Australia

Ella tenía un tarro de cristal en el que iba metiendo monedas de cinco duros, era un recipiente grande, supongo que algún día albergó aceitunas de esas aliñadas que le gustaban o de esas cebollitas que cogían un tono rosado con el tiempo.

Llevaba años introduciendo monedas, alguna que le sobraba cuando venía de hacer la compra, o las que ahorraba privándose de algún pequeño capricho o, simplemente, la que más brillaba.

Su rostro cambiaba cada vez que lo abría, era como destapar su cajita de los sueños. Se quedaba unos segundos mirando al techo desconchado de la cocina, justo al lado del tubo fluorescente, porque tenía una forma parecida al mapa del mundo que recordaba de cuando estudiaba con las monjitas antes de que su padre la sacara precipitadamente de la escuela para que ayudase a su madre en el taller de costura que tenían en casa. Soñaba con viajar muy lejos de España, muy lejos de una familia que la ignoraba y de un marido que la despreciaba porque era incapaz de engendrarle un hijo en su vientre seco.

Australia… se iría a Australia, casi podía distinguir su contorno formado por la pintura cuarteada que se había ido desprendiendo con el paso del tiempo, solo que en el centro de lo que figuraba ser el continente sobresalía un gancho de hierro que es lo que sujetaba la antigua lámpara antes de que la cambiaran por ese tubo tan moderno y que alumbraba tanto. Se imaginó que aquel hierro retorcido era esa montaña tan famosa que se erguía, imponente, en medio del desierto, o al menos eso recordaba de las pocas fotos que había visto de ese extraordinario país.

También tenía otro tarro.

El de las decepciones, las humillaciones, la soledad… donde también tenían cabida todos los libros a medio leer, los poemas sin terminar en las noches en las que él roncaba después de verter su semen dentro de ella, poemas surgidos en la oscuridad, al cobijo de la luna, que la pena nunca dejaba acabar… y sobre todo las lágrimas, no las que resbalaban por sus mejillas, si no las que tragaba, las que inundaban los ojos por dentro, las que ahogaban su alma.

Ella tenía su plan secreto. Cuando los dos tarros estuviesen llenos, uno de monedas y en el otro ya no cupieran más lágrimas, entonces sería el momento de irse de allí, de comenzar a vivir su propia vida.

Pero, precisamente, la vida tenía otros planes bien distintos para ella.

Un sábado por la noche llegó su marido, después de haber estado bebiendo con sus amigos, con un puñado de bolsas. Había estado de compras. Ella en un principio se alegró, ingenua, creyendo que habría cobrado esos atrasos que le debían de meses atrás.

Él comenzó a sacar cosas de las bolsas; un traje muy elegante para él, unas botas de piel para él, un par de camisas de seda para él, unos elegantes y caros gemelos para él. Ella esperaba que en algún momento sacara algo que fuese un regalo para ella, aunque fuese un pequeño detalle, pero en la última bolsa solo descubrió un largo cinturón de cuero negro con una hebilla de plata con forma de águila real.

Ella se temió lo peor y se dirigió corriendo a la cocina, buscó su tarro de monedas al fondo de la alacena, tras las harinas de repostería, y lo encontró… vacío.

Sintió cómo la rabia fue creciendo en su interior y salió furiosa hacia el salón para pedir explicaciones a ese hombre que le había robado mucho más que unas monedas, pero nada más entrar, él le propinó una enorme bofetada que la hizo caer al suelo. Y allí se quedó, aturdida y dolorida, mientras él la acusaba de ladrona, de ser una mujer fea e inútil, que no valía ni para lo único que sirven las mujeres, que se quedaría sin descendencia por su culpa y que le había amargado la vida.

Ella siguió aguantando la lluvia de insultos y saliva que salían por su boca, en el suelo, con escozor en la mejilla y sabor de sangre en la boca, y lo peor de todo, era que se estaba convenciendo de que él tenía razón. ¿Quién era ella para esconder el dinero que él ganaba trabajando tan duramente toda la semana, casi de sol a sol? Ella, que había decepcionado a todo el mundo, incluso hasta a ella misma, por su incapacidad para tener hijos. Ella, que nunca había sido una mujer guapa, ni atractiva, y nunca había disfrutado del sexo durante los dos minutos escasos que él tardaba en desfogarse… 

Esa noche, cuando él roncaba después de haber sacado su miembro pringoso y arrugado de su vagina, ella vertió su última lágrima, la que desbordaba el tarro de las penurias. Cogió el nuevo y flamante cinturón de cuero de su marido, fue a la cocina, se subió a una silla y, mientras contemplaba Australia de cerca y esa hermosa montaña del centro, se colgó de ella.

 

Francisco J. Berenguer

7 comentarios sobre “Australia

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