Tibia, espesa… y jugosa.

Apenas comenzó la noche supe que hoy tampoco mataría a nadie.

No es que hubiera prisa, la primera víctima de un asesino en serie es la más importante ¿no? la que inicia esa aventura por el camino del crimen y, además, es también la que va a marcar las pautas a seguir en mi prometedor futuro sangriento.

Este trabajo de asesino, que mis voces y mi oscuridad interior me han asignado, no es tarea fácil. No es como mi etapa de vendedor de seguros, esa en la que tirabas de familia y amigos para firmar las primeras pólizas, no, qué va. Si comenzara a matar a los de mi entorno sería presa fácil y, además, me quedaría sin coartadas. Cierto es que en el que primero pensé fue en mi cuñado, pero iba a ser demasiado evidente, lo dejaré para cuando adquiera más práctica, incluso podré hacerlo para “que parezca un accidente” ¡Jó… qué frase de mafioso más chula!

Esto me hace tanta ilusión…

Me voy a dedicar a eliminar a mujeres, sé que es un clásico pero, supuestamente, son las presas más fáciles y es lo recomendado por nueve de cada diez asesinos en serie de toda la historia. Ya me imagino también, que me pueden tachar de machista, pero espero que el odio que sientan por mí como sangriento criminal derive la atención del movimiento feminista y no me etiqueten de ser algo tan cruel y ofensivo. Que uno tiene su dignidad, soy, o seré, un asesino con valores y muy respetuoso con ese tema tan candente. No mezclemos.

Lo cierto es que anoche me equivoqué al elegir a Mari Carmen como primera víctima. En principio me pareció buena de matar cuando entró en aquel bar con esa minifalda ajustada, un sujetador más ajustado todavía y esa blusa dos tallas menor a la suya (por lo menos) que obligaban a sus pechos a querer escapar de tal opresión. Unas tetas que se mostraban pálidas y que, con ese tremular de carne madura (de los cuarenta no bajaba, seguro) indicaba que no eran de silicona. Ojo, no es que esté en desacuerdo con las operaciones de estética, tampoco deseo buscarme enemistades con este sector (mira que es difícil quedar bien con todos) solo decir que siempre me ha atraído la belleza natural de la mujer. Soy un clásico.

Lo cierto es que cuando la llevé a mi “apartamento secreto” (lo siento, como comprenderéis no os voy a dar detalles de su ubicación por razones obvias) echamos el primer polvo y comencé a conocerla un poco, me fueron desapareciendo las ganas de matarla… Ya sé, debo tener menos empatía, eso es de primaria de criminología aplicada, pero es que yo no soy de esos de follar ahí, sin apenas conocerse, sin hablar, aquí te pillo aquí te mato (jeje). Creo que tendré que cambiar mi estrategia de planificación y eliminar el sexo antes de cometer el asesinato.

La cuestión es que se me quedó la “habitación roja” sin estrenar. Yo que le había dedicado tantas horas a preparar todo el instrumental de descuartizamiento, la mesa de autopsias, los narcóticos, el plástico recubriéndolo todo para evitar dejar rastros de sangre, al estilo Dexter (el puto amo). En fin, una pena.

Debo confesar que hubo un momento, cuando vi su voluptuoso y bello cuerpo, totalmente depilado, adormecido a mi lado, después de saciarnos de placer varias veces seguidas, que me imaginé cómo sería sentir el penetrar del afilado cuchillo, que tenía preparado, en la carne flácida y confiada de su vientre, el contraste con la sangre roja y oscura sobre su piel rosada, la tibia y espesa calidez… Pero solo fue un momento, porque ella abrió los ojos y me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, pero que tenía poca cosa en la cocina. Entonces se levantó y se fue para allá, toda desnuda, con total soltura y naturalidad. Desde la cama la escuchaba como trajinaba en la cocina, hasta creo que canturreaba algo, y al cabo de un tiempo, no sé cuánto, la verdad, porque estaba medio adormilado, ¿sabéis lo que me trajo?

¡Una tortilla de patatas! ¡Una jodida tortilla de patatas! ¡Mi comida preferida!

Y además, como si me conociera de toda la vida, la dejó poco hecha, toda jugosita, manjar de dioses.

Así que pensé que era un delito privar a la humanidad de una mujer con estas cualidades y me olvidé de las voces de mi cabeza, de mi oscuro pasajero, de Dexter y su modus operandi, disfruté de la tortilla y luego volví a saborearla a ella, otras dos veces… ¡Joder, así no hay quien mate!

…también tenía cebolla… impresionante, os lo aseguro.

 

Francisco J. Berenguer

Escrito por

Solo tenemos dos vidas, la tangible, la que llamamos real, y la que soñamos o imaginamos. Cuando me piden que hable sobre mí siempre dudo hasta dónde profundizar, quizá ni yo mismo me conozca tanto para hablar sobre cómo soy. Prefiero escribir y que lo que refleje en esas lineas me describa, que hable de mi realidad, de mis sueños, de mis miedos, de lo que quiero ser o, incluso, de lo que aborrezco. Nuestras vidas discurren sobre pedazos de sueños rotos. Yo imagino sueños, creo mundos y construyo personajes e historias cada día. Me dicen que eso no es real, que tengo que salir y disfrutar de lo que la vida me ofrece, pero cada uno busca su parcela de felicidad y se intenta quedar donde la encuentra. No soy mucho más que eso, lo que lees, lo que imagino y lo que escribo.

27 comentarios sobre “Tibia, espesa… y jugosa.

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