mancha verde en el parabrisas, que ni sangre lleva el pobre. Así de simple es la existencia, o debería… pero todo se complica, se entrelaza, se mezclan los conceptos subjuntivos y las frases subordinadas cabalgan sobre logaritmos indescifrables de realidades paralelas, lo que es, lo que sabes y lo que te imaginas.

Porque esa mañana, Julián conducía un poco más rápido de lo debido por esa carretera secundaria que cruzaba extensos campos de cultivo de distintas hortalizas que, para él, era imposible descubrir si eran alcachofas, zanahorias, berzas o brócoli. Julián era un urbanita y la naturaleza era eso que tenía de fondo de pantalla en el Mac de su oficina. Julia, su esposa, se estaba pintando las uñas con los pies puestos en el salpicadero, que sí, que lo podía haber hecho en casa, pero como él es un prisitas y quería salir pronto pues aprovechaba ahora. No hace falta que corras tanto, si las llaves nos las dan a las doce, vamos a tener que estar esperando en la puerta del chalé hasta que venga el dueño, tu hermana seguro que llega más tarde. Tampoco voy tan rápido y la carretera es recta ¿no ves? Y, además, ya sé que mi hermana siempre llega tarde, pero por si acaso, quiero elegir yo nuestra habitación, que el año pasado, en la otra casa que alquilamos ellos ocuparon la mejor, sin preguntar. ¡Plop! ¡Hala, otro bicho! Qué asco. Vas a tener que parar en la próxima gasolinera, me estoy meando. Claro, vas ahí encogida pintando tus dichosas uñitas, ¿sabes que está prohibido poner los pies ahí? También lo está correr tanto.

En la gasolinera, Julia corrió hacia el aseo y Julián se propuso quitar el resto verde de ese insecto que justo estaba en ese lugar del parabrisas en el que se cruzan los limpias y no llegan a tocarlo y era un coñazo, porque vas conduciendo y sin querer la mirada siempre va a ese punto. Cogió un pañito y se estiró sobre el capó para llegar a la zona en cuestión cuando, de repente, sintió un punzante y horrible dolor en las lumbares y se quedó sin poder moverse. Mientras, Julia sentada en el taza, que por cierto estaba muy limpia para pertenecer a una pequeña gasolinera de pueblo, y es que ella no sabía que Jacinta, la que limpiaba, que era la mujer del dueño de la mayor parte de las tierras que habían cruzado con el coche, siempre decía que a limpia no le ganaba nadie y que ella dejaba los aseos como el de su casa, pensando en cómo le gustaría encontrárselo a ella si entrara allí de primeras. Pues Julia con el móvil mandando un mensajito a su amigo/amante Jaime, con el que estaba obsesionada desde la universidad, diciendo que éste era el último fin de semana que pasaba con Julián y que estaba deseando que la follara como él solo sabía hacerlo. Luego borró lo de follar antes de mandarlo y lo dejó en que estaba deseando volver a verlo porque estando con él era como estar en su hogar, eso lo leyó por el Facebook y le gustó. Jaime no le contestó, aunque lo había leído enseguida, pero estaba en ese punto que tienen algunos tíos en el que les surge el miedo al compromiso, ese que sienten que estando con una mujer casada es la situación ideal. Ser el amante suele ser cojonudo, y más si lo eres de varias mujeres a la vez, sin que entre ellas se enteren ni se conozcan, que no hay que mezclarlo todo. La sinceridad te puede hacer infeliz.

Julia salió del baño mosqueada porque sabía que Jaime había leído el mensaje y no le había contestado, y se encontró a su marido retorciéndose sobre el coche. Lo ayudó a meterse dentro, en el asiento del acompañante, claro, porque así no podría conducir. Mira que eres quejica, tampoco será para tanto. Tú que sabrás, creo que me he roto algo, hasta he oído el sonido de algo que se rompía, por cierto, estaba sonando mi móvil mientras estaba agonizando sobre el capó, haz el favor y mira quien es. Julia lo cogió del bolsillo de su chaqueta y se lo puso a Julián delante de su cara para desbloquearlo. Hijo, pon una cara normal, que ni tu aparato te conoce, no hagas pucheros, venga. No me jodas, no sabes lo que duele esto. Ha sido tu hermana, ha dejado un mensaje, espera. Que dice que Juan se ha levantado con fiebre y vomitando, que se van a urgencias, que lo sienten y que no van a poder venir, que no pasa nada que disfrutemos del chalé solitos como una pareja de enamorados ¡qué cabrona!

Entonces, en el móvil de Julián salta una notificación, que Julia pulsa… sin querer… era un mensaje de Judith, la becaría de la empresa de su marido, la mosquita muerta, la llamaban. Y el mensaje venía acompañado de una foto de ella desnuda, mostrando sus pechos de dieciocho años y con un tanga minúsculo sobre su cuerpo de piel tersa y bronceada. Si tu mujer sigue sin excitarte, aquí estoy yo echándote de menos, J. ¿Jota? ¿Lo llama Jota, o es su firma, jota de jodida Judith? Mira que se lo olía. ¿Y ahora qué? ¿Le decía que lo había descubierto? ¿Le contaba lo suyo con Jaime, para sentirse menos humillada y humillarlo a él? ¡Vaya mierda todo! Y ahora nos vamos a urgencias a pasar el fin de semana con tu hermana, allí los cuatro.

Eso fue lo único que le dijo. Se montó en el coche, arrimó el asiento hacia delante, puso el espejo a su altura, arrancó y se dirigió de vuelta por donde habían venido. La misma carretera insulsa con hortalizas a los lados, sin apenas circulación y con una presión en la garganta, donde se atropellaban las palabras y los deseos de decir tantas cosas… Un Plop sordo en el cristal, otro insecto de mierda que ni sangre tiene. Y por un momento deseó ser aquella mancha verde en el parabrisas, que la existencia fuese así de sencilla, que todo acabara en un segundo, sin apenas sentir. Y al otro lado Julián, retorciéndose de dolor, pensando exactamente lo mismo.

Pero qué complicado puede llegar a ser todo cuando, en realidad, todo es tan sencillo como lo queramos ver.

Francisco J. Berenguer

Entre tu realidad y mi mentira

Es esa sensación, como que siempre llegas tarde
Que no debiste pensar siquiera en llegar
Que no es tu tiempo ni lugar
Esa sensación de que nadie te echa de menos si no estás
y que, si te vas
a nadie importa tu partida y mucho menos tu destino
De norma finges que no te afecta
sonrisa pintada, cara de porcelana
y suspiras por un -no te vayas- o por un -te acompaño-
aunque prefieres un -me quedo contigo-
Hoy te pusiste tu mejor vestido
el que flota en el aire… el que flota en el río.
Pensaste que podía ser diferente
que lo que sientes se transmite
que lo positivo atrae lo positivo
Incongruencia electromagnética
Nadie leyó tu rostro, y menos ella
su mirada no se detuvo en tus curvas ni en tus labios de seda
besos ensayados frente al espejo emborronado
carmín y saliva
¿cómo se besa a una mujer?
No existe nada mejor que te ignoren
para saber lo que no sienten por ti
Cruzabas el puente sola, camino de casa
no debiste pararte a mirar hacia abajo en ese punto
no debiste hacerlo
No eran reales las voces que escuchaste en la noche
solo era el rumor del agua fría y oscura
No era una llamada, no por favor, no es este tu tiempo ni lugar
hazme caso, bájate de ahí y vuelve a casa, las piedras resbalan

A pesar de la tragedia fue hermosa tu caída
Tu vestido flotaba con elegancia en el aire
y ahora en el río
¿Sabes? Te hubiese dado la mano, te hubiese abrazado
te hubiese hecho saber que a mí me importas
que comparto tu soledad y tu desdicha es la mía
Pero tan solo soy el que escribe estas palabras
y todavía no sé traspasar la frontera
la línea que separa tu realidad de mi mentira.
Y esa sensación que me invade
como que siempre llego tarde…

Francisco J. Berenguer