Aranjuez y yo

Esta mañana temprano, escuchando las noticias y antes de que me dieran ganas de apagar la radio, mencionaron, en un alarde de sensibilidad afortunado pero impropio entre compadreos de políticos, bancos y jueces, que el “Concierto de Aranjuez” cumplía hoy setenta y ocho años de su estreno en el Palau de la música de Barcelona.

Desconecté la radio, por supuesto, pero me quedé con el dato y recordé el primer día que tuve el placer de escuchar esa mágica obra de Joaquín Rodrigo.

Fue en el instituto, en segundo de BUP, hace… (joder) unos cuarenta años más o menos, en un aula oscura donde nos pusieron diapositivas de obras del Museo del Prado (alicatando baños, los andamios de la fachada, montones de ladrillos, “tenemos que levantar tol suelo, señora, hay que cambiar las tuberías”…) no, eso no, me refiero a las obras de arte de su interior, que todo hay que decirlo.

Pues mientras se sucedían esas diapositivas, en esa pantalla blanca desplegable que ocultaba a medias la pizarra, comenzó a sonar la primera parte del Concierto de Aranjuez (Allegro con spirito) y yo me quedé maravillado con esos arpegios de guitarra y cómo la orquesta se iba integrando poco a poco, intercalándose en un ritmo dinámico pero suave, me encantaba. “Vaya rollo” dijo alguien situado detrás de mí ¿cómo era posible que no fueran capaces de sentir tal maravilla? La conjunción de esos cuadros y esa música me estremecían, pero ¿a mí solo?

Hubo una pausa y comenzó el segundo movimiento, el Adagio, la parte más común y conocida, la más extraordinaria. Su lenta cadencia, su melodía, la sensibilidad sublime, la tensión, la belleza. Era la primera vez que la escuchaba y se introdujo tan dentro de mí que me asusté, era como una parte de mi ser perdida al nacer y que por fin la integraba en lo más intimo y, todavía desconocido, de esa alma que dicen que nos habita.

Lloré, ocultando como pude mis lágrimas porque en esos tiempos y a esas edades me parecía vergonzoso y yo entonces era muy “machito”, al menos ese era mi rol y mi apariencia, pero lloré, más quizá, por dentro que por fuera para conservar mi estúpida imagen, ya sabéis. Y mi oculto y amargo llanto era de felicidad ante tanta belleza, era algo que no sabía interpretar, un cambio molecular o neuronal, o yo qué sé. Fue algo que me transformó entonces y afortunadamente todavía conservo.

Recuerdo que me rondaba una pregunta que me inquietaba, porque no era capaz de comprender cómo no se nos educaba desde el arte, la esencia de la vida, la pureza del sentir la belleza que nos rodea. Tardé quince o dieciséis años en encontrarlo por casualidad en un aula de diapositivas y, desde ese día, no dejo de buscarlo en cada objeto, acontecimiento, acto o persona que me rodea.

Sigo emocionándome, ahora más si cabe, y no oculto mis lágrimas en la contemplación y el disfrute de una imagen, un escrito, una música o una película.

Lloro de amor, lloro de arte.

Ya conocéis un poquito más de mí. Cuando me jubile recorreré el mundo para seguir viendo obras… de arte, que todo hay que decirlo….

Mientras escribo esto suena el Concierto de Aranjuez, es mi pequeño homenaje.

 

Francisco J. Berenguer

12 comentarios sobre “Aranjuez y yo

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  1. Se me ha puesto la piel de punta. me he emocionado, me has emocionado.
    Qué bonito que sepas demostrar tu sensibilidad.
    El Concierto de Aranjuez, lo conozco desde mi niñez, me gusta, pero no sentí lo que tú, ahora mismo lo estoy escuchando para comprender todo mejor, me está sonando más bonito, gracias a ti.
    Gracias.
    Saludos Swinger y de persona con sensibilidad.

    Le gusta a 1 persona

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