Todos somos… monstruos.

Hay seres que nunca deberían haber existido

Se descuidó la naturaleza, sucumbió al engaño de los monstruos

que se disfrazaron con la piel de los primeros hombres

Sed de sangre y sexo, sometimiento y poder del macho

instintos arraigados que justifican al animal, denigrando al humano

A veces temo ser uno de ellos, mi monstruo inquieta mis entrañas

Todos tenemos uno ¿o solo soy yo quien lo posee?

Me avergüenzo de él, no por lo que hace, porque lo domino y subyugo

sino por lo que es capaz de hacer, de pensar, de decir…

Quizá mi monstruo sea mayor que el de cualquiera y por eso escribo

y lo canalizo en mi escritura

aplaco su sed con mis historias y personajes que él cree reales

lo mantengo preso tras los barrotes de mi mente

tal vez lo esté sobrealimentando

criatura deforme que no puede ver la luz, oculta en mi interior

de donde no pueda escapar… no debe.

He visto monstruos asomar de quien menos sospechaba

y no solo en machos, las hembras también lo albergan

Los he visto nutrirse del dolor que se convierte en odio

y el odio los engrandece, se tornan valientes y miserables

capaces de torturar y devorar vidas, de hacer daño por placer.

Creo que el mayor logro del ser humano es haber aprendido a contenerlos

a partir de ahí se pudo crear la música, la literatura, la poesía

se pudo amar, apreciar la belleza

y disfrutar de los placeres de la existencia…

O quizá todos seamos monstruos disfrazados de piel y carne

actuando en el gran circo de la vida

jugando a devorar y evitando ser devorados

creyendo tanto en nuestro papel asignado que ignoramos la realidad

aunque esta, a veces, nos escandalice manchándonos las manos

con la sangre de un inocente

que, simplemente, pasaba por allí.

Francisco J. Berenguer

Café… ¿solo?

Resulta curioso cómo los sueños se desvanecen apenas despertamos. Tú me decías que para evitar que sucediera debías contárselo a alguien nada más despertar y siempre antes de desayunar, como si el café y las tostadas fueran una prolongación de la frontera entre los dos mundos.

Esta mañana no quiero olvidar lo que he soñado, pero no tengo a nadie con quien compartirlo, por eso evito desayunar y estoy aquí, sentado en la cocina, mirando la vieja cafetera italiana de aluminio que he puesto sobre la encimera, a fuego lento, esperando que suba el café.

Sí, es tu cafetera, la uso a diario. Al final he arrinconado la de cápsulas, la que me decías que hacía mucho ruido a pesar de ser tan cara. Nunca llegaste a reconocer que el café sabía mejor con ella, tú decías que sabía distinto, pero no mejor, que preferías lo clásico, y debo reconocer que tenías razón; el proceso de llenarla de agua, poner el café molido en su justa medida, enroscarla fuerte, ponerla al fuego y esperar hasta que el sonido del vapor te indique que está listo, tiene su encanto…

Y me sigue recordando a ti. A esas mañanas de domingo, tu sonrisa despeinada, desayunando en la cocina, desnuda bajo una camiseta de las mías que te cubría hasta medio muslo, el aroma del café recién hecho. Yo quemándome con las tostadas y tú escribiendo poemas en tu cuaderno con un bolígrafo chupado y mordido, que es lo que hacías cuando no te salía la palabra que buscabas.

Siempre me ha gustado tu letra y te daba igual que me burlara de los círculos que ponías sobre las íes, en lugar de puntos. Decías que eran globos y que los acentos y las comas los hacías laaargos porque eran como los hilos que sujetaban los globos a las letras para que no salieran volando.

Te he soñado y, como otras tantas veces, no quiero que te desvanezcas con el primer sorbo… por favor, no… hoy no.

Estábamos en la playa, no sé cuál, ya sabes, los sueños tienen estas cosas. Éramos muy jóvenes, como cuando comenzamos a salir. Tú estabas tumbada de espaldas sobre la arena tomando el sol sin la parte de arriba y yo te miraba, embelesado, admirando la belleza que respirabas y que a mí me cortaba la respiración. Hubo un momento que abriste los ojos y me miraste, sin decir nada, era tan dulce, tan hermoso, tan real. Juraría que en ese momento tú también estabas soñando conmigo y nuestras miradas se unieron traspasando lo onírico, rozando el milagro, compartiendo ese eterno minuto en el desván del paraíso…

Luego se hizo invierno, el sol entornó los párpados, un viento frío se levantó de improviso, tus pezones se endurecieron y toda tú te comenzaste a deshacer como una figura de arena, lentamente, hasta que el mar te hizo desaparecer y yo desperté empapado de ti.

Un día decidiste que debíamos terminar y te fuiste, con las razones justas. También, como la arena, te deslizaste entre las grietas de mis inseguridades y no supe retenerte, lo que te ofrecí no te pareció suficiente. Ahora solo te sueño y leo y releo el cuaderno que dejaste en tu lado de la cama, poesías improvisadas e inacabadas que ya recito de memoria.

Ha pasado mucho tiempo y ya no sé si sigues tomando café, si te has pasado a las cápsulas o ahora tomas té o cualquier otra infusión ¡qué más da!

Guardo tu cuaderno con recelo para que no se escapen los globos, para poder dejarlos volar juntos el día que vuelvas, porque sé que volverás… porque nadie se va para siempre y deja olvidado en el lugar del que se marchó los poemas que, latido a latido,  le surgieron del alma.

Quizás solo sea otro sueño que se desvanezca cuanto termine este café de domingo, porque no tengo a nadie a quien contarle, antes del desayuno, lo mucho que te echo de menos y la forma tan desgarradora en la que todavía te amo.

 

Francisco J. Berenguer

Canción de despedida

Admiramos a la luna y su belleza
cuando solo es un satélite inhóspito
gris y amargado
sin titulación de planeta, dependiente
de una dosis de gravedad
que la Tierra le suministra
en un callejón oscuro
a escondidas de poetas enamorados
a cambio de un pacto con las mareas
y una sonrisa maquillada
cuando el sol le da en la cara.
Solo soy la parte que quieres ver,
o la que muestro
la mitad de mí, o quizá menos
cuarto menguante
No aterrices en mi cara oculta
no conoces los riesgos
allí no existe el amor, ni almas,
ni duermen ángeles
Ni siquiera hay dolor, ya sobrepasé la frontera
donde lo que duele se convierte en polvo
y mis lágrimas se solidificaron en cráteres
cicatrices eternas de quien cree
que tan solo él esconde una faz
estúpida ilusión cuando sabes
que hasta la luna
siempre oculta su mitad.

 

Francisco J. Berenguer

DAVU (el principio)

No perteneces a ningún lugar, no tienes ninguna patria o nación. Tu tierra es la Tierra. Eres un hombre libre. Esas líneas dibujadas en el mapa no existen más que en la insensatez de los hombres, en nacionalismos estúpidos que pretenden crear zonas aisladas y protegidas tanto para los que quieren entrar o salir. No hay fronteras para ti. No debe haberlas. El mundo no pertenece a ningún ser vivo ni a ninguna especie. El ser humano tiene que poder caminar por cualquier punto del planeta sin pedir permiso ni pagar aranceles. Haz que todo esto sea posible, mi niño. Borra las líneas de colores del mapa y camina, y aprende… y vive.”

Davu, nació una noche del mes de Septiembre en un lugar indeterminado del mediterráneo. Su parto fue tan penoso y complicado que la vida parece que lo escupió fuera del útero de su madre cubierto de sangre, líquidos y heces, en el suelo de una sucia y abarrotada patera.

Dicen que es un milagro que hubiese sobrevivido y más aun, cuando la mujer murió horas después a causa de una hemorragia que su debilitado cuerpo no pudo controlar. Se quedó solo nada más nacer, pasando de mano en mano entre los extraños de aquella embarcación, donde nadie quería hacerse cargo de él. Un bebé envuelto en una manta que su madre tejió especialmente para ese momento y que apenas lloraba, como si sintiera que no tenía derecho a hacerlo o que fuese inútil, porque ella ya no era capaz de escucharlo. Alguien la empujó por la borda y rodó hasta caer al mar, discreta, sin apenas hacer ruido, como cuando parió a su hijo, tragándose el dolor y ahogando sus jadeos para no molestar a nadie. Pensaron en echarlo también a él al mar ya que lo daban por muerto y todos estaban muy nerviosos y aterrados presintiendo de cerca la muerte propia. Y eso hubieran hecho si alguien no hubiese gritado que veía acercarse un barco hacia su posición.

Ahora, Davu, cruzaba el mar en sentido contrario al de aquella noche. Habían transcurrido más de veinte años y allí estaba, navegando en un barco de pasajeros, con esa nota que su madre introdujo en un bolsillo oculto de la manta que ella cosió para él, antes de su nacimiento, la que escribió en el reverso de un mapa político donde lineas de diferente color delimitaban fronteras y países. 

Le gustaba imaginar el momento en el que ella la escribió. La veía descansando al anochecer tras una larga caminata, con los pies descalzos y acariciándole con infinita ternura a través de su prominente barriga. El mismo lápiz que había utilizado para marcar en el mapa la trayectoria que debía recorrer desde su casa hasta el mediterráneo, sirvió a su vez para escribirle ese mensaje, como presagio de una prematura despedida. Quizá ya notaba que algo no iba del todo bien en su embarazo y temía por sus vidas. 

Davu, estaba dispuesto a seguir esa linea de lápiz en dirección inversa a la trazada por su madre para conocer sus orígenes, para abrazar a su gente y llevarles esperanza. Sabía que lo que ella le pedía era muy difícil, porque muchas fronteras estaban escritas con sangre a través de varias generaciones y el ser humano necesita levantar muros hasta dentro de su propia casa, pero ya pensaba en la manera de hacer comprender que no es mérito de nadie el nacer en un país u otro, tan solo es casualidad, te debes sentir orgulloso de lo que haces por ti mismo y por los demás y no por la dirección que ponga en el pasaporte. Nacer es involuntario, la vida que elijas no, las circunstancias no siempre obligan.

En ese momento se sentía un hombre libre, feliz y pleno. Se sentía parte de la naturaleza, de la vida, donde cada molécula de su cuerpo se enlazaba con el sol que le calentaba, se mezclaba con la brisa que acariciaba su piel, se sentía enorme e insignificante a la vez, formando parte de un todo. Y mientras el barco sobrepasaba exactamente el mismo punto donde nació él y su madre muerta fue depositada en el mar, una imagen le vino de ella, flotando etérea con sus amplios ropajes, como alas incorruptas de mil colores y el rostro sonriente que nunca llegó a ver, con los ojos cerrados… como un ángel dormido…

 

Francisco J. Berenguer