Entre líneas

Soy una historia sin acabar, acaso sin principio.
Soy aquella página que leíste al abrir aquel libro,
casi por la mitad, por casualidad,
por el lugar en el que tus dedos se detuvieron
y me comenzaste a leer.
Imaginaste mi sonrisa, el timbre de mi voz,
recreaste mi cuerpo en tu mente y hasta el aroma de mi piel.
Y soñabas conmigo sin conocerme más que en palabras,
escritos de alguien que un día pensó que debía existir.
Pero tú no sabes, ni siquiera sospechas,
que yo también abrí un libro por una página al azar,
y apareciste tú, y te comencé a leer
en el momento en el que tú abriste aquel libro
y me encontraste a mí.
Y quien nos lee ahora tampoco lo sabe,
no sabe que es parte de otra historia.
Historia sin acabar, acaso sin principio.
Porque la vida y las historias quizá solo dependa
de la página del libro que alguien abra por azar,
y nos comience a leer.

Francisco J. Berenguer

Mi mejor amigo

Hoy ha venido triste. No me ha saludado al entrar en casa, ni me ha mirado. Cuando llega así, y últimamente es bastante frecuente, prefiero no acercarme, sé que él también lo prefiere. Cero comunicación.

Le hago un hueco en el sofá, su lugar favorito, para cuando quiera venir a sentarse y decirme algo. Escucho como, en su habitación, maldice en voz alta a Susana, su compañera de trabajo, y cierra con violencia un cajón del armario. Él no me ha dicho nada, pero creo que con esa mujer tiene una relación más allá de lo laboral o, incluso, más que una simple amistad.

La semana pasada, el sábado, la invitó a cenar, quería que nos conociéramos. No me pareció mal, siempre me ha gustado conocer gente y más si es alguien de su entorno. La verdad es que fue una noche rara. Aunque el trato que hubo entre nosotras fue muy cordial y desenfadado, diría que a veces hasta cariñoso, yo la notaba incómoda, con ganas de irse. No sé, puede que fuese porque estaba resfriada, no hacía más que estornudar y se puso en un momento toda roja y congestionada. Se marchó antes de acabar la cena. Cogió su abrigo negro y su bolso a juego y se fue apresuradamente, sin despedirse.

—Yo así no puedo —le dijo una vez traspasada ya la puerta de la calle­— esto no va a funcionar.

Y él cerró. Y se quedó entonces como ha venido hoy, triste y malhumorado. Sin apenas hablar, ni una caricia, ni una mirada.

Sale de su cuarto, furioso, murmurando algo entre sus dientes apretados, y se dirige a la cocina. Oigo cómo abre el congelador, saca unos hielos dando un golpe más fuerte de lo normal a la bandeja y los introduce con rabia en un vaso. Otra vez va a beber, la cosa puede empeorar.

No sé qué hacer. Llevo todo el día sola en casa, como casi todos los días, esperando que llegue para que me muestre un poco de cariño, que me diga algo bonito… como antes… pero desde hace algún tiempo todo ha cambiado. Me hace sentir como un mueble más de la casa, un mueble viejo y molesto que hay que retirar. No lo dice, pero es evidente que es por esa mujer.

Se sienta con brusquedad a mi lado, me mira de reojo y fuerza una sonrisa, casi por obligación, sin palabras. En una mano un vaso de tubo rebosando whisky con hielo y en la otra el móvil. Su impaciencia y nerviosismo es evidente, intuyo que algo va a pasar y que no me va a gustar nada.

Justo cuando estaba dispuesta a alejarme de allí sonó el teléfono. Casi se le cae el vaso, el cual apura, dando un largo trago, antes de dejarlo sobre la mesa de centro. Respira profundamente y deja que suene varias veces regocijándose en la espera, como sintiéndose vencedor de no sé qué ridícula disputa al no haber llamado él primero.

En la pantalla del móvil insiste en aparecer el rostro de una sonriente Susana, su abundante pelo rubio y su perfecta sonrisa congelada. Al fin decide presionar el botón verde y contesta.

—Todavía no he tomado una decisión… —es lo primero que dice él. Al otro lado la aguda voz de Susana parecía insistente, nerviosa, fui incapaz de entender lo que decía— …no puedes pedirme esto, por favor… ella no tiene la culpa.

Es entonces cuando me mira. Una mirada directa a mis ojos que mantiene por unos eternos segundos, mientras ella sigue hablándole al oído. Una atropellada sucesión de palabras en donde él solo intercala algún sí, esporádico, sin querer o sin poder cortarle la conversación, el discurso, o los reproches, o lo que fuese aquello. Lo cierto es que a cada instante que pasa noto como su rostro se ensombrece y la luz de su mirada se va nublando.

—Está bien —pudo decir al fin—, tú ganas. Encontraré la manera de hacerlo, sabes que no va a ser fácil para mí. ¡Tú y tu maldita alergia…! —es lo último que exclama antes de pulsar el botón y terminar con aquella llamada.

Sigue mirándome fijamente.

Se acerca y coge mi cabeza entre sus manos.

—No va a ser fácil desprenderme de ti —dice con infinita tristeza, mientras yo recubro su cara con lametazos de cariño…

Francisco J. Berenguer

El eco de tu voz

Echo de menos tu voz, mamá. La canción que siempre me cantabas cuando estaba triste o enfermo. Aquella que siempre acababas haciéndome cosquillas, haciéndome reír, haciéndome sentir parte de ti, parte de este mundo. Pero eso fue antes de que enfermaras y de que olvidases mi nombre…

Te prometí ser fuerte, pero estoy cansado, muy cansado de aguantar insultos, golpes, de cuadernos rayados, de escupitajos en el bocadillo. Cansado de aparentar que todo va bien, de ser ridiculizado e ignorado. No puedo más.

Ha llegado el momento de terminar, de reunirme contigo donde quiera que esté el cielo ese del que hablamos ¿recuerdas? Cuando tú ya sabías que te ibas a ir pronto y yo tenía la ingenua esperanza de que sanases.

Una, dos, tres, cuatro… ¿Cuántas pastillas hacen falta para acabar con una vida? Tengo muchas. Las he ido reuniendo poco a poco sin que nadie lo advirtiera. “Un ratoncito sigiloso” solías llamarme cuando me colaba en la cocina para robarte una galleta o un hojaldre mientras tú fingías no darte cuenta. Son pastillas de papá, las que necesita para dormir desde que no estás; algunas son de la abuela, de esas que ella dice que son del corazón y otras que encontré en la calle cuando un indigente estaba sacando bolsas de un contenedor de basura y cayeron a mis pies varias cajas de medicamentos caducados, aunque no creo que eso importe para el uso que pretendo darle.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve…

Estoy encerrado en un baño de este nuevo instituto esperando que se acabe la hora del recreo, todos entren en clase y quedarme completamente solo. Papá me cambió a este instituto cuando se enteró que en el otro me pegaban. Yo no se lo dije, fue la vecina, la madre de Carlos, él se lo contó y ella vino una noche a casa, mientras cenábamos pechugas empanadas (qué buenas las hacías tú, mamá) y habló con papá.

Luego todo ocurrió muy rápido. Al día siguiente papá fue a hablar con el director y salió muy enfadado. Me sacó de clase y me llevó con él en el coche a casa. Conducía de manera brusca y muy rápido. Cuando paramos en un semáforo se quedó mirándome y me dijo que era un cobarde, que por qué cojones no sabía defenderme.

Diez, once, doce, trece…

Las pongo arriba de la cisterna sobre un trozo de papel higiénico, ya sé, mamá, que en los baños públicos hay muchos microbios. Y tengo mi botellita llena de agua, la que siempre querías que llevase encima para no deshidratarme. Tendré que tomarlas en varias veces, no me caben todas en la boca.

Una semana después ya me admitieron aquí y… aunque en un principio todo iba bien, pronto volvieron a aparecer los golpes, los insultos… eran distintas personas, pero la misma maldad, el mismo odio.

Creo que el problema soy yo, mamá. Que, aunque mil veces me cambie de clase, mil veces se volvería a repetir lo mismo. No sé por qué provoco su ira. Tú me decías que era perfecto, pero te equivocabas. Debe haber algo malo en mí que atrae el mal. No culpes a papá. Es muy bruto, ya lo conocemos. Se ha criado en la calle y no concibe que yo no sea como él; que prefiera leer y la música en lugar del fútbol, correr y pelear por la calle. Dice que tú me has hecho blando, pero lo oigo llorar algunas noches, cuando cree que duermo, pronunciando tu nombre. También está sufriendo mucho, por eso no le cuento nada de lo que me está volviendo a suceder. Cuando termine con esto tendrá una preocupación menos.

Catorce, quince, dieciséis, diecisiete… y dieciocho.

La sirena ha sonado y todos están en clase.

Es la hora.

Cojo un puñado y me las meto en la boca. He leído por internet que el efecto es más rápido si se mastican. Lo intento, pero me duele la mandíbula. Minutos antes tenía una bota apretándome la cara contra el suelo, creo que todavía tengo la huella marcada.

Dos tragos largos de agua y me las trago. Otro puñado, dos tragos.

Me llevaron a la parte de atrás donde la estructura del edificio hace un hueco rectangular entre dos pilares. Oculto a miradas, aunque no del todo. Hubo alguien que me vio… siempre hay alguien que mira… siempre hay quien aparta la mirada y calla. No les culpo, seguramente yo haría lo mismo en su caso; es preferible que sea otro quién se lleve los palos y hacer como que no ves, pasar inadvertido para que no cambie el foco de sus miradas. Es el código secreto de la supervivencia en el patio.

Son las últimas y con ellas apuro el resto de la botella.

Siento un calor extraño, como algo que arde en mi interior. Noto las pulsaciones del corazón en las sienes, en toda la cabeza y mis párpados se vuelven muy pesados, imposible mantenerlos levantados… ¿es esto la muerte, mamá?

Puedo oír cómo se abre la puerta de los aseos y alguien entra. Intento no hacer ruido, es fácil, apenas me quedan fuerzas para respirar. Entonces es cuando escucho tu canción, nuestra canción ¿has venido por mí…? Saco fuerzas de donde no me quedan, aparto con el pie la mochila que bloquea la puerta y salgo a verte… pero no eres tú, mamá, la que canta… a duras penas puedo acercarme a una señora vestida de blanco que, sorprendida, deja caer una fregona al suelo para acogerme en sus brazos, donde todo se hace oscuro y el tiempo se detiene…

No creo en ángeles, mamá, no en esos con alas y ropas vaporosas, pero estoy seguro que tú me enviaste uno, vestido de limpiadora, para salvarme.

Gracias a ella pudieron cogerme a tiempo y evitar que las pastillas me matasen. Sé que fue obra tuya, que tu deseo es que siga viviendo y verme crecer desde donde quiera que te encuentres. Porque la vida en sí es más importante que los problemas que la rodean y nadie tiene derecho a acabar con ninguna… ni siquiera la propia.

He recibido mucho amor en el hospital, luego en el instituto, en clase… hay mucha gente buena, mucha más que mala. Me he dado cuenta del error cuando me culpaba de lo que sucedía, de asumir el miedo como algo natural y guardármelo para mí. He aprendido muchas cosas, mamá, y ahora quiero transmitir lo que sé. Ayudar a los demás para que no pasen por lo mismo que yo.

 Sí, ya sé que siempre existirá alguien que se crea con el poder de abusar de los más débiles, no soy tan inocente. Pero lo que sí puedo conseguir es que el resto no aparte la mirada… y no callen, que se impliquen.            

Te echo tanto de menos que duele, aquí dentro. Pero sé que estás conmigo, que siempre lo has estado y todavía suena el eco de tu voz en mi cabeza de esos momentos, cuando me acariciabas y entonabas nuestra canción…

Francisco J. Berenguer & Selene Berenguer

Azul Profundo

Te creí aliado, amigo incondicional, latente entre mareas.
Azul profundo.
Que haces desaparecer las huellas de mi arena, las que duelen,
pero también traes restos de pasado a mi orilla,
naufragios causados por mi torpeza en la navegación.
Mi brújula marcaba siempre el norte equivocado,
o era yo que me empeñaba en descubrir todos los cardinales,
al mismo tiempo, viviendo deprisa,
como si mi vida a los veinte fuera a acabar…
Aunque en realidad sí que acaba,
nunca nada vuelve a saber igual, a oler igual, a sentirse igual.
Azul profundo, y en tu profundidad hubo un día que olvidé respirar.
¿Recuerdas?
Fue la primera vez que me sentí parte de ti, del mar, de la naturaleza,
de la vida, de lo intangible, de lo que existe y lo que no,
aunque sí, pero no lo vemos.
Pasaron segundos o minutos, u horas, no sé.
Allí sumergido a unos cinco metros, en perfecta sincronización.
A veces creo que todavía sigo ahí, contigo.
Que nunca volví a subir a la superficie
Que la vida que he creído vivir no me pertenece.
Que solo son ecos de otras vidas.
De los deseos, los amores, las tragedias y los sueños de quienes se sumergen en nuestras aguas.
Que compartimos su existencia, que todo está conectado.
Que todo fluye y concluye en la serenidad eterna de nuestro azul…

En el verano de 1984, rozando los veinte años, en un día de buceo, sumergido a unos seis o siete metros, me quedé concentrado sintiendo la inmensidad de la existencia en mi propia piel y olvidé que tenía que respirar, como si fuese parte de aquella maravilla, en perfecta comunión con lo que me rodeaba. Cuando volví a tener conciencia de mi cuerpo y la alarma en mi cerebro me hizo reaccionar por la falta de oxígeno, me impulsé con todas mis fuerzas hacia la superficie. La primera y apresurada bocanada de aire que se introdujo en mis pulmones fue como el primer aliento de un recién nacido. Me sentí cercano a la muerte y a la vez con la sensación de haber vivido varias vidas. He intentado, a lo largo del tiempo, volver a buscar y repetir esa experiencia, pero nunca he llegado a conseguirlo. Quizá sea lo mejor, temo que si vuelvo a sentir la vida con aquella intensidad obvie mis alarmas y me deje llevar por la paz del azul profundo”

Francisco J. Berenguer

En tiempo Oscuro

La tierra tiene memoria y te reclama, paciente.
Carne de polvo y barro, agua, vino y sangre,
sin liturgia ni oraciones, sin cáliz ni ostias.
Nada tienes, nada te pertenece,
nada fuiste antes, nada volverás a ser.
Versículos deconstruidos, engaños apostolados.
Óvulos contaminados de pecados originales,
inocencia perdida entre sotanas y confesiones.
Aprendiste a vivir entre crucifijos y medallas,
santos estampados, rosarios y avemarías,
sensación de culpa hasta en la sopa, cuaresma.
Y tú, atrapada entre hábitos impuestos, convenientes.
Monja de claustro y silencios, maitines y ayuno,
añorando al hijo que te arrancaron, vergüenza.
Amor engañoso, embarazo impropio, lujuria y escarnio.
Ellos se ocuparon del problema,
tú aceptaste sin condiciones, ten fe, niña ingenua.
Y ahora, que la tierra te reclama, lloras por tu pena,
y no por tu vida.
Que la muerte se lleve tu sufrimiento, tan intenso,
y rezas para que ellos estén equivocados,
que no existan otras vidas,
convertirte en nada,
por los siglos de los siglos…

Francisco J. Berenguer

A mi manera

Escribía renglones torcidos en folios en blanco, nunca conseguía que me quedasen rectos.

Unas veces eran líneas ascendentes como si cada frase aspirase a convertirse en la protagonista del párrafo y otras descendían por un tobogán de esos de hierro como los de antes, los que se ponían casi al punto de fundición en verano y te quemaban el culo y los muslos cuando te sentabas, tanto, que te obligaban a deslizarte lo más rápido posible para evitar que te escociese durante toda la tarde. Y eso que los chicos llevábamos pantalones cortos, porque las niñas de entonces solían ir con vestiditos y falditas por encima de las rodillas.

Recuerdo a Trini, una vecinita de casa de mi abuela algo mayor que yo y que sin querer ni pretenderlo, despertaba en mí ese deseo y atracción prematura por las chicas, tan solo sería curiosidad por lo desconocido, pero mi mente y mis hormonas ya comenzaban a conspirar entre ellas. Pues esta chica, un día de agosto, mientras mi abuela, mi madre y la suya compartían cuchicheos de barrio en un banco del parque a la sombra de un árbol que a mí me parecía gigantesco, se subió al tobogán, retiró la tela de su vestidito azul celeste salpicado de pequeñas florecitas rosas, y se sentó en el incandescente hierro sobre sus braguitas blancas de algodón. Profirió un gritito, apenas perceptible, y pretendió lanzarse rápido hacia abajo para aliviar su dolor, pero tuvo la mala fortuna de quedarse atorada justo a medio camino, como si su piel, el sudor o ese metal bruñido y desgastado hubiesen hecho ventosa con sus muslos y se quedó pegada en la ardiente pendiente a un metro escaso del final. Sus gritos de auxilio y de sufrimiento enseguida fueron escuchados por su madre y la mía, y acudieron al rescate de la desconsolada Trini, que lloraba y gemía sin poder moverse. Cuando la despegaron de allí la llevaron a la farmacia de la plaza y supongo que le pusieron alguna pomada o algo así, yo ya le perdí la pista. Solo me quedé con la visión del dorso de esos muslos excesivamente rosados en contraste con el blanco de las braguitas cuando su madre la transportaba a horcajadas en dirección a la boticaria.

            Ese verano ya no volvió a ir al parque con el resto de los niños y niñas, y no creo que fuese por ese incidente del tobogán, más bien fue por un precoz y rápido cambio que se produjo en su cuerpo. Recuerdo que semanas después, un día que fui de visita a casa de mi abuela, estaba allí con su madre, sentada en el comedor y leyendo una revista mientras ellas tomaban café. La vi distinta: pelo recogido, vestido largo y, aunque intentaba disimularlo, sus pechos comenzaban a notarse por debajo de su blusa.

Se está transformando en una hermosa mujercita”, escuché decir eso a mi abuela y su madre asintió con un suspiro. Trini esquivaba mi mirada, como si se avergonzara de sí misma y se concentraba en su revista ignorándome mientras pasaba hojas sin prestar atención ni a las fotos. Yo me senté a su lado y arrastré mi mano lentamente, por encima del sofá, hasta rozar su muslo. Ella bajó la suya y me acarició de una manera tan desconocida para mí que se me erizó todo el escaso bello del cuerpo. Luego apretó mi mano como para decirme que, debajo de esa interpretación y ese disfraz de mujer, seguía siendo mi amiga. Yo no sé cómo, pero lo entendí. No dije nada, ni pregunté, antes éramos más de silencios y de pocas preguntas, más de pensar, de imaginar, de intuir. Unos años más tarde, Trini, volvió a acariciarme de aquella misma forma una tibia tarde de primavera amparados en la oscuridad del hueco de la escalera de casa de mi abuela, pero esa es otra historia…   

Aunque lo peor de los toboganes era el final, cuando ya habías aprendido a frenar y no pegarte una culada contra el suelo, entonces era la arena y las piedrecitas que se metían en las sandalias o entre los dedos de los pies. Eso sí que era molesto, porque ahora casi todos los niños llevan zapatillas deportivas, pero antes el verano era el reino de las chanclas y las sandalias, y se convertía en un suplicio saltar y correr con ellas y, todavía más, si tenías alguna china o cuando la arena se había convertido en fango junto con el sudor de tus pies. Y tú seguías, porque pararte un minuto para desabrocharte las sandalias y eliminar intrusos era impensable, y tan solo te permitías la licencia cuando se quedaba libre algún columpio, comenzabas a balancearte rápido y mientras lo hacías arqueabas los dedos para ahuecar, dejar espacio entre tus pies y la suela y confiar que el aire hiciese volar las piedras que te incomodaban.

…renglones torcidos, perdón, de eso comenzaba a hablar…

Pues bien, como decía, si entonces hubiese caído en manos de alguna sicóloga infantil hubiese deducido que tenía una personalidad variable con muchos altibajos, que era inseguro, poco constante, introvertido, demasiado soñador o distraído, pues mis renglones eran tanto ascendentes como descendentes, y a veces combinados formando montañas o cordilleras en una misma línea, mi letra era apretada en ocasiones cuando cogía con fuerza el bolígrafo y otras se transmitía la relajación de mi mano en la suavidad del trazo y los espacios entre palabras, era un caos. Así que los folios blancos me consideraron una amenaza, me repudiaron y fui adoptado por las hojas cuadriculadas y con renglones marcados y aun así… Pero el verdadero hallazgo, el que marcó en ese momento de mi vida las ganas de escribir, fue el descubrimiento de las hojas milimetradas, aquello era una belleza arquitectónica, los planos donde comenzaría a construir mis historias. Puede parecer una tontería, pero esos cuadernos y no otros me incitaban a plasmar todo lo que discurría por mi mente desde que tenía recuerdos.

Y entonces solo era un niño.

            Ha pasado mucho tiempo desde entonces y poco ha cambiado mi afición. Sigo tirándome por el tobogán (cuando consigo vencer mi etapa autodestructiva) y balanceándome en el columpio, alto, cada vez más alto, arqueando los dedos de los pies para intentar que desaparezcan volando las dificultades que se introducen en mi vida, aunque, seguramente, tendré que dedicar tiempo en desabrochar mis sandalias y resolver a mano lo que me desagrada, lo que me impide andar con comodidad.

Y seguiré, a pesar de todo, contando historias… a mi manera.

Francisco J. Berenguer