Ángeles dormidos

Vuelvo a tropezar, mamá, y no estás

no estás para curar mis heridas de niño

soplando mis rodillas y mis lágrimas

aliento mágico de madres

mercromina y tiritas, sana sana…

Mis heridas ahora sangran hacia dentro

solo las siento, solo las sufro

¿Quién sanaba las tuyas, mamá?

¿Quién las besaba y te acariciaba el alma?

Cocinabas a fuego lento el estofado de la abuela

niebla de aromas en la cocina

lágrimas de cebolla, disimulado desahogo

-poned la mesa que esto ya está-

Tiempo de silencios y de pesetas, cara y cruz

crucifijos sangrantes sobre la cama

pasados que se ocultan y callan

Mejor no hablar, el luto enmudece historias.

Colgaste el sentir de mujer tras la puerta

y te pusiste la bata de madre de por vida

Te olvidaste de ti, de tanto darte

Me estoy volviendo transparente, mamá

todos pueden verme ahora tal como soy

sin filtros, indefenso, sensible…

No es evolución personal

ni exhibicionismo emocional

es mi forma de escribir la que me desnuda

propenso a lesiones, tropiezos y caídas

y no estás tú

para besar con ternura mis heridas.

 

Francisco J. Berenguer

6 comentarios sobre “Ángeles dormidos

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