A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer

Escrito por

Solo tenemos dos vidas, la tangible, la que llamamos real, y la que soñamos o imaginamos. Cuando me piden que hable sobre mí siempre dudo hasta dónde profundizar, quizá ni yo mismo me conozca tanto para hablar sobre cómo soy. Prefiero escribir y que lo que refleje en esas lineas me describa, que hable de mi realidad, de mis sueños, de mis miedos, de lo que quiero ser o, incluso, de lo que aborrezco. Nuestras vidas discurren sobre pedazos de sueños rotos. Yo imagino sueños, creo mundos y construyo personajes e historias cada día. Me dicen que eso no es real, que tengo que salir y disfrutar de lo que la vida me ofrece, pero cada uno busca su parcela de felicidad y se intenta quedar donde la encuentra. No soy mucho más que eso, lo que lees, lo que imagino y lo que escribo.

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