Un Rioja en compañía

Se rompió en tantos pedazos que, con lo poco que le quedaba, no llegaba a reconocerse ante el espejo.

No eran porciones de sí misma, en cada parte requerida se entregaba entera.

Siempre estaba para todos, dispuesta para todos.

Se entregó a cada uno de sus hijos, uno por uno, los tres que crecieron en sus entrañas. Se entregó al padre de ellos con total abnegación desde que fueron novios, como las mujeres de antes, porque ella era una mujer de las de antes, de las de “hasta que la muerte nos separe”, como su madre y su abuela. Y un día, hace unos años por nochebuena, la muerte los separó sin avisar. La cena se quedó fría, sin tocar, la mesa puesta y el vino, un Muga de buena cosecha, sin descorchar.

Lo malo de esto, cuando te das de tal manera, es que aunque la persona ya no esté, no vuelves a recuperar lo entregado. Ella lo sabía y, a pesar de eso, no dudaba en ofrecerse a quien pudiera necesitarla.

Repartió su tiempo y su vida sin guardarse nada para ella, como si no se lo mereciese. No podía ser tan egoísta, se decía, porque con dedicarse una hora en la peluquería cada mes y medio, aproximadamente, para cubrir sus canas, ya lo consideraba suficiente. Y no se negó nunca a nadie. Y de tanto ser reclamada y de tanto darse, esta noche no se reconocía cuando, desnuda al salir de la ducha, contemplaba su reflejo.

Siempre la habían catalogado de mujer fuerte, de que podía con todo, capaz de actuar y dar buenos consejos en cualquier situación. Ella había asumido ese papel, se lo había creído, así era cuando había alguien mirando.

Hoy estaba sola. Muchas otras noches estaba sola en casa, sus hijos habían partido y tenían sus propios hogares. Bueno, la pequeña no, pero se pasaba el tiempo viajando con su flamante uniforme de azafata (-auxiliar de vuelo, mamá…) Y su marido… ¡Ay, su marido! El mismo día de nochebuena fue encontrado muerto de un inoportuno infarto en la cama de una de las habitaciones de un conocido motel de carretera, donde dormían camioneros y hombres con urgencias primitivas necesitados de compañía recurrente. Sus hijos y ella esperándolo para la cena familiar y él vaciándose sobre el cuerpo de una mujer que no lo amaba más que por el contenido de su cartera.

Por supuesto, se encargó de que nadie conociera esa vergonzosa situación y tragó sola con el dolor y la humillación, era lo que de ella se esperaba.

Hacía tantos años de aquello que apenas sentía un pinchacito en el estómago cuando lo recordaba. Porque lo recordaba a veces, sin conocer el motivo por el cual salía a flote sobre las aguas serenas de su memoria.

Pero hoy, aparte de estar, también se sentía sola. Se envolvió con el albornoz y se abrazó a sí misma, pero no era ese tipo de abrazos los que necesitaba.

Necesitaba otra piel, otras caricias, otra mirada que la suya propia en el espejo empañado. No era sexo, o sí, no recordaba cuando fue la última vez.

Sintió crecer dentro de sí la mujer que tenía reprimida, la sensualidad, el deseo adormecido y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió “sucia” ni culpable por reconocer lo que su cuerpo reclamaba.

Estaba acalorada por ese fuego interno que crecía, tan olvidado, tan agradable.

Se desprendió del albornoz y salió desnuda del baño, se dirigió a la habitación y buscó en la agenda el número de Juan Carlos, un amigo de siempre que la pretendía desde que enviudó, o puede que antes. Nunca había cedido a compartir más de un café alguna tarde de lluvia en algún lugar público, faltaría más. Lo consideraba guapo y atractivo y se erizó entera al pensar en sus manos rudas y fuertes, de albañil jubilado, acariciando su piel.

En veinte segundos que estuvo escuchando el tono de llamada antes de que él descolgara pensó en colgar mil veces. Su voz profunda, al otro lado, le hizo temblar y todavía no sabe cómo se atrevió a decirle que si le apetecía venir a casa esa noche a probar un buen vino.

Cuando colgó se sintió la mujer más sexi, más desnuda y atrevida del mundo y, mientras esperaba que Juan Carlos llegase, descorchó el Muga para que el vino respirase…

 

Francisco J. Berenguer

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