Seda Roja

Cierra los ojos y pide un deseo.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando sonó el disparo.

Cumplo diecisiete años, una edad preciosa según mi madre, aunque para mí no lo es tanto. Bueno, sí lo es, pero es como encontrarse a medio camino entre la chica adolescente, que hace tiempo dejó de ser una niña, y la mujer reconocida oficialmente en el dni, la que puede conducir, votar, no pedir autorización para ir de excursión con el instituto… jajajaja

Me llamo Anabel y estoy con mi amigo Rafa en un parquecito de mi barrio. Es un barrio pobre, humilde, de trabajadores pobres y humildes. Un barrio de los que llaman conflictivo por alguna gente que se está metiendo últimamente por aquí, pero tampoco es para tanto, a mí me gusta, aunque los repartidores de pizzas no se atrevan a acercarse a determinadas calles.

Unos niños acaban de pasar por nuestro lado. Uno llevaba oculto bajo su cazadora una pistola que encontraron en el vertedero. Ya los habíamos visto otras veces jugar con ella, pensábamos que estaba estropeada. Dos de los cuatro de la pandilla eran los hijos del “Dientes”, uno que se dedica a vender droga y que lleva metal en la dentadura, no sé si por salud dental o porque, simplemente, le gusta. Es de la gente de la que conviene mantenerse alejada, de él y de sus hijos. Tampoco sabíamos que ese día uno de ellos había conseguido una bala y se proponían jugar a la ruleta rusa.

Rafa está a punto de cumplir los dieciocho, no quiere estudiar y por eso su padre lo metió en su taller de motos para que fuera aprendiendo un oficio. Sé que le gusto, aunque nunca me lo ha dicho, no hace falta, esos ojos azul verdoso, depende de la luz que le dé, se declaran por él. ¿Que si a mí me gusta? Claro que sí, pero no quiero liarme en una relación, no quiero atarme todavía. Siento que mi vida está comenzando a volar por el cielo que yo elijo y quiero sentirme libre.

Esta tarde, Rafa, ha salido más pronto del taller y me ha comprado un pastelito en el super, uno barato de esos que vienen envueltos en plástico. Previamente, había pasado por la mercería del barrio para regalarme un pañuelo rojo de seda que semanas atrás vimos en el escaparate y le dije que me encantaba, pero no le llegaba el presupuesto. El pobre no tiene un céntimo, su padre lo ata bien en corto. Pero eso es lo de menos. El pastel es de esos rectangulares de bizcocho y chocolate por encima. Ha puesto una vela que dice que encontró en un cajón de la cocina de su casa, una vela pequeña, varias veces usada, con la mecha tan negra y seca que le ha costado un montón encenderla, hasta se ha quemado el dedo gordo con el mechero. Se lo ha metido en la boca para aliviar el dolor y casi no puedo entenderle cuando me pone el pastel con la vela encendida a la altura de mi boca y me dice: cierra los ojos y pide un deseo.

A mí me hizo reír y de la risa apagué la vela sin querer. Así no vale, dijo. Y se puso otra vez con la tarea de volverla a encender.

Mientras chasqueaba el mechero con su dedo maltrecho yo me dediqué a pensar en el deseo que podía pedir.

Pensé en mi madre, en lo mucho que trabaja la pobre y en lo apurado que llegamos a fin de mes. Por las mañanas está en el supermercado del barrio y por las tardes limpia casas, escaleras, locales o lo que le salga. Termina agotada todos los días y me da mucha pena. Desearía algo para ella; que le tocase la bonoloto esa que echa con números fijos desde no se sabe cuando y que nunca han salido más de cuatro números; o que encontrase un hombre que la quisiera, aunque ella dice que no quiere hombres, que con mi padre ya tuvo bastante. Yo apenas lo conocí, dicen que era un borracho, juerguista y mujeriego. Se marchó cuando era muy pequeña.

Pensé en la vecina Concha, tendrá más de ochenta años, vive sola y se le olvidan las cosas. Tiene cuatro hijos y también se les olvida visitarla, debe ser algo de familia.

Pensé en Rafa. Su madre sufre de depresiones, no le pasa nada grave, creo que no le gusta su vida. Su padre está hundido, no sabe cómo animarla, ya ha desistido y ahora solo hace que trabajar y trabajar, y él está muy perdido.

Me puso el pastelito de nuevo a la altura de la boca y me dijo: el deseo tiene que ser para ti. ¡Qué curioso! Parece que me leyera el pensamiento.

Cierra los ojos y pide un deseo, repitió.

Yo los cerré… y fue en ese momento cuando la bala salió disparada de la vieja pistola de esos niños.

Hasta imagino que veo la trayectoria… a cámara lenta… un trozo de metal, un pequeño dardo letal que apenas hirió en la frente al hijo mayor del “Dientes” cuando apretó el gatillo, un rasguño que le dejaría una cicatriz en forma de rayo, como la versión barriobajera de Harry Potter. La bala ascendió unos metros hasta chocar con la barandilla del balcón de un primer piso y rebotó en oblicuo hacia abajo, allí impactó con el bordillo de piedra de la acera y continuó casi paralela al suelo hacia donde estábamos. Pasó por debajo de dos coches, uno de ellos el de mi madre, se metió en el jardín, sesgó dos margaritas por el tallo y deshojó una tercera y una cuarta. Una nube de hojas blancas y amarillas lanzadas al aire como dando la bienvenida y adornando el paso de la muerte. Y, antes de que la primera de esas hojas tocara tierra, la bala penetró, sin resistencia, en el cuerpo de mi amigo.

Lo primero que vi al abrir los ojos fue como un chorro de sangre salía a borbotones del cuello de Rafa que me miraba sorprendido sin saber todavía lo que estaba ocurriendo. Quise taponar su herida con mi mano, pero la sangre salía con demasiada fuerza. Su vida se le escapaba entre mis dedos y yo no podía hacer nada por evitarlo. Seda roja que nos envolvía templada y amarga.

La gente se acercaba. Se oían gritos y lamentos.

Yo cerré los ojos con fuerza y entonces, sí, pedí lo único que podía desear en ese momento…

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