Antes de apagar la luz

Si no fuera imposible se podría decir que vuestra cama medía kilómetros y kilómetros, al menos esa era la distancia real que os separaba esa noche, porque cada centímetro se multiplicaba por mil y cada arruga en las sábanas era una cordillera insalvable que se erguía, imponente, entre los dos. Cada uno en su lado, cerca del precipicio, desafiando el peligro y el equilibrio. Cada uno con sus historias, cada uno con su móvil hábilmente adaptado a la inclinación suficiente y necesaria para evitar mostrar la pantalla al otro sin que pareciese ostensible que se quisiera ocultar.

Tú recuerdas en ese momento, justo cuando has enviado el emoticono de un corazón, la frase que una tarde agobiante de verano, de esos días en los que el aire acondicionado todavía no existía ni en los cines, tu madre te lanzó, como un potente saque de Nadal, a tu sudoroso cuerpo de dieciséis años: “Hija, te encontrarás dos tipos de hombres en tu vida, uno que te dará la confianza, la paz y la estabilidad necesaria y te casarás con él, y otro del que te enamorarás perdidamente sin poder evitarlo”. Y tú, que no estabas preparada para recibir aquella bola, pensaste que tu madre se estaba volviendo loca con tanto calor y tan solo sonreíste intentando aparentar que lo habías entendido. Acto seguido, ella siguió con los quehaceres de madre y tú te volviste a sumergir en el cotilleo de la “super Pop” que hojeabas en la cama, junto a la ventana abierta de par en par, invitando al aire de la calle a que pasara.

Ahora se te ha dibujado la misma sonrisa en el rostro, porque ahora entiendes perfectamente lo que ella quería decir. Caíste en la cuenta de que, posiblemente, tu madre tenía un amante o un enamorado, que se había enamorado de otra persona, vamos. Pero seguramente sería un enamoramiento de miradas furtivas en el paseo o cartas románticas pasadas a escondidas con la complicidad de una amiga de confianza, porque no te imaginabas, de ninguna manera, a tu recta y educada madre, restregando su cuerpo contra otro hombre que no fuera tu padre… ¿o sí?

Eres tú la que recibe ahora el emoticono del corazón junto con una pregunta: ¿estás con él en la cama? Escribes que sí, y que te gustaría que fuese él quien estuviera a tu lado y no tu marido, pero te arrepientes, lo borras y dejas solo el sí. Te sientes culpable, pero ¿qué vas a hacer? Te has enamorado sin poder o sin querer evitarlo, no sabes, se metió en tu vida tan de improviso, tan potente. Fue como un atropello en un paso de peatones donde te sentías segura, la zona placentera de tu matrimonio, y él irrumpió en ti sin respetar las normas, a toda velocidad, rozando la ilegalidad y la cordura.

Piensas que la vida está diseñada por arquitectos novatos e inexpertos, por moralistas de saldo, por señoras mayores que siempre visten de luto. ¿Por qué se entiende tan mal el amor? Existen muchas y variadas formas de amar, te dices: el amor a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos, a los animales, el amor propio… ninguno es excluyente. Amas igual a tu padre que a tu madre, amas a tu primer hijo, que crees que es lo máximo, pero luego llega el segundo y lo quieres igual, y si viene un tercero también… ¿por qué no podemos aceptar enamorarnos de dos personas a la vez? ¿qué hay de antinatural en eso? No construyamos más muros y más fronteras, no en esto, por favor.

Miras a tu marido y sientes que lo amas ¿cómo no vas a quererlo si es una buena persona con la que decidiste un día compartir tu vida y formar una familia? Es el padre de tus hijos, con el que has pasado momentos jodidos y momentos irrepetibles y hermosos. No puedes dejar de quererlo, no puedes. Pero tampoco puedes negarte a lo que sientes y cómo lo sientes, y no es cuestión de lealtad, de fidelidad, de respeto. Todos esos conceptos están diseñados para hacerte sentir mal, para que la culpabilidad te haga desistir y que te pierdas el respeto a ti misma, que no seas leal a lo que sientes, que vivas la vida tal cual se espera de ti…

Quizá tu pareja en ese momento, con el móvil, esté intercambiando frases y emoticonos con alguien de quien se ha enamorado. Quizá él sienta en ese mismo momento la misma inquietud que tú, la misma culpabilidad. Quizá en esa cama tan grande seáis cuatro en lugar de dos. Quizá la culpa sea el mayor obstáculo para la sinceridad y el entendimiento.

Ya no sabes, ya dudas de ti misma. Piensas que tal vez estás intentando justificar, de disfrazar la aparición o la necesidad de un amante y el amor sea otra cosa, eso que está siempre por llegar…

Bloqueas el teléfono, ni siquiera te despides, le das un beso de buenas noches a tu marido y apagas la luz.

Francisco J. Berenguer

Escrito por

Solo tenemos dos vidas, la tangible, la que llamamos real, y la que soñamos o imaginamos. Cuando me piden que hable sobre mí siempre dudo hasta dónde profundizar, quizá ni yo mismo me conozca tanto para hablar sobre cómo soy. Prefiero escribir y que lo que refleje en esas lineas me describa, que hable de mi realidad, de mis sueños, de mis miedos, de lo que quiero ser o, incluso, de lo que aborrezco. Nuestras vidas discurren sobre pedazos de sueños rotos. Yo imagino sueños, creo mundos y construyo personajes e historias cada día. Me dicen que eso no es real, que tengo que salir y disfrutar de lo que la vida me ofrece, pero cada uno busca su parcela de felicidad y se intenta quedar donde la encuentra. No soy mucho más que eso, lo que lees, lo que imagino y lo que escribo.

2 comentarios sobre “Antes de apagar la luz

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