En cuerpo ajeno

A veces parece que la tierra gira en dirección contraria a la que estamos acostumbrados, como si un día te levantas de dormir y alguien hubiese alterado la posición de todos los muebles de tu casa, como si a mitad del juego te cambian las reglas. Y te sientes desubicado, perdido, asustado, como recién despertado de una pesadilla, o peor aun, como si continuases en ella.

La percepción del tiempo es totalmente relativa, cautiva de nuestra propia experiencia y prisionera de nuestros limitados sentidos humanos sin sentido, en los que la evolución parece complacerse en hacernos tan ridículamente imperfectos, y se descojona de nosotros cuando nos denominamos los seres más complejos de la creación. Imagen de dioses imaginarios.

Ocurrió ayer, mientras esperaba que su familia terminara de cantar la típica canción de cumpleaños, al levantar la mirada de la tarta y la vela que conmemoraba sus cincuenta y cinco vueltas completadas alrededor del Sol, y se vio reflejado en el cristal de la ventana que tenía enfrente.

Fue un reflejo difuso, de esos que producen los cristales de las ventanas cuando la oscuridad de fuera permite que la luz del interior los convierta en aprendices de espejos, pero fue suficiente. Vio a un extraño de pelo cano y barba blanca, vio alguien que no era él, o al menos la percepción que él tenía de sí mismo. Quería apartar la mirada, concentrarse en el momento, beber del cariño que le ofrecía su gente, pero notaba su presencia de invitado sin invitar, de fugitivo colado en fiesta ajena. Intentó olvidarlo, apagó la tenue llama y todo fue una explosión de aplausos y felicitaciones, besos, fotos y algún regalo. Y la celebración continuó con placentera normalidad, como debe ser.

Qué extraña sensación la de comprobar que tu imagen, la que los demás ven de ti, no se corresponde con la que tú tienes en mente.

Esto le recordó unas frases que leyó hace ya un tiempo en el libro “La inmortalidad” de Milan Kundera: “Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad…”

 

Francisco J. Berenguer

Agua y tú

Me miras y sonríes

de la manera más hermosa que recuerdo

Porque cada sonrisa es única

como las huellas dactilares

¿Cuánto se puede vivir sin comer?

¿y sin beber?

¿cuánto podría sobrevivir sin ti?

Te das la vuelta en la cama y te acercas

y tus curvas encajan en las mías

reconocimiento de piel,

de tacto y aroma.

Tu sensual movimiento despierta mi pasión

el roce de tu cuerpo bajo las sábanas

un tierno gemido susurrado

de placer contenido

Tímidamente nos sorprende el amanecer

Me levanto y pacto con las cortinas

para que prolonguen la madrugada

¿necesitas algo? te pregunto

Agua y tú… me dices

me miras y sonríes.

 

Francisco J. Berenguer