No leas esto

Noto correr el tiempo por mis venas

Latidos como segundos golpeando uno tras otro, siempre hacia delante.

Mi cuerpo es un templo de tiempos perdidos, de silencios. Ruinas de quien mal envejece.

Duele más lo que se guarda. Habitaciones cerradas custodiadas por el olvido, que a veces deambula arrastrando los pies, cubiertos de moho y espeso polvo, con esas viejas llaves oxidadas ¿Oyes su lastimero tintineo? ¿ese que no te invita, pero te condena?

Negligencia inadvertida y descuidada. Hiciste lo que tuviste que hacer, convéncete de ello, es lo necesario para subsistir. No existen más fantasmas que los que habitan en ti.

Lloré en el vientre de mi madre y ella creyó que era especial. Lloré porque descubrí lo que se me venía encima y no quería nacer… pero ya tenía el tiempo en mis venas, hacia delante, como latidos, como tambores. Procesión de muerte disfrazada, condenado a vivir.

Sé hacia dónde me dirijo porque conozco el lugar de donde procedo. Todo en el universo es tan simple que sorprende. No existen respuestas porque no hay preguntas. La evidencia está para quien quiere beber de ella. Todos somos especiales y, a la vez, insignificantes. Todo está muerto y vivo al mismo tiempo. Lo que crees infinito y eterno solo es un parpadeo, y en un segundo se gestan miles de años.

No existe la esperanza porque no hay cura.

El sexo es una trampa para crear individuos que sufren y que busquen sexo para aliviar su sufrimiento y vuelvan a caer en la trampa.

La vida es una plaga en sí misma que pretende extenderse y perpetuarse por encima de todo y de todos. A ella no le importas más que como mero instrumento para su propósito. La naturaleza es un mecanismo perfectamente diseñado para sobrevivir donde no importa el sacrificio del individuo por el bien común… pero el individuo eres tú.

Mejor no pienses. Mejor olvida. Mejor sueña.

Pero el tiempo corre también por tus venas, latidos como segundos, siempre hacia delante. Condenado a muerte en este gran circo de gladiadores donde no hay emperadores, ni pulgares hacia arriba.

Lo siento. Hay quien te dirá que la vida es un milagro y que tiene momentos hermosos y tiernos. Y te ensalzará el amor, la música, el arte, la belleza. Son necesarios mecanismos de supervivencia del ser humano para poder dar sentido a toda esta mierda… ya te advertí que no leyeras esto…

 

Francisco J. Berenguer

No lo sabes

Solo sé que no sabes nada

de mí, de ti, de la lluvia

y las evidencias…

Que el mar de dudas te cubrió

sin coger aire

antes de que te sumergiera la ola

mirada turbia, lágrimas y sal

No me ajusté a tus patrones

medidas estándar de talla pequeña

prejuicios encorsetados

relaja la cremallera y las doctrinas

que el sexo no reside en la entrepierna  

ni al amor lo alberga el corazón

Que no sabes nada

de ti, de mí, de la noche

Que ya no espero lo que prometió tu boca

que la realidad me lo escupió a la cara

que tu sonrisa ya no es la llave

ni tus besos

ni tus sabias manos que tocan allí donde es

donde el tacto se convierte en suspiro

donde piel y carne se estremecen

donde el placer acuna al dolor

nana de adultos que adormece

pero no lo duerme, ni amordaza.

Que compartiste mi cama, pero no mis sueños

sábanas pegadas al cuerpo delimitando siluetas

cadáveres templados envasados al vacío

No sabes nada

y en la nada me disuelvo

junto a trocitos de ti, de mí, de la lluvia

y tus mentiras…

Francisco J. Berenguer

Por el bello caos de tu interior

Quisiera poder darte los mejores consejos, hija mía, ayudarte a comprender los requiebros de esta vida y cómo enfrentarte a ella, pero yo llevo cincuenta y cinco años aquí y no tengo ni puñetera idea de qué va esto, te lo aseguro.

Quizá sea incapacidad o discapacidad de entendimiento de esta mente que, como la tuya, tiene más preguntas que respuestas… acertadas. Lanzo interrogaciones y me devuelven puntos suspensivos. A veces me siento como un eterno jugador de “Trivial” con su ficha/contenedor vacía de quesitos recorriendo el tablero, viviendo allí al capricho de los dados, formulando mis propias preguntas sin respuesta, tarjetitas en blanco, espacio reciclable. Pero ¿sabes? De las preguntas también se aprende algo, del proceso que se genera en tu cerebro que hace que surja esa incógnita, de esa inquietud, del pensamiento abstracto, de todo eso. Porque significa que no te has conformado con lo establecido, con las respuestas de manual, con lo masticado, y has ido más allá, a la zona incómoda donde el vacío existe y buscas con qué llenarlo.

Puede que ese sea el punto donde te encuentres ahora. Asomada a un abismo que te observa con la misma intensidad con la que tú lo miras. Pero no te preocupes demasiado, aunque sientas la soledad más infinita todos habitamos en ese lugar por algún tiempo. Del vacío también se aprende y la nada es un lienzo en blanco donde diseñar tu mundo, donde construir cimientos, donde crear tus respuestas, tu arte, tu vida. Y no importa si al principio se te emborrona o te queda todo gris con trazos gruesos y descendentes, ya surgirán los colores y las líneas definidas, aquí tienes mi mano para guiar la tuya. Lo que yo aprendí, que no es mucho, te lo muestro, te lo cedo y concedo. No para que me copies sino para que lo valores, lo juzgues, lo cuestiones, lo hagas a tu manera para que seas tú.

Tampoco quieras ser perfecta, la vida no lo es, nadie lo es. En el universo impera el caos y la belleza, el misterio y la grandeza, el enigma y la pureza… y eso mismo veo en ti cuando te miro. Quien ideó la palabra y el concepto se equivocó. La perfección es antinatural y distópica, es un defecto más que una virtud.

Como ves, no tengo consejos, ni respuestas, y mis experiencias puede que no te sirvan, cada cual aprende de las suyas. Solo quiero que vivas; que rías y llores, que sufras, aunque me duela, pero el dolor es necesario, es parte de todo esto, la vida duele muchas veces y debes estar preparada. Que ames y te sientas amada, absorbe y reserva esos momentos de felicidad, vívelos plenamente y pasa del mundo en ese rato. Sé lo que tú quieras ser y como tú quieras, no dejes que te dominen, que te dirijan, que sus censuras no coarten tu libertad. Y lee, y sueña, y respeta, y… no quiero ser pesado, mi niña.

Mi mundo, mis errores, mis silencios, mis historias, lo que soy es lo que te puedo ofrecer. Cuenta siempre conmigo, aunque me veas enfadado, o serio, o después de haberte echado una bronca apenas te mire. Yo también me siento perdido como padre, muchas veces, y me arrepiento de lo que te digo o de lo que hago y quisiera cambiarlo, pero no puedo. Y oírte llorar me consume por dentro.

Te quiero. Os quiero.

Ah… una última cosa… si no encuentras respuestas, quizá sea porque no haces las preguntas adecuadas. Prueba a cambiar de perspectiva y enfoque, cambia las normas, míralo como si fuese la primera vez, relativiza y busca la esencia en tu interior, la explicación está más cerca de lo que creemos en la mayoría de las cuestiones.

(a Selene y Marina, mis trocitos de cielo)

Francisco J. Berenguer

Cosas de Mayores

Llegué corriendo a casa, casi sin aliento. En aquellos tiempos siempre iba corriendo a todos lados, creía que se me había hecho tarde y mis padres estarían enfadados, con la mesa puesta, esperándome para comer. Y mi madre habría salido al balcón para llamarme a gritos: ¡Paquitooo…! Yo odiaba que me llamase así, porque luego se cachondeaban mis amigos. Pero me equivoqué ese día, era pronto y me pareció extraño, porque yo siempre controlaba bien el tiempo en ese mundo donde los niños no usábamos relojes. Bueno, tenía ese reloj blanco de la comunión de correa de piel tintada con hebilla dorada, pero era para ocasiones contadas, mientras tanto, reposaba en una cajita sobre una tela aterciopelada junto a una pluma del mismo color, de esas que se usaban una vez o ninguna. Yo, y casi todos los niños de mi edad, soñábamos con tener un Casio de esos negros que comenzaron a venderse por entonces, tecnología punta.

Me dolían los pies, concretamente la planta de los pies. Había estado corriendo sobre tierra, campo y piedras y yo calzaba unas zapatillas marca “La Tórtola” o “La Perdiz”, no sé, un nombre de pájaro tenía seguro. Y estas zapatillas baratas no se caracterizaban por poseer una buena suela y notabas cualquier piedrecita como si caminaras descalzo. Un día me compraron unas “Paredes” y yo flipaba con ellas, era otro mundo. Vamos, que con las Paredes en los pies y un Casio en la muñeca me consideraba el rey, y destronaba al Dicaprio ese, que probablemente no habría ni nacido y la proa del Titánic le quedaba todavía muy, muy lejos.

Sería un sábado del verano de mil novecientos setenta y seis o setenta y siete. Años agitados en España. Recuerdo que en clase añadieron un cuadro más sobre la pizarra, al otro lado del crucifijo: el retrato del rey Don Juan Carlos. Así que teníamos a Dios, a Franco y al Rey, vigilándonos todo el tiempo. Insigne trilogía que, si bien a nuestra corta edad no nos transmitía mucha presión, sí que se nos contagiaba algo del respeto, la inquietud y el miedo de los mayores de nuestro entorno. Pero esa no fue la causa, ni mucho menos, de que ese día, a mis once o doce años, llegara a casa de esa manera tan agitada.

Había recorrido tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta mientras mi madre creía que estaba bajo de casa, jugando en la calle con los amigos del barrio, para ver a la chica que me gustaba. Se llamaba Mercedes y era preciosa. La conocía del colegio que, aunque seguía siendo Franquista y Falangista a más no poder, ese curso estrenamos nueva ubicación y nuevas instalaciones y, además, siguiendo el plan modernista y de cambio obligado por la situación, incorporaron la educación mixta. No iba a mi clase, pero la conocí durante un recreo. Solo la miraba de lejos, entonces los patios estaban divididos, uno para chicas y otro para los chicos y, aunque no había verjas de separación, estaba la mirada láser de las profesoras que vigilaban para que nadie traspasara la frontera bajo la amenaza de caer fulminado y desintegrado o castigado cara a la pared.

Me aprendí sus rasgos de memoria, su forma de moverse, su manera de andar. Un rostro tan hermoso que me parecía imposible no quedarse mirándola durante horas y un pelo, castaño claro, recogido en una larga coleta que se iba abriendo mientras caía por su espalda. Tenía el pelo tan brillante y apretado que yo creía que, seguramente le dolería. Era como si te estuvieran tirando del pelo hacia atrás continuamente, pensaba. Y de lo que sí estaba seguro, es que era impermeable, que ninguna gota de lluvia traspasaría la tensión de sus cabellos para mojarle la cabeza. Yo no sabía qué me pasaba, por qué me atraía tanto esa niña y mi incapacidad de dirigirle la palabra cuando coincidía con ella “casualmente” en la entrada o la salida de las clases. Yo iba a casa con el autobús concertado y ella se iba andando, eso es que vivía cerca del colegio. Un día, a través de la hermana de un compañero que iba a su clase, pude averiguar su dirección y hacia allí me dirigía algunos sábados, planeando mil situaciones para encontrarme con ella que, en mi cabeza, funcionaban muy bien, pero la realidad era otra cosa.

Solo me quedaba mirando su portal, semiescondido a una distancia prudencial, y observando las ventanas del piso donde vivía como un inocente acosador de temprana edad. Esperaba que alguna vez bajase para ir a por el pan o cualquier otro recado que le mandase su madre, pero eso nunca sucedió, al menos durante la hora escasa que podía dedicar a ejercer ese terrible secreto que no se lo podía contar a nadie, antes de volver corriendo hacia mi casa para evitar que mi madre se asomara y comenzara a llamarme con el “Paquito” dichoso.

Durante las vacaciones de verano le escribí una carta, un poema inspirado en la única poesía que conocía, la de Adolfo Bécquer, gracias a un libro que me regalaron también en mi comunión: Rimas y Leyendas. Todavía lo conservo. Pues tenía la intención de dársela al comenzar el curso siguiente, bien en mano o introduciéndola sigilosamente entre sus apuntes, pero ese año no volvió al colegio. También cambió de dirección, o de barrio, o de provincia, o de país… no la he visto nunca más.

Me quedé colgado con mi primer poema, con mi primer amor, con mi primera decepción y el primer vacío importante que se formó dentro de mí. Sin saber realmente qué me pasaba, sin poder contárselo a nadie.

No sé qué hice con esa cuartilla manuscrita en la que puse toda la pasión y sentimiento que puede poner un niño de once o doce años, no lo recuerdo, seguramente me desharía de ella, avergonzado, pensando que el amor es cosa de mayores…

Francisco J. Berenguer (Paquito)

Entre ciencias y letras impuras

Nunca entendí por qué una barrita de cincuenta gramos te engorda un kilo, y que para perderlo tengas que caminar durante horas varios días seguidos. La física y la química se llevan mal en mi cuerpo.
Tampoco entiendo cómo unas simples palabras, pronunciadas en pocos segundos, pueden causar tanto dolor, y que ese dolor perdure semanas, meses y años. O que las ausencias causen tristeza, o que una mirada te rompa los esquemas.
No entiendo por qué dicen que Dios descansó el séptimo día cuando tenía tanto por hacer todavía, o por arreglar, o mejorar. Tal vez fue un problema laboral y los sindicatos le obligaron. No sé por qué inventamos dioses para justificar nuestra existencia.
No sé por qué el tiempo es tan importante si la mayor parte de él estamos recordando el pasado o planificando un futuro. Vivimos en la franja equivocada, la que no existe, porque solo el presente es… aunque dure un segundo.
Y la música emociona. Y un abrazo reconforta.
La vida se empeña en mezclar conceptos, como si ya de por sí no fuese complicada. Los trastornos existenciales me acarician desde niño.
En mi cuerpo ya no cabe un alma. Mi pajar está lleno de agujas, las que perdisteis en el camino intentando coser vuestra alma al cuerpo, para que la semejanza se parezca a la imagen de quien os dejó a medio hacer.
Y los pequeños detalles son importantes. Y el trayecto más interesante que el destino. Y los preliminares más placenteros…
Tengo tantas dudas que llenaría folios, y de certezas renglones contados.
Solo somos la parte que no se nos ve. No seamos presos de la carne, ni sexualicemos tanto la vida. Demos prioridad a la inteligencia en esta mezcla.

Vidas Convergentes

Para ella se acaba la función, la última función en el teatro Principal. Y tú te vistes para afrontar un nuevo turno que está a punto de comenzar.  

La actriz, en la soledad del camerino y todavía con el eco de aplausos en los oídos, se va despojando de los restos de su personaje, los zapatos, las medias, la falda y la blusa.

Tú te vas poniendo el uniforme de trabajo, esos zapatos de seguridad que te hacen rozaduras, la chaqueta reflectante que te viene un poquito grande.  

Sentada ante un espejo, excesivamente iluminado, ella se quita las extensiones que conformaron su pelo, despega las pestañas postizas, borra de su rostro el rojo intenso de los labios, el color de sus párpados, la línea oscura que realzaba su mirada, los polvos mágicos que disimulaban las arrugas del cuello, las de su boca y las de sus ojos. Se mira triste, se siente vulnerable siendo ella misma.

Tú no te maquillas, tan solo un poco de color en los labios, el espejo te parece cruel de tan sincero. Las raíces se tornan blancas en tu pelo más pronto que tarde, los tintes caseros hacen lo que pueden, pero la peluquería es tan cara y este mes tienes muchos gastos. Sonríes y el espejo te llena la cara de arrugas ¡qué cabrón! tú sabes que no pareces tan mayor, aunque trabajar de noche estropea… ¡Me da igual! te dices, a quien no le guste que no mire.

El teléfono de ella no para de vibrar, es el grupo de WhatsApp, el de la compañía de teatro. Sus compañeros dicen que la esperan fuera para ir a algún sitio caro a cenar y beber hasta el amanecer, había que celebrar el éxito que han tenido con esta obra. Pero a ella no le apetece y les dice que irá más tarde, que comiencen la fiesta y ya se incorporará cuando llegue. Se termina de vestir con su propia y austera ropa, la que a su hija no le gusta porque dice que le hace parecer una abuela, pero es con la que se siente cómoda y a gusto. Ella no es de lujos ni ostentaciones, se sigue sintiendo como la niña pobre que soñaba con ser artista y se disfrazaba con lo que pillaba y actuaba y cantaba, sin ninguna vergüenza, cuando tenía ocasión. Acarició los pétalos de una rosa y salió a la calle, sin focos, sin música, sin aplausos, sin guion, donde la vida se improvisa.

Tu teléfono vibra tan solo una vez, te temes lo peor y aciertas. Es tu compañero, con el que habías quedado que te recogiera para ir al trabajo, que dice que no puede pasar, que ya te contará, que te busques la vida. No pierdes tiempo ni en contestar, ya lo pillarás allí. Desde luego, no sabes por qué sigues confiando en él, ya te lo ha hecho varias veces, pero viene bien que te lleven y te traigan en coche, y más a esas horas. Tienes el tiempo justo para coger el último autobús, te pones tu chaquetón de paño marrón encima de la reflectante, le das un grito a tu niña para que se entere que se queda sola, que te vas a trabajar y abres la puerta de la calle. Tu hija sale entonces de la habitación, no para darte un beso, es para enseñarte que tiene la nariz y el labio superior inflamado y que le duele mucho, que hagas algo. Tú le dices que ya le advertiste de no ponerse ese piercing tan feo en la nariz, que parece una argolla como la que les colocan a los animales para tirar de ellos, que se lo quite y se lo desinfecte todo. Ella te dice que no, que si se lo quita se le cierra el agujero. Y tú piensas que mejor así, y le dices que se lo ponga en el ombligo, que se ve menos. Cierras la puerta y se queda lloriqueando, te da pena, pero ya tiene veintitrés años, a su edad ya estabas harta de trabajar y no tenías tantas tonterías con los puñeteros piercings, ni esos pelos que se tiñen de rojo, de azul, de violeta… los pendientes en las orejas, y en el pelo una permanente cuando estabas muy loca y punto. Te haces la dura, pero sientes un peso en el pecho. Sales a la calle, con tristeza, con rabia, con prisa, donde estás cansada de tanto improvisar.

La noche era fresca, pero no hacía frio. Solo la humedad y los restos de una lluvia que había estado cayendo durante dos días sin parar hasta hace unos minutos, cuando acabó el teatro.

Ella recorre la calle sin ningún rumbo, liberada del tiempo y la disciplina, sin soportar la presión de sentirse observada y valorada por cada cual que paga una entrada. Herida de muerte, sabe que para ella esta ha sido la última función de su vida, nadie más está al corriente de su precaria salud. No quería trágicas despedidas, ni consuelos, ni alientos de esperanza. La vida se le escapaba sin remedio y hoy era un buen día para morir ¿para qué aguantar consciente hasta el final? ¿para qué soportar la agonía inevitable y dolorosa que estaba, seguro, por llegar? Hoy era un día de éxito, era su día.

Tú vas por la misma calle, pero en dirección contraria, mirando el reloj y con paso ligero a pesar de esos incómodos zapatos de seguridad reforzados en la puntera y en el talón que te están haciendo polvo los pies. ¿Y para qué? te dices, pronto todo esto acabará, el maldito cáncer ha vuelto a aparecer en tu cuerpo y ahora más jodido que hace tres años, cuando lo del colon. No se lo has dicho a nadie, ni a tu hija, ni a tus amigos. Piensas que, ya que te obligan a irte, la muerte tiene que ser personal e íntima, siempre que se pueda elegir, claro. Recuerdas el fin de semana anterior, cuando tomabas cervezas con tus compañeros en el pub de Tony. Allí casi te confiesas, pero aguantaste y te mordiste la lengua. Solo dijiste que la vida era como un gran grupo de WhatsApp en el que te meten sin preguntar y que tú no querías seguir perteneciendo a él y que querías salirte. Nadie te hizo caso, quizá la música estaba demasiado alta y tu lengua tropezase con alguna palabra, con tanto alcohol es difícil expresarse. Todos rieron sin entenderte, tú también. Y hoy, ¿por qué no? Era un buen día para abandonar el grupo de WhatsApp, para eliminar la jodida aplicación preinstalada en tus genes… era un buen día para morir…

Ocurren cosas misteriosas en esta vida, hechos que cada uno se encarga de darle una explicación según su cultura o creencias. Y esta noche sucedió algo de eso cuando se cruzaron sus caminos y sus miradas se encontraron. Quizá fue la desesperación que cada una reconoció en los ojos de la otra, quizá el miedo que se transmitía o tal vez la llamada de socorro que ninguna se atrevía a realizar, lo cierto es que se quedaron unos segundos sin poder apartar la mirada, sin hablar ni apenas moverse hasta que un coche que pasaba a una velocidad considerable les lanzó una enorme catarata de agua al pasar por un charco que se había acumulado en la carretera durante estos días atrás.

Se quedaron sorprendidas y empapadas y sin saber que hacer o decir. Creo que lloraron al principio y luego rieron, y alguna dijo: “me quiero morir”. Y la otra contestó: “y yo también”. Rompieron entonces a carcajadas y se abrazaron como si se conocieran de varias vidas, como si se hubieran estado esperando, reencarnación tras reencarnación, por varios siglos… como solo pueden hacerlo dos desconocidos.

Pasaron la noche juntas hablando de todo por lo que habían pasado, intercambiando secretos e intimidades de esas que nunca se atreverían confesar a nadie. Contaron tanto de sí mismas que aprendieron a reconocerse en sus propias palabras, a darse cuenta de los errores cometidos y de lo que el dolor nunca llega a justificar. Les sorprendió el amanecer en el banco de un parque después de haber cerrado varios bares, vieron el nacimiento de un nuevo día, y lo agradecieron… a pesar de todo.

Y ambas supieron que no sería el último.

Francisco J. Berenguer

Lo más triste y hermoso

Llevo desde poco antes de las seis de la mañana intentando dar el inicio adecuado a esta entrada. Escribo algo, no me gusta, lo borro, vuelvo a comenzar, sigue sin gustarme, lo modifico, lo reescribo, lo elimino, me hago un café, me quemo la lengua, me remuevo en la silla, la postura, la luz, el teclado, me levanto y amanece, lo escribo a pluma en mi cuaderno de notas, la pluma da otro toque diferente al bolígrafo, me inspira, pero no me convence, no lo logro hoy, pero insisto porque vale la pena. Al final, tonto de mí, me pongo los auriculares y escucho la música de la que os quería hablar. Podía haberlo hecho antes pero no quería llorar hasta el final, como en las buenas películas, y ha sido escuchar las primeras notas y ya está. Qué mal se escribe con los ojos empañados.

Es curiosa la capacidad que ciertas melodías tienen para transportarte a otros mundos, a otros sueños o realidades, o hasta lo más íntimo de ti, a ese lugar que ni siquiera sabías que existía en tu interior, donde quizá no querías llegar o agradeces haber descubierto. Para mí, una de esas maravillosas creaciones que realmente consiguen conmoverme, si no la que más, es “Adagio for Strings” de Samuel Barber. Lo más triste y hermoso.

Recomiendo que os toméis unos minutos de vuestro tiempo y lo escuchéis con tranquilidad, a ser posible con auriculares o en un buen equipo de música, cerrad los ojos y dejad que la línea melódica os envuelva, procurad dejar la mente en blanco porque las ideas, los pensamientos, los recuerdos o los sentimientos surgirán solos… Y bueno, si os deja indiferentes, por lo menos os habrá relajado y habréis escuchado un ratito de buena música.

Seguro que muchos conocéis esta obra, o la habréis escuchado ya u os sonará de algo. La han empleado en algunas películas y anuncios, la más peculiar por la temática, y fue precisamente en esa donde la descubrí, es en la banda sonora de “Platoon”, una película que trata sobre la guerra de Vietnam.

El particular episodio donde se incorporó esta melodía a la banda sonora de mi propia vida fue hace unos años, tras la muerte de mi madre. No quiero dramatizar ahora, ni ponerme a contar las circunstancias y pormenores de aquello, solo lo que este adagio significó en ese momento para mí.

Fue al llegar a casa después del funeral. Mi madre estuvo varios días en coma, días eternos de espera e incertidumbres tras un inoportuno derrame cerebral, hasta que al final una tarde decidió irse definitivamente. Recuerdo el último beso cuando le quitaron ya todos los tubos y cables. Un beso en la frente pálida y tibia todavía. La piel conservaba algo de calor, de luz, de la vida que me concedió al nacer, retazos de caricias, de esa sonrisa tan peculiar en esos labios ahora deshidratados, de esa increíble mirada que se ocultaba ahora tras los párpados cerrados, perpetua oscuridad… perdón…

Fue al llegar a casa cuando me puse a escuchar esta obra maestra a todo volumen, no sé, podía haberme puesto otra, pero fue ésta, como si ella me hubiese elegido a mí, al momento, al instante, y no yo a ella. Sentí como cada nota se introducía dentro de mi cuerpo, me bañaba en un mar de calma, me zarandeaba, a veces, me llenaba, me vaciaba, me hablaba y me decía que no tuviese miedo, que todo estaba bien. Sí, los violines me hablaban, las violas, los violonchelos. La increíble melodía, tan bella, tan triste, pero con el toque justo de esperanza, de que la vida continúa. Y tras esa parte de la obra en el que los violines tocan las notas más agudas, como un grito, una mano alzada desde la oscuridad más absoluta pidiendo ayuda, le sigue una pausa y de nuevo la gravedad, la seriedad de la melodía como un bálsamo, como unos brazos a los que acudir, unos brazos que te dicen que siempre estarán allí para calmar tus miedos… y en ese momento me di cuenta de que estaba llorando, que no había llorado hasta entonces desde que todo comenzó. Y todo ese dolor que tenía acumulado, que me oprimía el pecho y el alma, se liberó con el final de esta maravillosa música… y lloré como un niño, como un hombre. Lloré de pena, de tristeza, de dolor, de rabia. Lloré por los finales inevitables y los principios desconocidos, por el amor, por la belleza, por la torpeza en entender de qué va la vida…

¡Ufff…! Son más de las nueve de la mañana, creo que lo voy a dejar así.

Gracias por acompañarme.

Un abrazo.

Francisco J. Berenguer

En Febrero

Empleo más tiempo ante el armario abierto, decidiendo qué voy a ponerme, que desayunando, aunque ahora desayuno poco, bueno, y como poco y ceno poco y poco de todo, porque los excesos se acumulan en las zonas del cuerpo equivocadas, que… la verdad, qué les costaría a esos kilitos de sobra situarse estratégicamente y hacerme más esbelta y atractiva, pero no, ellos a su bola, la barriga, los muslos, la papada… qué malos son los sesenta… aunque no para todas, claro. Mira a Juani, mi amiga del alma, ella ha sido delgada toda su vida, cuántas veces me ha dicho que envidiaba mis tetas y mi culo y ahora soy yo la que deseo tener menos de todo, porque ella ha ensanchado un poco y yo casi el doble. Que la culpa se la cargo a los disgustos, a la menopausia y a la retención de líquidos, sí, pero a mí me cuesta cada vez más encontrar algo que ponerme con lo que sentirme a gusto y encima, ya está haciendo calor y sopla viento, que viene fresco, pero al sol te quemas… ¡Dios! ¡Qué poco dura el invierno en Alicante!

Y Jaime con sus chistecitos, que no digo yo que no me guste su sentido del humor, que tiene su gracia, pero cuando me dice que le gustan mis carnes y que no le importa que engorde de aquí o de allá me hace sentir un poco como una cerdita de las que se aprovecha todo, hasta los andares que él piropea. Estoy a gusto con él, no lo puedo negar, aunque la primera cita fue un desastre, el alcohol le jugó una mala pasada y eso que ya le advertía yo durante toda la noche que se estaba pasando, pero nada. Él dice que fueron los nervios, que lo perdonase y que le diese otra oportunidad. Y yo se la doy ¿cómo no? No tenía ninguna expectativa, no esperaba nada extraordinario de él y por eso no me defraudó, ya no tengo edad para ir ilusionándome como una chiquilla del primer hombre que me invite a cenar. Hemos vuelto a quedar hoy para comer y yo aquí rompiéndome la cabeza para ver qué me pongo.

Juani dice que es un error, que si no estoy del todo convencida no quede con él, que va a ser peor a la larga, que todavía soy joven y que espere a encontrar el amor de alguien que de verdad me vuelva a remover todo por dentro y que las fotos que duelen, aunque las tenga olvidadas en un cajón, no hacen olvidar el pasado. Quizá tenga razón, pero yo hace tiempo que dejé de creer en el amor, o más bien él dejó de creer en mí. Y además tan solo es una cita, la segunda ¿qué más da? No pienso enamorarme de nadie… otra vez, no de esa manera… no quiero recordar, ahora no.

El vestido negro con la chaquetita a juego, las medias negras, aunque mejor pantys para que no me aprieten en los muslos y un elegante pañuelo de seda negro con discretas flores rojas, zapatos de medio tacón. Sigo siendo atractiva, lo sé, sé que gusta lo que muestro y eso que todavía no saben cómo soy, cómo puedo llegar a sentir, mi capacidad de amar, de entregar, de darme toda…

Hace calor, aunque con rachas de un incómodo viento que viene fresquito. Jaime sonríe cuando entro en su coche, yo trago mis lágrimas, que no quería, pero tengo ganas de llorar y siento frío, tengo el invierno instalado en mis entrañas. Un caldero en Santa Pola dice que ha encargado, yo le digo que pare el coche y que me disculpe, que no me encuentro bien y me bajo allí mismo.

Hay historias que no se deben comenzar cuando existen otras que todavía sangran…

Francisco J. Berenguer

(Texto publicado en ASDA, en cuyo boletín tengo el placer de colaborar)

Antes de apagar la luz

Si no fuera imposible se podría decir que vuestra cama medía kilómetros y kilómetros, al menos esa era la distancia real que os separaba esa noche, porque cada centímetro se multiplicaba por mil y cada arruga en las sábanas era una cordillera insalvable que se erguía, imponente, entre los dos. Cada uno en su lado, cerca del precipicio, desafiando el peligro y el equilibrio. Cada uno con sus historias, cada uno con su móvil hábilmente adaptado a la inclinación suficiente y necesaria para evitar mostrar la pantalla al otro sin que pareciese ostensible que se quisiera ocultar.

Tú recuerdas en ese momento, justo cuando has enviado el emoticono de un corazón, la frase que una tarde agobiante de verano, de esos días en los que el aire acondicionado todavía no existía ni en los cines, tu madre te lanzó, como un potente saque de Nadal, a tu sudoroso cuerpo de dieciséis años: “Hija, te encontrarás dos tipos de hombres en tu vida, uno que te dará la confianza, la paz y la estabilidad necesaria y te casarás con él, y otro del que te enamorarás perdidamente sin poder evitarlo”. Y tú, que no estabas preparada para recibir aquella bola, pensaste que tu madre se estaba volviendo loca con tanto calor y tan solo sonreíste intentando aparentar que lo habías entendido. Acto seguido, ella siguió con los quehaceres de madre y tú te volviste a sumergir en el cotilleo de la “super Pop” que hojeabas en la cama, junto a la ventana abierta de par en par, invitando al aire de la calle a que pasara.

Ahora se te ha dibujado la misma sonrisa en el rostro, porque ahora entiendes perfectamente lo que ella quería decir. Caíste en la cuenta de que, posiblemente, tu madre tenía un amante o un enamorado, que se había enamorado de otra persona, vamos. Pero seguramente sería un enamoramiento de miradas furtivas en el paseo o cartas románticas pasadas a escondidas con la complicidad de una amiga de confianza, porque no te imaginabas, de ninguna manera, a tu recta y educada madre, restregando su cuerpo contra otro hombre que no fuera tu padre… ¿o sí?

Eres tú la que recibe ahora el emoticono del corazón junto con una pregunta: ¿estás con él en la cama? Escribes que sí, y que te gustaría que fuese él quien estuviera a tu lado y no tu marido, pero te arrepientes, lo borras y dejas solo el sí. Te sientes culpable, pero ¿qué vas a hacer? Te has enamorado sin poder o sin querer evitarlo, no sabes, se metió en tu vida tan de improviso, tan potente. Fue como un atropello en un paso de peatones donde te sentías segura, la zona placentera de tu matrimonio, y él irrumpió en ti sin respetar las normas, a toda velocidad, rozando la ilegalidad y la cordura.

Piensas que la vida está diseñada por arquitectos novatos e inexpertos, por moralistas de saldo, por señoras mayores que siempre visten de luto. ¿Por qué se entiende tan mal el amor? Existen muchas y variadas formas de amar, te dices: el amor a tus padres, a tus hermanos, a tus hijos, a los animales, el amor propio… ninguno es excluyente. Amas igual a tu padre que a tu madre, amas a tu primer hijo, que crees que es lo máximo, pero luego llega el segundo y lo quieres igual, y si viene un tercero también… ¿por qué no podemos aceptar enamorarnos de dos personas a la vez? ¿qué hay de antinatural en eso? No construyamos más muros y más fronteras, no en esto, por favor.

Miras a tu marido y sientes que lo amas ¿cómo no vas a quererlo si es una buena persona con la que decidiste un día compartir tu vida y formar una familia? Es el padre de tus hijos, con el que has pasado momentos jodidos y momentos irrepetibles y hermosos. No puedes dejar de quererlo, no puedes. Pero tampoco puedes negarte a lo que sientes y cómo lo sientes, y no es cuestión de lealtad, de fidelidad, de respeto. Todos esos conceptos están diseñados para hacerte sentir mal, para que la culpabilidad te haga desistir y que te pierdas el respeto a ti misma, que no seas leal a lo que sientes, que vivas la vida tal cual se espera de ti…

Quizá tu pareja en ese momento, con el móvil, esté intercambiando frases y emoticonos con alguien de quien se ha enamorado. Quizá él sienta en ese mismo momento la misma inquietud que tú, la misma culpabilidad. Quizá en esa cama tan grande seáis cuatro en lugar de dos. Quizá la culpa sea el mayor obstáculo para la sinceridad y el entendimiento.

Ya no sabes, ya dudas de ti misma. Piensas que tal vez estás intentando justificar, de disfrazar la aparición o la necesidad de un amante y el amor sea otra cosa, eso que está siempre por llegar…

Bloqueas el teléfono, ni siquiera te despides, le das un beso de buenas noches a tu marido y apagas la luz.

Francisco J. Berenguer