El miedo latente

Estás en la cama de tu hija, tumbada a su lado, con una manita entre las tuyas.

Atendiste a su llamada esa noche cuando te reclamó en un grito ahogado y te dijo: “Mamá, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, su miedo y en él reconociste el tuyo, el que habías albergado durante toda tu vida.

Era el miedo a morirte, que no a la muerte.

El concepto de la muerte lo conocías desde temprana edad, como tu hija, desde los siete u ocho años. Concebías la muerte como algo natural como un proceso necesario, el único y verdadero destino común y predecible para todo el mundo, hilo negro anudado al corazón que tiraba de cada uno de nosotros en el momento más inoportuno, porque no existe momento oportuno para abandonar esta vida, aunque se busque intencionadamente.

El miedo, el verdadero miedo, el que habías percibido en los ojos de tu niña era el mismo que más de cuarenta años atrás sentiste tú aquella noche en la que llamaste también a tu madre, pero ella no se quedó contigo apretando tu mano contra su pecho y tan solo se esforzaba en quitarle importancia haciéndote ver que aquello no tenía lógica, haciéndote sentir poco más que tonta, dejándote la humedad efímera de un beso en la frente antes de marcharse de tu cuarto. Era el miedo a dejar de existir, a desaparecer, como si la oscuridad y la soledad te fueran a engullir y te condenaran a habitar allí para siempre, un lugar donde los demás te darían por muerta, pero tú en realidad continuabas secuestrada en esa soledad eterna, en una espesa tiniebla oscura en la que por mucho que grites nadie puede llegar a escucharte, donde ni tú misma percibes el eco de tu voz.

Podrías haberle contado a tu pequeña cómo llegaste a superar esa angustia ancestral, pero sabías que no era momento para hablar, que lo que necesitaba era tu compañía, tu comprensión, la calidez de tu cuerpo junto al suyo ya era suficiente para calmarla, se sentía protegida e inmune a cualquier mal que acechara fuera de los límites de su cama. Ya habría tiempo para eso y… además, sabes que nunca has llegado a superar tu miedo latente…

Habías desarrollado un instinto, una estrategia, una forma de vida para alejar a la muerte, mantenerla al otro lado del rio sin que hallara puentes a tu ribera. Creíste que el amor era tu protección, tu escudo, tu amuleto. El amor, con mayúsculas, a ti misma y a todo lo que te rodea. El amor a las personas, a los animales, a las cosas, a lo más simple, amor a la vida, poner verdadera pasión a todo lo que se hace, a todo lo que se dice, a todo lo que se siente. Y rodearte de gente que quieres y te quieren, hacerte querer y preocuparte en hacerles sentir que los quieres, que son importantes para ti. Cuidar las relaciones, mantener la amistad, amar plenamente con el cuerpo y la mente y, sobre todo, tener ocultos tus demonios, no dejarlos salir, que no enturbien, que no te vomiten su realidad en tu cara. Creíste que si sentías mucho, mucho por todo, que si la muerte veía tu interés por cualquier cosa que la vida te ofrecía pondría el suyo en alguien que apreciara menos el gran milagro de la existencia, pero aprendiste que el amor no la repele y ésta te lo fue arrebatando con la crueldad de quien dice siempre la verdad.

Ahora estás en tu cama y tu hija, tumbada a tu lado, acaricia tu mano entre las suyas. Eres vieja y ella ya no es una niña.

Atendió tu llamada cuando, con un grito ahogado, la reclamaste y le dijiste: “Hija mía, tengo miedo”. Y enseguida viste, en sus ojos llorosos, todo el amor que siente por ti, pudiste comprobar que ningún miedo enturbiaba su dulce mirada y entonces, y solo entonces, el tuyo también desapareció. Te invadió una sensación de paz y complacencia infinita, como quien finaliza con éxito un difícil trabajo que se le había encomendado. Oyes voces, como música lejana, susurros de alguien conocido, palabras de despedida que se deslizan suavemente en tus oídos.

Y cierras lentamente los ojos sin temor ya a la oscuridad…

Francisco J. Berenguer

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