Svalbard

Ahora sé que escribiré mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea.

Me dijiste que el verdadero hogar no se encuentra en lugares concretos, en construcciones de hormigón y cristal, ni en viviendas de madera, ladrillo o cemento, que te sentirás en casa cuando encuentres la paz con la persona adecuada, cuando no deseas estar en ningún otro lugar, solo allí, junto a ella.

Yo encontré mi hogar junto a ti, pero me desahuciaste sin previo aviso, sin papeles, sin remordimientos. Tú para mí eras una mansión donde vivir, pero yo para ti solo fui un apartamento alquilado, un lugar de veraneo donde disfrutas un tiempo, pero no te quedas. Fui el sitio donde vas, no al que vuelves.

Vale, lo admito, no prometiste nada, no está tu firma plasmada en ningún compromiso, tan solo yo creí que el amor era menos burocrático y más como los pactos entre caballeros de antes, de esos que se escupían en la mano y la chocaban para sellar un acuerdo. Nosotros no nos escupimos, o sí, no sé, no quiero rememorar lo que hicimos durante esas horas de sexo en las que todo valía, todo menos lo convencional, ya sabes… Y tampoco quiero recordar, o sí, las veces que me dijiste “te quiero” o “te amo”, palabras que no valen nada si no las recoge un notario, que la pasión es un atenuante y el “siempre te amaré” es tan solo una frase sin valor pronunciada en un periodo de enajenación mental transitoria. Tranquila, estás absuelta, eres inocente, libertad sin cargos de conciencia. Y la orden de alejamiento ya me la impuse yo, por mi bien, si tú te dirigías al sur, donde antes de mí ya tenías previsto volver, yo me marché al norte… muy al norte.

Y tan al norte me alejé que encontré mi paraíso.

Svalbard.

Aquí hay meses en los que nunca se pone el sol, por eso me quedé, para evitar que las noches se vistieran de ti y no desnudarme yo, para no extrañarte en carne viva cuando la luz se desvaneciera. Porque las noches eran la antesala del dolor, cuando más desprovisto me encontraba de las razones para olvidarte o las que manipulaba para odiarte, y lo único que conseguía odiar era a mí mismo, al ser idiota y vulnerable que todavía esperaba una llamada tuya, o un mensaje… pero eso fue antes. Ha pasado tiempo y esta tierra, tan diferente, hace que la vida cobre otro sentido. Es lo que tienen los paraísos.

He conocido a Eva, una chica nativa de estas islas. Sí, a mí también me sorprendió la simpleza de su nombre, y más aquí donde las vocales son tan escasas y las consonantes se amotinan en la boca donde mi torpe lengua se atasca y tropieza. Nunca he sido hábil con los idiomas y estos del norte son especialmente complicados. Eva es hija de Kjellfrid, la señora que me alquiló la habitación de arriba de su casa, una especie de desván reacondicionado, y la que me ayuda con el lenguaje; con el oral, el escrito y el no verbal, el más placentero, sin duda.

En este lugar de mar, hielo, montañas y nieve, tan inhóspito como acogedor, será donde me deshaga en palabras, donde me desangre en tinta sobre la blanca tumba de papel, donde me consuma y me desgaste como la tiza en la pizarra, cada vez más pequeña entre tus dedos hasta que se convierte en polvo. Y yo seré el polvo en tus dedos y lo escrito en la negrura de la pizarra, porque yo no soy un escritor, ni un poeta, ni un contador de historias. Porque me vierto en cada frase, en cada sentimiento que expreso, en cada línea, cada latido, cada punto y seguido… y me quedaré vacío cuando acabe, de saber y de sentir.

Aquí, como una ironía del destino o una estudiada casualidad, encontré mi paraíso, mi Eva con sus pronunciadas curvas rosadas y sus tentaciones rubias, campo de trigo en su abultado monte de venus, y mi desván, donde nunca anochece.

Quizá el nombre que puse a mi blog fue una visión de ese futuro que hoy se cumple. Quizá sea este el fin al que iba encaminado o un nuevo comienzo, o no signifique absolutamente nada.

Pero sé que ahora es el tiempo de escribir mi primera línea, que será la última.

Mi última primera línea… en el desván del paraíso.

Francisco J. Berenguer

La suave brisa de los tiempos

Quisiera retroceder en el tiempo hasta el momento en el que nos conocimos… y volver a empezar.

No me refiero a cuando hace cuarenta años, tras aquel concierto de rock, en el aparcamiento, vomitaste sobre mis pantalones todo el vodka que habías ingerido, casi sin sentir, cuando dabas botes cerca del escenario, desafiando y desafinando letras y música. Allí me enamoré de ti, a pesar de que los primeros fluidos que compartiste conmigo fueron asquerosos, creo que el pantalón tuve que tirarlo al día siguiente, pero fue maravilloso encontrarte, o más bien, reencontrarte…

Cada vida que pasa es más complicado, pero siempre llega el momento en el que coincidimos. Aunque tú vivas en un país y yo en otro continente, aunque tú acabes de nacer y yo haga uso de mi plan de jubilación. El destino juega con nosotros, nos lo pone difícil a veces ¿verdad? Pero cumple siempre su palabra, nuestra promesa, nuestro pacto.

Cada vida es una búsqueda sin saber qué o a quién buscamos. Solo lo sabes cuando lo encuentras, cuando nuestras líneas se entrecruzan debido a una madeja imposible de decisiones y casualidades, te veo y en ese momento me doy cuenta del sentido que tiene todo lo que antes de ti no tenía. Es entonces y solo entonces cuando recuerdo lo que somos, lo que hemos sido, las vidas anteriores en las que siempre nacemos separados en la distancia y en el tiempo, pero volvemos a encontrarnos, es inevitable, maravillosamente inevitable… ojalá tú lo recordases también. No tendrías miedo a la muerte, a esta terrible enfermedad que nos quiere separar ahora.

Duerme, descansa, no te aferres a la vida, ni al dolor. Estoy aquí contigo, siempre he estado y estaré. Volveremos a encontrarnos, no temas. Es el juego de la existencia. No, no estoy loco, créeme por favor. Si pudieras saber lo que yo sé estarías tranquila. Existen otras vidas y en todas estamos tú y yo, y nos amaremos como en esta, como en tantas otras.

Por eso quisiera retroceder en el tiempo hasta el primer momento, el primer instante en el que nuestras vidas coincidieron y ver qué error cometimos. ¿Por qué tú no recuerdas y yo sí? ¿Por qué nuestro amor es tan grande que no se puede consumar en una vida, ni en cientos de ellas?

A veces dudo, aunque no te lo diga, y no sé si tienes razón, estoy mal de la cabeza y toda esta historia la he construido sobre el dolor y el miedo a perderte para siempre. Ya no sé si esto es un milagro, una bendición, una maldición o una tortura.

Quizá amar tanto no sea tan bueno. No tiene sentido. Ni la vida, ni la existencia, ni el amor, ni nada de lo que vemos lo tiene. Me dormiré a tu lado, me consumiré junto a ti, te amaré hasta el último aliento. Y que alguien encuentre un día dos cadáveres eternamente abrazados, por si no hay otras vidas, por si todo es fruto de mi imaginación. Por si esto que nos une no es tan especial como creo, estúpido arrogante que se siente superior al resto de los mortales. Es la sublime negación a la pérdida, a la muerte, a que nada trascienda. Es lo que nos hace creer en dioses y en promesas de paraísos, el pensar que no hay nada más tras el último suspiro. Aceptamos nuestra muerte, pero no somos capaces de concebir el “no existir”.

Quizá el amor, y solo el amor, mantenga viva la ilusión de creernos eternos.

Duerme, déjate llevar, descansa, estoy contigo. Cierra por fin los ojos con la tranquilidad y la confianza de que, si existen otras vidas, te buscaré en ellas y te encontraré entre la suave brisa de los tiempos, y volveremos a estar juntos, de nuevo… porque no puede ser de otra manera…

Francisco J. Berenguer

Será septiembre

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera. 

Física cuántica en ese hueco, debajo de las sábanas, cuando todavía nos devorábamos con la mirada, donde todo era posible y previsible, donde la relatividad dilataba el momento y el éxtasis con la matemática precisión de un orgasmo compartido, implosión controlada, mi silencio y tus gemidos.

Realidades paralelas y teoría de cuerdas, esas que utilizabas para tender tu ropa interior en el universo alternativo de nuestra inconsciencia, sin pinzas ni ataduras, desafiando al viento de la otra dimensión. La que te susurraba al oído que el cuerpo se compone de moléculas de carne inestable que se convierten en sombras enfermas y en muerte. Que la vida es el efímero instante de una ilusión, de un sueño que la materia tuvo con la complicidad de las estrellas.

¿Y quién creó mi pesadilla?

¿Quién atrofió mis músculos y decidió que no pudiera controlar mi cuerpo?

¿Quién pensó que era buena idea que mi mente siguiera lúcida mientras mi templo se desmoronaba? Ruinas flácidas de extremidades laxas, a veces, o retorcidos nudos de tendones que  muerden por dentro con la rabia de una fiera atrapada.

Será en septiembre, tiene que serlo, por favor, es mi mes.

Yo nací en septiembre y moriré en él, lo sé.

Ya no duele el dolor, no el propio más que el de quien me acompaña.

Tampoco place el placer, ya no quedan fuentes ni manantiales. Hasta la música parece burlarse de mí.

La vida me mantiene preso.

Mi cuerpo, la celda que me humilla.

Solo pido una cosa: dejar de ser humano.

Que dejéis todos de serlo, la humanidad es otra historia.

Quisiera recuperar el instinto animal. Nunca debimos olvidarlo, ni camuflarlo. La ley, la moral y la religión no existen en el universo, ni en la mente virgen de un neonato.

Dejad que la naturaleza, que mi naturaleza siga su curso. La evolución se equivocó con nosotros, se equivocó. Nos creó el dios que perdió a los dados. Si alguien hubiese ideado un mundo no sería como este.

Si pudiera, todavía, hablar o escribir, o mirarte a los ojos sin temblar, te diría lo que he descubierto, lo que no sé, lo que no siento. El enorme abismo en el que me hallo, del que quiero escapar y no puedo, ni siquiera está bien desearlo.

Solo deseo que llegue septiembre.

Que abras la ventana y mecerme con la brisa de levante.

Yo no soy de polvo, ni de ceniza. Soy de mar y de lluvia, de viento y espuma.

De azul y de sal.

Respirar el tiempo y el espacio, quisiera.

Descansar en la orilla de tu playa,

y que la marea nos reclame un día… para siempre.

Francisco J. Berenguer

Los casuales desencuentros

Casual desencuentro

Lo percibí en tu mirada esa mañana

mi café humeaba y el tuyo estaba frio

mi beso fue tierno y lo tuyo no fue un beso

labios tensos sin color, ni calor

Besé la fachada de una relación en ruinas

muro de piedra con tatuajes de grafiteros

donde yo ya no pintaba nada

ni dibujaba sonrisas

en tu rostro

Fue en el mismo bar donde nos conocimos

encuentro casual en un día de lluvia

seres anónimos que coinciden

aprovechando un despiste del destino.

Los desencuentros son distintos

uno no se vuelve desconocido, de repente

aunque lo pretendas

uno no sale por la puerta y la historia se acaba

aunque así debiera ser

como cerrar un libro inacabado

sin anhelar finales dolientes o felices

olvidar personas y comienzos

Yo, ya no te reconozco, aprendo rápido

 ya no recuerdo si ese día llovía

y fue el sol lo que deslumbró y no tú

Deberíamos gestionar nuestras casualidades

y dejar de escribir versos inútiles

en paredes de cristal

donde todo cambia de significado

visto desde el otro lado.

Francisco J. Berenguer

La tierra y la sangre

Sabor a tierra y sangre. Tierra húmeda y sangre seca. No sé cuanto tiempo estuve allí en el suelo de aquella ladera tras el accidente. No estaba acostumbrado a la lluvia, ¡Joder… vivo en Alicante y allí no llueve nunca! Tampoco tenía la pericia suficiente para ese pedazo de moto que me compré, de segunda mano, en mi crisis existencial de los cincuenta. Antes pesaba ciento treinta kilos y me quedé en noventa. Me volví a sentir joven y ligero… y gilipollas. Solo se vive una vez ¿y morirse? ¿cuántas veces se muere? La lluvia, el exceso de cilindrada, la inexperiencia y esa curva de montaña diseñada para volar se aliaron esa tarde, pacto de muerte anunciada. Es muy estrecho el ataúd, más de lo que pensaba, pero supongo que es cómodo, no sé, apenas noto mi cuerpo, pero puedo pensar y sentir. Creo que lo más horrible de mi vida ha sido escuchar la primera palada de tierra al caer sobre mi caja. Ese sonido sordo y hueco, de golpe, y luego el deslizarse de la arena y piedrecitas arañando la madera por mi derecha, por mi izquierda. Quise gritar y no pude, no sé si porque mi cuerpo verdaderamente estaba muerto y no respondía o porque mis labios estaban cosidos por dentro de la boca. Quizá no fuese más que una ilusión, pero sentí cada puntada, la tirantez del hilo al pretender separarlos, hasta el sabor de esos algodoncillos puestos entre las encías para rellenar. Sabía que aquello era definitivo, no como esos días previos en el hospital, o semanas, cuando estaba en coma. Entonces había posibilidad, lo escuchaba, las máquinas me mantenían con vida y dependía de mí, decían, que yo despertara. Pero no supe hacerlo, está claro. No pude encontrar la forma ni el camino, sentía que no dependía de mí, en serio. Como ahora ¿de quién o de qué depende que conserve la consciencia cuando ya estoy muerto? Porque lo estoy ¿verdad? Vamos, no me jodas, con tanto aparato y los supuestos conocimientos y adelantos médicos que tenemos, no me habréis enterrado vivo. No, no puede ser, o sí. La tierra sigue cayendo encima. El sonido cada vez es más pesado y lejano. Tengo frío ¿un muerto siente frío? Pero no tengo miedo, el miedo atroz que, seguramente, debería sentir. Quizá sea porque me he acostumbrado después de tantos días “viviendo” en este estado. Espero que esté lloviendo, siempre me ha gustado la lluvia, a pesar de que ésta y mi insensatez me matara. Me gustan los funerales lluviosos. Vestidos negros, paraguas negros. El negro estiliza y pega con todo, y contrasta muy bien con los colores de las flores, las coronas. ¿Tendré coronas? Me da igual, solo quiero que llueva. Huelo a tierra húmeda, sí, como el día del accidente, con sabor a tierra y sangre en la boca.

De pronto siento un movimiento, algo ligero al principio, como un pequeño temblor, una sacudida. Y luego otra y otra. O es un terremoto o me están sacando de mi tumba. Pero no es nada de eso. Veo o percibo una pequeña luz y me siento impulsado hacia ella. Al final va a ser cierta la historia esa del túnel y el caminar hacia la luz. Por una parte, es un alivio, pensaba que mi eternidad era esta, sentir cómo me iba descomponiendo lentamente dentro de mi fosa, el jodido infierno. La luz se acerca o yo me acerco a ella, la atracción es mayor. En este momento debería ver a mis familiares muertos dándome la bienvenida, tranquilizándome y tal, algo de eso había leído. Pero allí no aparecía nadie. Algo va mal, seguro, algo no he hecho bien, porque tampoco recuerdo a la gente que he querido, los que me han amado. ¿Qué está pasando? Por primera vez en mucho tiempo tengo conciencia de mi cuerpo, lo noto, pesado, como se retuerce y duele. Ya estoy llegando a la luz. Ahora sí que estoy acojonado. Veo unas manos gigantes que se acercan y me cogen de la cabeza. Dios tiene manos enormes y guantes de goma. Estiran de mí y me sacan como un corcho de una botella de vino, girándome y dándome vueltas. Todo es tan cegador. Todo es blanco y verde y siento sangre en mi boca. Apenas puedo abrir los ojos, percibo sonidos metálicos, voces, y como manipulan mis orificios. Sé donde estoy, ahora comprendo muchas cosas, he vuelto a nacer. Por eso olvidé a mis seres queridos, sus rostros, por eso siento que lo que queda de consciencia y los pocos recuerdos se van borrando, para iniciar la nueva vida limpio, un reseteado total, que todo esté por descubrir. Pero sigo pensando que algo funciona mal en mí, porque en lugar de alegrarme de esta nueva oportunidad, de este inconmensurable regalo que es la vida, solo se me ocurre pensar que es una mierda, que otra vez tendré que morir. Quiero gritar, quiero contar lo que me pasa antes de que todo recuerdo se esfume de mi mente. Y grito, y mi grito se convierte en llanto. Y lloro con fuerza mientras todo se desvanece en mi interior hasta que me ponen sobre el pecho desnudo de mi madre, y siento su piel y su voz, y un beso en mis diminutos dedos. Y reconozco sus latidos, y entonces dejo de llorar, porque encuentro la calma y la paz. La muerte y la vida… tan cercanas.

Francisco J. Berenguer

La esencia y las apariencias

Comienza el día.

Baile incesante de máscaras.

No hay personas, ni personalidad. La esencia se oculta, se disimula, se disfraza.

La zona neutra. Lo que vale, lo que se pide, lo que se espera de ti.

Te cruzas con gente por la calle, en el autobús, en el metro, y es gente, solo gente. No son individuos, ni casi humanos, son fachadas, mobiliario urbano, atrezzo en movimiento. Y tú, que te crees diferente, para ellos también eres gente, solo gente, una pieza sin importancia en el tablero, un peón prescindible en el juego.

¿Quién eres? ¿Quién soy? A veces se vislumbra, solo a veces, si te fijas. Pasa cuando miras a alguien sin que se percate de tu mirada, y va pensando en sus cosas, ensimismado, como si no estuviera rodeado de gente en ese autobús repleto, como en la ensoñación de un recuerdo placentero. Existe un momento en el que la máscara de camuflaje se desliza y te deja ver el ser que palpita debajo de ella. Lo sientes en una sonrisa apenas perceptible, en un parpadeo que dura un segundo más de lo normal, o una lágrima que parece asomar. Son instantes en los que aparece la intimidad, la particularidad, la levedad del ser. Pero dura solo hasta que se da cuenta de que puede estar siendo observado y, entonces, cambia de actitud, vuelve a tensar su rostro y adopta la postura que quiere mostrar, la neutra, la que no dice nada de ti, de lo que sientes ni padeces, ni triste ni alegre, con la simpatía justa, con la indolencia necesaria para no afectar ni que te afecte demasiado lo que te rodea, viajero de porcelana.

La mayor parte de la vida somos apariencia y no esencia. Y lo preocupante es cuando creemos ser lo que aparentamos y nos olvidamos o avergonzamos de lo que habita en nosotros, lo más valioso, la parte creadora, la que siente y construye, la luz que no envejece.

Cuando escribo, me libero, me desnudo, me destripo, lleno de vísceras y sangre el escritorio, es como una autopsia de un cuerpo que palpita, disecciono mis restos, exploro mis complejos, mis inseguridades y mis miedos. Me hago llorar y reír como un idiota, me expongo y me critico, me acepto y me rechazo. Me siento a gusto adoptando la personalidad de una mujer al escribir, perdonad mi torpeza, adoro a las mujeres y lo femenino, lo envidio. Creo que la esencia de cada uno carece de género, pero lo que tenemos de humano nos condiciona, la química y las hormonas juegan sucio, a veces, con el intelecto. El cuerpo que nos sirve de vehículo en este efímero viaje es parte de nosotros, nos guste o no, es necesario pactar con él, cuestión de salud y sexo.

Escribir es mi forma de explorar lo que realmente soy, de encontrarme con el ser que creo ser. Podría hablar de alma y espíritu, pero no creo en nada que nos trascienda. Creo que la vida ya es bastante importante en sí misma, concentrémonos en ella y adoptemos actitudes reales, conscientes y respetuosas con lo que nos rodea y con quienes compartimos este mundo. Si existe algo más no me preocupa, a todos nos espera lo mismo seas creyente o no. Creo que deberíamos emplear esa energía en lo que tenemos… hay tanto por hacer y por mejorar… ¿No os parece?

¡Dios! parezco un predicador de púlpito improvisado camuflado entre líneas. Perdón.

Supongo que cada uno encontrará, si la busca, la manera de estar a gusto con su yo interno, libre de máscaras, actitudes exageradas y disfraces inútiles. Yo voy a ir limpiando de sangre mi escritorio y recomponiendo mis órganos dentro de mi cuerpo, todo bien ordenadito, como me gusta a mí.

¿Sabéis? Quería hacer especial mención a mi hermano pequeño. Él ha transitado por varias etapas de su vida, muchas de ellas bastante complicadas, y creo que ha encontrado su verdadera esencia, la que tenemos de pequeño y se va perdiendo y corrompiendo por el tiempo y las circunstancias. Alejandro la encontró a través de su especial e intenso amor por la naturaleza, por el campo, las plantas y los animales (sin desmerecer el amor por su familia, claro está) pero creo que ese fue su camino o, al menos, gran parte de él.

Lo admiro, de verdad. Bueno, a él y a su pato, ese que se cree a veces que es un perro. La vida… que no deja de sorprendernos…

Francisco J. Berenguer