Mi tiempo imperfecto (parte 1)

Suena el despertador y te levantas rápido, sin pensar ni concederte unos minutos al plácido retoce entre sábanas, como un militar de postguerra al toque de diana, como una madre colmada de responsabilidades y millones de cosas por hacer.

Caminas medio sonámbula por el pasillo, con la bata a medio anudar, hacia la habitación de tus hijas para despertar a la mayor, la pequeña todavía puede dormir un poco más.

Es viernes, día de colegio.

Un ligero beso en la frente y la niña se despierta iluminándote con sus tiernos ojos claros. Ya sabe lo que tiene que hacer, primero ella se prepara y luego intenta espabilar a su hermana con algún juego o una canción y la ayuda a vestirse. Tú la miras y en la cama de al lado te cuesta distinguirla entre el revoltijo del edredón, su cuerpecito y los muñecos.

Vas a la habitación de tu hijo en el momento que éste sale de ella, en ropa interior.

—¿No tienes frío?

—No, mamá.

¿Cómo va a tener frío? Diecisiete años, fuerte, deportista y con las hormonas en plena ebullición. Sabes que lo has descuidado un poco, no por gusto, es el mayor y ha tomado bien el rol, ¡qué remedio!

Él se dirige al baño pequeño mientras que tú te metes en el grande, como todos los días. Mientras te aseas tu mente comienza a funcionar. No necesitas agendas, todo se organiza en tu cerebro con increíble precisión: el desayuno, los almuerzos de las chicas, darle dinero al mayor porque él prefiere comprarse un bocadillo en el bar del instituto. La rutina de todas las mañanas, aunque sabes que hoy no es un día normal, lo sabes desde que te has levantado, lo notas en ese hormigueo en el estómago, esa tensión en los músculos de tu abdomen.

Todavía parece que dudas si vas a acudir o no a la cita, pero sabes que sí irás. Llevas días imaginando cómo será, por tu mente han pasado todas las situaciones posibles, hasta las más absurdas.

Te miras en el espejo del baño y te dices que tenías que haber ido a la peluquería… y esa cara de sueño, esas ojeras, todo lo que ves te disgusta y te pones más nerviosa aún. Necesitas tiempo, ¿a quién se le ocurre quedar tan temprano?

Abordas a tu hijo cuando sale del baño a medio vestir y le pides por favor que acerque él a las niñas al colegio, que no te encuentras muy bien. Accede con un gruñido y tú le plantas un sonoro beso en la mejilla. Él se hace el hombrecito y aparenta que le molesta esa muestra de afecto.

—¡Mamá… ! ¿era necesario?

Tú sonríes y le das otro beso, ahora más tierno.

—Sí, cariño, es necesario.

Despides a tus hijos en la puerta, te preocupa un poco la tos de tu pequeña, pero ya has comprobado que no tiene fiebre, cuando vuelva del colegio la controlarás, no será nada. Pero ahora es tu momento, tienes que dedicártelo a ti, a arreglarte, a ponerte guapa y atractiva, que sabes que lo eres, a dejar de sentirte más madre que mujer. Llevas año y medio, desde la separación, que te has dedicado por completo a tus hijos sin darte un descanso, probablemente lo necesitabas para evitar pensar que habías fracasado en tu matrimonio, como si la culpa fuera tuya de que el cerdo de tu marido te cambiase por una chica mas joven, con más culo, más morena y más venezolana.

No quieres pensar en eso. Te metes en la ducha, abres el grifo y cierras los ojos dejando que el agua tibia limpie tu cuerpo y de pensamientos negativos tu alma, todo resbala y se pierde por el desagüe.

Fue hace dos semanas cuando Rubén contactó contigo a través de Messenger. Te sorprendió tanto que tardaste dos días en responder al mensaje. Rubén había sido tu primer novio ¿hace cuánto? ¿veintiséis, veintisiete años? Y no habías sabido nada de él desde entonces, desde que tras una tonta discusión que ya ni te acuerdas el motivo, desapareció sin más. Sin despedirse, sin excusas, ni una llamada, nada… hasta esas palabras en el móvil, de hace unos días, en las que te pedía que os vierais si lo considerabas oportuno. Accediste, aunque nunca te había parecido una buena idea, ni siquiera ahora, mientras buscas en el armario algo adecuado que ponerte.

La cafetería del gimnasio al que vas a nadar, no se te ocurrió en ese momento otro sitio donde quedar, la verdad es que hace tanto tiempo que no sales ni a tomarte una cerveza con las amigas que no conoces muchos más lugares apropiados. Hacia allí te diriges nerviosa, sin saber que esperar de aquello.

Lo distingues de lejos sentado en la terraza, hace buena mañana, septiembre es un buen mes…

-continuará-

 

Francisco J. Berenguer

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